Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

junio 27, 2005

Aportes para una clasificación

Por Edgardo Civallero

Las lenguas de las comunidades indígenas que ocuparon la Patagonia y la Tierra del Fuego (territorios divididos políticamente, en la actualidad, entre Chile y Argentina) formaron un conglomerado complejo y apasionante. Las razas que originariamente poblaron las pampas argentinas fueron desplazadas, a lo largo de los siglos XVI y XVII, por la expansión del pueblo Mapuche, que traspasó la frontera natural que representaba la cordillera de los Andes y se mezcló con los pueblos locales, imponiendo, de alguna forma, su lengua, o mezclándola con las hablas regionales.
Muchos de estos pueblos desaparecieron tempranamente, y no quedó de ellos mucho registro. Otros, como los Selk´nam de Tierra del Fuego, o las comunidades canoeras de los canales magallánicos, fueron masacradas a lo largo de los siglos XVIII y XIX.
Empero, sus descendientes aún continúan perpetuando las tradiciones, aunque gran parte de la cultura se ha perdido con las memorias de los ancianos desaparecidos. Se presenta, pues, un intento de aporte a la Clasificación CDU, que sume a sus tablas auxiliares 1f la realidad de estos pueblos...

[Nota: Debido a que al aporte se realiza directamente a la edición original de la CDU, los conceptos están escritos en inglés].

876 Patagonian & Fuegian Languages

876.1 Araucanian
876.11 Mapudungu
Including Tsedungun (Hulliche / Williche) and several Chilean & Argentinian dialects (e.g. the language of Pikunche, Pewenche, Ranküllche, etc.).
876.12 Pampa
(Including variants of Mapudungu (876.11) spoken by araucanized peoples of Argentinian pampas)
876.19 Other Araucanian languages

876.2 Chon
876.21 Selk´nam and Manekenk
(The languages of these peoples, also called Ona and Haush).
876.22 Gününa-yájitch
(The language of the Gününa-küna, also called Northern Tehuelche, Puelche or Gennaken)
876.23 Aoniko-áish
(The language of the Aónikenk, also called Southern Tehuelche or Ao´nükün´k)
876.29 Other Chon languages
(Including dialects of the Andean Tehuelche groups)

876.3 Alacalufan
876.31 Qawasqar
(The language of the Qawasqar people, also called Alacaluf, Kawésqar, Pechera, Aksánas, Hekaine, Lecheyel or Caucahue)
876.32 Háusikut
(The language of the Yámana people, also called Yahgan, Yapoo or Tekéenika)
876.39 Other Alacalufan languages

876.4 Het (Original Pampa)
Including original Pampa languages disappeared or mixed after “araucanization” of Argentinian pampas during XVIIth century. For the results of mixing, see 876.12

876.9 Other Patagonian & Fuegian Languages
Including unknown or unclassified languages and dialects, like Chono.

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junio 13, 2005

Cuestión de nombres..

Por Edgardo Civallero

No es la primera vez –ni será la última, me temo- que planteo en estas páginas el estrecho vínculo existente entre nuestra forma de captar la realidad y las palabras que usamos para representarla. Me refiero, en concreto, a los términos usados en tesauros y sistemas de clasificación, lenguajes controlados destinados a codificar nuestro universo a través de un conjunto limitado de términos selectos.
En estas últimas semanas estoy colaborando con el Comité de Revisión de la CDU (Clasificación Decimal Universal) en la elaboración de un esquema que represente a las lenguas (y etnias) indígenas sudamericanas, sociedades e idiomas poco representados, hasta hoy, en las tablas de dicho sistema (y en las de otros, como la CDD o la LCC). Los códigos que diseñe pasarán a formar parte (si son aprobados por el Comité) de las tablas auxiliares 1f.
Personalmente, esta tarea representó un doble desafío. Por un lado, investigar en áreas de mi propia disciplina en las que jamás tuve formación previa (p.e. construcción de tesauros, lenguajes documentales, etc.) y en áreas de otras disciplinas (antropología, etnología, lingüística...) con las que tengo un contacto limitado merced a que curso la carrera de Historia. Por otro lado, tomar decisiones acerca de la realidad que debo representar, y los términos que voy a usar.
Quizás los que lean estas líneas piensen que llevar un conjunto de lenguas a un esquema clasificatorio sobre el papel es sencillo. Puede que, en parte, lo sea. Sin embargo, desde mis primeros contactos con esta tarea me encontré con que nadie sabe, a ciencia cierta, qué lenguas indígenas se hablan, quiénes las usan, dónde están, cuántos son los hablantes.... Nadie sabe si se siguen hablando... Nadie sabe cómo son exactamente, cuáles son las relaciones entre ellas, si poseen sistemas de escritura o no.... Este punto hace referencia, por sí solo, a toda una problemática histórica y social que, como bibliotecólogos, quizás no nos toque de lleno, pero que, como iberoamericanos, debería conmovernos, pues tales lenguas (y sus hablantes, y las culturas que representan y codifican) forman parte de nuestro patrimonio, de nuestra diversidad y de nuestra identidad cultural.
Pero pasando por alto este problema inicial, la crisis se presentó una vez que, esquematizado grosso modo el árbol de clasificación de las lenguas nativas, tuve que empezar a poner nombres en las casillas vacías. Les ilustro la situación con un ejemplo para que comprendan mi estado de confusión y desconcierto en pleno trabajo....
En el Chaco salteño (región fitogeográfica que se encuentra en la porción oriental de la provincia de Salta, noroeste de Argentina, frontera con Bolivia) habita un pueblo de lengua guaraní, los Avá. Los habitantes criollos de la zona los llaman “chaguancos” (palabra que se ha convertido en sinónimo de “bruto” en toda la región chaqueña) o “tembeta” (por el adorno de guerra del mismo nombre que solían llevar, en tiempos pasados, atravesando su labio inferior). Los libros de historia perpetuaron el nombre de “chiriguanos”, castellanización del término “chiriwano”, apelativo despectivo que los Avá obtuvieron de sus vecinos Incas durante el siglo XIV, y que, en quechua, significa literalmente “mierda fría”. Ellos se llaman a sí mismos “Avá” (“hombres”) y a su lengua, una variante andinizada del guaraní, “Avá Ñe´é” (“El idioma de los hombres”). Sus vecinos Chané, antaño sus esclavos, los llaman “Chaya” (apócope de la frase guaraní “Che Yara”, “Mi Señor”). Los nuevos libros de historia, conscientes del uso secular de términos despectivos, y respetuosos de las identidades, los llaman “Avá-Guaraní”, para distinguirlos de otros pueblos de habla Guaraní, como los Mbyá, que viven también en Argentina, en la provincia de Misiones.
Si aún no se han perdido en tal maraña de nombres, podemos sumar los apelativos que los Avá reciben de sus vecinos Qolla del oeste, de sus vecinos Wichi del Este o de sus vecinos Chorote y Chulupí del Noreste, amen de todos los términos que los cronistas españoles del siglo XVI y XVII y los historiadores y etnólogos argentinos (y extranjeros) de los siglos XVIII y XIX crearon para denominar a sus diferentes facciones y tribus. Sumemos además todas las variantes gráficas, incluyendo “Chillihuano”, “Chiriwanu” y “Aba”.
Decidir el nombre a elegir para representar al pueblo y a su lengua en una clasificación internacional es difícil. No se trata simplemente de elegir una de las tantas variantes gráficas, o de eliminar fuentes antiguas o nombres dados por los vecinos. En este caso puntual, el término “Avá” (el nombre que se da la propia comunidad) no es conocido más allá de los círculos indigenistas, y el nombre “Chiriguano”, el más conocido y el reflejado en la mayoría de los libros de historia y antropología hasta hace unos años, es abiertamente despectivo, y rechazado por los indígenas. El idioma que hablan es más conocido como “Guaraní”, pero esa no es la forma que usan ellos para denominarlo. A todo esto, sumemos el hecho de que no hay formas normalizadas u oficiales (en castellano o en inglés) para denominar a esos pueblos o a esa lengua: a veces se usa una y a veces otra, dependiendo del contexto.
¿Qué realidad reflejar? La historia se repite en cada uno de los grupos indígenas argentinos y sudamericanos. No es una simple cuestión de palabras: muchos de estos nombres reflejan una larga historia de olvidos, de desprecio, de agresión.... Al nombrar, se asume una postura personal con respecto a lo nombrado. Y a estas alturas, ya no podemos esgrimir el argumento del “desconocimiento”, del “uso continuado” o de la “tradición”. Tenemos que ser conscientes del valor de las palabras que usamos.
Un joven Wichi (pueblo indígena del noreste argentino) me decía una vez, en la provincia de Chaco, que ser llamado “Mataco” (nombre reflejado en los libros de historia y de antropología) lo hacía sentir como si, en libros, diarios y revistas, se refirieran a los argentinos como “Sudacas”. Quizás el ejemplo sea poco afortunado, pero debería hacernos pensar profundamente acerca del significado y del valor de las palabras que usamos, y acerca del cuidado que deberíamos tener con los nombres de personas y sociedades.
Aquí sigo, preguntándome si usar “Toba” (“frentón”, en guarani) o “Qom” (“hombre”), o si usar “Tehuelche” (“Gente arisca”) o “Aonikenk” (“Gente”). Y sonrío para mis adentros al recordar que, en ruso, “Alemán” se dice “Niemets” (“Mudo”). Definitivamente, parece un mal internacional en el que nadie se ha detenido a pensar. Un mal que siglos de empleo continuado e inconsciente ha ayudado a atemperar (o a eliminar) en nuestras mentes. Pero no en las de ellos, los “otros”, que solo piden un poco de respeto.
La Declaración Universal de Derechos Lingüísticos de Barcelona (1996) señala la necesidad de nombrar las lenguas de acuerdo a la denominación que les da el propio grupo de hablantes. Un cierto sentido ético empuja, además, a no usar términos peyorativos. Pero la cuestión, la gran cuestión, es si un tesauro o una clasificación construida con tales términos es útil para los usuarios finales.
Quizás sólo sea cuestión de probar si, por una vez, respeto y utilidad pueden ir de la mano, o si una vez más –como tantas otras en estos días inciertos- los valores positivos caen bajo el peso de la conveniencia.
Prometo compartir con ustedes el resultado de estas disyuntivas... Mientras tanto, continúo tras mi pipa, pensando...

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junio 09, 2005

Entre leer y comer...

Por Edgardo Civallero

Ocurrió en el 2003, en Salavina, un pequeño pueblo perdido en el medio del monte, a orillas del río Dulce, en la provincia de Santiago del Estero. Me encontraba presentando un avance de mi trabajo con bibliotecas indígenas en un Congreso de Lengua y Cultura Quechua (Salavina se encuentra en el área en la cual aún se habla el dialecto quechua argentino). Alguien del público alzó la mano y, en un tono franco, me dijo que mi trabajo estaba muy bien, pero que “los pobres indios no necesitan libros, necesitan comer”.
Horas después, y a pesar del “consuelo” de varios colegas que, con discursos cargados de lógica, apoyaban mi trabajo, aún no había reaccionado de la “bofetada verbal” recibida. Mi amiga y compañera Suny Gómez me comentaba que una discusión semejante se planteó hace unas semanas en el curso del PROPALE que coordina, y al cual me acabo de sumar como docente de bibliotecología.
La cuestión en debate es: ¿es la lectura una herramienta útil para el desarrollo de las comunidades y los pueblos, o un lujo que puede quedar relegado a un último lugar ante necesidades más urgentes?
Formar la respuesta a esa pregunta (esa respuesta que no supe dar aquella tarde en Salavina) me llevó meses y meses de experiencias y contacto con las duras realidades de las poblaciones rurales, indígenas y peri-urbanas.
Las necesidades primarias, urgentes, físicas de un individuo o de una comunidad pueden satisfacerse -si no se puede lograr de forma más constructiva- a través de ayuda humanitaria. No son pocas las manos dispuestas a brindar tal ayuda: ONGs, compañías religiosas, gobiernos, municipios... El problema, tal y como me lo expresó un viejo campesino del norte de mi provincia, es que “los zapatos y las latas de arvejas no tienen cría”. En efecto, una vez que la lata se consumió y que los zapatos se gastaron, estamos en la misma situación de partida, esperando nuevamente los recursos de auxilio. Y esto, en muchas casos, crea relaciones de asistencialismo y dependencia (incluso paternalismo) que pueden derivar en manipulaciones y control social, político o religioso. Algunos casos en las provincias argentinas de Formosa, Chaco, Salta y Santiago del Estero (por citar realidades locales que conozco de primera mano) lo demuestran claramente.
Las necesidades primarias de las comunidades desfavorecidas (alimentación, abrigo, salud) deben saciarse en forma equilibrada, complementando tal ayuda con formación, información y educación, tres servicios que muy bien pueden ser prestados por una biblioteca. La educación permite crear caminos a futuro, recuperar identidades, conocer derechos y deberes, encontrar alternativas y soluciones a los problemas, y comprender el poder de las manos y el trabajo propios. Permite evitar que la caída de hoy vuelva a repetirse mañana. Permite construir esperanzas y proyectos y anular cadenas de dependencia innobles y humillantes. Permite dar a la vez el pescado y la caña para pescarlo mañana. Permite aprender a cultivar la tierra, a criar animales, a aprovechar los recursos, a procesarlos y comercializarlos, a administrarlos y un infinito abanicos de otras posibilidades.
Por ende, creo que no existe una disyuntiva entre el libro o la comida. No se trata de dejar de lado lo importante por lo urgente. Se trata de tener en cuenta ambas cosas, dando un tratamiento justo a cada una de ellas. La lectura y la escritura, y las posibilidades que ellas brindan, son adquisiciones imprescindibles para cualquier grupo humano. Sin ellas, el desarrollo y la eliminación de estados conflictivos se ralentiza hasta niveles inimaginables.
Pero parece que, como siempre, las inversiones a futuro solo son visibles para unas escasas mentes visionarias. El resto se queda en lo inmediato, y termina, en muchos casos, siendo manipulado por algunos espíritus bajos, que aprovechan las necesidades ajenas en beneficio propio. Pregunten, si no, en las comunidades tobas del centro del Chaco, que paga con sus votos el agua limpia que bebe, y con su fe los libros que lee.

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junio 06, 2005

Retornando...

Por Edgardo Civallero

El poder de la información es casi ilimitado. Es transformador, movilizador, generador de ideas y universos mentales únicos, despertador de sueños y llama inicial de luchas y reclamos. La libertad de un individuo o de una sociedad reposa en su capacidad de decisión propia, de autodeterminación. Y esta capacidad deja de ser operativa si no existe información que la alimente. De ahí la importancia de la censura y del control del saber en aquellos grupos humanos en los que una minoría domina y maneja el destino de una gran mayoría, generalmente desconectada de la realidad.
La información reposa en muchas manos, pero somos los bibliotecarios, los documentalistas, los gestores de información, los bibliotecónomos o como quieran llamarnos, los que, en última instancia –y tal y como he repetido hasta el hartazgo en las páginas de este diario íntimo- manejamos el conocimiento de una cultura, de una nación...
Las ilusiones de un profesional de la información no pueden morir en los límites de sus colegas, de sus profesores, de los autores que lee... Tampoco puede morir en los límites que la realidad le pone ante los ojos. Porque esos límites no son reales: reposan en nuestra mente. La realidad es ilimitada, no existen imposibles, todo puede hacerse si se encuentra la forma. Muchos caminos pueden iniciarse desde nuestros estantes o nuestras computadoras: el camino del reposo, el camino de la risa, el camino del descubrimiento, el camino del recuerdo, el camino del odio, el camino de la guerra... No existen muros ni puertas ni fronteras que nos impidan despertar en nuestros usuarios lo que queramos despertar: el ansia de mejorar, las ganas de vivir y de crecer, la curiosidad por saber más, la intriga por palabras y sonidos...
No importa lo que la realidad nos muestre, ni lo que nuestros antecesores hayan hecho. Tampoco importa que nos cierren puertas, que nos eduquen pobremente, que nos digan “no” a cada pregunta y a cada inquietud que nos brote. Importa, sí, que mantengamos la ilusión que nos empujó a elegir esta profesión. Importa que sigamos amando el aroma polvoriento del papel viejo tanto como el tiqui-tiqui-tic de nuestros teclados en la búsqueda de una referencia urgente y difícil.
Importa que amemos lo que somos y lo que hacemos, porque su valor es inmenso. No importa lo que los pobres de espíritu nos digan. Ellos jamás comprenderán nuestra búsqueda.

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