Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

agosto 26, 2007

En el sur de África

Por Edgardo Civallero

“Siyabonga kakhulu”, “Siyathokoza”, “Ke a leboga”, “Enkosi”, “Asamte sana”, “Ndi a livhuwa”, “Baie dankie”...
Estas fueron algunas de las formas en las que escuché la palabra “gracias” durante mi viaje a Sudáfrica, este mes de agosto. Si se tiene en cuenta que la República sureña tiene 11 lenguas oficiales (inglés, afrikaans, ndebele, swazi, xhosa, zulú, sotho norteño, sotho sureño, tswana, tsonga y venda) se comprenderá tal variedad en los agradecimientos que pude oír…
El 73º Congreso Mundial de Bibliotecas e Información de la IFLA tuvo lugar, este año, en Sudáfrica. A la vez que estaba invitado a participar en las Sesiones centrales del mismo, en la ciudad costera de Durban (a las cuales no pude asistir), estaba también convocado a un “Satellite Meeting” o Encuentro Satélite que tendría lugar, una semana antes del evento principal, en una de las tres capitales del país: Pretoria, en el área noroeste, cerca de la frontera con Mozambique.
Once idiomas oficiales, tres capitales… Sudáfrica parece un país de excesos. Y quizás lo sea. Las once lenguas se hablan en la calle, casi a la vez, aunque en las grandes ciudades tal concentración se nota más: en el interior del país sólo se hablan algunas, las regionales. Cuando mi avión llegó a la ciudad de Johannesburgo (donde está el aeropuerto internacional “Olivier R. Tambo”, el más cercano a Pretoria), la taxista que me condujo hasta mi hotel me confesó que su lengua materna era el zulú, pero que además hablaba inglés, afrikaans, xhosa y sotho. Durante todo el trayecto habló por radio con sus colegas en zulú, pero en su habla pude identificar palabras inglesas e incluso afrikaans. Cuando le pregunté sobre el tema, me comentó -en un inglés “muy particular”- que, en efecto, las lenguas se mezclaban unas con otras, en una especie de conglomerado cultural que, aunque pareciese complejo, servía muy bien para comunicarse en un país tan variado.
El afrikaans -alternado con un inglés “muy particular” como por arte de magia- es hablado por la población blanca, al menos en la provincia de Gauteng (que incluye a Pretoria y a Johannesburgo), en la cual estuve. Y la población blanca parece ser una minoría, que vive en las afueras de las ciudades, que se acerca poco al centro de las mismas y que, cuando se mueve, lo hace en sus propios vehículos o en taxis especiales y camina en grupos. Esta situación fue confesada a medias por los bibliotecarios afrikaners con los que tuve contacto, pero, más que nada, fue comprobada por mis propios ojos. Los problemas de seguridad son una de las principales advertencias que recibe el visitante cuando entra al país, y la sensación que se tiene, cuando uno está dentro de esa sociedad, es la de inseguridad, sí, pero también la de una rabia, un odio o una desconfianza profunda por parte de la población de raza negra hacia la de raza blanca (y viceversa). El régimen de apartheid -desaparecido a principios de los 90’ gracias al trabajo del presidente De Klerk y el de su sucesor, el reconocido Nelson Mandela) parece haber dejado profundas huellas en la población, algo parcialmente comprensible: no se borra con un decreto político o un cambio administrativo el sentimiento de odio o de miedo sufrido por uno y otro “bando” a lo largo de décadas. El gran problema ahora -o al menos esa fue mi sensación- es que parece haber un racismo “invertido”, en el cual los blancos son el objeto de la discriminación. Ya lo sentí el año pasado, cuando estuve de paso por Johannesburgo y visité Soweto, y lo volví a sentir este año…
El afrikaans ha sido una lengua bastante desprestigiada en los últimos tiempos -debido a que, en su momento, fue la lengua del poder segregacionista- y se está intentando su revalorización. De hecho, Sudáfrica posee un monumento a dicha lengua, el único que conozco de esa categoría. Así mismo, monumentos como el de los Voortrekkers (colonos boers) cerca de Pretoria están intentando ser revalorizados como parte de la cultura nacional, aunque muchos sigan pensando que son monumentos a los conquistadores…
Es curioso ver tal mezcla racial y lingüística en un mismo lugar: afrikaners de aspecto holandés, boreal, en un país y una tierra totalmente africanos, o telenovelas en las cuáles se alterna constantemente entre el inglés, el afrikaans y el zulú (pero siempre con subtitulos en inglés, “lingua franca” de la región)… Algo así vivimos hace poco en Bolivia, pero la intensidad del fenómeno en Sudáfrica es mucho mayor…
Se comprenderá que, con tal clima social, este nómada que les escribe no pudo ejercer demasiado su oficio de viajero, y tuvo que moverse específicamente por rutas predeterminadas.
Sin embargo, tuve mucha suerte: una de esas rutas me condujo, por ejemplo, al Museo de Historia Cultural de Sudáfrica, uno de los museos más bellos de Pretoria, que acoge exposiciones que muestran la vida cultural del país desde sus formas más antiguas a las más modernas. Desde su entrada -adornada con un bellísimo mural ndebele, de líneas geométricas y colores vivos, con los que dicho pueblo pinta siempre sus casas y sus ropas- hasta sus exposiciones, el museo recupera el mosaico cultural de su país en forma exquisita.
Una de dichas exposiciones mostraba las tradiciones culturales más conocidas del pueblo San, llamado también “bosquimano”, un grupo humano de pequeña estatura, cuya lengua es única en el planeta por el uso de tres tipos distintos de chasquidos de lengua como consonantes. Y cuando hablo de “chasquidos de lengua”, me refiero al sonido que hacemos nosotros para imitar una gota de agua, o a ese pequeño chasquidito que usamos cuando estamos molestos por algo, o al que realizamos para imitar el tapón de una botella. Combinen esos sonidos con una vocal cualquiera, y ya tienen una sílaba San (¿No pudieron hacerlo? Yo tampoco. Es bien complicado…).
Los bosquimanos jamás escribieron su historia, la cual, por ende, no aparece en ninguna biblioteca contada como tal por ellos. Sin embargo, tienen una tradición oral riquísima, que fue en parte recogida por un buen número de investigadores. Si bien su lengua y su cultura continúan vivas (y son reconocidas por la República Sudafricana), mucha de esa tradición oral desapareció debido a los embates culturales de la sociedad dominante en siglos pasados. Por ello, los fondos sonoros conservados en el Museo son de un valor único. Además, esas mismas salas exponen muestras del arte pictórico y rupestre de los San, que trazaron bellísimas pictografías en cuevas y aleros del sur de África durante siglos, dibujando estilizados guerreros, pueblos enteros bailando hasta el éxtasis, nubes con forma de buey (ellos creían que las nubes eran animales míticos, “ganado del cielo”, y que había que cazarlas para lograr que lloviera), arco iris con forma de serpiente (mito muy común también entre los pueblos indígenas de Latinoamérica) y hermosas representaciones de la fauna local (búfalo, rinoceronte, león, jirafa…) realizadas sobre pedazos de roca gris. Tan bellos eran y son esos dibujos, que los pueblos de estirpe bantú (como los zulúes) que hace cuatro siglos tomaron contacto por vez primera con esas paredes rocosas pintadas y grabadas, las usaron como residencia, por considerarlas bellísimas. Además, los bantúes en general tenían cierto respeto por los San, y no sólo por su arte: decían que eran brujos que podían enviar enfermedades y tenían poderes extraños. Quizás tal creencia no fuera del todo falsa, en especial después de conocer un poco sus ceremonias y ritos curativos….
El Museo me mostró fragmentos de la vida de Pretoria y Johannesburgo en distintos momentos históricos, desde la época colonial hasta la moderna. Me permitió acercarme a la llegada de los inmigrantes holandeses a Sudáfrica (quienes trajeron consigo el germen del actual idioma afrikaans, muy semejante al holandés), las guerras entre esos inmigrantes (llamados “boers”) y los ingleses, las guerras entre los boers y los pueblos bantúes, el establecimiento de la independencia, la época del apartheid, la multiculturalidad actual…
Las calles de Pretoria me mostraron poca gente (toda de raza negra), muchos coches, ausencia de transporte urbano de pasajeros, escasos taxis, y un hermoso bosque de árboles de jacarandá a la orilla de sus aceras. De hecho, Pretoria es llamada “jakaranda city”, un epíteto que podría darse también a muchas ciudades argentinas.
Otra de las rutas quepude seuir meOtra de las rutas que pude seguir dentro de la ciudad me llevó a la oficina del Alcalde, a una recepción en la que el Coro de la Universidad Tecnológica de Tshwane (Tshwane es un conglomerado urbano que incluye Pretoria y otras ciudades satélites de los alrededores, que han crecido en los últimos años debido a la migración de los blancos que huían de la inseguridad) nos deleitó con un buen número de piezas de la tradición sudafricana. Me re-encontré con temas que no había escuchado desde mi adolescencia, como aquellas que cantara la inigualable Miriam Makeba (a la que alguna vez conocí en persona). Fue bellísimo ver como esos cantantes no sólo jugaban con sus voces, sino también con sus cuerpos, con sus manos, con sus caras, con sonidos e interjecciones, con gritos y palmas… Tuve delante de mis ojos y oídos todo un mundo sonoro, trasmitido de generación en generación, procedente quién sabe de donde, arreglado a la usanza occidental pero con raíces muy fuertes en esa tierra africana.
El “Satellite Meeting” reunió a las Secciones IFLA de Lectura, Bibliotecas Infantiles y Servicios Bibliotecarios para Poblaciones Multiculturales. El título de la Conferencia fue “Servicios para Todos: Bibliotecas Multiculturales Innovadoras”, y, a lo largo de tres días, congregó a personas procedentes de puntos tan dispares como Japón, Zambia, Argentina y Dinamarca… Mi conferencia tenía como título “Juegos tradicionales, música y tradición oral: herramientas intangibles en bibliotecas multiculturales” (texto original en inglés .">aquí), y fue presentada con ejemplos de esos juegos, esas músicas y esa tradición oral; en mi charla, expliqué como esos elementos pueden servir de instrumentos útiles de trabajo cuando se pretende convertir a la biblioteca en un espacio de comunicación intercultural.
Por motivos personales no pude llegarme a Durban, a la Conferencia Central, en la cual, además de un póster, iba a presentar otras cuatro conferencias, todas en distintas Secciones. Fue la primera vez en mi vida que un solo Congreso me habilitó a presentar tantas ponencias, y debo decir que llevó bastante debate, dentro de la directiva de IFLA, la decisión de permitirme o no hacerlo. Aún así, problemas de última hora me mantuvieron alejado de esos podios, pero las conferencias pueden ser leídas en el sitio web de IFLA: “Aplicación de la metodología de investigación acción en prácticas bibliotecológicas basadas en la evidencia” (link), “Bibliotecas, pueblos indígenas, identidad e inclusión” (link), “Salud tribal y bibliotecas escolares: tradición oral y expresión cultural” (link) y “Tradición oral indígena en el sur de América Latina: los esfuerzos de la biblioteca para salvar sonidos e historias del silencio” (link). Asimismo, las conferencias fueron presentadas (a estas alturas, el Congreso ya ha terminado) por los organizadores de cada sección, quiénes, ante mis problemas, me pidieron que les hiciera llegar una versión abreviada del texto para que mis contenidos no quedaran fuera de la Conferencia.
El viaje me llevó por Buenos Aires, Sao Paulo y Johannesburgo. En todos estos puntos encontré lenguas, costumbres, comidas, brisas y músicas distintas. Me traje conmigo esas imágenes, las experiencias de los colegas que disertaron conmigo -que pueden accederse a través del sitio web de IFLA-, algunos libros, un puñado de regalos que adornarán nuestra casa, muchas historias que contar, muchas palabras nuevas aprendidas en otras lenguas… y me traje a Matías, un pato-títere de peluche que, originalmente, se llamaba Aelling, y que una bibliotecaria de Copenhague me regaló -como un tesoro de valor incalculable- para que lo hagamos trabajar en estas costas, pues ya había trabajado mucho con sus niños en Dinamarca.
Ya ven: de esto se trata un viaje. Muchas horas de avión, muchas horas de espera en aeropuertos, muchas horas caminando calles de ciudades que apenas conoceremos pero que nos marcan, de una forma u otra… Y mucha gente, y sus palabras, y sus apretones de manos, y sus abrazos, y las copas de vino que se comparten… Y los paisajes que se graban en la retina para siempre, y las historias que inspiran para luego contar otras, otro día u otro año. Pero sobre todo, la sensación de que, al fin y al cabo, y más allá de odios nuevos, dolores viejos, desconfianzas comprensibles y diferencias culturales, vivimos en un mundo pequeño y somos todos seres humanos. Algo que muchos, todavía, deben comprender.
Saludos desde una Córdoba soleada, con todos sus jacarandá despeinados, como suele decir Sara…

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