Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

abril 24, 2006

Día del Aborígen Americano

Por Edgardo Civallero

El 19 de abril se celebra el Día Americano de los Pueblos Originarios. Se conmemora la fecha en que, por primera vez, se reunieron los delegados indígenas participantes en el Primer Congreso Indigenista Interamericano, en la Posada de Don Vasco de Quiroga, en Pátzcuaro, (Michoacán, México), en 1940. El Congreso fue el puntapié inicial para la creación del Instituto Indigenista Interamericano. La resolución emanada de tal Reunión fue reglamentada por el gobierno nacional argentino en 1945... pero los altos principios que señala siguen siendo olvidados.
En Argentina, la semana del 19 de abril suele llamarse “Semana del Aborigen”, y suelen generarse una buena serie de eventos conmemorativos, festejos y charlas. Para terminar la semana, se ha celebrado en la provincia de Formosa (NE argentino, población netamente indígena) el III Encuentro de Pueblos Originarios de América.
El fin de semana del III Encuentro, me encontraba en el otro extremo del país, en otra región históricamente importante para el mundo aborigen argentino: el oeste de la provincia de Buenos Aires. Participé como disertante en las I Jornadas de Historia del Oeste Bonaerense, que tuvieron lugar en la bellísima y siempre acogedora ciudad de Trenque Lauquen (nombre mapuche que significaría “laguna redonda”). Invitado muy cordialmente por la Biblioteca Popular “B. Rivadavia”, pude disfrutar de un encuentro más que interesante. Pero, a la vez, me encontraba en una ciudad que fue fundada durante la famosa “Campaña del Desierto”, una campaña lanzada a finales del siglo XIX contra las poblaciones nativas que aún ocupaban la Patagonia argentina. El resultado fue el habitual: muerte para ambos bandos, ataques sangrientos, odios, y el exterminio de las culturas mapuche / ranküllche / “salinera” / “manzanera” que ocupaban las pampas y estepas argentinas. Sus descendientes fueron arrinconados en las tierras más inhóspitas, y los que supieron integrarse a la sociedad “huinca” (blanca) quedaron relegados a los estratos más bajos, sitio que siguen ocupando, a pesar de mostrar, en algunas zonas, una fiera resistencia y un orgulloso uso de sus costumbres.
Trenque Lauquen exhibe, en sus calles, el nombre de aquellos que “llevaron la civilización al desierto”. Para otros, son los nombres de los genocidas de un pueblo originario. Para otros, los nombres de los dirigentes de una guerra en la que todos perdieron... En fin, las perspectivas abundan. Lo cierto es que las tierras fueron robadas, los dueños originarios fueron deportados o ejecutados, la cultura se perdió... Actualmente siguen siendo olvidados. Es curioso: la tataranieta del gran cacique mapuche Calfucurá (famoso en la historia argentina) sigue viviendo en Trenque Lauquen... pero ¿alguien más sabe de ella, además de los trenquelauquenses? Los descendientes de los antiguos hijos de la tierra, de los antiguos dueños del cielo y de las flechas, han quedado relegados al papel más bajo dentro de las sociedades actuales.
Ocurre en Trenque Lauquen, y ocurre en el resto del país, y en el resto del continente. Ocurrió con la Campaña del Chaco Argentino, y antes, con los avances de Chile sobre territorio araucano, y antes, con los avances portugueses y paraguayos, y mucho antes, con la destrucción de imperios...
Y sigue ocurriendo en Susques (Jujuy, NO argentino), donde aún sus niños mueren de frío; o en Misiones (NE argentino), donde se enferman de desnutrición; o en Santiago del Estero (centro argentino), donde son asesinados, y sus tierras, robadas; o en Neuquén y Río Negro (Patagonia), donde viven en estepas mientras los “gringos” poseen todas sus antiguas tierras, y sacan petróleo de sus cementerios, y queman el aire y envenenan las aguas... Y en Chaco, Corrientes y Catamarca, donde los trabajadores estacionales indígenas trabajan juntando algodón, yerba mate o caña de azúcar por centavos de dólar por día... Y en Buenos Aires, Rosario, Córdoba y La Plata, donde los indígenas emigrados siguen siendo mano de obra barata, sangre esclava, carne de cañón (hasta que alguna fábrica ilegal se incendia y se descubre la situación, y todos nos “damos cuenta” de lo que pasaba, es decir, reconocemos algo que ya sabíamos pero que preferíamos no reconocer).
Y en resto de Latinoamérica es igual. “Cinco siglos igual”, como diría León Gieco en uno de sus más famosos temas.
¿Qué podemos hacer los bibliotecarios? Uffff... Hay miles de comunidades nativas que necesitan nuestra ayuda. Si quedan muy lejos y no pueden ir, hay muchos colegas que sí lo pueden hacer, y que necesitan apoyo. Hay muchos grupos indígenas viviendo en las grandes ciudades, y ellos también necesitan mucho, mucho apoyo. En mi ciudad, Córdoba, nadie se los da. Y es muy necesario, si nada de esto puede hacerse, que, al menos, se difundan los conocimientos y realidades indígenas desde la biblioteca. Que hagamos más por hacer saber que ellos aún viven, que luchan, que padecen...
Cuando dejaba Trenque Lauquen –para recorrer otras partes del sur de la provincia de Buenos Aires, en mi ya clásico nomadeo- me despedía a la vez de una ciudad hermosa y cordial y de un grupo de gente precioso y muy activo, pero, a la vez, también me despedía de una historia signada de dolor y de lucha, de mucho silencio, de muchas lágrimas vertidas... Me despedía de amplios boulevares cubiertos de árboles y de dedos que aún se levantan, discriminadores. Y pensé que es una realidad tan común en mi país, en nuestro continente, que nadie parece apreciarla. Y, mientras dejaba atrás la ciudad, me vinieron a la memoria unos versos de un poeta mapuche chileno, Elicura Chihuailaf, versos que adoro y que hablan, precisamente, de la libertad del pueblo mapuche, el mismo pueblo que había sido masacrado en esas tierras que yo cruzaba. Con estas palabras los dejo por hoy...

Elel mu kechi malall, kalli amulepe ñi ko
Elel mu kechi malall, wiño petu kuyfimogen.
Feypi Willi kürüf ñi vülü, mogenley ta ti
Inchiñ ñi kom pu che, ñi pu wenüy, mülfen ñi mogen.


Represas no... Que mis raudales sigan.
Represas no... Que vuelva la libertad florida.
Así dice el espíritu del viento sur, que no perece
pues son mi gente, mis amigos, el rocío de la vida.

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abril 05, 2006

¿”Ayuda” internacional?

Por Edgardo Civallero

La conferencista explicó, durante un Seminario de 6 horas-reloj (dos días) la situación de las bibliotecas en un “país europeo” (pónganle el nombre que deseen). Expuso todos sus adelantos mediante diapositivas Power-Point realmente asombrosas y bien diseñadas, y, a través del intérprete, explicó todos los avances referentes a tecnología digital, comunicaciones y préstamos inter-bibliotecarios.
Cuando el seminario terminó, y una vez superado el sentimiento de frustración y vergüenza por saber que quizás nunca llegaremos a ese nivel profesional y tecnológico, nos preguntamos... “¿para qué sirvió la charla?”.
En efecto, en ningún momento se proporcionaron metodologías de trabajo, elementos prácticos que permitieran la labor en la realidad local, conceptos adaptables / adaptados a las condiciones regionales... En verdad, la disertante no parecía conocer tal realidad local: simplemente se limitó a mostrar su propia realidad.
Repetimos la pregunta: “¿para qué sirvió la charla?”.
Para saber que en ese país –y en gran parte de Europa y Norteamérica, Japón, Corea y Australia- los servicios bibliotecarios alcanzan niveles insospechados, que, en recursos, nos superan ampliamente. Para averiguar tal cosa –algo que podemos hacer con un par de clicks en Internet, si nos interesa- se pagó una cuota de inscripción, se recibió un certificado y se soportaron 6 horas de cháchara con intérprete y de denso Power-Point.
Este fenómeno se repite hasta el hartazgo en nuestros países latinos, y fue el tema de un post anterior en este mismo weblog (“Gurúes”). Se da en Universidades, Escuelas, ONGs, Fundaciones, Institutos y un largo etcétera: grandes profesionales foráneos que aportan un conocimiento valiosísimo... para ellos. Para nosotros es inútil si no se aportan las metodologías que permitan adaptarlo a nuestra realidad... o las metodologías que se usaron, o las bases teóricas del trabajo, o las recomendaciones internacionales, o algún elemento que nos permita usar ese conocimiento para algo más que para seguir sintiéndonos el último caramelo del frasco.
Necesitamos algo que pueda aplicarse aquí: elementos que puedan ser transformados y usados en nuestra sociedad, con nuestros recursos, respondiendo a nuestras necesidades... No recuerdo cuando fue la última vez que escuché algo de eso...
Cursos, conferencias, charlas, seminarios, programas de post-grado, educación a distancia: todo está signado por el mismo problema, pero nadie parece darse cuenta. Nosotros aceptamos los contenidos extranjeros como si fueran respuestas milagrosas a nuestros problemas y carencias. Parecemos creer que su aplicación en nuestras tierras será la solución automática que instantáneamente nos convertirá en lo que ellos son. Pronto nos damos cuenta que todo lo que aprendemos es inaplicable. Entonces ¿para qué perdimos tiempo aprendiéndolo? ¿Para conocer otras realidades? Para eso hay otros métodos... ¿Para aprender otros puntos de vista? Si esos puntos de vista fueran pertinentemente transmitidos, serían más útiles...
Becas, subsidios, subvenciones son enviadas en grandes cantidades para proyectos cuyas realidades se desconocen. La mayoría de las veces tales proyectos tienen resultados fallidos o intrascendentes... Esos mismos fondos podrían estar proporcionando soporte a proyectos realmente útiles, apoyados incluso por equipos de investigación o docencia multinacionales... Pero no: nada de eso.
Docenas de profesionales extranjeros vienen a aplicar sus conocimientos a Latinoamérica... y se van con unas cuantas fotos, unas cuantas palabras en español en la mochila, y muchas buenas experiencias. ¿Y nosotros? ¿Aprendimos algo, obtuvimos algo, o fuimos el campo de experimentación de los colegas extranjeros, llegados para ver como es el “Tercer Mundo” y volver a casa a contarlo?
¿O quizás somos los Conejillos de Indias para testear elementos que no se utilizan en ninguna otra parte del mundo, pero que aún empleamos en nuestras bibliotecas?
En fin, hay un gran listado de experiencias que alertan sobre una actitud latinoamericana de “admiración y alabanza” a todo lo que proceda de “países desarrollados”, y sobre una actitud extranjera de arrogancia o, al menos, de descuido inconsciente. Si admiráramos luego de analizar, pensar y evaluar si el objeto de nuestra admiración realmente la merece, quizás dedicáramos menos tiempo a personas o realidades que no lo merecen (y podríamos destinarlo a cosas realmente importantes). Si los colegas del exterior dejaran de venir al “tercer mundo” a experimentar, o a ayudar sin conciencia, o directamente a ejercer su caridad (intenciones buenas, quizás, pero mal orientadas) y orientaran un poco mejor su ayuda, y respetaran un poco más la realidad local, y se tomaran su tiempo para adaptar el saber que traen a las condiciones regionales, quizás su ayuda sirviera.
Pero si seguimos siendo hipócritas y alabando a todo aquel que viene de fuera como si recibiéramos al descubridor de la pólvora –y quedándonos igual de vacíos que antes cuando se va- sólo porque viene de fuera... seguiremos perpetuando una Maldición de Malinche que ya hace siglos que nos viene atenazando. Y la verdad es que, según mi parecer, hay mucha gente fuera de nuestras fronteras que puede enseñarnos mucho. Pero deberemos dejar, de una vez por todas, de abrir la boca para babear de admiración, y comenzar a abrirla para decirles qué es lo que necesitamos.

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