Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

diciembre 29, 2006

[Un último paréntesis, esta vez por Año Nuevo]

Por Edgardo Civallero

Otro año que se va. Doce lunas que pasaron a través mío, de mi casa, de mis cosas... Un tiempo que me dejó un puñado de éxitos y un buen saco de fracasos y caídas de los cuales aprender para no volver a tropezar...
Otro año se va. Recuerdo que cuando empezó, doce meses atrás, sólo pedí caminos para recorrer y fuerzas para recorrerlos. Y los tuve. Mis pasos me han llevado por tierras de templos coreanos, de pirámides mayas, de antiguos ghettos sudafricanos, de mezquitas malayas y de fortalezas incaicas. Mis pasos me llevaron incluso a encontrar una [largamente esperada] compañera para mis viajes (internos y externos)... y a convertirme en compañero de los suyos. Mis retinas se llenaron de imágenes, mis oídos de otros sonidos, mi boca de otros sabores, y mi cabeza de opiniones y experiencias, y de dolores viejos que renacieron cuando vi que la pobreza tocaba mi vida una vez más.
Hoy, en la mesa en la cual escribo las entradas de este weblog, un par de grullas de madera me miran, curiosas. Son las que traje de Corea, las mismas que me regalaron en una pequeña biblioteca infantil de un barrio popular de Seoul. Según la tradición, hay que anotarles un par de sueños bajo las patas, para que eleven su vuelo y les den alas a esas ilusiones. En la misma mesa tengo, dentro de una bolsita de tela maya, unos cuantos muñequitos “quitapesares” que me traje de Guatemala. Otra vez de acuerdo a la tradición, hay que susurrarles las preocupaciones al oído y dejarlos bajo la almohada una noche.
Creo que, bajo las patas de mis grullas de madera anotaré lo mismo que musitaré a los oídos de tela de mis “quitapesares” guatemaltecos. Porque lo único que deseo –y lo único que me preocupa- es que no me encadenen las manos, que no me amordacen, que no me aten los pies, que no me asesinen la conciencia... Si puedo seguir soñando y siendo libre, si puedo seguir pensando por mi cuenta, y haciendo y trabajando por mi cuenta, entonces tendré todo lo que necesito para ser feliz. Todo lo demás lo lograré yo mismo, con mi propio esfuerzo, con mis propias ganas de seguir adelante y de pelear por mi camino, ese que se hace andando, ese tan lleno de caídas y de sinsabores, pero también de sonrisas...
Deseo que el año que está llegando –esa división arbitraria, pero tan importante, que hacemos del tiempo para lograr aprehenderlo y comprenderlo- les traiga fuerzas para emprender el camino que todos ustedes quieran emprender. Cualquiera que sea. Todo lo demás dependerá de ustedes, del valor que tengan para aprovechar las oportunidades, de sus ilusiones, de sus buenas intenciones y su conciencia limpia, de sus ganas...
No soy un hombre religioso. No creo en el destino, ni en voluntades superiores que controlan lo que nos ocurre, ni en la suerte que nos sonríe o nos castiga (si bien hay algo misterioso detrás de nuestras vidas que aún no he conseguido entender... y no sé si quiero hacerlo). Creo que nuestra vida está en nuestras manos, que somos artífices de nuestro destino, que podemos hacer lo que nos plazca siempre que creamos en ello, que la palabra “imposible” no debería existir en nuestros sueños... Lo único que espero es que, en el 2007, mucha más gente empiece a creer en sí misma, y que la confianza en mis pies, en mis manos y en mis ideas no me abandone.
Desde la ciudad de Córdoba, desde una pequeña casita llena de libros y música situada en una callecita poblada de árboles y sol, desde el corazón de la Argentina, les hago llegar un enorme abrazo y mis mejores deseos...
Nos leemos el año que viene...

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diciembre 28, 2006

Diario de viaje (09 de 28): el sabor de la mazamorra...

[Diario del viaje por tierra a lo largo del antiguo Imperio Inca, de Congreso en Congreso de bibliotecología, a través de Chile, Perú, Ecuador, Bolivia y el NO de Argentina, entre el 5 de noviembre y el 1 de diciembre de 2006]

Amanecimos en una Lima populosa, abarrotada, bulliciosa, ruidosa si se quiere... La actividad nos rodeaba como una vorágine, y nosotros, aún semi-dormidos y sin recuperarnos del cansancio de las 52 horas de “paseo” a lo largo de la costa oeste sudamericana, no atinábamos a reaccionar... Las calles estaban pobladas de taxis que detenían su marcha para ofrecernos sus servicios y regatear el precio (no hay taxímetros ni precios fijos en Lima, sólo tasas probables y ampliamente discutibles), formando largas colas: si el primero de la fila fracasaba en su intento, un segundo (y un tercero, un cuarto y hasta un quinto) tentaban la suerte. El transporte urbano agregaba colorido y sonido al tráfico citadino: cada bus, furgoneta o camioneta llevaba, colgado de la puerta, un “acomodador” que va pregonando, a voz en pecho y con toda la fuerza de sus pulmones, los destinos de cada unidad móvil. Además, el acomodador se encarga de cobrar, de hacer bajar y hacer subir a los pasajeros (con toda la prisa posible), de “acomodarlos” y de pelearse con los conductores de buses vecinos en medio de una corriente caótica, tumultuosa y entreverada de vehículos...
En esta jungla de humo, gritos y bocinazos despertamos, en medio de una vorágine de gente que se dirigía a sus quehaceres. El cielo estaba gris, y estaría así durante toda nuestra estancia. Un amigo describió el clima limeño como “melancólico”... Las calles exhibían los letreros de los restaurantes típicos (que ofrecían el tradicional ceviche de pescado, además de otras exquisiteces de la cocina peruana) y de los famosos “chifas” o restaurantes chinos, cuyas enormes porciones y sus buenos precios eran muy populares en todo le mundo andino, y ya habíamos disfrutado la noche anterior, como cena. Estábamos a unas pocas cuadras de la Nueva Biblioteca Nacional, enclavada en plena Avenida Prado, así que hacia allí dirigimos nuestros pasos, pues esa sería la sede del Congreso.
El II Congreso Internacional de Bibliotecología e Información (CiBi 2006) se desarrollaría entre el 13 y el 15 de noviembre bajo el lema “La información: desafíos y retos en la era del conocimiento”. Lo organizaba el Colegio de Bibliotecólogos del Perú, y contaba con mesas de conferencia, charlas magistrales, sesión de pósteres y exposición de servicios y recursos de información. En definitiva, presagiaba ser un evento de grandes dimensiones, en el que participaría un buen número de colegas. Los conferencistas, a su vez, proveníamos de distintos puntos de Latinoamérica, además de un par de invitados europeos.
El edificio de la Nueva Biblioteca Nacional –vecino al Museo Nacional- fue inaugurado hace tan sólo un año, y es de factura moderna y dimensiones considerables. El edificio antiguo, de líneas clásicas, se encuentra en el centro de la ciudad, y está ocupado hoy en día por la Biblioteca Pública de Lima y sus dependencias.
Nos acercamos temprano para realizar nuestra acreditación y para contactar con algunos amigos de la organización (como Gaby Caro y Gustavo von Bischoffshausen). Descubrimos que los costos de inscripción eran elevados (alrededor de 70 dólares) y que los encargados de la exhibición y venta de servicios de información (es decir, los clásicos “traficantes de información”) ocupaban un lugar importante dentro del evento. Tal “tarjeta de presentación” no dejó de alarmarme un poco. Revisando el programa, a grandes líneas, encontré que, a mi gusto, el Congreso reflejaba muy poco la realidad de la bibliotecología peruana, dibujando (o esbozando) un mundo que nada tenía que ver con el quehacer diario de los colegas de aquel país. Ciertamente, comprendí que los organizadores pretendían generar un espacio en el que se expusieran ideas nuevas, y eso me pareció valioso y rescatable. Pero, por otro lado, me di cuenta que, al igual que ocurre en mi propio país, las características de usuarios y profesionales no eran tenidas en cuenta, ni las necesidades de las comunidades receptoras de servicios. Esta “crítica” –que sólo era una idea que compartí con Sara- fue reflejada por multitud de bocas a lo largo del encuentro, y me hizo ver que no estaba tan equivocado como creía.
El lugar preponderante que se le da a los “traficantes de información” en los Congresos siempre me ha molestado en demasía. Comprendo cuál es su función y por qué se les otorga ese lugar: su contribución económica y material para el desarrollo del Congreso suele ser considerable (no hablo de este evento en particular, pues desconozco condiciones y particularidades). Pero, de esta forma, se les sigue dando un lugar de importancia cuando en realidad son los que exprimen, injustamente, las arcas de las bibliotecas, vendiendo un bien que no les pertenece: información científica. Esa información debería estar en Acceso Abierto (por razones que explico detalladamente en el apartado de este weblog dedicado a la filosofía Open Access), garantizada en forma libre y gratuita a todos aquellos que la necesiten, en especial a los profesionales, investigadores y estudiantes cuyo trabajo y educación dependen, en gran medida, de la posibilidad de accesos a estos recursos.
Al darle un lugar de importancia a editoriales y vendedores de bases de datos, las bibliotecas rinden pleitesía y perpetúan una tiranía que debe ser aniquilada, precisamente por las manos de los bibliotecarios, que la padecemos desde hace tiempo. Precisamente mi conferencia (que tendría lugar esa misma tarde) presentaría el tema “Open Access en Latinoamérica”, en una mesa dedicada a la democratización de la información.
Revisando un poco más detalladamente el programa, encontré una mesa sobre rol social de las bibliotecas en la Sociedad del Conocimiento. Cuál no sería mi sorpresa cuando descubrí que la conferencia magistral de esa mesa sería dada por el vicepresidente de EBSCO. Uno de los principales traficantes de saber del continente nos daría una charla magistral sobre responsabilidad social. Iba a ser algo parecido a oír hablar a Bush sobre derechos humanos, algo que, de todas maneras, mucha gente lleva haciendo desde hace algún tiempo sin plantearse dudas ni preguntas complicadas al respecto.
Mi sorpresa se profundizó cuando descubrí que en mi propia mesa, hablando sobre Acceso Abierto, estaría un responsable de Creative Commons, una propuesta altamente cuestionada y, hasta el momento, no avalada por la Open Source Initiative (los debates en la blogosfera bibliotecológica acerca de CC son terribles; muchos colegas opinan que es sólo una forma atenuada de copyright, y que, por ende, no puede denominarse “Acceso Abierto”). Las perspectivas acerca del evento se me iban oscureciendo, pero pensé que, en definitiva, contaba con un buen número de amigos en Lima, con los cuáles podría compartir mucho de la “vida real” del bibliotecario peruano.
Evitamos los prolegómenos oficiales y nos retiramos de la enorme Biblioteca, para dirigirnos a almorzar... a un supermercado (sí, allí descubrimos la enorme riqueza de verduras y frutas que exhibe Perú; nuestro asombro fue espectacular cuando nos enfrentamos con más de 15 especies de fruta que jamás habíamos visto ni oído nombrar). En el Congreso, mientras tanto, daba su conferencia inaugural Patrick Bazin, director de la Biblioteca Municipal de Lyon (Francia), titulada sencillamente “Las bibliotecas, mañana”. La segunda conferencia inaugural corrió a cargo de Joan Torrent Sellens, director del grupo de investigación del ONE (Observatorio de la Nueva Economía) de Cataluña, quién se refirió a “TIC, conocimiento y desarrollo económico: una nueva oportunidad para América Latina”. Esta última conferencia hacía hincapié en el hecho de que la economía mundial está variando hacia un modelo basado en el aprovechamiento de la información como materia prima para formar la base de la cadena información-formación-innovación. La charla exponía las oportunidades de las “economías periféricas” (sí, sí, latinoamericanas, sí) en este nuevo mercado.
A las 14:00 comenzó la mesa “Democratización del acceso a los recursos digitales”, en la cual hubo una conferencia magistral brindada por Luis Núñez (coordinador general del Consejo de Computación Académica de la Universidad de Los Andes, en Mérida, Venezuela) y otra de Gabriela Ortúzar (directora del Sistema de Información y Bibliotecas de la Universidad de Chile). Ambos expusieron, con bastante profundidad y precisión, el fenómeno del Acceso Abierto: el primero se centró en repositorios institucionales y preservación del patrimonio intelectual académico; la segunda, en las bibliotecas universitarias y su rol en la gestión de información digital. Cuando ambos terminaron, y la ronda de preguntas que los ametralló a continuación finalizó, apenas si nos quedaban 15 minutos a los restantes ponentes para presentar nuestros temas... sin contar con que la temática ya había sido expuesta con una amplitud considerable.
Tocó el turno al señor de Creative Commons Perú (cuyo nombre olvidé no por mala predisposición, sino porque, apenas acabó su lectura, se retiró de la mesa sin más) y a mi colega y compañero Julio Santillán Aldana (editor de E-LIS y de la revista “Biblios”, además de profesional avezado y excelente amigo), que presentó el trabajo de E-LIS en general, y delineó la labor realizada en Perú. A estas alturas, poco me quedaba para decir, así que cuando presenté mi ponencia (para lo cual tenía 10 minutos), obvié el texto e improvisé una básica disertación sobre la filosofía Open Access y sobre lo que entrañaba para los latinoamericanos, enfrentados secularmente a brechas como la digital. Mi pregunta al público fue “¿de qué nos sirve todo esto a nosotros, bibliotecarios de la calle, latinoamericanos, enfrentados con mil problemas que nadie nos soluciona, con carencias de las que los grandes gurúes de la bibliotecología digital nada saben?”. Mi respuesta fue que, para aquellos que aún no disponen de redes digitales (de las que no dispondrán, seguramente, en los próximos años) todo esto es completamente inútil (y debemos tenerlo en cuenta a la hora de dar clases o proponer servicios). Y para aquellos que si disponían de ellas, el Acceso Abierto era la alternativa a la imposible compra de las bases de datos y los documentos y servicios que proponían los “traficantes de saber” sentados en aquella misma sala, o cerrando tratos con las bibliotecas pudientes, fuera de la sala. El Acceso Abierto significaba disponer de artículos científicos de calidad revisada, facilitados por los propios autores en forma gratuita, con la única condición de que se respetara su autoría. Si investigábamos, si aprendíamos cuáles eran los archivos abiertos más confiables y cómo usarlos, y si educábamos a nuestros alumnos, investigadores, docentes y usuarios para que reconocieran su valor, tendríamos una enorme (y creciente) fuente de conocimiento a nuestra disposición. Una fuente igualitaria, equilibrada, solidaria, justa. Una fuente cuyo uso no daría de comer a los “caimanes” de las editoriales.
A la salida, de la mano de Sara, charlamos con Julio Santillán y conocimos a la colega y amiga Rosa María Merino, quién se convertiría, a partir de ese momento, en nuestra guía a través de Lima y su mundo. Recibimos la bienvenida de Nelly Mac Kee de Maurial, la presidenta del comité organizador, la entrevista de los estudiantes de la carrera de bibliotecología de la Universidad de San Marcos (que conocían este weblog y sus contenidos) y el saludo cordial en quechua de los colegas de la Universidad de Huamanga Este último saludo originario se debió a que termino todas mis presentaciones en PowerPoint con un “muchas gracias” en el cual incluyo su traducción a las principales lenguas originarias del país que visito. En Chile fue el mapudungu, y en Perú, el quechua.
Dejamos el Congreso, en dónde comenzaban, a aquellas horas, tres de los talleres que tendrían lugar a lo largo de los tres días. Dijimos a Rosa María, nuestra “guía”, que queríamos llegar al centro de la ciudad como lo hacía todo el mundo: en bus. Debo confesar que la sorpresa en los ojos de nuestra amiga fue notoria, pero, así todo, allá fuimos, subidos en una pequeña unidad que nos bamboleó de un lado para el otro, que realizó maniobras increíbles entre el caos de tránsito en hora pico, y que nos mantuvo al borde del choque por el módico precio de un sol (sol = unidad monetaria del Perú, equivalente a 1/3 de dólar USA). En su diario de viaje, Sara consignó lo siguiente:

“Verdaderamente es toda una experiencia viajar en esas vans. Suelen ir llenísimas, así es que viajamos todos apretados, sentados unos y colgados de la barra el resto, escuchando casi siempre el infernal ruido del regatón. El pasaje cuesta entre 50 céntimos y un sol, pero si hay problemas con el tráfico, te ven extranjero o es feriado, te piden hasta 1.50”.

Desembarcamos cerca del Congreso de la Nación, en una acera superpoblada de gente, en pleno centro de Lima. Caminamos hasta la plaza que sirve de atrio al Congreso. Allí, en las copas de los árboles, y dando vueltas sobre nuestras cabezas, pude apreciar la mayor concentración de gallinazos (zopilotes, especie de buitres) que vi en mi vida. Había tantos como palomas en nuestras plazas. En realidad, pensé que la mayor concentración estaría dentro del edificio que tenía ante mis ojos, pero no quise ser irrespetuoso con una realidad política que, si bien adivinaba similar a la de mi país, aún desconocía. Tenía invitación del director de la Biblioteca del Congreso para visitar la unidad, pero no quise molestarlo y preferí seguir conociendo la ciudad, su realidad y sus calles, que iban oscureciendo paulatinamente.
Desde el Congreso, recorrimos una calle poblada de balcones coloniales de madera y celosía, y de viejas tiendas (recuperadas algunas, otras no tanto) que abren sus altas puertas al público ofreciendo todo tipo de mercancía. Abundaban los faroles de hierro y las casas altas, de techos provistos de vigas anchas. Tras unas cuántas cuadras, llegamos a la Plaza Mayor, en dónde se alzaba el Palacio de la Gobernación (que perteneció a Pizarro en su momento, y en el cual residía el presidente en funciones, Alan García), la magnífica Catedral con sus puertas labradas y sus balcones de celosía, y la fuente de bronce –único testigo de la plaza original- que disponía, en su tiempo, de un reloj que desapareció misteriosamente.
Un poco más allá se alzaba el Palacio Municipal, donde residía el intendente en funciones, el Sr. Castañeda, próximo a revalidar su título, pues en pocos días habría elecciones municipales en todo el Perú y este buen hombre era favorito en Lima. En dos lados de la Plaza se alzaba una recova con soportales, y un par de callejas peatonales pobladas de tiendas y cafés...
Nos dirigimos a la ribera del río Rímac (su grafía original es Rimaq, que en quechua significa “el que habla”), visitando, de paso, las iglesias de Santo Domingo y San Francisco. En una de ellas pudimos apreciar una efigie de San Martín de Porres, “el más pobre de los santos y el santo de los más pobres”, el “santito de la escoba”, ese monaguillo moreno que barría la puerta de la iglesia y que ahora era el paladín de todos los limeños, el más adorado, el que recibe más súplicas u ofrendas. De allí pasamos al edificio de Correos, con su pasaje interno poblado de pequeñas tiendas en donde se expenden postales de todo tipo, sellos, sobres y papel... Ese pasaje estaba techado por una estructura de vidrieras que se deshicieron con el último gran terremoto soportado por Lima, allá en el setenta y pico.
[Hablando de terremotos... Mientras esperaba mi turno para exponer mi conferencia, en la mesa del Congreso, el mundo tembló un par de veces, largo y tendido, y tan fuerte como para agitar el vaso con agua que tenía delante... Nadie se conmovió por el hecho, excepto yo, obviamente...].
Llegamos al malecón del Rímac, en donde se levantan un buen número de puestos de venta de comidas y postres. Cansados por el largo día, Rosa María nos invitó a un potecito de mazamorra morada, un delicioso postre que se sirve caliente. Se trata de un plato ancestral andino: maíz cocido, espesado con harina de camote y un poquito de ceniza de quinua, y endulzado con frutas en jugo y en pedazos... Se sirve con un poquito de canela, y si bien la variante peruana es bien diferente de la boliviana (y mucho más de la argentina), no dejó por ello de deleitarnos con su sabor...
Para completar nuestra visita a Lima, Rosa María nos invitó a subir al cerro San Cristóbal, una de las moles montañosas que dominan la ciudad. Para ello hay un tour “turístico” con una competente guía que nos contó un poco sobre la historia colonial de los lugares por los que pasábamos, historias de virreyes y amantes públicas, de monjes y de damas señoriales... Las laderas del cerro están ocupadas por un asentamiento que trepa esforzadamente por sus empinadas calles, aunque quizás ya no sea tan “asentamiento” desde que poseen agua, luz, gas y está bastante bien instalado. De todas formas, lo marginal del barrio no deja de verse. Desde la cima, Lima lucía grandiosa, inmensa en la oscuridad, extendiéndose hacia los cuatro costados. El único fragmento oscuro en aquella pléyade de luces urbanas era el enorme cementerio...
Al descenso, nos tropezamos con la iglesia más pequeña del mundo, una minucia cuyo frente no medía más de 4 ó 5 metros. Nuestra adorable amiga, colega y compañera de “tour” nos dejó en las manos de los colegas y amigos Julio Santillán y Ada Sosa, con quienes cenamos en un rincón del barrio Villa María. Allí, mientras nos poníamos al día de las particularidades del mundillo bibliotecario limeño, probamos los tradicionales anticuchos (lascas de corazón vacuno a la parrilla) acompañados por chicha morada (una variante más líquida y filtrada de la mazamorra morada), yuca y papa...
Tarde ya, noche cerrada, nuestros amigos regatearon el precio del taxi que nos devolvió al hotel. Aquella ciudad no sólo no se había mostrado “tremendamente peligrosa”, como auguraban todos: aquella ciudad y su gente nos habían abierto las puertas de par en par a un mundo que recién empezábamos a descubrir, tremendamente cercano a nuestro mundo hispánico, pero a la vez, profundamente teñido de presencia indígena, de matices propios y muy fuertes, de tintes innegablemente ancestrales. Nos quedaba mucho por conocer aún...
Pero ello será el tema de la próxima entrada... Un abrazo cordial...
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diciembre 26, 2006

Diario de viaje (08 de 28): las líneas de Nazca

[Diario del viaje por tierra a lo largo del antiguo Imperio Inca, de Congreso en Congreso de bibliotecología, a través de Chile, Perú, Ecuador, Bolivia y el NO de Argentina, entre el 5 de noviembre y el 1 de diciembre de 2006]

No logro recordar si alguna vez dormimos en las butacas del bus de la empresa “Ormeño” que nos llevaba, despacito, hacia Lima. Si tengo que creer en las declaraciones de Sara, dormí como un tronco, aunque no creo que eso haya pasado, y si pasó, no lo recuerdo... Sea como fuese, amanecimos con una sensación en el cuerpo (al menos en la parte que aún podíamos sentir) muy parecida a la que debían disfrutar los invitados a las mazmorras de Torquemada: una mezcla poco saludable y menos divertida de calambre, contusión, quebradura y desaparición celular... El baño del bus y las cloacas de Nueva York en hora punta tenían ya poca diferencia, y si alguien hubiera encendido un fósforo dentro de aquel ambiente cerrado, probablemente la alta concentración de “gases tóxicos” reunidos allí dentro hubiera motivado una explosión al lado de la cual Chernobyl hubiera sido cosa de niños.
Si ya lograron hacerse una idea de nuestro estado físico-mental, puedo pasar a contarles que el sol nos alumbró en el litoral del sur del Perú, una sucesión extensísima de playas de arena que parecen interminables. La mayoría de ellas están bordeadas por campos de dunas de superficies realmente asombrosas... El ambiente continuaba siendo desértico, aunque ya no nos fijábamos en eso, sino en la belleza de los azules y blancos creados por el mar y su oleaje, y en las aves marinas (gaviotas, pardelas, rabiahorcados, cormoranes) que segaban el cielo con sus alas. En algún momento de la historia, las deposiciones de esas aves (el “guano”, una palabra procedente del quechua “wano”, excremento animal) acumuladas por décadas capa sobre capa en islas y acantilados costeros, habían sido fuente de riqueza para el Perú. Ese material se empleaba para fabricar abonos orgánicos de una riqueza altísima. Cuando se hallaron las minas de fosfato en el norte de Chile y se descubrió que el abono químico tenía un poder más alto (y que las minas tardarían menos en agotarse que los residuos de las aves marinas) el negocio del guano entró en declive. Pero, hasta entonces, se había creado una verdadera “aristocracia del guano”, al igual que en Manaos (Brasil) se había creado una aristocracia del caucho, en Argentina una de la carne y los cueros, en Chile una del cobre y en Colombia una del café.
La línea de costa continuaba, infinita... Aquí y allá se alzaban promontorios rocosos que limitaban largas bahías de arena; en varias de esas puntas de piedra pudimos apreciar algunos muelles y, en sus cercanías, varias docenas de barcazas pesqueras. Las corrientes marinas (creo que en esta zona prevalece la de Humboldt, fría y rica en nutrientes) permiten una explosión de vida inusual en otras partes del planeta. La pesca es un medio de sustento para las poblaciones costeras, que se agrupan en caseríos que, en muchas ocasiones, no superan las dos o tres chozas. Aquí ya comenzamos a ver un tipo de construcción muy particular, formada por cuatro paredes construidas de cañas machacadas y finamente entrelazadas mediante una elemental técnica de cestería. Tales paredes limitaban un recinto de 3 por 3 metros, cubierto por un techo de calamina o chapa ondulada. Tales casas (sin señales de cables, caños, baños o gas) se alzaban en el centro de los arenales. Era un espectáculo casi surrealista ver esas habitaciones improvisadas (que probablemente, para muchas familias, fueran bastante más que eso) enclavadas en medio de inmensos polvaredales, con alguna mujer barriendo a la puerta...
Esa puerta no era más que una cortina, y muchas veces el terreno de la casa estaba dibujado por algunos cardones pequeños. Esa fue otra costumbre curiosa: así como en Argentina y Bolivia las pirqas son de piedra, en el norte de Chile y en varios puntos del sur de Perú, las pirqas se hace, a veces, con cardones colocados uno al lado del otro. Los ranchos pueden ser de piedra, cemento, adobe o caña, dependiendo de los recursos de los dueños y de las costumbres del lugar. Sea como fuese, los paisajes naturales y humanos se funden íntimamente en colores, formas y materiales, de forma tal que las casas no parecen sino una excrecencia más del suelo, o el suelo una continuación natural de las paredes de la casa.
A media mañana pasamos la localidad de Ica, un pueblo bastante grande que tiene, entre algunas otras, una característica peculiar, que quizás pocos conozcan: el Museo de Piedras, una institución privada situada cerca de la Plaza Central. Ese Museo incluye una colección de cientos de guijarros pulidos, de distintos tamaños, grabados con incisiones supuestamente prehistóricas en las que aparecen desde dinosaurios a operaciones quirúrgicas de alta complejidad, transplantes, artefactos de vuelo, armas, trasportes y mapas detallados de este y “otros” planetas. Evidentemente, la primera reacción de cualquier historiador es hablar de una falsificación y de un fraude. Sin embargo, la pátina de antigüedad de muchas de esas rocas parece ser verdadera... Escritores (de cientificidad dudosa, pero escritores al fin) como J.J. Benitez (sí, el mismo de “Caballo de Troya”) escribieron, en libros como “Existió otra humanidad”, que esa colección de piedras tan negada es una de las primeras bibliotecas humanas, en las que se reflejó un tremendo acervo cultural que, por razones desconocidas, desapareció junto a la cultura que lo desarrolló. En fin, es uno de los tantos misterios que esconde la humanidad, al igual que el que encontraríamos un poco más adelante, en Nazca, con unos geoglifos cuyas formas reales pueden apreciarse solo si son vistos desde el cielo...
Seguimos cruzando desierto costero, una soledad arenosa y parda solo rota, momentáneamente, por valles irrigados por ríos breves y pedregosos... En esos valles se extienden cultivos de algodón, huertas bien pobladas y frutales de todo tipo...
Nazca (o Nasca, aún no sé cuál es la grafía correcta) nos recibió con un aspecto apacible de ciudad grande y pueblo chico. La ciudad quizás no tenga mucho para mostrar, pero pasándola, a unos kilómetros hacia el norte, se extiende una llanura casi plana en la cual se dibujan curiosas formas de dimensiones gigantescas: un mono, un ave marina, un colibrí, una araña, peces, además de varias líneas que apuntan a la salida y la puesta del sol en distintos momentos del año. Los arqueólogos, admirados por el excelente trabajo realizado por los autores de este monumento prehispánico, no pueden, sin embargo, darle un significado. Quizás se tratase de una obra de arte, y por ende, el significado no existiría más allá del arte en sí. Quizás fuera alguna suerte de calendario, aunque las formas serían inútiles. O quizás, como dicen algunos, se tratara de mensajes de bienvenida a los “hermanos el espacio”. Esta última teoría –la más irracional, pero, por supuesto, la más excitante- ha sido la que ha cautivado la imaginación de miles, que visitan año tras año la localidad. Aquellos que tienen dinero pueden permitirse una vista aérea desde una de las tantas avionetas que, a tal efecto, esperan en el aeródromo de Nazca; los menos pudientes pueden intentar vislumbrar fugazmente algún trazo desde el borde de la ruta (cómo lo hicimos nosotros) o quizás subir a algún cerro cercano, desde dónde pueden verse un par de figuras. Aquellos que conozcan el programa Google Earth pueden disfrutar, con un poco de paciencia en su búsqueda, de las siluetas de estos enormes glifos, creaciones e incógnitas de una cultura desaparecida que quizás fueran un mensaje o, quizás, el colosal resultado de un entretenimiento artístico.
Las localidades fueron pasando, las horas también. A media tarde llegamos a Lima. Mucho antes comenzamos a apreciar una bellísima sucesión de playas, de las cuales nos habían hablado algunos amigos peruanos antes de nuestro periplo. Se trata preferentemente de bahías, calas y caletas en las cuáles se aglomeran algunas casas, tipo “fin de semana”, pero también hay muchas playas en línea recta, litorales arenosos en los que pululan las construcciones de todo tipo. Si bien no pudimos apreciarlo desde el bus, nos comentaron que algunas de esas playas son propiedad privada de unos pocos. El hecho no me asombró: si bien está penado por la ley, en Argentina ocurre otro tanto con mares, lagos, ríos y arroyos. Los terratenientes que compran miles de hectáreas incluyen dentro de su propiedad las vías de agua que, de acuerdo a la legislación argentina, son propiedad de todos los ciudadanos.
En fin... Llegamos finalmente a Lima. Fue curioso ver que la ciudad comenzaba más de 30 kms. antes de llegar al centro propiamente dicho. Muchos barrios marginales se emplazaban en enormes arenales. Nos asombró ver uno en particular, por encima de una fábrica de cemento, que contaba con un centenar largo de casas prefabricadas y humildes (cañas, calaminas y poco más). Estaba situado virtualmente en la ladera de una gigantesca duna, no tenía nada que se pareciese a una calle, ni a un cable eléctrico, ni a un conducto de agua. En realidad, era un sencillo asentamiento en el cual era dudoso que se pudiera vivir. Sin embargo, esa es la realidad de muchísimos latinoamericanos: cualquiera sea el país que se visite, podrán encontrarse realidades como esas. Siempre cuento estas situaciones para que las oigan y las lean esos/as arrogantes colegas citadinos/as que creen que SU realidad es la realidad de todo su país, y me vienen a hablar de bibliotecas digitales como modelo único cuando todavía en su propia tierra, a metros de su casa, hay compatriotas (usuarios potenciales de servicios bibliotecarios, más necesitados que ninguno) que viven en forma precaria, paupérrima, humildísima... No sé si calificar esas actitudes ciegas de orgullo o estupidez, o quizás de ambos a la vez. Lo que sí sé es que nuestra profesión se resiente gracias a esos/as ignorantes, desconocedores de la realidad, que viven en torres de marfil donde el bienestar abunda y creen que el universo debe regirse de acuerdo a las reglas y normas de las que ellos disfrutan. Y digo que la profesión se resiente porque esos/as ciegos/as suelen ser directivos/as que toman las grandes decisiones dentro de nuestro universo. Quizás un poquito de trabajo de campo no les venga mal, aunque dudo que arriesguen sus elegantes trajes, sus laptop último modelo y sus cuidadas manos de catalogadores y directoras en un asentamiento urbano marginal o en una población rural.
Para todos/as ellos/as, vaya mi expreso, abierto y público repudio.
Lima nos recibió con los brazos abiertos. Nadie nos esperaba, no conocíamos la ciudad ni teníamos reservas de hotel, y ya a estas alturas del trayecto estábamos cargados como mulas. Además –tristemente- teníamos las peores referencias posibles de aquella ciudad, que fue tildada, por algunos conocidos peruanos, como “terriblemente insegura”. Sin embargo, los limeños nos brindaron toda su calidez, toda su ayuda y muchas sonrisas... Después de una hora de haber llegado, ya estábamos en la habitación de un hotel en el distrito de San Borja, muy cerquita de la Nueva Biblioteca Nacional en la que, al día siguiente (lunes 13 de noviembre) comenzaría el Congreso Internacional de Bibliotecología en el que yo, ese mismo primer día, participaría con una conferencia sobre Open Access. Pero ese será el tema de la próxima entrada...
Un abrazo veraniego y festivo... Nos leemos por aquí.
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diciembre 23, 2006

[Otro paréntesis, esta vez navideño]

Por Edgardo Civallero

El aluvión de tarjetas navideñas me sumergió bajo unos buenos kilos de papel reciclado impreso por UNICEF para recaudar fondos para alguna buena causa que seguramente nunca verá un solo centavo de esos fondos (pero nosotros nos sentimos mejor). Cuando logré deshacerme de todos esos buenos deseos –recibidos de manos de gente que no se acuerda de mi durante el resto del año- y de todas esas felicitaciones y de todas esas imágenes de angelitos y belenes que nos martillean los ojos y el cerebro durante el mes de diciembre, abro mi casilla de correo electrónico y quedo al borde del infarto al encontrar mi bandeja de entrada colapsada por más de 400 mensajes con felicitaciones (que, de paso, impiden la entrada de los mails verdaderamente urgentes e importantes). Entre las tarjetas electrónicas encuentro las de editoriales que alguna vez vi, las de asociaciones profesionales que me detestan pero me saludan, las de colegas que piensan que soy un retardado mental pero igual me escriben, y las de “amigos” que jamás me visitan y jamás están cuando los visito...
Aterrado por esta vorágine de “cariño navideño” en la cual todos limpian sus conciencias y abren sus corazones y se acuerdan de los eternamente olvidados, salgo a los 38º C de la calle, bajo los rayos de un sol justiciero que pretende derretir Córdoba en forma apocalíptica... Por las peatonales del centro de la ciudad me encuentro con un pobre tipo que, disfrazado de Papá Noel, intenta poner un toque “típico” en un lugar que cualquiera calificaría de subtropical. El pobre individuo estaría transpirando litros de sudor bajo los kilos de barriga falsa, la pana roja del traje y la poblada barba blanca que esconde el rostro de un estudiante de 21 años... Los niños pasan; algunos lo miran con curiosidad y preguntan a sus padres si ese Papa Noel era el mismo que el que acababan de dejar 150 metros atrás, a las puertas de otro comercio que hace promoción de sus artículos... Los padres no saben qué decir y ensayan algunas palabras sobre los avances de la clonación de Papanoeles, o sobre cualquier otro tema poco trascendental que evite tener que explicar lo ridículamente inexplicable.
Empujado por la marea humana que puebla las calles de mi ciudad en estas fechas, me meto casi sin quererlo a una librería, para ver que los usualmente despoblados anaqueles están llenos de manos que buscan el “regalo perfecto”. Por la calle veo desfilar a personas cargadas con enormes paquetes, que se han pasado los últimos días o las últimas horas buscando “algo” que regalar a alguien en quien, probablemente, no pensaron durante el resto del año. Los comercios se forran de dinero gracias a la costumbre popular de los regalos. La gente pierde más de la mitad de su sueldo gracias a esa costumbre... Y los regalos, en la práctica, son olvidados antes de que termine el año. Pero esa es otra historia: lo importante es “quedar bien” y regalar algo.
Paso por delante de una iglesia en la que están celebrando la misa. Allí dentro, algunos estarán recordando el significado original de esta celebración, y su historia... Algunos sabrán que alguien estipuló que en estas fechas había nacido un niño que, de hombre, habría de ser ejecutado por decir lo que pensaba y desafiar la autoridad establecida. Fueron muchos los que murieron de igual forma antes y después de él, e incluso en su nombre, pero a él se lo recordó siempre. Lo malo es que no se recuerda lo que dijo, o por qué lo mataron. Pero en eso de la memoria los humanos siempre hemos pecado de incompletos y selectivos: recordamos lo que queremos o lo que nos conviene recordar, y lo demás lo metemos en un baúl del cual sacamos lo que nos interesa, cuando nos interesa...
La gente sigue comprando, el sol convierte el asfalto de las avenidas en fango derretido, y el Papa Noel sigue gimiendo un “jo-jo-jo” desmayado, enfundado en un traje rojo que es de ese color gracias a una publicidad que la Coca-Cola sacó en los años 20´... Costumbres del norte que parecen ridículas en tierras latinoamericanas, pero que se siguen celebrando gracias al hábito y a la propaganda comercial...
Vuelvo a mi casa y me siento delante de la computadora para escribir mis impresiones sobre la Navidad. Y me sale esto, un amasijo informe de sensaciones que me dejan un sabor amargo de boca (a pesar del turrón, el pan dulce y las garrapiñadas también típicas de estas fechas). Considero que hay cosas que tenemos que recordar todo el año, que tenemos que practicar a diario, que tenemos que hacer cuando lo sentimos y no cuando nos lo diga el calendario o los anuncios comerciales de las multinacionales de turno. Considero que hay valores que tenemos que cultivar cada hora que vivimos, y que hay cosas que tenemos que recordar siempre, y no a fin de año: los amigos, la familia, los afectos, los sueños propios, los logros, los objetivos, los fracasos...
Aquellos que celebren la Navidad como una fiesta religiosa, deben recordar (y poner en práctica) los preceptos de su religión a diario, y no cuando lo mande el almanaque. Aquellos que celebren el re-encuentro familiar y amistoso, deben pensar en su familia y en sus amigos siempre, sencillamente porque la vida es corta e imprevisible, y es triste tener que decirle “te quiero” a una lápida. Aquellos que quieran regalar, piensen que el mejor regalo no es el más caro, sino el que llegue con más fuera al corazón del otro, el que tenga más sentido. Decía la escritora francesa Colette que ella jamás regalaba cosas que no fueran propias. Así, siempre regalaba una parte de ella misma, y la otra persona se llevaba un pedacito de su persona.
No sé lo que harán ustedes. Por mi parte, disfrutaré de las cosas que tengo a mano, de las pequeñeces que me da la vida, como hago cada día y cada noche durante todo el año. Y quizás me asome a curiosear los fuegos artificiales mientras me como un pedazo de pan dulce con Sara, mi compañera. Al fin y al cabo, el hombre es un animal de costumbres, y yo, como buen descendiente de italianos que soy, tengo muchas y muy arraigadas.
A todas y a todos, les deseo una Nochebuena llena de aquello que más deseen: la presencia de un familiar, el abrazo de un amigo, la reconciliación con el distanciado, el regalo deseado, el encuentro ansiado, el olvido de una pena o el cierre de una herida... o simplemente ese delicioso plato de comida que hace la abuela... Cuando lo tengan, sólo recuerden esto: disfrútenlo. Porque la vida sólo pasa una vez por delante de nuestras manos y de nuestros ojos. Graben esos recuerdos en lo más íntimo de sus almas, porque, al fin y al cabo, eso –los bellos recuerdos- va a ser lo único que nos va a acompañar en la vida, lo único que va a ser siempre nuestro y nadie, nunca, nos va a poder quitar.
Un abrazo de Sara y mío, y nuestros mejores deseos.

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diciembre 19, 2006

Diario de viaje (06-07 de 28): 52 horas de viaje en bus...

[Diario del viaje por tierra a lo largo del antiguo Imperio Inca, de Congreso en Congreso de bibliotecología, a través de Chile, Perú, Ecuador, Bolivia y el NO de Argentina, entre el 5 de noviembre y el 1 de diciembre de 2006]

Decidimos recorrer los cientos de kilómetros que separan Santiago de Chile de la capital peruana, Lima, por tierra, es decir, subidos a un bus. Dado que no contábamos con mucho tiempo (debido a que debía estar presente en un Congreso el día lunes 13 de noviembre, en Lima), buscamos una empresa que nos evitara tener que subdividir el viaje en varios trayectos, o sea, que nos llevara directamente. Para nuestra suerte o nuestra desgracia (todavía lo estamos pensando, aunque Sara se inclina por la segunda opción) encontramos a “Ormeño”, una compañía de transporte que recorre la ruta Buenos Aires-Santiago-Lima-Quito-Bogotá-Caracas y que tiene el Premio Guinness por ruta de bus más larga. La gente de “Ormeño” nos aseguró que en 52 horas estaríamos respirando aire limeño.
Lo que nunca nos explicó es cómo harían para lograr tal proeza. Pero tardamos poco en enterarnos, y en comprender que el Premio lo tenían por rutas largas, pero no por coches limpios, gente amable, buen servicio o mecánica impecable. Podrían anotarse muchos adjetivos para explicar las características del servicio de “Ormeño”, pero no lo hacemos por no anotar blasfemias y palabrotas que sonrojarían al más atrevido. Baste decir que, como no había mucha opción, aceptamos el trato.
Al comprar los billetes, tampoco dimensionamos lo que son 52 horas con el trasero y la espalda adheridos casi fisiológicamente a una butaca semi-reclinable, respirando el mismo aire (y otros gases de origen vario) que otros 50 seres humanos, yendo a un baño diminuto que no se limpia jamás y en el que los pasajeros depositan sin problemas todas sus excreciones (imaginables e inimaginables, se los aseguro), soportando películas y más películas a horarios irrisorios y a un volumen infernal, comiendo lo que se pudiera y parando a estirar lo que quedara de nuestras piernas (y a buscar un baño decente... sin éxito) cuando al chofer se le viniera en gana.
En fin... El día viernes 10 de noviembre amanecimos aún enteros, aún saludables y aún felices en Santiago de Chile. El Congreso terminaba ese día con la participación de los “ponentes nacionales”, cuyos documentos pueden examinar en detalle en el sitio del Congreso. Lamentablemente no nos pudimos quedar a esas exposiciones (y tuvimos que cancelar la visita a la Biblioteca Nacional y a la exposición de pósters, además de otros asuntos) porque el bus salía a mediodía y era el único medio del que disponíamos para llegar a tiempo al siguiente Congreso en Perú. Nos despedimos, pues, de aquellos que quisieron despedirse de nosotros, y emprendimos el camino a la terminal de buses, con mucho aprendido y con muchas cosas que preferimos olvidar... porque no todas las organizaciones son perfectas ni todos los seres humanos son inteligentes y sensatos (y nos topamos con varios ejemplares de Homo sapiens que no eran ni Homo ni sapiens).
El trayecto de “Ormeño” nos llevó por todo el valle central chileno, que se extiende hacia el norte de Santiago mostrando viñedos primero, luego huertas y más tarde sólo tierras secas... Caía la noche y ya habíamos entendido que aquello iba a ser un infierno, y que desaconsejaríamos a nuestros amigos, enemigos, conocidos y desconocidos que intentasen ese trayecto en bus, a no ser que tuviesen muchas ganas de hacer locuras (como teníamos nosotros). La noche nos alcanzó en algún punto al norte de La Serena.
Mientras intentaba conciliar un sueño que nunca se reconcilió conmigo, hice una evaluación personal del Congreso de Bibliotecas Públicas de Chile. La organización había sido prolija y cordial; la estructura del evento había sido bien diseñada (aunque, a mi parecer, se le dio demasiado protagonismo a los invitados extranjeros); se combinó, muy acertadamente, el formato “taller” con el formato “mesa de conferencia”, y en esas mesas siempre hubo un moderador muy hábil que manejó a conciencia preguntas y tiempos; las temáticas fueron bien elegidas (con un hincapié bastante concreto en el tema social) y los documentos del evento fueron puestos en línea, en acceso abierto, apenas terminó el Congreso... Hubo sesión de pósters, y nos evitaron la presencia de los comerciantes de información y de servicios, tan habituales en todos los eventos... En definitiva, un encuentro profesional bien organizado. Quizás, como crítica (aparte de algunas diferencias personales) señalaría que faltó un poco más de contacto de los “invitados extranjeros” con la realidad bibliotecaria chilena “de trinchera”. Supimos mucho por boca de los organizadores y de algunos colegas que se nos acercaron a charlar, pero... todo muy maquillado. Lo poco “real” que supimos vino de la mano de algunos colegas de Puente Alto y de un grupo de estudiantes de bibliotecología, con el cual pudimos conversar sin ningún tipo de trabas. Pero, al menos personalmente, me quedé con las ganas de visitar una Escuela de Bibliotecología, o de ver una biblioteca pública sin previo aviso y sin anunciar que yo era bibliotecario o extranjero... Es lógico que al visitante se le muestre lo mejor. Pero, dado el perfil de muchos de nosotros, creo que este tipo de actividades hubieran complementado muy bien lo que íbamos buscando a Chile: conocer al país y a su gente.
La noche cayó. Sara jamás durmió. Yo me desmayé de cansancio en algún lugar que no recuerdo ni necesito recordar.

Amanecimos en un punto ignoto del Norte Grande chileno, en el límite entre las regiones de Atacama y Antofagasta. Fuera se extendía el desierto más desolado, árido y despojado de vegetación que puedan imaginar en Sudamérica. Lo único que crecía en aquellos arenales eran piedras. Aún así, y pese a tal desolación, el espectáculo era imponente: dunas de decenas de metros de altura, montañas de arena o arenisca talladas por el viento, gargantas profundas de roca carcomida por los elementos, rayos de sol dibujando sombras alargadas y surrealistas sobre el terreno, cumbres y precipicios entre los cuales el vehículo realizaba heroicas piruetas de funámbulo...
Aquella zona había sido la tierra de los Atacamas, más conocidos en Chile como Lican Antai, una raza que sobrevivió a duras penas a la llegada de los Incas (por vivir en un territorio demasiado agreste) y que sucumbió a la llegada de los españoles, que los repartieron en encomiendas y acabaron con su modo de vida tradicional, que era el de llameros que mercaban sal por productos del altiplano, y productos del altiplano por productos de la costa. Su lengua, el Kunza, era hablada hasta hace muy poco por un puñado de personas, pero desconozco si se pudo rescatar algo o si desapareció para siempre. Existían un par de gramáticas, pero creo que nunca se escribió un solo libro en ese idioma. Sus sonidos quizás no se perdieron, pero nada queda de la cultura antigua, excepto un buen número de momias, perfectamente conservadas gracias a las extremas condiciones ambientales de la región.
De la misma zona, pero de la región de la costa, son los Chonos, una cultura antigua que momificaba a sus muertos y les colocaba máscaras de arcilla sobre la cara, representando los rasgos del difunto...
En la actualidad toda esta zona del Norte Grande chileno (ganada por Chile a Bolivia y a Perú en respectivas guerras, que costaron al segundo país su tan reclamada “salida al mar”) está fuertemente poblada por Aymaras procedentes del Collao, el altiplano boliviano-peruano. Han traído consigo sus tradiciones, su cultura y su lengua, que se ha esparcido y ha florecido perfectamente en aquellas soledades... A los costados de la ruta podía leer nombres que me eran familiares, indicando caminos que se perdían entre las arenas y el horizonte: Mamiña, Lassana, e incluso La Tirana, ese lugar en donde, año tras año, los danzantes de la Diablada rinden homenaje a la “Mamita”, la Virgen de la Tirana. Disfrazados de diablos, bailan saltando y haciendo acrobacias inimaginables mientas que las mujeres hacen girar y contragirar sus polleras en un movimiento increíble. Allí mismo, si no recuerdo mal, danzan las comparsas de “indios”, que soplan alternadamente unos silbatos de caña que dan un solo tono... El resultado final es una cadencia de dos tiempos: en uno, cincuenta silbatos suenen una nota, y en el otro, otros cincuenta soplan otra... Así descrito, suena un poco aburrido, pero oído, es algo impresionante...
Allí se hablaba la lengua Aymara, esa lengua con un sabor tan andino, tan ancestral, que más tarde oiríamos en las calles de La Paz y que ahora tan solo adivinábamos... Sí, hay libros en Aymara, y bibliotecarias Aymaras, y hasta un presidente Aymara que gobierna un país en el que, al menos en los papeles, el Aymara es lengua oficial. Es una lengua bellísima, pero muy complicada, porque es aglutinante, y aquello que nosotros decimos con varias palabras separadas, ellos la aglutinan en un solo vocablo, formado por una raíz y varios sufijos. Lo que pierden en facilidad lo ganan en especificidad, dado que pueden agregar innumerables matices a sus palabras, matices que nosotros no podríamos conseguir sino a través de muchos circunloquios. Algo que también ocurre con el Quechua, una de nuestras (repito: nuestras) lenguas más bellas...
Una de las pocas cosas que recuerdo en Aymara es un refrán, que quizás me sirva para definir el sentido de todo el viaje que hicimos a través de la columna vertebral de América. El refrán rezaba:

Uñjasaw uñjtw sañax; jan uñjasax janiw unjtw sañakiti

La traducción libre sería: “Viendo, uno puede decir ´he visto´; sin ver, uno no debe decir ´he visto´”. Apliquen el refrán a algunos de los tantos fanfarrones que, en nuestro medio profesional (y personal), hablan sin saber ni haber tenido maldita experiencia... y díganme si los Aymaras no tiene en verdad un refrán sabio.
Cruzábamos aquellas soledades sin más compañía que el sol en lo alto jugando a las escondidas con las nubes, y las piedrecitas en lo bajo. Recordaba que hacia el oeste, donde se alzan los Andes, están los bellísimos Parques Nacionales del Norte Grande chileno, entre los que se destaca el de Isluga, poblado de salares y parinas (flamencos andinos). Recordaba haber visto fotos de bandadas inmensas de flamencos, pintando de rosa un salar, y me preguntaba por qué los latinoamericanos no reconocemos las tremendas bellezas que tenemos en nuestra tierra... Recordaba también que, un poco más al norte, sobre la misma Cordillera, están los Payachatas (“gemelos” en Aymara), los volcanes Parinacota y Pomerape... Y lagunas, y salares, y miles de pequeñas comunidades con nombres preciosos como Socoroma, Visviri o Cariquima... Y los sonidos de tropas enormes de pinkullos, es decir, grupos de varios intérpretes que tocan flautas de distintos tamaños y afinaciones pero similar forma, creando armonías, ritmos y sonoridades únicas e irrepetibles (¿Las han oído alguna vez? ¿Han oído las tarkas, los waka pinkillos, las choquelas, los mokolulos, los mohoceños...? Todas esas expresiones son parte de SU cultura y de SU diversidad, colegas latinoamericanas/os...). Y el retumbar de los enormes toyos (sikus o flautas de pan de casi dos metros de largo) acompañados por wankaras (bombos) enormes, que laten como un enorme corazón, pum-pum, pum-pum, mientras los músicos revientan esas cañas y las hacen estallar en sonidos gravísimos, telúricos...
En la misma latitud, pero hacia la costa, se encuentra el puerto de Iquique. Quizás algún amante de la música y la historia recuerde la masacre de Santa María de Iquique, recogida por algunos libros y por el grupo chileno Inti-Illimani, quien inmortalizó tal fragmento oscuro de la historia nacional en una cantata bellísima. Ocurrió a principios del siglo pasado, cuando todavía el norte de Chile era el Imperio del Salitre y las comunidades eran tremendamente explotadas –bajo regímenes inhumanos- por las compañías multinacionales asentadas allí. Un grupo numeroso de obreros del salitre (y sus familias) bajó hasta el “Puerto Grande” de Iquique para pedir mejoras en sus condiciones de trabajo y en sus salarios, y fueron ametrallados por el ejército en la Iglesia de Santa María. Murieron centenares... pero nadie habló nunca más de esos muertos; en general, los cadáveres de los pobres y los desposeídos nunca pesan demasiado en las memorias de las sociedades pudientes. Tampoco los cadáveres de los rebeldes, de los que protestan contra las condiciones injustas y piden un poco de equilibrio.
Muchos de esos obreros, además, eran Aymaras. Razón de más para ser olvidados, en un continente donde el color cobrizo de la piel es signo de vergüenza y discriminación..
Un poquito atrás habíamos dejado las playas de Pisagua, en donde fueron enterrados muchos de los ejecutados durante los años de terror y dictadura de ese señor que acaba de marcharse hace poquito, para alegría de muchos y, aunque provoque asombro, tristeza de otros muchos.
Poquito a poco fueron apareciendo las primeras matas de yareta, unos arbustos bajos y achaparrados que suelen ser usados como combustible en las tierras altas. Curiosamente, estas plantas tardan años y años en crecer: recuerdo haber leído reportes botánicos que afirmaban que muchas de esas plantas tienen más de un siglo de vida, pues crecen solo unos centímetros escasos por año. Quemarlas parece un pecado mortal contra la Madre Naturaleza, pero se trata del único material disponible...
Un poco más allá, avanzado el mediodía, pasamos la Pampa del Tamarugal, un lugar poblado (supuestamente en forma natural, aunque la disposición geométrica de las plantas me pareció demasiado regular) de tamarugos, árboles que sobreviven en estos sequedales y que dan la poca sombra que puede encontrarse en esta región...
Recordaba, por las clases de Arqueología tomadas durante el cursado de mi carrera de Historia (una carrera que un año de estos terminaré), que los núcleos humanos asentados en los desiertos costeros del norte de Chile y el sur del Perú se agrupaban en los valles que bajaban perpendiculares a la cordillera, alimentados por las aguas de deshielo. Allí se creaban verdaderos oasis, en los cuales se cultivaba y se vivía. Históricamente, las principales culturas preincaicas andinas surgieron en tales valles. Y aún hoy era posible ver algunos de esos vallecitos, regados por las aguas casi inexistentes de un río de cauce pedregoso y sediento...
Atravesamos la Quebrada de Codta, un paisaje lunar que nos alucinó por sus formas, sus dimensiones, su majestuosidad imponente... Almorzamos en Arica a eso de las cuatro de la tarde, luego de un par de mínimas paradas (una de ellas en Coquimbo, ciudad costera sin mucho atractivo pero enclavada en un escenario natural bastante interesante). Cuando descendimos y nos sentamos ante un plato de comida, ya no reconocíamos la parte de cuerpo que estaba por debajo del ombligo. La visita obligadísima al baño provocó la exasperación de Sara (que prefirió lavarse con el agua que vertía una canilla en la calle, donde vio hacer lo mismo a los choferes ) y las náuseas mías (téngase en cuenta que estoy acostumbrado a condiciones higiénicas casi nulas cuando realizo mis trabajos de campo...). En fin, hacia la media tarde cruzamos la frontera chileno-peruana sin más novedad que algunos ciudadanos del Perú que no tenían las visas en orden o llevaban entre su equipaje algún artefacto y tuvieron que quedarse allí, clavados en el medio de aquella nada, con la única compañía de los gendarmes...
Cenamos en Tacna, enorme urbe que, en la oscuridad de la noche, extendía sus luces hasta donde nos llegaba la mirada. A partir de ese punto, la empresa “Ormeño” no pagaba ni almuerzos ni cenas, y, con suerte, pararía aquí o allá para que los pasajeros descansáramos las ya olvidadas piernas. El amanecer nos encontraría recorriendo la costa sur del Perú, un espectáculo inolvidable. Pero eso será el tema de la próxima entrada...
Será, pues, hasta mañana... Un abrazo cordial...
Ver "Tierra de vientos", blog de música andina de Edgardo Civallero

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diciembre 18, 2006

Diario de viaje (05 de 28): pisando las calles de Temuco

[Diario del viaje por tierra a lo largo del antiguo Imperio Inca, de Congreso en Congreso de bibliotecología, a través de Chile, Perú, Ecuador, Bolivia y el NO de Argentina, entre el 5 de noviembre y el 1 de diciembre de 2006]

Quería que nuestro viaje a lo largo de la columna vertebral de Sudamérica comenzara al sur del río Bío-Bío. No me pregunten por qué quería tal cosa. Quizás en mi corazón siempre tuvieron un lugar de honor las palabras de Elicura Chihuailaf, uno de los grandes poetas del pueblo Mapuche, que llamó a ese río “sueño azul de mis antiguos”. Quizás porque, aunque fuera históricamente incorrecto, yo consideraba a ese río la frontera sur del Imperio Inca, el punto a partir del cual las huestes del Cuzco no habían podido seguir avanzando por la resistencia que les opusieron las tokis (hachas de guerra) de los araucanos.
Fuese cual fuese la razón, allí estábamos Sara y yo viajando, en un bus nocturno, hacia Temuco. El viaje de ocho horas nos llevaría hacia el sur, al corazón de la región conocida como Araucanía, a partir de la cual comienzan a extenderse lagos y volcanes ornados de bellísimos bosques, hasta que, más adelante, la tierra se acaba y, más allá de un corto estrecho, se alza la isla de Chiloé, con sus tradiciones y sus iglesias de colores vivos. Pero no llegaríamos hasta allí: nuestro viaje a través de los Andes comenzaría en ese extremo meridional, en Temuco.
Mientras revisaba el pequeño mapa del sur de Chile –sentado en la primera de una larga serie de butacas incómodas que destrozarían mi columna y otras partes a lo largo de todo el viaje- me inundaban la cabeza las palabras de una canción de Violeta Parra ("La exiliada del Sur"), la cual incluía un buen número de nombres de ciudades y pueblos meridionales... Era aquella que decía..

Mi brazo derecho en Lanco quedó, señores oyentes;
el otro por San Vicente cayó, no sé con que fin...
Mi pecho en Cura Cautín lo veo en un jardincillo
Mis manos en Maitencillo saludan por Pelequén.
Mi boca en Perquilauquén sopla sobre un caramillo...

Es curioso como unas simples palabras leídas en un mapa pueden despertar tantos recuerdos en un ser humano, tantas sensaciones olvidadas, tantas ilusiones, tantas fantasías...
Amanecimos en la ciudad, tempranísimo, cuando aún sus calles estaban desiertas y su población, dormida. Así que recorrimos las veinte cuadras largas que separan la terminal de buses de la plaza central, observando detenidamente el cerro Ñielol, el cual domina la ciudad y al cual íbamos bordeando lentamente. Sus laderas están cubiertas de bosques de pinos y eucaliptos, y su cima posee un mirador que se ha convertido en una de las principales atracciones turísticas de la ciudad (que, a decir verdad, cuenta con bastante pocas). La ciudad se levanta a orillas del río Cautín, el cual fue la real frontera histórica entre los Mapuches y los invasores, se llamasen como se llamasen. De acuerdo a las guías que consultamos con Sara, el horizonte debía estar dominado por varios cerros y volcanes que, honestamente, fuimos incapaces de encontrar o identificar.
El motivo principal del viaje a Temuco era conocer el Museo Regional de la Araucanía, y, con un poco de suerte, encontrarme con un par de colegas bibliotecarias que habían trabajado en relación con comunidades Mapuches. Una de ellas era Fresia Catrilaf Balboa, una profesional reconocidísima cuyas experiencias han marcado un hito dentro del ámbito de las bibliotecas aborígenes, y cuyo trabajo (publicitado ampliamente en la Web) recomiendo leer a todos aquellos interesados en interculturalidad, educación intercultural bilingüe, bibliotecas escolares rurales y bibliotecas aborígenes. La otra era una colega de la Universidad de la Frontera, quién dirige un Centro de Documentación especializado en cultura Mapuche. Lamentablemente, los contactos fracasaron y, por uno u otro motivo, no pude encontrarme con ellas.
Sin embargo, allí estábamos, en el centro de una amplia región que agrupaba una alta concentración de comunidades indígenas. Sin embargo, y para mi sorpresa (o quizás para romper un preconcepto personal que no sé de donde saqué) no vimos más de dos o tres personas con rasgos indígenas, algo que incluso en Argentina es raro en regiones con población autóctona.
La visita a la Plaza Central nos deparó la primera desilusión. La Casa de la Mujer Mapuche, una de nuestras primeras paradas en el circuito que teníamos previsto para Temuco, no era más que un diminuto comercio de artesanías típicas, supuestamente comercializadas por mujeres de comunidades cercanas. Quizás así fuera (y, de ser así, el propósito sería loable) pero a nosotros nos pareció una pequeña tienda de recuerdos, que contaba sobre todo con de textiles, cestería y alfarería. Por ende, continuamos nuestro camino hacia la oficina de turismo, en donde una sonriente señorita nos informó que el Museo de la Araucanía estaría cerrado indefinidamente “por obras” y que, si lo deseábamos, podíamos visitar la Casa de la Mujer Mapuche, el Museo Ferroviario (idea que no nos entusiasmó lo más mínimo) y el Mercado Central, en donde se exhibían artesanías Mapuche.
Hacia allá fuimos, pues, con la esperanza de encontrar, al menos, un mínimo rasgo que nos permitiera un acercamiento a la realidad de un pueblo que admiro con todo el corazón. Pero allí tuvimos nuestra desilusión final: el Mercado Central no era más que una serie de puestos principalmente orientados a la venta turística de souvenirs. De hecho, me pasé un buen rato buscando algún instrumento musical que valiera la pena... sin mucho éxito. Los reales valían una fortuna y eran escasos, y los ficticios –que ya eran caros- no pasaban de la categoría de juguetes.
Para los que no conocen la música Mapuche, les contaré que se basa en una docena de instrumentos, especialmente de percusión (kultrun, cake kultrun, cascabeles o kaskawilla, maraca de calabaza o wada), de viento (silbato o pifilka, trompetas varias como la trutruka, el ñolkin o el küllküll, flautas del tipo pinkulwe) y dos elementos curiosos de cuerda (el trompe o arpa judía, y el kunkulkawe o arco musical). A ellos se han unido, desde la llegada hispana, la guitarra, el acordeón, el bombo y, de vez en cuando, violines y arpas. Con eso hacían y hacen música los pueblos araucanos, y los ritmos que ejecutan tienen su encanto y su fuerza, aunque para muchos resulten un amasijo de ruidos inaudibles. Una de las danzas que se acompañan con esos instrumentos (y que posee un ritmo y una cadencia muy particulares) es el lonkomeo, en la cual el bailarín se pinta los rasgos de un choike (ñandú patagónico) con líneas azules sobre el cuerpo y, con varias sartas de cascabeles cruzados en bandolera y un poncho atado por sus extremos a las manos, imita el paso del ave. Es un espectáculo digno de ser visto y disfrutado: aunque para muchos espectadores occidentales la danza parezca algo muy tribal y primitivo, siempre he apreciado en ella un fino y delicado aprecio por la Naturaleza, una cuidada representación de los movimientos del pequeño avestruz, y una gran adaptación a los sonidos que acompañan, que tienen, en verdad, una fuerza impresionante. Si alguna vez tienen oportunidad de disfrutar de este espectáculo, se lo recomiendo. O quizás alguna vez sean invitados a un Ngillatún o a un Camaruco, las grandes rogativas anuales que realizan los Mapuches y Williches dando las gracias a Ngenechén por el año y pidiéndole sus bendiciones para el siguiente... Allí el lonkomeo juega un rol particular; además, el simple hecho de participar de una ceremonia en la cual un pueblo entero refleja la fe en sus creencias (que son las de sus ancestros) y expresa su cultura viva... vale cualquier esfuerzo.
Los Mapuche hablan una lengua (el Mapudungu, “habla de la tierra”) que se escribe desde la llegada de los conquistadores españoles (he trabajado con un ejemplar original del primer “Arte y gramática de la lengua del Reyno de Chile” de la colección de la Biblioteca Mayor de la Universidad Nacional de Córdoba) y que hace poco logró la adopción de un “Alfabeto Mapuche Unificado” que permite usar un sonido para cada letra y una letra para cada sonido (algo que no logra el nuestro), evitando así el uso de muchos signos diacríticos y el de una grafía inexacta, adaptada del castellano. Si bien en muchas partes de Chile y en Argentina el alfabeto unificado es aún desconocido, y si bien no existen (al menos en Argentina) muchos lugares en los que se enseñe el Mapudungu (en especial, fuera de las áreas de presencia indígena), el bellísimo idioma continúa vivo, y existe una creciente literatura escrita en esa lengua, publicada por editoriales, especialmente del lado chileno (pueden curiosear un poco de esa literatura en los numerosos sitios web especializados en la temática). La población Mapuche argentina alcanza al menos las 90.000 personas (no existen censos oficiales, por lo que es bastante difícil dar cifras confiables) y la chilena, alrededor de los 120.000. Las luchas históricas del pueblo a ambos lados de los Andes (que generó héroes como Caupolicán, poemas como “La Araucana” de Ercilla, imágenes tristes e inolvidables como las reseñadas en el “Martín Fierro” e hitos ignominiosos como la Campaña del Desierto argentina) continúan hoy en día, como puede comprobarse si se consulta someramente el apartado de “Pueblos Originarios” mantenido por la gente de Indymedia.
La cultura Mapuche dibujó y pintó nuestras tierras meridionales con topónimos, con apellidos que aún son llevados (a veces con orgullo, a veces con vergüenza gracias a cinco siglos de discriminación), con nombres de animales y plantas, con seres míticos (el invunche, el trauco, el kai kai filu, la Antü Mallén...), con cuentos y con leyendas. No se trata de una cultura meramente folklórica; su memoria no son simples relatos que se cuentan a turistas o a niños de primaria. Se trata de un pueblo orgulloso, vivo y activo; de una cultura que resiste y que lucha por su identidad y por sus derechos... Ya lo dice la copla:

A pesar de la metralla
y el decreto del tirano
todavía sigue en pie
el bravo pueblo araucano

Más allá de los reclamos y las posiciones políticas de muchos grupos “indigenistas” autoproclamados Mapuche (cuyos representantes me parecen unos impresentables y unos oportunistas que apenas si saben de lo que hablan), creo que los Mapuche son uno de los pueblos que más impacto y más barbarie han debido y deben soportar (basta pensar en como las petroleras profanan sus cementerios en Argentina) y que sus reclamos, por ende, deberían ser escuchados.
La gran pregunta que me hacía, mientras recorríamos las calles de Temuco, es “¿cuánto sabemos los latinoamericanos de nuestra gente originaria?”. Si les preguntase a ustedes, en este momento, qué información le darían a un usuario que les pidiera algún documento relacionado con la cultura Mapuche... ¿qué responderían? ¿Somos conscientes de la riqueza cultural y de la diversidad lingüística que tenemos dentro de nuestras propias fronteras? ¿Reconocemos formas de procesar y facilitar la información distintas a la nuestra, pero igual de válidas? ¿Reconocemos otros formatos, otros medios, otros alfabetos...? Y si reconocemos todo eso... ¿lo respetamos? ¿Nos interiorizamos en su significado? ¿O preferimos seguir mirando qué se hace en Europa o en los EE.UU. en vez de ver que estamos perdiendo aquí? Les dejo la pregunta en el aire, para que lo piensen. Por mi parte, creo que, aún después de muchos años de meterme de lleno en el (re)conocimiento de los pueblos que habitaban estas tierras antes de la llegada de los europeos (entre ellos, mis antepasados emigrantes), aún sigo sin saber nada. Y me da una tristeza infinita, porque sé que me estoy perdiendo un acervo cultural impresionante.
En fin... A las 11 de la mañana ya habíamos recorrido todo Temuco, y nos miramos con Sara, cansados y un poco desilusionados. En cuestión de segundos decidimos que el paso más lógico era volver a Santiago de día, para poder admirar el paisaje del sur chileno bajo los rayos de un sol neblinoso, y para poder dormir en una cama antes de iniciar el viaje que nos esperaba al día siguiente (52 horas de bus desde Santiago de Chile hasta Lima, Perú). Así que nos despedimos del río Cautín y del cerro Ñielol (al cual no ascendimos porque el precio para turistas era un robo) y nos sentamos nuevamente en un bus de la empresa TURBUS, curioseando por la ventana los inmensos bosques y las praderas verdes llenitas de flores, la neblina que cubría todo y el olor a madera de los aserraderos, que se filtraba por las rendijas de las ventanas y nos sacudía a cada momento. “Tierra maderera” pensé mientras cruzábamos el Bío-Bío, antes de entrar a la ciudad de Los Ángeles... Una tierra cuyos bosques van desapareciendo gradualmente a medida que las rutas se acercan a Santiago, cada vez más al norte.
Mientras nosotros viajábamos, allá en Santiago, en el marco del Congreso de Bibliotecas Públicas, tenían lugar las exposiciones matinales del colega peruano Gustavo von Bischoffshausen (“La biblioteca municipal en el Perú”), de la andaluza Juana Muñoz (“Bibliotecas: en busca de la magia perdida”) y de la colombiana Adriana Betancur (“la biblioteca pública en la agenda social de los gobiernos locales”) (aquí sus perfiles, y aquí sus conferencias). A mediodía comenzarían los talleres de los “invitados extranjeros”, que terminarían bien entrada la tarde y que imitarían, en su formato, al que yo diera en Puente Alto días antes.
Santiago nos recibió con las últimas luces del día. Apenas llegados, compramos los pasajes para salir, al día siguiente (viernes 10 de noviembre) al mediodía, hacia Lima. Haríamos la ruta por tierra, por ser la opción más económica y la que nos permitiría poder conocer un poco más la ruta que recorreríamos, que nos llevaría por toda la costa norte de Chile hasta Arica y desde allí, por toda la costa sur peruana (Tacna, Ica, Nazca) hasta la capital, a la cual arribaríamos el domingo por la tarde. Pero esa ruta será parte de la siguiente entrada de este cuaderno de viaje cansino, que está saliendo lentamente de las manos de un autor que ya necesita unas merecidas vacaciones,...
Antes de irnos a dormir, curioseamos un poquito más los obsequios que nos dejara la gente del Centro Bibliotecario de Puente Alto... Entre un buen cúmulo de papelería de promoción (cuyos datos he ido incluyendo, lento pero seguro, en estas páginas) hallamos un juego, muy parecido al de la Oca, en el cual los responsables del Centro pretenden rescatar la memoria de la comunidad. Es un juego en el que, con la ayuda de un dado, se van saltando casillas. En cada una de ellas hay un sitio emblemático de la comuna, cuyas características e historia pueden revisarse en un cuaderno adjunto, bellamente preparado e impreso. La intención del juego es que, en forma lúdica, los jugadores se encuentren con su patrimonio cultural tangible. Es un hermoso trabajo de recuperación cultural que podría ser replicado (bajo esa modalidad o bajo otras, igualmente imaginativas) en muchos puntos de nuestra Latinoamérica, una tierra en la que tenemos una inigualable facilidad para olvidar quiénes somos, de dónde venimos y adonde vamos...
Un abrazo desde estas tierras calientes y empapadas de vapor y de tormenta... Nos encontramos en estas páginas cumpleañeras (¡dos añitos ya!) mañana...
Ver "Tierra de vientos", blog de música andina de Edgardo Civallero

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diciembre 11, 2006

[Un paréntesis cumpleañero]

Por Edgardo Civallero

Un 2 de diciembre, el del 2004, edité mi primera entrada en este weblog... Desde entonces he ido manteniendo, en un esfuerzo semanal, la estructura y la edición de esta bitácora en la que he ido reflejando mis idas y venidas, mis vueltas y revueltas, lo mejor y lo peor que he visto, pensado y hecho...

Desde aquel entonces más de 86.000 visitantes han entrado en estas páginas y han dejado su pequeña marca, aquí y allá... He recorrido muchos caminos desde entonces, y creo que mi evolución como persona y como profesional es apreciable a lo largo de los textos que he escrito. Y esa, quizás, sea la mejor noticia: que he cambiado. Porque si me hubiera mantenido estático, sin aprender nada, sin modificar nada de mi mismo (y de los demás), mi vida no hubiera tenido demasiado sentido.

A todos aquellos que me han leído y siguen a mi lado, muchas gracias. El cumpleaños que celebramos es una fiesta de todos. Porque, sin ustedes, los lectores, esto tampoco tendría ningún sentido.
Un abrazo cordial desde una Córdoba mojada por las tormentas de verano...

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Diario de viaje (04 de 28): el rol social de los bibliotecarios

[Diario del viaje por tierra a lo largo del antiguo Imperio Inca, de Congreso en Congreso de bibliotecología, a través de Chile, Perú, Ecuador, Bolivia y el NO de Argentina, entre el 5 de noviembre y el 1 de diciembre de 2006]

[Mientras escribo esta parte de mi diario de viaje, me entero que murió Pinochet. Se fue sin pagar por todos los males cometidos. No confío en la justicia del más allá como tampoco en la del más acá. ¿Dónde está la justicia, pues?].

El Primer Congreso Nacional de Bibliotecas Públicas propiamente dicho tuvo lugar, durante tres días, en la Biblioteca de Santiago, un edificio refuncionalizado que incluye asimismo al Archivo capitalino. Anteriormente, la biblioteca pública de la ciudad se encontraba en el mismo edificio que la Biblioteca Nacional (sobre la Alameda O´Higgins) pero, hace poco más de un año, la DIBAM se encargó de adaptar una estructura de almacenes y oficinas y convertirla en un centro bibliotecario con auditorio, salas, etc.
El ala oriental del edificio tiene restaurant, terraza, salas de capacitación, conferencias y exposiciones, galerías comerciales, cafetería y salones multiuso. El ala sur tiene las colecciones generales, las de literatura, las de audio y video, las salas de estudio, la sección juvenil, la de prensa y referencia, la de adultos, la infantil, la sala de novedades, los laboratorios de capacitación y el área de préstamo y catálogo. Una estructura ciertamente completa... La DIBAM ha hecho un buen trabajo. Además de esta Biblioteca santiaguina, la DIBAM gestiona el Centro Nacional de Conservación y Restauración, el Centro Patrimonial Recoleta Dominica, el Departamento de Derechos Intelectuales, el Museo Nacional de Historia Natural, la Biblioteca Nacional, el Museo Histórico Nacional, el programa Bibliorredes, el Archivo Nacional, el Museo Nacional de Bellas Artes, los Museos especializados (4) y regionales (20), los valiosos sitios de Internet (http://www.memoriachilena.cl/, http://www.chileparaninos.cl/, http://www.bibliotecavirtualdelbicentenario.cl/, http://www.artistasplasticoschilenos.cl/, http://www.fotografiapatrimonial.cl/, http://www.surdoc.cl/), las publicaciones (“Patrimonio Cultural”, “Conserva”, “Mapocho”) y la red de bibliotecas públicas (incluyendo el Bibliometro, el Bibliotren, los Dibamóviles con puntos de préstamo en ferias libres de 17 comunas, y más de 50 servicios móviles incluyendo Bibliobuses, Bibliomotos, Bibliocarretelas, casas rodantes, Triciclos amarillos, buses culturales y otros innovadores medios de transporte)...
A la Biblioteca de Santiago, pues, nos dirigimos después del desayuno que compartí con mi compañero de habitación y de Congreso, Gustavo von Bischoffhausen, un bibliotecario peruano con formación en historia que, en la actualidad, está trabajando en un hermoso proyecto de red de bibliotecas quechuas en la localidad de Ayaviri, en pleno altiplano peruano, cerca del Titicaca, financiado por IFLA-LAC. Gustavo es miembro del Colegio de Bibliotecólogos del Perú y bibliotecario de una institución relacionada con el arte, y trabaja, junto con otros colegas –p.e. el amigo Álvaro Tejada- en esta historia tan particular y tan asombrosa de las bibliotecas indígenas (historia que llevo en un rincón de mi corazón, que me empujó a estudiar esta carrera y sobre la cual espero publicar un manual el año que viene). Además, Gustavo desarrolla la iniciativa “Todas las voces todas” (en ejecución en estos días), en la cual presenta la oralidad y las diversidad étnica de su país de la mano de narradores de distintas culturas y lenguas, los cuáles muestran lo mejor de su acervo hablado y de su patrimonio intangible.
En fin, allí estábamos, en la ceremonia de inauguración del evento, junto con el resto de los panelistas internacionales, cuya tarjeta de presentación podrán apreciar en forma completa en el propio sitio del Congreso. Fue un hermoso grupo humano, una reunión de profesionales que se transformó en una reunión de amigos con intereses e ideas comunes. La inauguración contó, como era de esperar, con la presencia de las autoridades organizadoras: el alcalde / intendente de la comuna de Puente Alto (M.J. Ossandón) y la directora del DIBAM, Nivia Palma, que dio una charla magistral llena de contenidos que, a mi gusto, rozaban más lo político que lo bibliotecológico (pero en fin, ya conocen lo parcial de mis apreciaciones). Tras tal acto de apertura, y mientras salía a almorzar, me entrevistaron (sí, como lo leen: a alguien se le ocurrió tal peregrina idea) y, tras tal intercambio de preguntas y respuestas, agregaron algunas ideas extraídas de este blog y de mi conferencia de esa misma tarde y publicaron el resultado (curioso, por cierto) en la página de la Subdirección de Bibliotecas de la DIBAM.
En fin, tras el almuerzo comenzaron las mesas con la participación de los “invitados internacionales”. Ya estaba todo el mundo allí: habían llegado responsables de bibliotecas públics de los cuatro confines de Chile, desde el sur de la Patagonia hasta Visviri, allá en la frontera con Bolivia y Perú. La primera ponente fue Manuela Nunes, una portuguesa de ideas claras (cuyo perfil pueden ver aquí, además de una entrevista que le hicieron a ella también) que habló sobre “Dudas, preguntas, retos e ilusiones de las bibliotecas públicas al amanecer del tercer milenio”. En un español correcto pero bañado del delicioso acento portugués peninsular, Manuela dio una verdadera clase de bibliotecología social, anotando conceptos e ideas que, en su trasfondo, eran realmente revolucionarias. Les recomiendo la lectura de su ponencia, porque realmente no tiene desperdicio si queremos analizar un poco “realísticamente” esta nueva era digital que nos inunda y que, a veces, no nos deja respirar ni elegir el camino que queremos seguir.
Tras Manuela, el turno fue de José Antonio Merlo, un docente y bibliotecólogo de Salamanca (España) que hasta hace poco desempeño un cargo dentro de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez, y que tiene un buen cúmulo de artículos publicados en Internet sobre redes y bibliotecas digitales. José Antonio, haciendo gala de un humor excelente ante un auditorio que parecía dormirse debido al horario de siesta y a los estómagos repletos de almuerzo recién ingerido, logró despertar a los oyentes y hacerles llegar las ideas que expresaba en su conferencia “La biblioteca pública como promotora de la lectura”, cuyo texto contiene algunos datos de gran interés. Tanto José Antonio como Manuela nos introdujeron, durante esa mesa, al problema de las bibliotecas públicas enfrentándose a una nueva era y a un paradigma que, en su carrera desenfrenada, no siempre espera por ellas.
Y tras el descanso, subí al estrado parea participar en la segunda mesa de la tarde, junto con el colega y amigo colombiano Carlos Zapata Cárdenas, a quien conocí en persona después de años de correspondencia digital. Carlos –quien me trajera de sus tierras un ejemplar de la revista profesional colombiana “Códice” en el que publicara un artículo de mi autoría- es un reconocido profesional y docente que trabaja en Bogotá (en este momento, en la Universidad La Salle) y que maneja una amplia gama de temáticas de la especialidad, además de un acervo incontable de experiencias, noticias y novedades que bastan para quedarse unas cuantas horas embobado oyéndole hablar. Su intervención –que me precedió- presentó algunos datos numéricos sobre la brecha digital en Latinoamérica. Para aquellos interesados en el tema, recomiendo consultar su ponencia que incluye tablas que demuestran a las claras como la división entre “conectados” y “no conectados” no está disminuyendo, como muchos avizoran y proclaman...
Tras sus palabras, fue mi turno. Mi tema: la responsabilidad social del bibliotecario en Latinoamérica. Pueden leer el texto en línea, y pueden apreciar un comentario a mi intervención –“vehemente” y “poética”, según el auditorio- en la entrevista antes citada.

Apenas pude terminar la conferencia, nos dirigimos con Sara a la terminal de´buses para tomar el transporte que nos conduciría, a lo largo de toda la noche, a la ciudad de Temuco, la cpautal de la Araucania, allá en el sur del país... Amaneceríamos allá. Pero esa historia pertenece a otro día... Por el momento, los dejo aquí, con un abrazo enorme.
Ver "Tierra de vientos", blog de música andina de Edgardo Civallero

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diciembre 10, 2006

Diario de viaje (03 de 28): un puente alto, muy alto... (2º parte)

[Diario del viaje por tierra a lo largo del antiguo Imperio Inca, de Congreso en Congreso de bibliotecología, a través de Chile, Perú, Ecuador, Bolivia y el NO de Argentina, entre el 5 de noviembre y el 1 de diciembre de 2006]

Saliendo del taller (ver primera parte), nos unimos al grupo de “invitados extranjeros” (= conferencistas de otros países) para visitar las instalaciones del Centro Bibliotecario de Puente Alto. Después de las palabras de los encargados políticos comunales y de la DIBAM, reconocimos el espacio de la Biblioteca Pública y nos enteramos del programa de apoyo que la misma proporciona a las bibliotecas escolares de toda la comuna. Para ello tienen un plan de fomento de la lectura en bibliotecas escolares llamado “Crece leyendo” (el cual consta en una enorme carpeta que nos obsequiaron) cuyos objetivos son:

Desarrollar el gusto, el hábito y las habilidades de lectura en toda la comunidad educativa
Poner a disposición de niños y niñas diversos recursos de lectura con igualdad de oportunidades
Desarrollar la comprensión y velocidad lectora con estándares que indiquen los niveles de crecimiento del hábito lector a través del tiempo
Apoyar el proceso de enseñanza y aprendizaje de los alumnos
Convertir a las bibliotecas escolares en centros de recursos de aprendizaje abiertos y de fácil acceso para la comunidad educativa

El plan ofrece indicadores para cada objetivo (que permiten evaluar su cumplimiento) centrándose específicamente en la medición de la velocidad de lectura de los chicos como criterio principal de su comprensión lectora, algo en lo que desacuerdo por completo. Creo que la comprensión de lo leído no puede medirse a través de la velocidad de lectura: puede leerse muy rápido y no comprenderse absolutamente nada. Pero parece ser que algunos colegas chilenos –especialmente algunos situados en niveles directivos- están fascinados por los números, las estadísticas y las normas ISO, olvidando la importancia conjunta (repito: conjunta) de otros factores y métodos de evaluación.
El apoyo a las bibliotecas escolares se centra en la habilitación de espacios en cada escuela (señalización, muebles, etc.), el desarrollo de colecciones y catálogo computacional, la formación de encargados de bibliotecas y el desarrollo de servicios (consultas en sala, préstamos en clase y préstamos a domicilio). Se ha generado, para el crecimiento de la colección, una bibliografía básica de 8 títulos por nivel y por grado, algo en lo que Sara –como docente- estuvo en desacuerdo (opinión a la que me uní después de oír sus razones). Supuestamente proporcionan 8 títulos anuales para que cada niño lea. Si bien es un avance hasta cierto punto (especialmente si pensamos en que algunos niños que no leían nada, ahora leen 8 libros por año, con sus actividades y análisis respectivos), bajo ciertos aspectos puede ser limitante.
El plan de promoción de la lectura (algo que curioseé detenidamente porque soy docente de un plan similar en la Universidad Nacional de Córdoba) incluye un programa de iniciación de los niños a la lectura, un registro de los avances en la lectura a través de un Cuaderno de Bitácora de muy buen diseño (del cual poseo un ejemplar), la promoción del uso de la Biblioteca Escolar, la narración de cuentos, la lectura y escritura de poesía, la dramatización de lecturas, el (re)conocimiento de libros nuevos, el desarrollo de la velocidad lectora (nuevamente), la recuperación de la tradición oral (punto que me sorprendió agradablemente), el desarrollo de la participación, la identificación de gustos e intereses de lectura y el incentivo a los lectores.
La bitácora de la que les hablaba antes es un pequeño cuadernito que incluye el Decálogo de Derechos de los Niños a Escuchar Cuentos (redactado por la Asociación Colombiana del Libro Infantil) y una guía de los números de la CDU (generales) y de las claves de colores que identifican a los libros de literatura u 800 (amarillo para 0-3 años, verde para 4-6, azul para 7-9, rojo para 10-12). Los libros están ordenados por CDU general y luego por orden alfabético, teniendo en su marbete el círculo de color antes nombrado. Además, la bitácora incluye espacios para escribir las lecturas de investigación, instrucciones para el uso del espacio “Planeta Virtual”, espacios para libre creación, la Convención sobre los Derechos del Niño (Naciones Unidas) y varias curiosidades más... De esta forma, el niño puede llevar un registro de sus lecturas y las actividades relacionadas a las mismas, ya sean creativas, de investigación (papel o digital) o de relación.
En general, la lectura del plan y los comentarios de sus responsables demuestran excelentes ideas e intenciones, pero he aprendido, por la práctica pura y dura, que una cosa es el dicho y las intenciones, y otras muy distintas las acciones puestas en práctica. Dado que no pude ver ni chequear resultados finales, no puedo decir nada más al respecto: cuando se visitan instituciones como invitado, uno ve lo que le muestran o quieren mostrarle, y eso precisamente suele limitarse (por “lógica”) a los buenos aspectos, los éxitos y los dichos. Los hechos (no siempre tan perfectos) suelen dejarse a un lado.
Las colecciones de la Biblioteca Pública son de acceso abierto –excepto la sección de referencia-, exhibiendo además una sala preparada para la alfabetización informacional y la búsqueda de información a través de las redes digitales... Pero quizás lo que más nos impresionó fue la Biblioteca Infantil, vecina al edificio de la Biblioteca central, e incorporada plenamente a la estructura del Centro Bibliotecario. El edificio fue adaptado –muy pertinentemente, a mi parecer- para cumplir sus nuevas funciones gracias a la labor conjunta de arquitectos, diseñadores y bibliotecarios. La sala está totalmente marcada por colores y señalizaciones amigables y agradables, que orientan a los usuarios a moverse entre los materiales correspondientes a su edad... La sala principal, en la planta baja, posee unas enormes lámparas de tela que dominan el espacio y los delinean: a sus pies se extienden alfombras del color correspondiente y bancos mullidos y cómodos, en donde los niños lectores asumen las posiciones más curiosas, disfrutando de los materiales expuestos. El personal, bien identificable, está siempre dispuesto, y orienta tanto a chicos como a grandes. Aquí debo destacar la presencia nutrida de padres y madres, interesados en la adquisición de destrezas de lecto-escritura para ellos y sus retoños... y la ayuda que reciben por parte de personal cualificado. En la segunda planta existen un par de espacios para talleres de arte y expresión, y para teatro. Se trata, en definitiva, de un verdadero centro cultural, organizado de acuerdo a las más modernas tendencias y a un diseño exquisito y cuidadoso... No pude comprobar –debido a la brevedad de mi paso por el mismo- los resultados de su trabajo, los comportamientos de los usuarios y trabajadores, las opiniones de los lectores (adultos y niños) o el impacto que el centro tiene en su comunidad... Pero debo rescatar la seriedad y profesionalismo de los responsables a la hora de diseñar políticas, servicios y actividades, algo que en nuestras tierras suele brillar por su ausencia, por muchos recursos que se tengan.
Desde el Centro Bibliotecario nos dirigimos a una escuela de la propia comuna de Puente Alto, en donde visitamos una de las bibliotecas escolares de las que les hablé un poquito más arriba. Allí estuvimos junto a una clase que “leía” y que nos interpretó una pequeña obrita de teatro, adaptación de un cuento... La directora del establecimiento y la responsable de la biblioteca nos comentaron un poco las funciones de la unidad (armada en un aula), que ya reseñé. Anoto que los niños “leían” porque es obvio que, ante una visita así, cualquier docente en cualquier escuela lleva a sus niños, les coloca un libro entre las manos y les dice que se porten bien ante los invitados internacionales (una artificialidad que siempre me ha incomodado, porque se nota en la cara de los críos). Esto no quiere decir que los niños no lean diariamente: los informes que pude ver, colgados de las paredes, hablaban de un buen ritmo y un acceso frecuente a los libros, aunque sigo discordando con el método de evaluación de “velocidad de lectura”.
De allí, a comer y a beber, actividad que incluyó carne asada y el famoso “pisco sour”. Para los no conocedores, contaré que el pisco es una variedad de aguardiente logrado a través de la destilación del hollejo de la uva, material abundante en esta zona de viñas y viñedos. Es algo parecido al orujo de Galicia o a la grapa rioplatense. Se bate con azúcar, limón y una clara de huevo y se sirve con un poco de limón por encima. Existe una rivalidad tremenda entre peruanos y chilenos por delimitar la autoría inicial de la bebida y por establecer cual variedad es la mejor (los peruanos argumentan que los chilenos robaron la receta y la “patentaron”. No es la primera ni la última disputa entre ambas naciones). Luego de probar ambas, Sara y yo nos quedamos definitivamente con la versión peruana... pero esa es una opinión muy propia. Después de la comida, visitamos la Viña “Concha y Toro”, quizás la más famosa del país trasandino. Emplazada en un predio bellísimo, perteneciente a un terrateniente de las altas clases decimonónicas, el lugar exhibía casonas, jardines con especies exóticas... y una larga tradición en el cultivo de la uva, un arte que desconozco y que Sara –con una cultura enológica mucho más avanzada que la mía- me ayudó a comprender: tipos de uva, barricas de roble, cosechas, colores, aromas, sabores... A pesar del digno esfuerzo docente de mi compañera, debo confesar que aún continuo en mi estado previo de ignorancia vinícola. Armados del mítico vaso de catador, probamos un par de caldos de los más emblemáticos de la firma vinícola... aunque no tuvimos la fortuna de catar “Casillero del Diablo”, uno de los vinos más famosos de la casa. La fama de ese tinto proviene de su leyenda: el dueño de la bodega reservaba un poco de sus mejores cosechas y productos para consumo propio, en un espacio específicamente diseñado bajo tierra... Pronto descubrió que sus trabajadores (gente del lugar) disfrutaba junto a él de sus “reservas”. Ideó, por ende, la leyenda de que en aquellos lugares moraba el Demonio, certificando tal cuento con apariciones esporádicas propias disfrazado de Belcebú, con sus cadenas, cuernos y capa... Parece ser que la incredulidad de los locales se vio mellada por tales apariciones diabólicas, y esos vinos no volvieron a ser tocados. Hoy en día, el paso por esa bodega subterránea es una atracción turística más, acompañada por toda la esperable parafernalia de luces y sonidos “sobrenaturales e infernales”.
El resto del día fue aprovechado para descansar de las emociones y del trabajo matinal, y para recordar con Sara datos curiosos que nos comentaron algunos participantes del taller de Puente Alto, como la fuerte presencia del Opus Dei en la comuna –de dirección política conservadora- y el desarrollo de programas familiares (hasta donde nos dejaron entender, de “crecimiento” familiar) en núcleos que ya poseen 6 o 7 hijos y pocos recursos para darles un bienestar básico. Es curioso –y tremendamente triste- ver como ciertos sectores de la población aún continúan defendiendo ideas del siglo XVI en un mundo que necesita de un poco más de apertura mental. Combatir los métodos de educación / planificación familiar (como por ejemplo los anti-conceptivos) en sectores sociales carenciados me parece totalmente irreal, anti-ético y anti-humano. Evidentemente, hago poco caso de lo que dice “el Libro” al respecto: mi opinión se basa en el mero sentido común, al haber experimentado directamente las necesidades imperiosas que deben encarar y soportar familias de cinco, seis y hasta siete hijos (es decir, nueve miembros)... Está bien que hagamos crecer el rebaño. Lo que no entiendo es por qué no lo aumentan los que más recursos poseen, o porqué los “ricos y poderosos” (precisamente los que defienden y promueven las normas cristianas más radicales) no comparten lo que tienen con las familias numerosas, intentando lograr el mundo de paz, amor, justicia y equilibrio que cierto nazareno admirable promovió hace algunos siglos.
Finalizando el día, encontré que los dichos siguen siendo los dichos, y los hechos siguen lejanos de las palabras, muy lejanos... Enormes brechas que quizás nunca se cierren, por mucho que hagamos o queramos decir...
La noche me encontró preparando la conferencia del día siguiente, precisamente titulada “El rol social de las bibliotecas públicas en Latinoamérica”. Con la sangre encendida como la tenía, aquella conferencia iba a ser mi válvula de escape a muchas preocupaciones, ideas e inquietudes que se me estaban planteando... Esperaba encontrar oídos y mentes abiertas a nuevos planteamientos...

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