Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

febrero 23, 2005

David y Goliath

Por Edgardo Civallero

El relato bíblico expresa una de las esperanzas más grandes del ser humano como entidad física: lograr vencer, con astucia y dominio propio, al opresor, por fuerte, grande y poderoso que sea.
Todos sabemos que es sólo una esperanza, y que la realidad suele borrar este tipo de ideas con acontecimientos y fenómenos cuya crudeza nos deja pálidos. Recuérdense las guerras de este siglo y el pasado, recuérdense las flagrantes violaciones a los derechos humanos realizadas por las grandes naciones, recuérdese como las potencias industriales desdeñan la firma de acuerdos de control ecológico...
Sabemos que el Leviatán es enorme, y que enfrentarnos a él es casi imposible: por su tamaño, por lo sólido de su estructura, y porque se ha filtrado en todos lados gracias a un elemento que se llama ideología.
La ideología es aquel conjunto de ideas que nosotros manejamos como normales. En una época, una idea normal era que la mujer no podía llevar pantalones. En esta época, una idea normal es que el hombre no puede usar falda. Cosas de la vida, cosas de la sociedad, "costumbres"...
Pero hay ideas que están relacionadas con el poder, con quien lo detenta y con el uso que hace de él. Esas ideologías son las dominantes, y son impuestas -normalmente- a través de la educación oficial, la religión oficial, los medios de comunicación masivos...
Esas ideologías se han filtrado hasta nuestra realidad más cotidiana: las diferencias entre sexos, las condenas a los homosexuales (que vemos como "divertidos" sketchs televisivos), las condenas a grupos minoritarios o en condiciones socio-económicas desventajadas, las condenas a facciones políticas o intelectuales, lo bueno de dominar por la fuerza y por la violencia y por la mentira y por la estafa (nada más asómense a la cartelera de un cine o a los juegos de Internet con los que "juegan" nuestros niños...)...
Y se han filtrado tanto que las encontramos en nuestras herramientas de trabajo. Que no son nimiedades, porque son las herramientas a través de las cuales nosotros organizamos el conocimiento y la memoria de la humanidad. Esas ideologías no solo nos dicen como ordenar y clasificar: nos imponen que etiquetas colocar y que políticas deben seguirse para la adquisición de fondos.
Luchar contra estas ideologías es una empresa desigual, y probablemente no tengamos éxito. Pero, hasta donde sé, la base de esta lucha es "piensa global, actúa local". No permitiendo que esa ideología permee nuestra realidad, no aceptándola, defendiendo posturas alternativas o contrarias con medidas equilibradas y justas, no lograremos transformar el mundo, pero agregaremos nuestro grano de arena, nuestro aporte, para que algo, al menos, cambie.

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febrero 22, 2005

Espinas ocultas

Por Edgardo Civallero

Los lenguajes de clasificación que manejamos como herramientas diarias ocultan, entre sus términos, algunas curiosidades que reflejan las ideologías del que los confeccionó.
Ello es evidente: ningún producto humano escapa a las influencias de la ideología del que escribe o produce, influida ésta, a su vez, por las ideologías dominantes, por las que lo marcaron durante su socialización o por las que ha adoptado de manera propia y consciente.
Pero hay ideologías (o ideas aisladas dentro de estos conjuntos) que poseen connotaciones negativas, pues en algún momento de la historia estuvieron asociadas a situaciones de explotación, miseria, pobreza, muerte, daño físico o moral, etc. La más citada es la ideología nacional-socialista (o nazi), que implicó la muerte de millones de seres humanos, que no eran solamente judíos: fueron también polacos, rusos, gitanos, griegos, húngaros y docenas más.
Las ideologías colonialistas, las imperialistas, las dominantes, las exclusionistas... Todas ellas, en algún momento de nuestra historia, han trabajado en detrimento de algún grupo o sociedad humana. Por ende, son ideologías que vale la pena desterrar, y que no deberían figurar en nuestros instrumentos de trabajo.
Empero, si hojean Uds. la CDU, o la Clasificación de la UNESCO, o cualquier otra, encontrarán que hay pueblos que son clasificados, desde el punto de vista de la raza/etnia/nacionalidad, como pueblos subdesarrollados.
Como lo leen.
No estamos hablando de una categorización desde un punto de vista económico. Se trata de una clasificación desde un punto de vista étnico, racial, social, nacional.
Y no les quede duda: los latinoamericanos estamos entre los primeros en la lista para recibir tal etiqueta.
Hay otras etiquetas mas: razas y pueblos coloniales, híbridos (yo también creía que, biológicamente, este término se usaba para plantas y animales, pero parece que no...) y otros tantos.
Creo que incluir un término en el vocabulario cotidiano de una persona significa creer en la realidad de lo que esos términos indican. Por ejemplo, en mi vocabulario no se incluyen los términos "indio", "puta", "retrasado" o "tercer mundo". No creo en la realidad de esos términos, y, por ende, no los empleo. Con ello no quiero decir que los borre de mi diccionario y de mi boca: simplemente, no los suelo usar, porque encuentro que hay otros términos -más limpios- para referirse, desde otras perspectivas, a esas personas o cosas.
Creo que los que usan los términos "países subdesarrollados" creen de verdad en que son subdesarrollados. Ello implica una escala de valores, implica un más y un menos, implica alguien que queda abajo y alguien que queda arriba, implica pobres y ricos, implica brechas, implica mucho sufrimiento por parte de mucha gente, implica mucho desprecio....
Creo que los que siguen usando el concepto "pueblos coloniales" o "colonias" siguen creyendo que pueden adueñarse de la tierra y de la gente con la fuerza de las armas, siguen creyendo en los imperios, siguen creyendo que la verdad y la razón les pertenecen, siguen creyendo que pueden dominar, siguen pensando que hay seres inferiores o que deberían ser tratados así....
Y nuestros tesauros, nuestros lenguajes controlados (recuérdese ésto: controlados) de clasificación reflejan estas ideas, las expresan en sus términos. Las rescatan de entre todos los términos válidos de una lengua natural y las vuelven importantes, decisivas, únicas, imprescindibles para comprender y clasificar un documento. Términos controlados, elegidos cuidadosamente para representar la realidad humana.
Ciertamente, un lenguaje documental debe representar tal realidad humana, por dolorosa que sea. Y los términos señalados siguen apareciendo en nuestra cotidianeidad. Pero hay otras maneras de indicar que un pueblo fue dejado atrás en el ámbito económico. Hay otra manera de decir que un pueblo, en un pasado próximo, fue víctima del dominio colonial de otro. Hay otra manera de decir las cosas, sin que a los principales damnificados les duela.
Muchos colegas europeos piensan lo contrario. Probablemente nunca les gritaron "sudaca", o "indio", o "subdesarrollado". Probablemente no sepan de desigualdades, de olvidos, de exclusión, de presión cultural, de dolor acumulado, de vergüenza, de memorias rotas.... Ellos redactan los tesauros, y no crean que es tan fácil cambiarlos. Actualmente estoy luchando por eso.
Porque no quiero volver a sentir que hay un norte y un sur. A pesar de que existan en la realidad, nuestros elementos de trabajo no deberían perpetuar tanta injusticia.

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febrero 21, 2005

Las "leyes" de Ranganathan

Por Edgardo Civallero

Debido a mi formación en ciencias naturales (o "puras", o "duras", o "exactas", simples etiquetas de nobleza y alcurnia fingidas...) tengo un grave respeto por la palabra "ley". Representa ese principio inalterable que se repite una y otra vez, en cualquier parte, siempre que se respeten las condiciones de partida, y con variables ínfimas.
Curiosamente me he cruzado nuevamente, en estos días, con unas viejas conocidas: las cinco leyes de la bibliotecología de Ranganathan. Luego de volver a leerlas (nuestro primer encuentro fue en los primeros años de mi carrera de bibliotecólogo) reí sin contenerme, rogando que, esté donde esté, el autor de tan nobles ideas estuviese mirando para otro lado. Porque si miraba hacia este mundo, vería...
Vería que su primer principio, "Books are for use", es ampliamente olvidado en muchísimas bibliotecas, en donde la colección es considerada patrimonio histórico o museístico, algo frágil e intocable. Conozco muchas bibliotecarias cuyo celo profesional en el cuidado de los fondos hace que el mítico Cerbero (el perro de tres cabezas que guardaba las puertas del infierno clásico) quede de la talla de un chihuahua. Imagino que los usuarios no son los hunos de Atila, ni pretenden destruir, doblar, ajar, manchar... pero nuestras buenas colegas lo ven así, y protegen con su vida la inmaculada blancura del papel y la rigidez de las tapas. El conocimiento sigue allí, en los estantes. La colección sigue ordenada e impecable. E intocable. ¿Para qué? Eso se habrá preguntado Ranganathan.
El cual vería que su segunda y su tercera ley (llamémoslas mejor "principios éticos"), "every reader his or her book" y "every book its reader", también se violan por completo. La enorme maquinaria de la industria editorial produce libros sin lectores. El tercer principio no se cumple, aunque los lectores se crean mediante el marketing, que nos indica gentilmente lo que debemos leer a través de Ferias del Libro y de suplementos "culturales" de grandes periódicos de tirada nacional. Afortunadamente, no todos se dejan embaucar por modas y publicidades, y ahí entra la segunda ley: para cada lector, su libro. Miles de lectores ávidos de leer algo que valga la pena tienen que saciar su sed -con mucha suerte- con despojos, pues los escritos clásicos y modernos son escasamente re-editados, y los contemporáneos inteligentes y críticos encuentran pocos espacios de edición.
La cuarta norma ("Save the time of the reader") roza el humor negro. Recorramos mentalmente el proceso que debe cumplir un usuario dentro de una biblioteca. El usuario que desea un libro debe conocer autor, título o materia para realizar la búsqueda en el OPAC o en el catálogo de fichas. Asumamos que hay un OPAC. Debe hacer la cola de rigor, y enfrentarse a una computadora (no todos los lectores saben manejar una). Asumamos que sí, y que conoce las reglas del OPAC (no todos las conocen, y no siempre aparecen bien explicadas). Nuestro usuario rogará para que el título o el autor estén bien escritos (sino, el OPAC no los reconoce) o que la materia ingresada esté incluida en la lista de descriptores del OPAC. Asumamos que tiene suerte, y que a esta altura no se ha escapado corriendo. Realizará una serie de pasos complicados (cuyo sentido real no comprendo ni yo, como bibliotecario) en una "amigable" interfaz (en el caso de CDS/ISIS, blanco y negro y digna de Chaplin) que le devolverá, al rato, un conjunto de registros en los que aparece un maremagnum de datos (que el usuario pocas veces reconoce, y mucho menos utiliza, aun teniendo "formación de usuario", el equivalente bibliotecológico de "acostumbrate a este perno"). Entre los datos, con muchísima fortuna, el usuario logrará identificar la signatura bibliográfica. Rezando por lo bajo, realiza la segunda cola de rigor ante el mostrador de atención al público, en donde entregará ese código secreto y, con poca suerte, se enterará de que lo ha copiado mal (e iniciará, si le quedan ánimos, un segundo proceso, para descubrir que lo que estaba mal anotado era un punto). Con suerte, será atendido y obtendrá el libro, si es que el sistema de préstamo no se ha colgado o se ha caído, y si es que ha recordado pagar las cuotas o inscribirse, o si el libro no ha sido prestado (instancia en la cual nadie sabe cuando vuelve o quien lo tiene). ¿Ahorra tiempo al usuario? Eso ocurriría si el lector nos diera el título y nosotros le entregásemos el libro directamente, ocupándonos nosotros del manejo de códigos, signaturas y demás trámites. Pero no pidamos peras al olmo: es más cómoda la versión burocrática, que termina logrando que cientos de lectores no pisen la biblioteca o que pidan a amigos que saquen los libros.

[Esta sección está basada en experiencia real, personal, no exagerada en absoluto, en bibliotecas de la UNC, en algunas de las cuales la burocratización y el amor por el OPAC han llegado demasiado lejos. Pocos se ponen del otro lado del mostrador, en el pellejo del neófito: solo buscan facilitar su propia labor].

Pobre Ranganathan: cinco "leyes" ideales, pero inútiles. Porque la quinta no es un broma, es un sueño: "The library is a growing organism". ¿Con qué fondos crecerá? ¿Con los que la mayoría de los estados y organizaciones proveen? No, la inversión en educación, en investigación, en cultura, es "inservible" en algunos países y/o provincias. En fin, la ironía sabe amarga en estos casos, y se vuelve casi una queja rencorosa contra aparatos gubernamentales que se niegan a escuchar. Aunque reconozcamos que pocas bibliotecas (como en el caso de las universitarias) levantan sus voces contra sus superiores y sus políticas de recorte. Prefieren hacer caer su escasez sobre el lomo de sus usuarios, cobrando multas, inscripciones, o incluso "libre de deudas" (simpático certificado indispensable para obtener el título de grado, y que avala que uno no debe libros en la biblioteca) con fechas de vencimiento (es en serio). Olvidaron que la biblioteca es una institución sin fines de lucro, y que la Universidad es pública (al menos eso dicen en Argentina). Siguen lamiendo la mano que mece la cuna y que da el biberón, y siguen masticando al de abajo, al que no le quedan muchas salidas.
Dejemos a Ranganathan dormir el sueño de los justos, pues se ha ganado un puesto entre los brillantes ideadores de nuestra disciplina. Y nosotros, que aún estamos vivos (¿o duramos? ¿cómo es el asunto?) luchemos por cumplir esas "leyes", leyes que, si bien no expresan la realidad y la inmutabilidad de las cosas (como lo hacen las verdaderas leyes científicas), deberían hacerlo.

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febrero 18, 2005

Status de ciencia

Por Edgardo Civallero

En algún momento de la historia, el ser humano descubrió los ritmos de la naturaleza, algo que todos las especies que lo rodeaban conocían por instinto desde hacía millones de años. Sin embargo, este descubrimiento lo llevó a comenzar a controlar los ciclos naturales. Y surgieron la agricultura y la ganadería.
Surgieron también las agrupaciones sociales y los núcleos urbanos, y el hombre comenzó a edificar ciudades (algo que ya hacían las abejas y las hormigas), a dominar ríos (algo que ya hacían los castores) y a aprovechar sus recursos. También comenzó la guerra, el dominio, la violencia y las clases sociales, pero por el momento no encuentro parangón de tales actividades en el reino animal (¿quizás los lobos?).
Surgió la escritura y se dispersaron las lenguas, y nació la filosofía como una vocación, buscando respuestas a la insaciable curiosidad de esta especie animal que ya, en esta etapa, no lo era tanto, y que se había multiplicado por millones. Con el tiempo surgieron los grandes Dioses, y los grandes sistemas de religiones, y la voluntad de esos Dioses primó sobre la de los hombres. Y todo fue explicado por la voluntad divina, y no hizo falta pensar más.
Muchos siguieron ese camino, y se acostumbraron a él. Y allí siguen. Otros recuperaron, hace 6 siglos, la capacidad de pensamiento (otros directamente jamás la perdieron), y nació la ciencia, la capacidad del hombre para explicar cualquier cosa. No sin cierta soberbia, los científicos creyeron que el universo era explicable mediante fórmulas matemáticas y métodos de investigación numéricos. Y las ciencias exactas ganaron prestigio y status.
Cuando el hombre se asomó al espejo y pretendió explicarse a sí mismo, a sus actitudes, a sus sentimientos, a sus hábitos y a sus costumbres y necesidades, encontró que no era posible cuantificarlas; encontró que tampoco era posible hallar leyes que previeran su comportamiento o sus reacciones o sus gustos o sus lágrimas. Y se dio cuenta de que la humanidad es un fenómeno inexplicable, inclasificable, semejante a una llama, dinámica y flexible, que impide cualquier tipo de calificación o de previsión.
Aún así, aquellos profesionales que se dedicaban a abordar el fenómeno humano no quisieron sentirse menos en una época en la cual el positivismo era el paradigma dominante. Y se autodenominaron Científicos Sociales o Humanos, y aplicaron los métodos de las ciencias de la naturaleza para intentar explicar el comportamiento del hombre.
Sin embargo, aún no existen leyes que expliquen el amor, la guerra, la depresión, la pasión por la lectura o el odio, ni que prevean como reaccionará la novia ante el altar, o el comprador en una librería, o el novio celoso, o el niño ante la rotura de su juguete favorito. Tampoco puede predecirse el futuro de los estados, de las razas, de los pueblos.
Todo es cuestión de soberbia, de creer que el hombre -al igual que en el Renacimiento, por reacción ante siglos de dominio religioso- es el centro del mundo, y que puede controlar, prever y dominar todo, cuando en realidad continúa siendo el hijo de la naturaleza que siempre fue, y continúa perdido sin saber hacia donde va, que hace aquí o como manejar lo que tiene más a mano: los recursos de la naturaleza.
Y todo es cuestión de status: decir que un profesional es científico y que una disciplina tiene la categoría de ciencia proporciona un status inigualable, un respeto por parte de estamentos similares, y la creencia de que uno sabe todo... o puede saberlo. ¿Qué disciplina, por insignificante que sea, no reclama su status como ciencia? Sin embargo, y curiosamente, ni siquiera las ciencias naturales -las primeras que se asignaron el título- son capaces de explicar muchos fenómenos de la naturaleza, supuestamente exactos.
Escucho que la bibliotecología es una ciencia, y sonrío para mis adentros. No pienso romperle el sueño o la ilusión a nadie, ni pretender que caiga del altar de los científicos. Sin embargo, la bibliotecología es sólo una técnica, o quizás un arte, si se realiza con pasión y esmero. Se encarga de organizar información, de conservarla. No puede explicar plena y "científicamente" ninguno de los fenómenos que estudia: porqué se publican libros, porqué se prefieren unos formatos a otros, qué razones llevan a los usuarios a actuar de una manera y no de otra. Desconoce incluso cosas básicas como las necesidades reales de sus usuarios. Y no podrá prever jamás nada, ni elaborar leyes, porque el fenómeno del libro, de la cultura y de la información es uno de los más movedizos, cambiantes, dinámicos e inexplicables que se hayan visto. Algo equivalente a prever sentimientos.
Las ramas más cuantificadas de la bibliotecología -la bibliometría, quizás, y los estudios estadísticos de usuarios- emplean herramientas accesorias de la ciencia para intentar comprender fenómenos pasados e intentar establecer patrones de comportamiento a futuro. Sin embargo, cualquier buen estadístico (y les recuerdo que antes de ser bibliotecario, soy biólogo) sabe que explicar a futuro fenómenos sociales es algo irreal: el hombre no responde a tendencias ni a patrones en su comportamiento. Es una entidad casi impredecible.
Prefiero considerarme un técnico, un artista o un simple trabajador. Que mi trabajo entre o no en la categoría de ciencia, de todas formas, no cambia las cosas: seguiré buscando información y haciéndola llegar a mis usuarios, a pesar de la existencia o no de códigos de clasificación, de tesauros, y de todas esas herramientas que, supuestamente, son necesarias para organizar un trabajo de documentación "científico", y que, en realidad, suelen ayudar más bien a complicar las cosas que a aclararlas. Cosas que, como todos saben en su fuero interno, son completamente artificiales, y, por ende, evitables.
Cuando abandoné las ciencias "puras" por las disciplinas sociales, mi razón fue simple: la ciencia pretende, orgullosamente, explicar lo inexplicable. Y en su soberbia no admite derrotas. He visto demasiado orgullo en mi vida como para, encima, tener que practicarlo en mi profesión, explicando con números la razón del vuelo de las mariposas o de las gotas de lluvia. Quizás mi postura sea romántica (ojalá así sea) pero prefiero, trabajando con honestidad y con criterio acertado de verdad y equilibrio (la base de toda "ciencia"), dedicarme a algo menos previsible y, por ende, mucho más interesante, olvidando debates y luchas que llevan más al odio y a las comparaciones tediosas que a la perfección intelectual, emocional y personal. El fin de la búsqueda de cualquier "científico" que se precie de tal.

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febrero 15, 2005

Dioses de la bibliotecología

Por Edgardo Civallero

Quizás sea una cuestión meramente cultural (argentina, sudamericana, hispana o mediterránea, ¿quién sabe?), pero el título universitario de licenciado (o el equivalente de ingeniero o doctor) eleva al individuo, en nuestra sociedad, a un estrato que supera la mirada de todos los mortales comunes, constituyéndolo en una especie de Dios... o de Diosa.
Este fenómeno curioso (y triste) encuentra un lugar también en nuestra profesión, sin lugar a dudas. De allí que se planteen diferencian entre graduados y estudiantes, y entre egresados de carreras terciarias y licenciados, e incluso entre licenciados docentes y no docentes, o entre licenciados con cargo burocrático o no. Cualquier razón, cualquier característica es buena para armar una estructura vertical y subirse a la cima.
Y allí las encontramos, divinidades de la bibliotecología, individuos intocables que creen poseer alguna característica que les permite mirar desdeñosamente hacia abajo, hacia el común de la gente, y armar elites que se codean única y exclusivamente entre ellos, repitiendo quizás el tradicional sistema de castas de la India.
Son ellos los que alientan a la generación de diferencias. Son ellos los que establecen las brechas insalvables. Son ellos los que perpetúan los sistemas de concurso, los pagos de "derechos de piso", los escalafones cerrados y sólidos y el respeto a la autoridad y a la antigüedad (pero no a la inteligencia o a la experiencia). Sin eso, no serían nada. Se convertirían en meras sombras, reflejos diluidos de un profesional que no ha podido alcanzar sus metas y debe regodearse en sus títulos y sus papeles para sentirse alguien. Es una especie de muleta psicológica. Pero esa muleta se clava en la autoestima, en la vocación, en los sueños, en las ilusiones, en las ganas de crecer y en los sentimientos de muchísimos colegas que están bajo su área de influencia.
La clave está en comenzar a tener verdadero respeto por aquellas personas que demuestran, con humildad (o sin ella, quizás no importe tanto) que en realidad saben, que en realidad pueden. Que no deben emplear su título (lo tengan o no) para hacerse respetar, porque por su formación, por su experiencia, por su fortaleza, por su opinión, ya son respetados en forma natural. Era lo que Mijail Bakunin denominaba "autoridad real", en contraposición a la mera "influencia", o autoridad por posición.
Una vez que los altares comiencen a caer, las divinidades (esas que nos hacen esperar horas en la antesala de su despacho porque "están ocupadas", mientras toman mate, chatean o hablan por teléfono), esas a las que nada se les puede discutir, esas que dominan la entrada y salida de trabajadores, esas que "tienen contactos", empezaran a difuminarse como por arte de encanto. Y, libres de ellas, quizás podamos comenzar a aprender a ser solidarios entre nosotros, a comprendernos, a ayudarnos, a olvidarnos de títulos y menciones y certificados y papeles, y a emplear nuestra experiencia en el logro del bien común: laboral, profesional, personal e intelectual.
Mientras tanto, los "Prometeos" caídos en desgracia ante los ojos de los dioses (solamente por llevar el fuego a la gente) seguimos encadenados al Cáucaso, esperando que cada tarde vengan las águilas a devorarnos el hígado.

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febrero 14, 2005

Vocación de servicio

Por Edgardo Civallero

Se ha planteado un tema de debate en la lista de ABGRA (Asociación de Bibliotecarios Graduados de la República Argentina) que me parece mas que interesante. Se trata del eterno debate acerca de las diferencias entre bibliotecarios graduados y no graduados.
Más allá de las brechas (inexistentes, a mi parecer) que genera tal concepción, el debate en la lista abordó otras perspectivas. Planteaba el colega Mantecón Valdés, en un mensaje muy lúcido, una idea que me parece oportuna: nos dejamos ganar la calle. El bibliotecario profesional (o no, me parece que las distinciones sobran porque todos vamos detrás de lo mismo) se ha ocupado más de su formación técnica (catalogación, indización, digitalización, tecnologías) y de pelearse por títulos, menciones, cargos y puestos burocráticos que de ocuparse de su público, de sus usuarios, de la sociedad que espera de sus servicios.
Y esto se ve reflejado en la gran cantidad de consultoras y servicios de información que obtienen muy buenos ingresos haciendo nuestro trabajo. Y digo "nuestro" con mayúsculas porque somos nosotros los gestores de información y la memoria (estemos graduados o no). Para eso nos formamos (o intentamos hacerlo, ¿no?).
Ciertamente, los procesos técnicos y tecnológicos son necesarios para la biblioteca como institución, pero no son más que una herramienta para conseguir el objetivo final: prestar servicios a un usuario. Sin embargo, me parece que en algún punto de nuestra historia profesional el camino se desvió, y lo que originalmente debió ser una herramienta se convirtió en objetivo, meta y misión.
Creo que el bibliotecario ha olvidado su función, sus metas, su identidad. O quizás nunca la conoció. Deberíamos empezar por ahí. Dudo (y lamento disentir con muchos, aquí) que existan serias diferencias entre bibliotecarios titulados y no titulados. Evidentemente las hay, de formación. Pero el espíritu de servicio es el mismo (o debería serlo), y quizás está más desarrollado en aquellos colegas (y uso este término con mucho orgullo) que jamás han podido pisar un aula pero que luchan en las trincheras de las bibliotecas populares, escolares, rurales.... Creo que plantear una diferencia allí es injusto: trabajan tanto o más que nosotros, y si bien no se han pasado 3 o 5 años en las aulas, se han pasado 20 o 30 tras un mostrador, entre estantes, ayudando a niños y a adultos a amar al libro, a aprender a leer, a hacer la tarea, a olvidar la tristeza de estar solo. Y esa formación, la que da la calle y la vida, es mucho más valiosa, y les aseguro que no se aprende en ningún aula, ni en ningún seminario o congreso.
En fin, con estas líneas (que fueron enviadas ya a las lista de ABGRA) quiero llamar la atención sobre la inutilidad de crear brechas dentro de nuestra profesión, y la utilidad de aunar esfuerzos. Si hay colegas con poca formación, es nuestra la responsabilidad de hacerles llegar las herramientas para que tal formación se amplíe, y así igualar capacidades y oportunidades. Y si hay "competidores" que nos desbancan en el mercado de la información, no hay que echarles la culpa a ellos: la culpa es nuestra, nosotros se lo permitimos al olvidar que nuestro puesto no siempre está tras el tesauro, sino en la calle, en la sociedad. Porque prestamos un servicio, justamente por eso. Somos más que burocracia (aunque algunos hayan asumido lo contrario). Y por mucho estatuto profesional que tengamos, y colegios, y todo el bagaje legal que quieran agregar, el cambio, el "click" salvador, debe tener lugar dentro de nuestras cabezas.
Una vez que esta chispa se encienda, todo cambiará. Y no hará falta reclamar nada porque nos daremos cuenta de un montón de cosas que son nuestras por naturaleza y derecho propio.
Sobre todo, nos daremos cuenta de que hemos perdido mucha de nuestra capacidad para servir. Como me escribe un colega, en breves términos, "se ha extinguido como los dinosaurios".
Saludos cordiales desde Córdoba

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febrero 02, 2005

Pasantías: ¿trabajo esclavo?

Por Edgardo Civallero

Hace un tiempo hice llegar a la lista de distribución profesional de ABGRA (Asociación de Bibliotecarios Graduados de la República Argentina) un mensaje que causó un tremendo revuelo, y que me ganó tantas condenas abiertas como simpatías veladas. Creo que el tema sigue candente y oculto (como todos los temas que nos duelen), y que merece ser nombrado nuevamente, para ver si, de alguna manera, pueden encontrarse soluciones...
El tema en cuestión es el de las pasantías, trabajo clásico de estudiante, “regulado” por una oficina universitaria (sé que suena a broma, pero es cierto), realizado en empresas externas a la Universidad o en bibliotecas dependientes de ella, y orientado a la “formación” y a la “práctica profesional” del educando.
Un alto porcentaje de los pasantes que conozco o he conocido –y aquí debo anotar que yo mismo fui uno de ellos durante algunos años- denuncian, como yo lo hice en su momento, la ausencia total de práctica y formación. Denuncian abusos, denuncian salarios bajos, denuncian una tremenda variabilidad (o incluso una ausencia total) de políticas con respecto a las pasantías, denuncian que han sido usados (repito: u-s-a-d-o-s) por instituciones “respetables” como mano de obra barata...
Algunos -que probablemente estarán leyendo mis palabras, pero que no osan pronunciarlas en voz alta por un comprensible miedo sin tapujos a las represalias, que ciertamente son aplicadas- han llegado a usar, para definir su trabajo como pasante, las palabras “escriba” y “esclavo”.
Yo usé “bestia de carga”, pero los que me conocen saben o intuyen que tal término es digno de mi carácter.
Las palabras suenan fuertes, ciertamente. Haré, pues, un alto en el camino para anotar que generalizar es un error, y que no pretendo caer en él. Muchos pasantes están felices con la oportunidad de desempeñar su futura profesión en la vida real, en condiciones reales, con el aliciente de ganar algo de dinero (cosa que, en nuestros países con economías sumergidas, es mucho más que un aliciente y pasa a ser una razón fundamental...). Tal cosa me alegra. Yo mismo he sido agraciado, en alguna ocasión, con una oportunidad tal. Otros tantos se sienten “tan” bien, que incluso llegan a prolongar lo más posible la fecha de su graduación, para así poder seguir aprovechando los beneficios de la pasantía. Eso no me alegra tanto, pero ya es política de cada uno.
Pero junto a ellos, a las personas que, merced a sus buenas experiencias, opinan que el sistema de pasantías es justo, están los otros, los doloridos, los que se sienten usados.
Y son muchos.
Lamentablemente, no hay que ver el lado bueno de esta historia, sino el malo, por pequeño que sea. Porque ese lado malo es el que, precisamente, nos muestra los problemas que precisan de solución urgente. De lo bueno podemos regodearnos y felicitarnos después. Así mismo, hasta que no expresemos estos problemas, no comenzaremos a buscarles solución. Y esto es lo que ha estado pasando hasta ahora. Nadie dice nada. Es mejor callar y aguantar, pues “son solamente un par de años”, y “tras la graduación, el abuso acaba”.
(Mentira, el abuso continúa. La pasantía es sólo la preparatoria de lo que viene después).
He oído docenas de opiniones encendidas de pasantes, he leído cartas de renuncia y de protesta... Sin embargo, las autoridades encargadas de las pasantías hacen bien poco. El sistema continúa. Las quejas, mudas, expresas o entre dientes, también.
Muchas veces, hablar o elevar la voz en contra de estas situaciones puede convertirse en sinónimos de condena eterna por parte de los estamentos universitarios correspondientes, o de la comunidad profesional. Se repite, en estos casos, la conocida de situación de "yo lo soporté, yo pagué mi precio, entonces ahora todos deben pagarlo igual que yo". Una postura egoísta que he visto repetida hasta la saciedad. También están los que se desentienden de los problemas de sus colegas (o futuros colegas) y cierran los ojos a realidades que arden delante de sus propios rostros.
Denunciar y no proponer soluciones es visto, a veces, como crítica cómoda. Pero si no empezamos por denunciar, por hablar del problema... ¿cómo le encontraremos solución?
En próximos envíos haré llegar algunas ideas de mi propia cosecha, quizás locas, quizás fuera de lugar, pero propuestas al fin. Desearía, algún día, poder dejar de ver lágrimas, resentimiento, odios velados y venganzas ocultas. Porque estas historias internas sólo conducen a una pérdida progresiva de las ganas de trabajar, de las ganas de hacer, del entusiasmo y del amor por la profesión. Y fuera de nuestras bibliotecas -se los recordaré siempre- hay todo un mundo que necesita de nosotros, de lo mejor de nuestro quehacer.
Construyamos caminos hacia el futuro, en vez de borrarles las esperanzas a los futuros profesionales.

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febrero 01, 2005

Anarquismo bibliotecario (y 03)

Por Edgardo Civallero

Por lo general, se tiene un concepto erróneo acerca del significado del término “anarquismo”, tal y como dejan ver los e-mails (con algunos comentarios ciertamente muy interesantes) que me han hecho llegar varias colegas. Se lo suele asociar a “desorden”, a “desorganización” y especialmente a “caos”, no quedando exenta la acción violenta en la consecución de estos estados.
Lamentablemente, algunas acciones emprendidas –en distintos momentos históricos cercanos- por individuos que se creyeron poseedores de la verdad y ejecutores de la voluntad del pueblo, tiñeron al término “anarquismo” de un matiz oscuro. El valor original de esta palabra continúa siendo “negación de la autoridad”, un valor defendido por los autores que desarrollaron la teoría político-filosófica anarquista: Bakunin, Kropotkin, Proudhon...
Ocurre que, desde ese marco teórico, estos autores alentaban a la acción para cambiar el estado de las cosas (era obvio que, si esperaban de manera pasiva a que las cosas cambiaran, no hubieran obtenido resultados...). Algunos asociaron “acción” y “negación de autoridad” con “eliminación de autoridad a través de la acción”, lo cual era un sinónimo de “bomba al príncipe” o “disparo al gobernador”. Y comenzaron las acciones terroristas.
Pero asociar estas acciones a las ideas básicas del anarquismo es tan injusto como asociar las acciones de los comandos terroristas del Medio Oriente a las ideas básicas del islamismo.
Sin embargo, en el imaginario popular, “anarquismo” quedó asociado para siempre a hechos sangrientos (algo que está ocurriendo hoy con “islamismo” o “musulmán”).
Recordaré nuevamente que el vocablo tiene su origen en la antigua Grecia, que muchas corrientes de pensamiento occidentales y orientales lo incluyen entre sus ideas, y que, etimológicamente, significa “negación de la autoridad”. El trabajo comunitario es un trabajo anarquista, pues niega jerarquía y autoridad por poder: se respeta la autoridad por experiencia o por sabiduría, y se trabaja en equipo. Nadie es superior a nadie (no existe estructura “vertical” sino “horizontal”) y cada cual realiza la labor para la cual se siente más preparado. De esa forma, los resultados son exitosos y cada integrante del equipo desarrolla y expresa sus cualidades en un ambiente dinámico de intercambio y crecimiento.
La negación de autoridad (la cual ha asumido, en el mundo actual, la forma de estructuras jerárquicas o “verticales”) no se limita al ámbito político, económico o religioso, o incluso al laboral (como el ejemplo del párrafo anterior). En el ámbito de la información, existen fuertes jerarquías, en forma de empresas multinacionales que controlan el mercado de la información y crean pirámides de poder informativo. Concentran el conocimiento esencial, estratégico, importante, vital a veces (en forma de publicaciones periódicas especializadas, bases de datos, etc.) y lo venden a aquellos que puedan responder a sus precios. Se crea así una dependencia, y, sobre todo, una especie de escalafón en el cual los que pueden comprar la información ocupan los puestos superiores.
En el “mundo en desarrollo” (lamentable etiqueta que tardaremos años en despegar de nuestros cerebros) la influencia de estas jerarquías informativas se siente, y mucho. Debido a que muchos países (incluido el nuestro) no poseen recursos económicos suficientes para pagar esas bases de datos que concentran el saber estratégico humano (actualizado y organizado), mucho conocimiento no llega, y seguimos bajo el umbral del subdesarrollo, pues, para que exista crecimiento debe existir información disponible, la cual ya cuesta muy cara (en cuanto la información, en el paradigma socio-económico imperante, es el principal bien de consumo, y un sinónimo de poder).
El anarquismo bibliotecario, postura que desarrollo y desde la cual parte mi labor como docente, profesional e investigador, plantea la negación de estas jerarquías. Plantea la liberación de la información (bien común de la humanidad) para el pleno desarrollo humano. Plantea el respeto por el libre acceso a la información, por los derechos al desarrollo de los pueblos... Para ello coloca un especial énfasis en la difusión activa del saber desde la biblioteca, y en la liberación total de la información, en el formato que sea. Sólo así, al cesar el lucro con el conocimiento humano, podrá verse un desarrollo equilibrado de los pueblos. Se negaría, de esta forma, una jerarquía informativa en la cual la cima de la pirámide concentra los recursos y los va liberando muy lentamente, y a ciertos sectores. Latinoamérica se encontraría en la base de la pirámide jerárquica. Con la anulación de esta estructura vertical, se pretende generar una sociedad informativa horizontal, de iguales que comparten e intercambian libremente su saber en pro del bien común del género humano, y no del bien de unos pocos comerciantes.
La visión de anarquismo que presento –la que sigo y desarrollo- es una visión moderna, una re-formulación de las ideas de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, que, básicamente, eran las mismas, aunque enfrentaban otros problemas distintos y, por ende, necesitaban ser “aggiornadas”. No pretendo el desorden, ni el caos. Pretendo labor en comunidad tras un solo objetivo: que la información que manejamos sirva para el libre progreso y crecimiento de nuestros usuarios.
¿Por qué asumo esta postura? Merced a mi trabajo en comunidades indígenas y rurales, he visto todo el sufrimiento que acarrea la falta de saber, la falta de desarrollo. He visto niños de dos años morir porque sus madres no supieron como curar una diarrea. Es lo más sencillo del mundo... pero la información no estaba. He visto doctores impedidos de hallar una solución urgente para sus pacientes por falta de información actualizada, concentrada en revistas de editoriales como Springer, o en bases de datos como ScienceDirect. Y he sabido los precios a los cuales estos comerciantes venden sus bases en Latinoamérica, precios inalcanzables incluso para las grandes instituciones (como las universidades, no hace falta irse al campo o a las poblaciones nativas...). Estas cosas provocan una reacción fuerte... y no me caracterizo precisamente por un carácter suave o indolente...
Por otro lado, las jerarquías me han rebelado desde siempre: en el trabajo, en la vida social, en la vida religiosa, en la política. Odio sentirme encadenado a un puesto en una estructura vertical, un puesto que me cataloga como un individuo X con X capacidades y X obligaciones, encadenándome a un nicho del cual es difícil salir, y que me limita incluso mentalmente. Prefiero buscar o construir una posición más libre, de respeto mutuo con mis congéneres y colegas, de aprendizaje, de compartir... Una posición que no me anule, que no me niegue horizontes para crecer...
Evidentemente, esta idea de anarquismo bibliotecario (a nivel mundial y a nivel personal) puede sonarles a utopía. No lo es tanto: los bibliotecarios progresistas, los constructores de proyectos de bibliotecas abiertas (de lo cual pienso hablarles en el próximo mensaje) e incluso las bibliotecas populares, participan de muchas de las ideas del anarquismo (aunque prefieran no utilizar el término maldito). Aún así, siempre he creído que, el día en que mi mundo se quede sin utopías, sin ideas locas a las que seguir, mi vida ya no tendrá mucho sentido, pues, decididamente, me habré quedado sin motivos por los que luchar.
Y, sin ellos... ¿vale la pena seguir en pie?

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