Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

abril 30, 2007

Pero, al final… ¿qué es “multiculturalidad”?

Por Edgardo Civallero

Pues no lo sé…
Acabamos de regresar de Santiago de Chile, donde estuve dictando un curso (oficiando Sara de observadora) sobre Servicios Bibliotecarios Multiculturales. El curso en cuestión fue auspiciado y financiado por la AECI (Agencia Española de Cooperación Internacional, dependiente del Ministerio de Educación de la nación ibérica) y su organización corrió a cargo del Centro Cultural España en Santiago.
Si bien las autoridades de la DIBAM (la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos de Chile, organismo gubernamental que centraliza la casi totalidad de instituciones de gestión cultural del país) no tuvo nada que ver en el asunto, hizo intentos visibles (e incluso bastante ridículos e inapropiados) para intentar meter sus dedos e involucrarse en el asunto, supongo que no tanto por los contenidos que se brindaban sino por el país que auspiciaba (y todas las potenciales subvenciones, acuerdos y becas que podían llegar desde allí). Esos intentos se plasmaron en “invitaciones” que no era posible declinar y que nos hicieron perder un tiempo precioso a los docentes y alumnos, o visitas a los “buques-insignia” de la DIBAM (que nada tienen que ver con la multiculturalidad, por cierto, a pesar de que en Santiago hay iniciativas puntuales relacionadas con la misma), o inclusión –a último momento- de participantes que no estaban contemplados en las listas originales de la organización. Si he de serles sincero, nada de esto me extrañó. Ya el año pasado pude comprobar en mi propia piel hasta donde puede llegar el autoritarismo centralizado de la DIBAM, y la verdad es que esta vez no esperaba menos de individuos autoritarios, verticalistas y poco proclives a dar pasos que no tengan significados y ganancias políticas.
(Personalmente, me repugnan las personas que creen que les debo rendir pleitesía, o que me cuentan verdades que no son tales, o que me fuerzan a hacer cosas que yo no deseo por mero compromiso. Las autoridades de la DIBAM se ajustan a este perfil perfectamente).
El curso me enfrentó a treinta participantes provenientes de los más diversos contextos de todos los países de Sudamérica (excepto Argentina, Paraguay y Venezuela). Esto, en sí, ya fue todo un reto, porque los contenidos –enormes, generales y difíciles por definición- debieron ser adaptados sobre la marcha a comprensiones y formaciones tan diferentes como una directiva de biblioteca nacional y una bibliotecaria comunitaria de una pequeña población semi-rural. El perfil, por ende, fue dispar y demasiado amplio, y también lo fueron las expectativas y los conocimientos de los asistentes.
Tras cinco días de trabajo junto a la docente española que asignó AECI para la coordinación del curso y para impartir la mitad de los contenidos (centrados, obviamente, en experiencias e ideas europeas sobre la temática en cuestión), llegué a la conclusión –junto a algunos de los participantes- que estaba impartiendo un curso imposible. Imposible porque en América Latina, “multiculturalidad” tiene una variedad tan grande de posibles significados que convierten su definición en una tarea de difícil conclusión. No se trata de inmigrantes, como en el caso español. No se trata sólo de poblaciones indígenas, o mestizas, o afro-descendientes (las cuales ya darían para escribir libros enteros). Se trata de sub-culturas, de una pluralidad que incluye sectores sociales segregados por sexo, por edad, por formación, por religión… Se trata de mucho más.
Y en definitiva, el enfoque multicultural plantea, sencillamente, que los servicios bibliotecarios para una sociedad con pluralidades remarcadas deben ser provistos como en cualquier biblioteca que sirve a una comunidad homogénea. Por ende, la diferencia entre ambas categorías bibliotecarias desaparece, y, al no existir particularidad, ¿para qué definir una biblioteca “multicultural”? ¿Para qué, si no existe diferencia con un servicio bibliotecario “común y corriente”?
(Aunque… ¿no existe, realmente, diferencia? Dejemos la pregunta flotando en el ambiente, para que cada cual la responda a su gusto….).
Quizás la enseñanza más importante que se haya desprendido del curso (más allá de los contactos interpersonales, las exposiciones de experiencias regionales en relación con pueblos originarios y la identificación de problemas comunes) haya sido que para enfrentar a una población plural no es necesario cambiar ni la estructura ni los procesos de la biblioteca, sino la mentalidad del bibliotecario. La biblioteca quizás requiera solo unos pequeños ajustes que le permitan adaptarse más flexiblemente a las características y necesidades de los usuarios. El bibliotecario, sin embargo, deberá despojarse de sus prejuicios, de sus rasgos discriminatorios, de sus limitaciones… Y, dado que es el bibliotecario el que diseña los servicios y propone las actividades, los cambios realizados en sus puntos de vista, en sus perspectivas y en su mentalidad se reflejarán directamente en las respuestas que provea la biblioteca.
Ningún docente está en posición de dar a sus alumnos verdades o respuestas absolutas. Tal cosa sería propia de un arcángel, no de un ser humano. El docente siembra dudas en la cabeza de sus alumnos y luego pone en las manos las herramientas que permitan responder a tales dudas desde el marco de cada estudiante. Creo que tal cosa se logró en Santiago de Chile. Un seguimiento de los caminos de cada participante al curso me permitirá saber si las herramientas que insinué en clase han sido identificadas, y si han servido para solucionar las dudas y los problemas...
En las próximas entradas, junto con Sara, intentaremos contarles un poco del viaje, de los participantes, y de las experiencias que hemos recogido en cuestión de bibliotecas y pueblos originarios. Por el momento, les dejo los materiales teóricos que proporcioné a los participantes (link).
Un abrazo, desde una Córdoba fría y otoñal…

PD. Y al final ¿qué es “multiculturalidad”? Sigo sin saberlo. Pero sospecho que alguien, en el “Primer Mundo”, se dio cuenta de que no vivía solo en el universo y de que había otras culturas, otras pieles, otras lenguas, otras creencias… Y, asustado por verse rodeado por un fenómeno que tiene miles de años sobre este planeta, pero que él probablemente no había visto (cómo no había visto tantas otras cosas, desde su “desarrollo”) le puso una etiqueta, armó recomendaciones, creó comisiones de trabajo, publicó revistas especializadas y nos alertó a todos… Si quieren definir “multicultural”, paseen por la calle de cualquier pueblo, cualquier ciudad, una tarde tranquila de otoño. En cada esquina, en cada coche que pasa, en cada casa, verán nuestra multiculturalidad, nuestra pluralidad como seres humanos. No hace falta más para darnos cuenta de que estamos intentando definir algo indefinible.

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abril 20, 2007

Ferias del libro... (2)

Por Edgardo Civallero

“Sin duda, la invención de la imprenta y la alfabetización general han traído consecuencias que van más allá de lo que cualquier criollo podría suponer.
No sólo se ha logrado que la gente lea o finja leer, sino que se ha desatado la aparición de objetos, servicios y entidades cuya sola descripción es asombrosa.
Tal es el caso de los clubes de lectores, los señaladores de plástico, las novelas de Agatha Christie, las ferias del libro, los vendedores de diccionarios, las revistas, las instrucciones para abrir los paquetes de jabón y la impune donación de textos de toda índole que se les infiere a niños inocentes con el pretexto de que son pobres.
Esta colección de desmesuras encuentra su pieza más curiosa en la presentación de libros, una costumbre que se ha generalizado en los últimos años de un modo tal, que no se concibe ya la aparición silenciosa de ninguna obra. Todas deben cumplir con el ritual”.


El fragmento pertenece al capítulo “La presentación de libros”, de “Las crónicas del ángel gris”, de Alejandro Dolina. En efecto, las imprentas han vomitado –y continúan haciéndolo- cantidades monstruosas de papel de variada calaña manchados de tintas colorinches, un banquete especial para mohos, pececillos de plata y ratones de biblioteca. Mientras nos ahogamos en nuestra propia producción documental –la famosa “explosión de la información”- las nuevas tecnologías de la comunicación nos facilitan más canales para difundir propuestas, escribir tonterías o publicar artículos.
Dolina jamás contó con los libros en CD, las mochilitas con publicidad editorial, las pintarrajeadas-ultraescotadas-minifaldeadas-liposuccionadas promotoras, los congresos inservibles y las donaciones –por parte de embajadas extranjeras, por ejemplo- de libros en sus propios idiomas que se convertirán en cenizas en el estante sin que nadie jamás los lea, aprenda o comprenda (pero “vaya honor recibir tal donación, muchas gracias Sr. Embajador, esto enriquecerá a nuestro lectores…”).
En fin, todo esto es parte de nuestro universo cultural, siempre variable, un tanto hipócrita a veces, un poco vacío también. Pero, dentro de tal cosmos social, las Ferias del Libro son un espectáculo especial.
Debo aclarar aquí –aunque ya lo sospecharán desde hace varios párrafos- que tales acontecimientos no son precisamente de mi agrado. En principio porque en Buenos Aires o en Córdoba no se enmarcan en un entorno como el descrito por Sara en la anterior entrada. En la capital argentina, tan magno evento se realiza en La Rural, en un espacio cerrado, con iluminación artificial y bombardeo de mensajes visuales… Uno sale mareado, angustiado por los precios de libros que jamás podrá comprar, y con las manos llenas de publicidades de las más variadas formas y tamaños, con suerte metidas en una coqueta bolsita que lucirá el enorme logotipo de alguna empresa editorial.
En Córdoba, el evento tiene lugar en la antaño señorial –y hoy popular- Plaza San Martín, en unas carpas bajo las cuales se resguardan los editores locales y algunos capitalinos que osan viajar 800 kms. hacia al interior del país. Uno sale igual de ciego, igual de frustrado e igual de cargado de papeles, en ocasiones lo único que se llevará entre manos.
Por otro lado, y si bien estas ferias llevan asociadas muchas actividades culturales paralelas de valor innegable, las principales son las presentaciones de libros. Tales presentaciones siempre me parecieron un circo. Ciertamente, uno tiene el placer de escuchar a su autor favorito presentando su libro, pero… honestamente, si hay algo que siempre odié es que alguien me explique que quiso decir con sus palabras escritas, por qué lo hizo, o en quién o en qué se inspiró. Pensarán que soy un animalito atrasado en la escala evolutiva, pero así es. La magia que se crea entre lo escrito y yo es especial. Interpreto a mi modo, y de acuerdo a mi talante, a mi humor, al momento de mi vida, aquello que leo. Y lo disfruto así, sin más presentaciones ni explicaciones ni tertulias ni charlas ni conferencias. Cuando esos señores –grandes autores todos, por cierto- se sientan en el podio y me cuentan lo que escribieron y sus motivos para hacerlo, siento que están violando su obra ante mis ojos, y que están destrozando a martillazos el hechizo que habían creado dentro de mi corazón. Algo dentro –un mundo imaginario construido únicamente en base a mis percepciones y a los intercambios con otros- se diluye, se desdibuja, y yo me quedo sin esa parte de mí, construida en tardes de paseos por plazas, o debajo de algún árbol de la casa de mis viejos…
Lo peor para mí es el tema de los autógrafos. La dedicatoria (ver entrada anterior) que Sara obtuvo para el libro que me regaló –preciosa, lo reconozco- es la única que tengo entre mis libros, y la aprecio y valoro por el amor que ella demostró al conseguirla. Jamás se me pasaría por la cabeza pedirle a un autor –por famoso que sea- que dejara su firma en un libro. La marca que debe dejar, la tiene que dejar dentro de mí. Si no pudo hacerlo así, su firma no me interesa. Y si pudo hacerlo, no necesito nada más que eso: esa cicatriz interior (ardiente, dolorosa, vibrante, enriquecedora) vale muchísimo más que una marca en tinta sobre un papel.
Reconozcamos, además, que muchos autores detestan estar sentados tardes enteras firmando libros a desconocidos, colocando frases estereotipadas a personas por la que no sienten el más mínimo afecto (aunque la dedicatoria más típica sea “con afecto”). He presenciado firmas de libros varios, y me he reído interiormente al ver las caras de mala leche de muchos/as autores/as que intentan mantener la sonrisa forzada, mientras en su interior están deseando que la maldita cola de gente se acabe para poder marcharse a su casa…
En fin, acepto que mi visión es radical, extremista y muy parcial. Hay de todo en la viña del Señor, y generalizar no es un acto justo. Muchos autores firman de buen grado, y muchos lectores adoran tener ese recuerdo entre sus manos. Muchas ferias del libro son eventos que agrupan actividades bellísimas y valiosas, y suelen ser las únicas oportunidades que tienen muchos lectores que habitan lugares lejanos para poder encontrarse con todas las obras disponibles en el mismo lugar. No, no tengo toda la razón, ni digo ninguna verdad absoluta.
Pero reconocerán conmigo que un poco de acto circense, de propaganda estrambótica y de publicidad plomiza (por lo pesada) hay en todo esto. Y, lamentablemente, el circo no me gustó nunca, ni siquiera de niño. Siempre preferí que me dejaran volar con las únicas alas que siempre tuve: mi imaginación. Quizás si en esas ferias, en esas presentaciones y en esas firmas derrocharan un poco menos de dinero y un poco más de creatividad, yo mismo me animara a participar.
Ante tamaña improbabilidad, creo que seguiré opinando como opino y que, mientras Sara visita los stands libreros –en busca de tesoros que luego compartiremos- yo me comeré un cucuruchito de maní mirando las golondrinas en alguna esquina, y soñando algún sueño alado (que luego compartiremos, también…).
Saludos desde Santiago de Chile, tierra de buenos vinos y de cordilleras heladas en el horizonte.

“Las gentes apacibles no pueden disimular cierto pudor cuando se hace pública una relación tan confidencial como la que uno tiene con los escritores.
Pero aunque nos moleste el contraste entre el mundo íntimo de la lectura y esas exultantes romerías [las Ferias del Libro], nosotros saludamos con simpatía cualquier libresco amontonamiento”.

Alejandro Dolina. “La Feria del Libro en Flores”. De “Crónicas del Ángel Gris”.

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abril 19, 2007

Ferias del libro...

A Edgardo,
un poema del pan:

Con migas de pan
esféricas
pulidas con los dedos
del silencio
en el mapa austral
de un mantel de hule.

Manuel Rivas
Madrid 28.V.06


Por Sara Plaza

No sé qué les parecerá a ustedes... para mí es una de las dedicatorias más bonitas que jamás le he leído a uno de mis autores contemporáneos favoritos. Era mayo del 2006, yo estaba en la Feria del Libro de Madrid, paseaba por ese parque tan lindo donde los madrileños (y me refiero a todos los que pisamos las calles de Madrid, porque desde ese instante es un poco nuestra, aunque nunca nos pertenezca) aún podemos pasear, correr, hacer gimnasia, bailar, cantar, montar en bici y en patines, remar, sentarnos en el pasto, ver ardillas, comer barquillos, aplaudir una función de títeres, ser caricaturizados, echados la buena suerte, o el mal de ojo, obsequiados con un ramito de romero o la inmensa sonrisa de un payaso, donde podemos estudiar y leer y escribir, donde nos abrazamos enamorados, donde las hojas de los castaños en otoño crujen bajo nuestras pisadas, tan alegres como sus racimos de flores cuelgan de sus ramas en primavera... Es muy hermoso el parque del Retiro, sus palacetes, sus lagos, sus barquitas, sus paseos de asfalto y sus senderos de tierra, su rosaleda, su kiosco de música, sus fuentes, su ángel caído, sus bancos de piedra y de madera, sus sillas de hierro, sus bosques, sus praderas, sus lirios, sus margaritas, sus rincones, sus plazoletas... y por allí andaba yo hace casi un año caminando entre los cientos de casetas que se arman, una al lado de la otra, para la Feria del Libro a principios de la primavera boreal, durante los últimos días de mayo y los primeros de junio.
Siempre he esperado con verdadero entusiasmo la llegada de la primavera para volver a perderme en ese mar de libros, y pescar algún pececito con los ahorros que había ido guardando durante el año, en mi cajita de madera con una florcita en una esquina y cierre de metal. Para entonces ya tenía pensados los libros entre los que elegiría el par que podría comprarme, porque durante los meses anteriores había ido llenando una lista con los títulos y sus autores. Esa lista también estaba dentro de la cajita y siempre terminaba desbordada de nombres incluso en sus márgenes. Cuando llegaba al Retiro, olvidaba rápidamente el papelito arrugado que llevaba en el bolsillo, y me dejaba tragar por esa criatura multicolor que nos iba devorando a todos los que caminábamos entre las casetas, tropezándonos unos con otros, avanzando muy despacito, deteniéndonos cada poco y esperando mucho para alcanzar a rozar las páginas de esos libros que brincaban de mano en mano y se escurrían de las de los lectores a las de los autores para que nos escribiesen una dedicatoria. A mí no me gustaba esperar largas colas, así es que normalmente iba las tardes de los días de diario, cuando ya caía el sol y el cielo se teñía de rosa y las copas de los árboles se adornaban con un collar de reflejos lilas. Iba tan despacito que casi sentía que eran las casetas las que se deslizaban a mí lado, y tras ellas, los libreros, y en algunas, mis autores favoritos. Entonces me detenía y me daba la vuelta, en realidad, me daba un par de vueltas sobre mi misma, porque me ponía muy nerviosa cuando llegaba el momento de cruzarme con su mirada. Y con mucha vergüenza, que los años no me han ayudado a vencer, me acercaba y ojeaba todos los libros que el autor tenía desplegados delante suyo y, tímidamente, escogía uno y le pedía que me lo firmase. Me preguntaban entonces mi nombre y casi siempre me llevaba un “afectuoso saludo” o un “cordialmente” escrito de su puño y letra en la segunda página.
Un año me enojé muchísimo con Antonio Gala porque me escribió exactamente la misma dedicatoria que el año anterior. Y tampoco me sentí muy feliz con la de Mario Vargas Llosa al siguiente porque era sosísima. Me encantó sin embargo la de Mario Benedetti, y siempre volvía sobre las de Luis Antonio de Villena y José Luis Sampedro. Otro año saludé a Rosa Montero y a Antonio Muñoz Molina, a quien le pude decir lo mucho que me gustó su Sefarad que recién acaba de leer. Nunca coincidí con Javier Marías, ni con Almudena Grandes, ni con Eduardo Mendoza, pero encontré a Fernando Fernán Gómez y a uno de los filósofos que yo más quiero, Fernando Savater, y ellos también me regalaron un abrazo. Otro año fui a dar la mano a Manuel Rivas. Nunca antes un autor se había parado a charlar tanto conmigo, así es que me sentí verdaderamente especial y le pedí que me dedicase ese libro tan hermoso que es El bonsái atlántico. Entonces él, en lugar de escribirme los archiconocidos afectuosos y cordiales saludos que me ponían la mayoría de los escritores, me escribió un poema en gallego. Estaba tan feliz con aquellas letras que no podía descifrar, que durante mucho tiempo me contenté con repetirlas en alto mil veces, hasta que me las aprendí de memoria. Pasaron un par de años, o tal vez tres, y volví por El Retiro (no sé qué mágico conjuro opera en mí que, entre viaje y viaje, casi siempre he conseguido dejarme caer por Madrid en primavera). Cual no sería mi alegría cuando escuché a través de los altavoces que Manuel Rivas estaba firmando sus obras. Me acerqué y esta vez le pedí el libro de relatos ¿Qué me quieres amor?, y le dije que no era para mí, sino que le quería hacer un regalo a alguien. Ya les conté antes que Manuel Rivas es un charlatán, así es que me preguntó por ese alguien y yo, que no soy menos charlatana que Manuel, le conté... Y escribió para Edgardo la dedicatoria que ustedes han leído al principio de estas líneas. Yo no cabía en mí de emoción. No pude esperar a traerle yo el libro, y se lo mandé por correo urgente y certificado. Tampoco Edgardo pudo esperar para leerlo, y el mismo día que lo recibió, se lo leyó enterito por la noche. Yo lo leí después, estando de vuelta en Córdoba, y cual no sería mi sorpresa cuando entre sus relatos, encontré los versos de la poesía que me había escrito a mí dos o tres años antes.
Soy consciente de todo lo que de criticables tienen las Ferias del Libro, así como lo soy también de la oportunidad que representan para muchos, de acercarse a ese pequeño gran tesoro que es la palabra escrita. No obstante, no pretendían estas líneas más que compartir con ustedes la ilusión que un parque sembrado de libros dejaba año tras año en mí, para que yo la encontrase intacta al siguiente. He sido muy feliz entre esas casetas, la mayoría de las veces sin gastar una sola peseta ni un solo euro, pues podía leer gratis un montón de cosas y nadie me decía nunca nada, al contrario, esos días los libreros te sonríen mientras manoseas los libros. Lo he sido escogiendo, tras angustiosos momentos de duda e indecisión, los dos libros para los que mis ahorros alcanzaban. Y leyendo después mis descubrimientos, que nunca se correspondían con el mapa que llevaba trazado en aquel papel arrugado que guardaba en el bolsillo, y que en muchas ocasiones serían hallados antes por la persona a quien se los regalaba, pero que milagrosamente yo redescubriría tiempo después. Hoy soy feliz recordando esos momentos, y tal vez ustedes puedan rememorar otros parecidos, no sé si en una Feria, no sé si en la escuela, no sé si en la biblioteca, en un parque, en la cocina, en el patio, en una librería, en la vereda, en un colectivo, en el tren... No creo que se trate tanto de celebrar el día del libro, como de celebrarnos nosotros como lectores, así es que rebusquen entre las páginas de la memoria, en las hojas del presente y los estantes donde albergan sus sueños y feliz lectura...

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Mercaderes de saber, mercaderes de sangre

Por Edgardo Civallero

Una vez que has traficado con conocimiento, que te has aprovechado de la necesidad de uno y de otro y has creado tu redondo negocio… Una vez que has generado precios exorbitantes para el saber humano –ese bien que todos necesitan pero al que no muchos pueden acceder- y te has beneficiado de ello y has condenado a muchos al silencio… Una vez que has hecho eso… ¿cuál es el siguiente paso?
Para Elsevier –uno de los grupos editores más poderosos del planeta- el próximo paso fue la venta de armas.

Elsevier es una de las gigantes editoriales más fuertes, y una de las más duras del planeta en sus planteamientos económicos. Junto a Springer y Wiley, son las que suelen retirar su apoyo a iniciativas de Acceso Libre para países desaventajados, como es HINARI en el campo de la bio-medicina (uno de los conocimientos más valiosos y estratégicos en el actual paradigma de la “Sociedad del Conocimiento”). Sus revistas suelen ser las mejor evaluadas, las más valoradas, y, por ende, las más caras. Un estudio que Oxford University Press encargó a LISU para controlar el comportamiento de algunos de sus rivales económicos (LISU Occasional Papers no.37 "Trends in Scholarly Journal Prices 2000-2006", link), en el cual se estudiaron las 8 editoriales comerciales y las 3 universitarias más importantes del momento, arrojó como resultado que los costos por revista más elevados eran precisamente los de Elsevier (859 libras esterlinas, promedio).
(Para que ustedes se asombren, editoriales como Sage han elevado sus precios, en el periodo 2000-2006, un promedio de 104 %, aunque, según la misma investigación, el 74 % de sus títulos no tuvo factor de impacto en 2006… ¿Estamos comprando cualquier cosa?).
Como tantas otras empresas, Elsevier se aprovecha de la oferta de textos científicos (por parte de profesionales que necesitan publicarlos para que la información que manejan tenga valor, o para lograr un currículo valedero) y la demanda de los mismos (por parte de estudiantes, otros profesionales y público en general) y se alimentan de un negocio perfecto que genera ingentes sumas anuales de dinero. Muchas de sus “compañeras de camino editorial” han querido agredir y boicotear las iniciativas de Acceso Abierto (una filosofía de la cual soy defensor a ultranza) porque, evidentemente, el movimiento Open Access, si triunfara, le cavaría la tumba a la gallina de los huevos de oro que ellas tienen entre sus manos.
Imaginen que todos los autores que quieran publicar colocaran sus textos en formato de Acceso Abierto, en un archivo, en forma libre y gratuita, y que todos los que quisieran o necesitaran consultarlos pudieran hacerlo, también en forma libre y gratuita. ¿No es esto más natural? ¿No proporciona esto igualdad de oportunidades y de acceso al saber? ¿No solucionaría esto las tremendas carencias que soportan muchas bibliotecas y universidades del mal llamado “Tercer Mundo”?
Por ahora, Elsevier sigue cobrando a los autores por publicar, a los navegantes de su sitio por navegar y a los que los leen, por leer. Eso, sin contar con la tremenda cantidad de dinero que saca por publicidad y otros asuntos…

Pero además ahora, Elsevier, a través de dos empresas subsidiarias (Reed Elsevier Exhibitions y Spearhead Exhibitions) organiza ferias de exhibición y venta de armas alrededor del mundo. Ciertamente, sus principales ingresos provienen del tráfico de conocimiento: esta segunda actividad es un “entretenimiento” que les reditúa –según las cifras oficiales- el 0,5 % de su total pecuniario anual. Aún así, el dato es horroroso y lamentable. Los eventos de Elsevier incluyen ferias en Brasil, Taiwán, Holanda, Singapur y el Reino Unido. En este último país, en pleno Londres, organizan el DSEi (Defense Systems and Equipment International), una actividad bi-anual, que se celebrará, la próxima vez, en septiembre de este año. La vez anterior, en 2005, DSEi tuvo como invitadas a delegaciones de 7 países que la Oficina de Relaciones Exteriores del Reino Unido incluye entre las 20 naciones que más abusan de los derechos humanos (entre ellas Colombia, China e Indonesia). Las ferias organizadas por Reed Elsevier exhiben y comercializan minas antipersonales, municiones con uranio y equipos de tortura. Quizás los elementos más dañinos vendidos en tales ferias son las armas portátiles, los rifles y las municiones pequeñas, las cuales, de acuerdo a las Naciones Unidas, son las responsables de medio millón de muertos al año.
Cuando vemos esos reportajes de niños-soldados en zonas de guerra, portando fusiles AK-47, o cuando oímos los informes de multitudes de civiles acribillados, debemos pensar que todo eso es posible gracias al trabajo de los vendedores del mercado global de armas, un mercado promocionado por esas ferias que Elsevier coordina.
De acuerdo a un grupo de protesta británico, Reed Elsevier organizó, el febrero pasado, una feria de armas (Idex 2007) en Abu Dhabi (la capital de Emiratos Árabes Unidos), invitando al Ministro de Defensa de Sudán (Abdel Rahim Mohammed Hussein). Para los que no están muy al tanto de política internacional, basta anotar que el régimen sudanés ha sido condenado por las Naciones Unidas por el genocidio que ha cometido (y sigue cometiendo) en la zona de Darfur.
En el evento reseñado, los informantes –pertenecientes al grupo “Campaña contra el Comercio de Armas” (CAAT, Campaign Against the Arms Trade)- constataron que estaban a la venta minas antipersonales, producidas por la empresa surcoreana Hanwha Corporation, o por M18A1, o por la empresa rusa Bazalt SRPE FSUE, entre otras… El uso de minas antipersonales ha sido prohibido por la Convención de Ottawa, de la cual son signatarios la mayor parte de los países del mundo, incluyendo el Reino Unido. Si bien Reed Elsevier asegura que cumple con las normativas internacionales y que tales elementos –y muchos otros- no son vendidos en sus ferias, las pruebas directas demuestran todo lo contrario.
Elsevier está recibiendo presiones muy fuertes por parte de la opinión pública europea. Incluso una de las propias revistas que edita –la conocida publicación médica “The Lancet”- condenó, en un artículo de 2005, su práctica de venta de minas, calificando tales armas como “la peor clase que existe”.

¿Asqueados? ¿Horrorizados? Bien… Piensen que cada vez que pagan un dólar para acceder a una base de datos de Elsevier (o de alguna otra editorial) están colaborando en la perpetuación de un régimen insano e injusto de “comercio del saber”. Piensen que muchos congresos internacionales de bibliotecología cuentan con el apoyo y la subvención de estas empresas (p.e. el II Congreso Iberoamericano de Bibliotecología, realizado en Buenos Aries por ABGRA y la Cámara del Libro, grupos tan mercantilistas como el que subvenciona). Piensen que organizaciones internacionales como IFLA (que supuestamente agrupa y representa a todas las Asociaciones Nacionales y Regionales de bibliotecarios del mundo) están también subvencionados por estas empresas (y por todos nuestros bolsillos, pero de eso les hablaré otro día). Piensen que cada paso que gana el comercio de información, lo pierde el Acceso Abierto, y con ello quedan muchos sin poder conseguir un artículo, un libro o ese dato que les falta para dar un paso más adelante. Piensen que vivimos en una “Sociedad del Conocimiento” que, definitivamente, no sirve para dar a conocer, sino para dar de comer a aquellos que siguen teniendo el sartén por el mango, y para mantener abajo (en una forma nueva, por cierto) a los que siempre estuvieron allí. Piensen en la injusticia que todo esto representa…
Y si eso no los conmueve, piensen en las vidas que se pierden cada año gracias a las armas, a su comercio y a los conflictos armados creados precisamente por esos “mercaderes de sangre”, que los incitan para poder vender mejor. Si eso, al menos, los motiva, llenen el formulario que se encuentra en el sitio de Idiolect (link) solicitando a Elsevier que abandone sus vínculos con el mercado de armamento. Al menos, si trafican, que no lo hagan con vidas humanas. Aunque, bien pensado… ¿no es todo una misma cosa?

Por mi parte, seguiré aprovechando el trabajo de destrozo de contraseñas de grandes editoras que realizan ciertos colegas asiáticos (no tengo habilidad para ser hacker, cosa que lamento) y seguiré liberando –con total placer y satisfacción- información para quién la necesite, y usándola en provecho propio. Si hay algo que detesto de corazón son aquellos que comercian con lo incomerciable, es decir, con lo que no les pertenece. Y, según contaban en mi pueblo, “el que roba a un ladrón…”.
Saludos cordiales desde detrás de una pipa humeante, en una pequeña casa que ya empieza a teñirse con los aromas de la cocina madrileña…

[Se ha escrito mucho sobre Open Access, y mucho se ha puesto en práctica. En breve comenzaremos a incluir recursos de Acceso Abierto, así como introducciones a la filosofía de este movimiento, elementos que solemos brindar en nuestros talleres y clases].

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abril 15, 2007

Un mundo de lecturas para leer el mundo

“Y toda el alma abierta
De par en par”
[1]

Por Sara Plaza

Luis García Montero, en La mudanza de Adán[2], explicaba maravillosamente de qué está hecho el equipaje que siempre llevamos a cuestas:

“No es que las bibliotecas nos sigan como perros fieles a cualquier ciudad, más allá de la traición o de los cambios, porque los libros también pueden morder, herir, volvernos la espalda, aburrirnos, provocarnos vergüenza. Pero los volúmenes se amontonan en las estanterías y en la memoria, en los rincones y en las palabras, en las mesas y en las miradas, hasta tomar posesión de nosotros. Somos los libros que hemos leído, y ni siquiera se van del todo las páginas inútiles, las que ya no tienen nada que decirnos, porque envejecen con nosotros, escondidas en nuestras arrugas, en nuestras canas, en el rostro que se apodera de nuestro espejo, en el deseo que se filtra por las persianas con los rayos del sol. Eso pensaba Adán, o sentía Adán, enfrentado al paisaje flexible de su biblioteca, una multitud llena de cuerpos conocidos, una masa anónima compuesta por gente a la que de pronto reconocemos de manera maniática, sus zapatos, su abrigo, el bolso, la mesa de café donde estuvimos sentados, el banco del parque, el asiento del avión.
-¿Todo eso he leído yo?”.

Somos una biblioteca andante, atesoramos tantas y tantas “lecturas”... Desde que nacemos estamos “leyendo”, tal vez antes. “Leemos” con todos y cada uno de nuestros sentidos. “Leemos” lo que nos rodea, lo de ahí fuera, lo que vemos y lo que imaginamos. También “leemos” lo que hay dentro, lo que sentimos, lo que pensamos. Además, en cuanto nos dan la palabra, en cuanto adquirimos un lenguaje y empezamos a contar, también lo “escribimos” todo. (cf. Graciela Montes en trabajos como La gran ocasión o La frontera Indómita). Y nos entregamos en cuerpo y alma a la tarea: “leer” y •”escribir” nos es tan necesario como respirar. Nuestros latidos se escuchan a través de nuestras “lecturas” y de nuestras “escrituras”, y así es como escuchamos nosotros los latidos de los demás y del mundo que nos rodea. Si a todas esas lecturas, sumamos la de los libros (ilustrados, sonoros, escritos, digitales, etc.) nuestra colección se ensancha, como lo hace nuestro pecho al llenarse de aire. Nuestras emociones se multiplican, nuestra imaginación se desborda, nuestra realidad se diversifica y complicamos un poco más nuestra vida. No se trata de hacerla más difícil, se trata de vivirla plena.
Con lo cual, también se trata de seleccionar y elegir lo que más nos conviene. Una conveniencia que tiene que dialogar con nuestros intereses, con nuestros gustos, con nuestras necesidades, con nuestras pasiones, con nuestros miedos, con nuestras dudas, con nuestros sueños... Un dialogo que tiene que ser sincero y valiente. Porque con mentiras y cobardía, lejos de engañar al mundo, nos estaremos falseando nosotros mismos. Porque si se trata de leer, sólo con pasión y emocionándonos descubriremos su auténtica razón de ser: agrandar nuestro paso. Por eso nuestras lecturas tienen que ser firmes y afirmarse una a otra, tienen que ser audaces, osadas, atrevidas. También la biblioteca: la privada y la pública, la especializada y la popular, la comunitaria y la escolar, la tuya, la mía, la nuestra.
Leer, escribir, contar, escuchar, son todas caras de la misma moneda. Son la manera de construir significados, de buscar y encontrar el sentido, de amueblar nuestra cabeza y vestir nuestro corazón. Así dibujamos el mundo, así nos pintamos en él, así coloreamos la realidad y perfilamos la fantasía. Es nuestro derecho, ni deber, ni obligación como nos recuerda Daniel Penac en Como una novela[3], al enumerar Los Derechos imprescriptibles del Lector:

• El derecho a no leer.
• El derecho a saltarse páginas.
• El derecho a no terminar un libro.
• El derecho a releer.
• El derecho a leer cualquier cosa.
• El derecho a emocionarse.
• El derecho a leer en cualquier parte.
• El derecho a picotear.
• El derecho a leer en voz alta.
• El derecho a callarnos.

Queda dicho entonces, que en nuestra biblioteca también habrá espacios vacíos, estantes torcidos, libros polvorientos, páginas marchitas... Nuestra biblioteca no puede sernos ajena, ha crecido conforme lo hemos hecho nosotros. Se habrá hundido muchas veces, como habremos naufragado nosotros otras tantas... Pero ahí está, ocupando su espacio y su tiempo, su lugar en el mundo. Exactamente lo mismo que hacemos nosotros. En ella, para entenderle a él, juntamos fragmentos de un mapa, hilos de un tapiz, teselas de un mosaico que, poco a poco, vamos completando, tejiendo, componiendo... Para ello tenemos la vida, la tenemos entera, la tenemos toda. Ni sencilla, ni fácil, ni justa, pero nuestra. Por eso vale la pena enriquecerla con muchas “lecturas”, que también son propias, y rescribirla todas las veces que haga falta.


[1] Guillén, Nicolás. Puente
[2] García Montero, Luis. La Mudanza de Adán. Madrid: Anaya, 1999
[3] Pennac, Daniel. Como una novela. Bogotá: Norma, 1999

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abril 02, 2007

Bibliotecas, brecha digital… y nosotros

Por Edgardo Civallero

Durante la semana pasada he participado en un foro virtual organizado por la lista AIBDA, perteneciente a la Asociación Interamericana de Bibliotecarios, Documentalistas y Especialistas en Información Agrícola. La propuesta –centrada en la temática “Bibliotecas agrícolas, brecha digital e Internet”- fue lanzada por los responsables de la lista, que convocaron a cuatro profesionales latinoamericanos (entre los cuáles me encontraba) para escribir un breve ensayo que sintetizara algunas ideas acerca de esta temática, tan actual como espinosa.
Comparto con ustedes las palabras que envié a dicho foro… Las preguntas que se generaron entre los participantes se centraron, en general, en torno a una misma preocupación, que creo que nos alcanza a todos los bibliotecarios como gestores de información en una tierra que está “de este lado” de la brecha digital: ¿cómo lograr que los saberes que manejamos lleguen a las manos de aquellos que más los necesitan, que son, por lo general, los que menos oportunidades tienen?
Gran pregunta, sin lugar a dudas. Si existiera una respuesta sencilla a la misma, no existiría la brecha digital, ni los desinformados, ni otros tantos males que nos aquejan ¿verdad?
En ese foro, en la ronda de preguntas, comenté que no nos debería preocupar tanto la dicotomía “digital vs. papel” o “conectados vs. desconectados”. Esa situación ya está aquí, entre nosotros, y cuánto menos tardemos en aceptarla, mejor será. Ni es equitativa ni es justa: ha sido impuesta por las circunstancias, por el modelo global, por los nuevos paradigmas económicos, por la evolución desenfrenada de las tecnologías… Y ha sido aceptada como “natural” por muchas de nuestras “Asociaciones profesionales”. Poco podemos hacer para derrotar un monstruo tan grande, que se ha encargado de dejarnos fuera de muchos sistemas. Quizás ha llegado la hora de que nos sentemos a buscar soluciones alternativas, dado que el status quo no puede cambiarse.
Personalmente, apuesto por los formatos de acceso abierto. Creo que los archivos libres y las bibliotecas digitales en donde se promocionen producciones locales de acceso abierto pueden ser una buena solución. Creo que debemos apostar por su creación, por su uso entre nuestros lectores, por su preservación (a pesar de la oposición de los grandes monstruos editoriales traficantes de conocimiento), por su reproducción…
Por otro lado, apuesto por la formación de los profesionales de la información. No, no pasa por saber manejar una computadora, ni ser un experto buscador de recursos digitales, ni dominar los lenguajes de clasificación y catalogación. Todo eso importa poco a nuestros usuarios. Importa, sí, saber qué recursos son los que nuestros destinatarios finales precisan, y saber cómo conseguírselos y hacérselos llegar en forma pertinente.
En tercer lugar, apuesto por darle valor a nuestra propia información, la generada en nuestro continente, en nuestros países, en nuestras regiones. Ese saber está referido a nuestros problemas concretos y puntuales, y, por ende, proporciona respuestas directas a nuestras crisis. Dado que, generalmente, es producido en el marco de instituciones académicas mantenidas con fondos públicos, ese conocimiento debería ser de libre acceso.
En cuarto lugar, apuesto por la creación de redes de colaboración entre bibliotecas y bibliotecarios. No, no se trata de crear asociaciones que se reúnan a hacer simposios, u organicen pomposas cenas, ni tengas presidentes y otros títulos grandilocuentes, ni se transmitan registros bibliográficos usando formato MARC. No. Se trata de generar espacios en los que hasta el último bibliotecario de la más pequeña biblioteca rural de nuestra América tenga la oportunidad de pedir ayuda para recuperar un artículo, un dato, una información que alguno de sus usuarios necesita. Esos espacios ya existen en el ámbito bio-médico, y doy fe de que son extremadamente útiles. Se trata de listas de correo electrónico en las cuáles los colegas piden información, y aquellos que disponemos de ella se las enviamos solidariamente…
Y, por último, apuesto por el acercamiento de las entidades académicas –las que más recursos tienen- a las organizaciones de base. Si las grandes bibliotecas y los importantes centros de documentación se vincularan más estrechamente con las ONGs, las asociaciones de productores y los organismos de base, sería más fácil que la información se distribuyera en forma equitativa entre aquellos que más la necesitan. Lo sé, ustedes me dirán que las funciones de sus bibliotecas no incluyen tales actividades. Esa es, precisamente, la actitud cerrada que nos ha llevado a donde estamos: un planeta que se olvida del otro porque no es su responsabilidad ni su obligación ayudarlo. Mientras continuemos con esa visión tan poco humana, con esa perspectiva tan odiosa de voltear la mirada porque “no es asunto nuestro”, seguiremos viviendo en un planeta lleno de desigualdades. Cuando comencemos a tender nuestras manos y a dejar de lado nuestros egoísmos, quizás comience a funcionar un nuevo modelo y muchas brechas comiencen a disminuir.
Evidentemente, estas son sólo algunas ideas de un loco anarquista y libertario que sigue confiando en que la utopía no ha muerto. Quizás nos haga falta comenzar a creer un poco más en que ciertas cosas son posibles si nos ponemos manos a la obra con ellas… No es tan difícil: sólo hace falta un poco de compromiso.
Pero, hasta donde veo, compromiso es lo que falta. Mientras tanto, propuestas lamentables como la del II Congreso Iberoamericano de Bibliotecología –cerrado, mercantilista, excluyente, censurador, dominante y traficante- seguirán hablándonos de bibliotecas digitales y de una realidad que dista mucho de ser real. Queda en nuestras manos decidir si oímos los cantos de sirena de las empolvadas “vacas sagradas” o si, de una buena vez, bajamos a la realidad para enfrentar nuestros fantasmas y comenzar a aportar granos de arena que logren, de una buena vez, establecer una diferencia. Aunque sólo sea una pequeña.

Texto enviado a AIBDA

La Sociedad de la Información nos ha mostrado hasta donde es capaz de llegar el (in)genio humano en su afán por superarse, por dominar los elementos y las distancias, por crear tecnologías capaces de hacer realidad lo que, hasta hace unos años, hubiera parecido producto de un relato de ficción. Nos ha presentado cables por los que corren nuestras palabras a la velocidad de la luz, y discos de plástico en los que pueden almacenarse nuestras bibliotecas, y programas informáticos, y comunicaciones telefónicas, y…
El mundo ha comenzado a girar, desde hace poco más de dos décadas, alrededor del eje de las tecnologías de la comunicación y el conocimiento. Ese paradigma ha dominado nuestras vidas y nuestras profesiones. Sin embargo, el Hombre no se da cuenta que el plástico, los cables y los chips no se comen. El ser humano sigue (y seguirá por siempre) dependiendo íntimamente de la naturaleza y de los productos que pueda arrancarle, con sabiduría a veces, con verdadera ignorancia y violencia otras… A pesar de que parece contemplar a su medio ambiente, a sus tierras y mares, a sus bosques y campos de cultivo con desconocimiento e indiferencia, el Hombre depende de ellos para sobrevivir. La tecnología desarrollada solo sirve para mejorar algunas de sus condiciones de vida, no para mantener las vitales
Anestesiada e hipnotizada por la grandeza de sus propias creaciones, la especie humana parece haber olvidado que sigue conectada, por un tenue cordón umbilical, a su Madre Tierra, esa a la cual nuestros ancestros rendían culto.
Las bibliotecas en general –y las agrícolas en particular- son organizadoras, concentradoras y difusoras de información valiosa. Y esa información –por su capacidad para promover y facilitar cambios y desarrollo- es poder. Poder para solucionar problemas, para generar nuevas perspectivas de futuro, para construir nuevos emprendimientos, para poder mantener en pie lo ya creado… Ese poder –simple saber humano- ha sido elaborado pacientemente a lo largo de los siglos, sumando experiencias, triunfos y errores de muchas generaciones. Y la biblioteca, como gestora de la memoria humana, tiene como deber proveer un servicio –igualitario, solidario, coherente y pertinente- a todos los herederos de esa memoria, sin distinciones de ningún tipo.
Una biblioteca agrícola maneja el saber más antiguo producido y compartido por el ser humano. La información que pueda facilitar, producir, mejorar y difundir tal categoría de unidad es tremendamente valiosa, en especial en continentes como América Latina, preponderantemente rurales y vinculados de manera fuerte a la tierra.
La responsabilidad de bibliotecas de este tipo es recoger los conocimientos, ideas y perspectivas (tanto locales como internacionales), organizarlos y distribuirlos entre aquellos que no posean los recursos informativos o educativos necesarios para poder realizar sus tareas con éxito. El énfasis en lo local debe ser profundo, tanto a la hora de recuperar información y experiencia como a la hora de difundirlas. La distribución de los recursos documentales gestionados por la biblioteca debe convertirse en la principal meta del servicio, adecuando las actividades a la realidad cultural, étnica, social y económica de los destinatarios.
En un planeta en donde el conocimiento estratégico (aquel que es vital para el bienestar de una sociedad) se ha convertido en un bien de consumo predado y manejado por comerciantes –gracias al paradigma dominante de la Sociedad de la Información- el saber agrícola se ha visto atrapado bajo claves y contraseñas, vendido al mejor postor, encapsulado en CDs y bases de datos… Su circulación a través de las Redes de Redes no es totalmente libre, y si a eso se suma que un alto porcentaje de la población mundial en general (y latinoamericana en particular) no tiene acceso ni a los recursos, ni a las tecnologías ni a los conocimientos básicos necesarios para el manejo de los medios digitales, se comprenderá que existe una enorme brecha (etiquetada como “Brecha Digital”) que separa, una vez más, a los ricos de los pobres, llamándolos ahora “informados” y “desinformados”.
Es evidente que el poder no se comparte. Y si la información estratégica es poder, sólo circulará a través de las manos que puedan pagarlo.
El bibliotecario agrícola latinoamericano se encuentra –como el resto de sus colegas de profesión- ante una encrucijada ética. Por un lado, debe reconocer que su disciplina se encuadra indefectiblemente en el marco del desarrollo de las nuevas tecnologías y de las redes virtuales de conocimiento. Pero, por otro lado, debe comprender que su responsabilidad y su misión final son proveer un servicio que ayude a crecer, a aprender y a mejorar a todos sus usuarios por igual, incluyendo a aquellos más desaventajados. Debe, pues, encontrar la manera de recuperar información valiosa y transmitirla, en forma pertinente, a sus destinatarios finales. De esta forma, podrá tender puentes sobre un enorme precipicio informativo que crece día a día, uno más de los tantos que han dividido a la humanidad a lo largo de su historia.
Bastará con que el bibliotecario especializado asuma un rol pro-activo y socialmente responsable, y que encuentre los caminos y los métodos para poder acercarse a su comunidad para responder a sus necesidades, requerimientos y expectativas. Quizás deba apostar al Acceso Abierto, a las redes profesionales en las cuáles se comparten recursos solidariamente, o a la búsqueda de documentos libres. A través de la información –antigua o nueva, digital o en papel- que difundan las bibliotecas agrícolas, el hombre podrá continuar manteniendo su escabrosa relación con una tierra que, cada día más cansada de sus impredecibles e irresponsables inquilinos bípedos, aún continúa regalando alimento y un lugar en el cual vivir.

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