Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

setiembre 23, 2007

Sedientos de libertad para andar entre cuadros, libros y árboles

Por Sara Plaza

Fue durante nuestro último viaje a Buenos Aires, a la que Gieco [1] llama ciudad del sino, duende de un destino, en su disco “Bandidos Rurales”, cuando mojados de pies a cabeza recorrimos un pedacito de la historia de sus húmedos rincones. Si no recuerdo mal, nuestros primeros pasos nos llevaron esa mañana hacia San Telmo... Queríamos llegar al Museo Histórico de la Ciudad pero en la oficina de Turismo que encontramos de camino, nos advirtieron que lo encontraríamos cerrado porque unos días antes alguien había robado un reloj del general Belgrano... Efectivamente, hallamos sus puertas cerradas y los cañones de su patio chorreando bajo la misma lluvia que nos empapaba a nosotros. Dimos un paseo por el Parque Lezama y acariciamos las raíces de sus ancianos ombúes, que parecían hechas del mismo barro que llevábamos en los pies. El Café Británico nos ofreció una mesita junto a la ventana, y un par de cafés bien negros y bien calientes (amargo el uno, con mucho azúcar el otro) nos devolvieron el rubor de las mejillas, mientras que dos medialunas de manteca para cada uno repusieron la sonrisa en nuestros labios. Paseamos por el Mercado de San Telmo y entramos en El Pasaje Defensa (ex casa de los Ezeiza), con sus canaletas inundando el piso de piedras desiguales y losas marchitas sobre el que era muy fácil resbalarse. Desde allí regresamos hacia la Manzana de las Luces y visitamos, prácticamente solos, el Museo Etnográfico. Mi alegría fue mayúscula al pararme frente a vitrinas que por primera vez me hablaban sin que yo tuviese que detenerme a leer cartelito por cartelito lo que en ellas estaba expuesto. El puñadito de lecturas que ya llevo hechas sobre los pueblos originarios de este país, sus leyendas, sus cuentos, sus luchas diarias y sus maneras de vivir, además de nuestras incursiones en diversos museos a lo largo y ancho de la cordillera andina, así como con la observación directa de las personas que hoy pueblan este continente interminable, los muchos kilómetros recorridos al lado de Edgardo para atravesar sus paisajes, sedientos unos, embriagados con el agua de infinitas vertientes otros, y nuestro trabajo conjunto, me permitieron reconocer lo aprendido a lo largo de nuestro camino.
Es una experiencia maravillosa darse cuenta de que una empieza a distinguir ciertos rasgos del pasado que le posibilitan para entender un poco mejor algunas características de un presente que todavía desconoce en gran medida. Piso un continente muy vasto que sigo descubriendo día a día, y así como me gusta escuchar a la gente que lo habita, me gusta también detenerme en las páginas que hablan de quienes lo hicieron antes, junto a los caminos que transitaron hace siglos, frente a las vidrieras que guardan un pedacito de su memoria...
Por eso luego fuimos a conocer la Librería Ávila y su café literario, y rebuscamos en sus cajones viejas revistas, y soplamos el polvo de las primeras ediciones que descansaban en sus estantes.
En la Plaza de Mayo saludamos a un cielo muy gris que oscurecía las paredes del Cabildo y envolvía la Casa Rosada con un manto de bruma... La misma cubrió de sombras la Plaza San Martín y descendimos sus escaleras cubiertos de las finas gotitas que se escurrían de las hojas de sus tipas. Continuamos caminando hasta Retiro y giramos hacia Recoleta. Cruzamos Plaza Francia, vaciada de gente y de puestos bajo la persistente lluvia, que también asustó esa tarde a los corredores que normalmente trotan por los Lagos de Palermo... Ya de noche, llegamos al museo que por la mañana nos había aconsejado no perdernos la persona que nos atendió en la oficina de turismo: el MALBA, Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires. Debo confesar que dudamos si entrar o no, pues aquel edificio tan moderno rodeado de una brillante iluminación que se reflejaba en los charcos, nos pareció demasiado bullicioso después de un largo día de solitaria marcha por el viejo Buenos Aires... Sin embargo, la curiosidad nos pudo y también el frío que llevábamos en el cuerpo después de haber caminado tantas horas bajo la lluvia. Nos dio la bienvenida un espacio tan amplio y tan lleno de luz que por un instante nos sentimos mucho más perdidos que entre las callecitas de San Telmo. Averiguamos el precio de la entrada, y con sorpresa nos sonreímos cuando nos preguntaron “¿carnés de estudiante, chicos?” En realidad teníamos ganas de decir que carnés ya no teníamos pero que estudiantes siempre seríamos, sin embargo, dado que los docentes tenían el mismo descuento, señalamos esa segunda opción, advirtiendo, no obstante, que tampoco llevábamos carnés. Como tales nos entregaron nuestros tickets, y después de dejar la mochila y las camperas a la entrada nos ubicamos en la primera de las escaleras mecánicas que nos condujo hacia muchas de las obras de arte que allí encontraríamos. Fuimos de sorpresa en sorpresa durante las dos horas que permanecimos en este museo. Descubrimos obras para guardar en la retina por muchos años, escuchamos música y la “tarareamos” con nuestros pies, hicimos guiños a los niños que se nos pararon al lado, aplaudimos, nos reímos, jugamos, pusimos caras de no entender nada, nos encogimos de hombros, nos dimos codazos cómplices frente a algunas esculturas, nos sentamos en otras... Disfrutamos muchísimo aquella tarde. Ese museo celebraba con sus visitantes la fiesta que significaba tener allí reunidos un buen puñado de trabajos de autores latinoamericanos, sobresalientes por su originalidad y su compromiso con la realidad y la imaginación al mismo tiempo. Y digo que el museo era un fiesta, porque en él hallamos a un par de murgueros recordándonos la canción de Rubén Rada “Candombe para Figari” frente a uno de los cuadros del pintor uruguayo, porque los niños iban y venían, porque sus abuelos les explicaban qué era tal o cual cosa cada vez que señalaban algo en la tienda del museo, porque algunas obras se podían tocar, porque las que sólo se podían ver parecía que, a su vez, te estaban observando a ti, porque te podías mover a tu aire, porque avanzabas y retrocedías y te perdías y te encontrabas, porque eras libre para sentir lo que esos trabajos te provocaban, y podías hablar despacito y sonreírte y ponerte de puntillas y agacharte, porque podías disfrutar de lo que entendías y de lo que ignorabas, de los colores, de las formas, de mirar un cuadro largo rato o darte media vuelta de inmediato... Porque, en fin, podías reírte de ti y enojarte contigo mirando aquellas obras que otros hicieron estando unas veces alegres y otras veces enfadados...
Descendiendo hasta el último nivel, nos llevamos la mayor sorpresa de esa tarde. Una de las esculturas que allí se presentaban consistía en unas bibliotecas con libros de autoayuda en sus estantes. Libros de segunda o tercera mano, poco atractivos, arrugados, dobladas sus esquinas, amarillentos algunos, silenciosos la mayoría... Sin embargo, vimos cómo varias personas se detenían en aquel espacio, se sentaban en los mismos bancos que formaban parte de la escultura y agarraban tranquilamente esas páginas, las abrían, las ojeaban y las leían...
Edgardo y yo pensamos en tantas y tantas bibliotecas vacías y no podíamos creer lo que estaban viendo nuestros ojos. Si alguien se levantaba, enseguida llegaba otra persona a ocupar su lugar... Aquellos libros viejos y raídos estaban siendo acariciados de vuelta y no pudimos dejar de sentir cierto escalofrío al preguntarnos qué estaba pasando en los lugares donde los libros se multiplican por miles y sin embargo, permanecen alejados de los ojos curiosos de sus lectores...
Terminamos nuestra visita echando un vistazo a la librería del museo y, nuevamente, tuvimos que pellizcarnos ante la maravilla que teníamos delante. Era realmente preciosa y éramos muchos los que sacábamos y metíamos libros en los estantes, los que mirábamos fotos, los que llamábamos con suavidad a nuestros acompañantes para mostrarles lo que acabábamos de hallar en un volumen...
Volviendo sobre nuestros pasos, nos dimos cuenta de que los cuadros en un museo, como los libros en una biblioteca, o los árboles de un parque, tienen que estar cerca de nuestras manos, de nuestros pasos, de nuestros ojos, de nuestros labios... Tenemos que poder acariciarlos, aunque sólo sea con la mirada en algunos casos; tenemos que poder degustarlos, aunque sólo sea a través del olor que despiden sus colores, sus dibujos, sus hojas... Si escondemos el arte tras una reja, los libros tras unos muros y observamos la naturaleza sólo en las postales, estamos alejándonos de nosotros mismos, dándonos la espalda, confinándonos a una soledad y a un silencio que nos imposibilitarán para escucharnos unos a otros, para dialogar unos con otros, para entendernos unos y otros...

[1] Cantautor argentino.

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