Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

octubre 06, 2005

"Libridad". O Lo que Hace que un Libro sea un Libro

Por Edgardo Civallero

Tendría siete años cuando, una tarde, mi padre me pidió que le definiera la palabra “huevo”. “¿Qué es un huevo?” me preguntó. Después de más de media hora tratando de explicar lo que era –sin éxito- me mostró el concepto que figuraba en mi pequeño diccionario de bolsillo. A tan temprana edad, esta triquiñuela paterna me ayudó a darme cuenta de que, muchas veces, aquello de lo que creemos estar más seguros es precisamente lo que más desconocemos.
Algo parecido me ocurrió hace un par de semanas, cuando tuve que definir el término “libro” para un taller de lecto-escritura que dicto en el marco del PROPALE (UNC). “Cosa sencilla” pensé. Pero al comenzar a revisar un poco mis pre-conceptos, las definiciones de diccionario y los conceptos bibliotecológicos, me di cuenta de que la idea no ha sido, aún, totalmente completada.
Me explico (y, de paso, pido opiniones, ayuda, colaboraciones y otros conceptos. Será divertido ver qué pensamos acerca de un concepto que creemos tan básico en nuestra profesión).
Cualquier diccionario nos dice que “libro” es un conjunto de hojas de papel, vitela, etc., manuscritas o impresas, ordenadas para la lectura y reunidas formando un volumen. Muchísimas definiciones bibliotecológicas coinciden, en líneas generales, con esta idea, la cual –salta a la vista- enfatiza el componente físico del libro, su estructura material y su naturaleza de objeto tridimensional.
Es una buena definición, ciertamente. Pero, si la aplicamos en sentido estricto, descubrimos que las tablillas de la biblioteca de Nínive, los papiros de la de Alejandría y los pergaminos de la de Pérgamo no eran libros. Tampoco lo son las tablillas rongo-rongo de Rapa-Nui, los textos sagrados en bambú de Sri Lanka, los códigos chinos pintados sobre seda, los manuscritos tibetanos en cueros de yak, las historias mayas y aztecas plegadas en tiras de fibra de agave, los cuentos japoneses plasmados sobre papel de arroz, los primeros escritos árabes sobre omóplatos de camello, los documentos electrónicos almacenados en memorias ópticas ni las narraciones de autores famosos que podemos encontrar en cualquier sitio de Internet.
Ups. Entonces, si no son libros… ¿qué son?
Quizás la definición stricto sensu de “libro” como entidad material no responda, en forma completa, a nuestras necesidades. El concepto expuesto arriba parece centrarse en el formato europeo moderno de libro, tomándolo como modelo y olvidando otras épocas y, sobre todo, otras áreas geográficas y culturales. El fenómeno, como vemos, es muchísimo más amplio, más rico, más complejo…
Investigando un poco, me encuentro con que, desde la década de los 70´, el mundo anglófono cuenta con un término especial: bookness. La traducción aproximada al español sería algo así como “libridad”, aquel conjunto de características que hace que un libro sea un libro y no otro cosa, así como “humanidad” define al conjunto de rasgos que hacen que los humanos seamos humanos y no primates (aunque a veces nos queden serias dudas).
El término bookness fue acuñado por Philip Smith, un especialista en encuadernación y libros artísticos, quien lo definió así:

Bookness: Las cualidades que tienen que ver con un libro. En su acepción más simple, el término incluye el empaquetamiento de múltiples superficies planas, mantenidas unidas, en secuencias fijas o variables, merced a algún tipo de mecanismo de gozne, soporte o contenedor, y normalmente asociado con un contenido visual / textual llamado texto”.

El concepto es usado en la actualidad en ámbitos artísticos (encuadernación y arte librario de vanguardia) y considera que un libro en blanco es aún un libro, pero que otros materiales y formatos (tablillas, superficies planas….) con texto no son libros, no son objetos con bookness.
La idea es curiosa, pero continúa perpetuando el análisis materialista del libro, y olvidando su parte intelectual. Desde un aspecto técnico o artístico, quizás la definición sea válida, pero excluye la mayor riqueza que el libro posee: su contenido, su capacidad para perpetuar memorias y dar voz a gargantas silenciadas hace siglos.
¿Cómo definir esta “libridad” desde un punto de vista más amplio, más bibliotecológico, si se quiere? Mi definición favorita de “libro” es la que dio el colega y maestro cubano Aguayo: cualquier porción de pensamiento humano, por pequeña que sea, plasmado sobre un soporte material, descifrable por otra persona, quién, a través de su uso, puede recuperar y adquirir el conocimiento codificado. En resumidas cuentas, pensamiento hecho materia. El libro no es solo el vehículo de esa cultura hecha realidad: es también las ideas que incluye y transmite, las voces que revive, las historias que cuenta. Es un todo indivisible, conjugado en forma íntima y perfecta para lograr una única misión.
La cualidad que hace que un libro sea un libro sería, a mi parecer, la capacidad para transmitir pensamiento humano, sin importar el material o el formato. Incluiríamos, así, “libros vivientes” (cultores de la tradición oral), libros digitales, tablillas de barro, quipus incaicos o los walking books de la novela de Ray Bradbury Fahrenheit 451. Incluiríamos libros en braille y parlantes, códices olmecas, runas vikingas y mapas polinesios hechos en varillas de palmera.
Dentro de esta acepción general, podríamos luego comenzar a establecer parámetros que definan una tipología: monografías, folletos, códices, pergaminos, rollos, mapas, CDs, materiales audiovisuales o en relieve… Cuántos deseemos, cuántos necesitemos…. Sin embargo, no dejaríamos de considerarlos, a todos ellos, materiales con “libridad”, libros potenciales, pues serían todos, de una forma u otra, transmisores de memoria. De esa memoria que, como escribió Carl Sagan en Cosmos, se hizo tan grande, en algún punto del pasado, que necesitó de otros contenedores fuera de nuestro cerebro.

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