Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

febrero 20, 2006

Mahoma, caricaturas y libertad de expresión

Por Edgardo Civallero

Desde hace un tiempo vengo siguiendo con interés la polémica que ha surgido en torno a las caricaturas de Mahoma publicadas por un periódico danés.
Para aquellos que no estén al tanto del asunto, éste se resume así: argumentando ejercer su completa libertad de expresión, una publicación danesa (el Jyllands-Posten) encargó a más de 40 dibujantes la elaboración de sendas caricaturas del profeta musulmán Mahoma. Muchos rechazaron la propuesta, y los resultados (sólo 12) fueron publicados el 30 de septiembre del año pasado, y causaron escándalo, ira y amenazas (de todo tipo) por parte de comunidades y países islámicos.
Para peor, una vez que comenzaron las protestas, algunos de los dibujos fueron reproducidos en otros periódicos, en más de 50 países.
(Rescato aquí este tema porque es un asunto que nos incumbe plenamente. El tema de “libertad de expresión” y “libertad de acceso a la información” es materia candente y muy tratada en nuestro ámbito, y afecta a políticas de adquisición y circulación de las bibliotecas, y quizás, en mayor grado, a nuestra propia ética y misión profesionales).
¿Por qué el escándalo? Sencillo. De acuerdo a las tradiciones y principios islámicos, el rostro de Mahoma es sagrado –a pesar de haber sido un hombre como cualquiera de nosotros- y debe representarse gráficamente con el mayor de los respetos (de acuerdo a los Chiítas) o directamente no representarse (de acuerdo a los Sunnitas). En la actualidad, los musulmanes toleran muy bien las representaciones de su profeta, siempre que no sean irreverentes. Y éstas lo fueron, basándose en una antigua tradición liberal de los periódicos daneses.
Aún conociendo esta característica (o quizás, por ello mismo), los daneses dibujaron a Mahoma. Y, haciendo uso del peor gusto en caricatura mordaz y política (que, ciertamente, usan incluso con Jesús y otros asuntos, siguiendo, como dije antes, su tradición muy liberal), lo caracterizaron como un guerrero con una bomba en el turbante negro, o con un sable, o felicitando a terroristas suicidas, o en otras posturas y situaciones más o menos incómodas.
Creo que el derecho a la libre expresión de un individuo termina donde empieza el derecho del prójimo a ser respetado. Y esto suena a falta de respeto cruel escudada tras un supuesto “derecho” que excede muchos límites. Es como si en alguna parte del mundo no-cristiano publicaran caricaturas de Cristo quemando herejes o matando indígenas, o del Espíritu Santo teniendo sexo con María. Muchos quizás sonreirían (aunque… ¿es gracioso?) pero los cristianos se sentirían tocados.
La burla leve acerca de los defectos propios puede resultar simpática. Pero el sarcasmo hacia una creencia ajena me parece una lisa y llana falta de respeto.
Recuerdo que en Escandinavia se me ocurrió hacer un chiste poco afortunado respecto a una de las instituciones más tradicionales de aquella región del mundo: la monarquía. El resultado: casi me comen crudo (y me lo merecía)… ¿Donde quedó el liberalismo?
El problema se traslada a nuestras bibliotecas. ¿Hasta qué punto debemos o no debemos incluir textos o materiales que agredan a otras culturas? Un ejemplo claro son los panfletos y magazines editados por muchos “grupos de odio” (p.e. neo-nazis). Evidentemente, ellos hacen uso de su derecho a expresarse, y nuestros lectores tienen todo el derecho a informarse de tales actividades. Pero…
Es una cuestión complicada, que implica principalmente valores éticos. Pero, como informadores, debemos enfrentarla, tomar posición, tomar partido. Creo que mi postura es muy cerrada (por una vez en la vida, me tocaba), pero, en fin, nadie es perfecto (y yo mucho menos).

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