Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

mayo 30, 2007

Bibliotecarios que escriban…

Por Edgardo Civallero

Sara tomaba apuntes en su computadora. Tenía delante un libro de la colombiana Silvia Castrillón, “El derecho a leer y a escribir”. Yo devoraba la segunda parte de la trilogía “La saga de los confines” (titulada “Los días de la sombra”) de la argentina Liliana Bodoc. De vez en cuando, Sara me interrumpía con una risa o con un enojo, o con una admiración por la coincidencia entre nuestras ideas y las de un texto que jamás habíamos leído antes, pero que concordaba exactamente con lo que nosotros solemos pensar y hacer. Y me citaba una frase, y otra más, y se admiraba de que Castrillón fuese licenciada en bibliotecología y pensase de esa forma...
(Mi compañera ha comenzado a conocer cómo es el paño en el mundillo bibliotecológico).
En fin. En una de sus interrupciones –que me detuvo de mala gana, con la respiración contenida, sobre uno de los nudos principales de la trama de mi libro- me leyó esta cita que les anoto, incluida en un listado de cómo debería ser un bibliotecario:

“Un bibliotecario que no se sienta inhibido para escribir. Hacer uso de la escritura no necesariamente significa para el bibliotecario volverse autor, pero sí le es necesario para pensar y poner en orden sus ideas, dejar constancia de su trabajo, comunicar a otros su experiencia y también, en cierto modo, trascender. Escribir, además, crea confianza y seguridad en sí mismo.”

En ese momento asocié escritura e investigación y me detuve sobre las páginas de mi libro. Un recuerdo volvió a mi memoria. Yo aún era estudiante de bibliotecología, allá a principios del nuevo milenio, y ya había comenzado a escribir mis primeros intentos de artículos profesionales y a enviarlos a revistas latinoamericanas, probando fortuna y estudiando como era el mecanismo editor. Comenzaba, además, a escribir en las listas de correo bibliotecológicas. Recuerdo mi frustración por no haber recibido nunca un mal taller o una somera clase de redacción de textos científicos, en la cual se me explicara cómo se cita la bibliografía, cómo se estructura un artículo, cómo se hilvanan las ideas para que tengan sentido, como se elige un tema que nos permita no irnos por las ramas y mantener el interés del lector… No, nada de eso habíamos tenido mis compañeras/os y yo en la Escuela de Bibliotecología de Córdoba, y poco habían tenido otras/os colegas a lo largo y ancho de otras escuelas del país.
(Y si eso pasaba con la escritura, otro tanto pasaba con la lectura, o con la investigación. Y cuando digo esta palabra –que a muchos les suena enorme- no hablo de esa “investigación” que suele adorarse en el altar de la ciencia, terreno reservado a los especialistas. Hablo del buscar y del construir conocimiento. Sencillamente de eso. Algo simple en esencia, aunque no lo parezca).
Fue en aquel tiempo cuando un “gran editor”, uno de aquellos que a mí, iniciado reciente en las tramas bibliotecológicas, me parecía una “persona de importancia”, aceptó uno de mis trabajos “con reservas”, y me escribió un mail muy solemne en el cual me decía que, como viajaría a Córdoba, lo discutiría conmigo en persona. Allí fui yo, a la cita, esperando que mi artículo fuera aceptado…
Pero mis esperanzas se ahogaron con el café que me tomé frente a ese personaje. El tipo se dedicó a explicarme cómo quería que yo escribiese mi artículo, de acuerdo a su gusto. Y terminó la larga perorata diciéndome que los estudiantes como yo teníamos que dedicarnos a trabajo práctico, y dejar de escribir, sobre todo teoría. La escritura era para los que sabían, y la teoría, los “grandes”, para la gente que había recorrido mucho camino. La teoría era para los expertos.
Jamás hice las correcciones sobre ese artículo. Sólo lo envié a otra revista, en donde fue publicado sin mayores correcciones luego de pasar por el peer-review. Y seguí escribiendo teoría. Porque a los imbéciles –como el tipo del que les hablo, que aún pretende “ser alguien” en el círculo de las “vacas sagradas” argentinas- no hay que hacerles caso… Ni siquiera hay que tenerlos en cuenta.
Tiempo después, entre los muchos comentarios inservibles que a veces inundan mi casilla, me encontré una larga serie de consejos que una colega progresista de Buenos Aires me enviaba, diciéndome que mi prosa tenía poca elegancia, y que no era digna de llamarse “escritura”. Recuerdo haber respondido que era totalmente consciente de tal detalle, y no quería ser novelista ni agradar con mis palabras. Sólo quería contar.
Son muchos los que pretenden –desde la educación, desde la academia, desde muchas posiciones- convertirnos en meros técnicos, en “profesionales” sin manejo de su profesión, en bueyes mansos que tiran de la yunta, en actores sin posibilidad de expresar palabras, en trabajadores que no puedan contar sus sudores ni cantar sus victorias… Son muchos los que nos forman para ser sólo un peoncito del tablero de ajedrez, mientras ellos/as se arrogan el dudoso derecho de ser alfiles y damas. Son muchos los que ni se molestan en formar bibliotecarios para la escritura, la investigación y la generación de proyectos, porque ¿para qué quiere tales cosas un bibliotecario?
Son muchos los que creen que para escribir un ensayo, una nota o una propuesta para un Congreso hace falta expresarse como Cortázar. Son muchos los que creen tener la poesía y la belleza metidas en sus plumas. Y siembran, con su discriminación, sus prejuicios y sus ácidas palabras, la vergüenza y el desánimo entre quiénes quieren –y no se animan- narrar sus cosas.
A esos que agreden, y que se creen poseedores de una verdad que no existe, les cuento que el bibliotecario es el primer profesional, junto con los maestros, que debe aprender a leer y a escribir en profundidad, porque debe poder informarse y debe poder contar y difundir. A esos les explico que con cursitos y tallercitos no basta: esa formación llena mucho los bolsillos de unos pocos y deja poco en las cabezas de unos muchos (y un “certificado” con “puntuación docente” que muchos inocentes aún consideran un tesoro). A esos les digo que es imprescindible que el bibliotecario escriba, presente, cuente, explique, difunda sus experiencias…
Y a los/as colegas, les cuento que escribir permite hablar de lo que uno hace, pero también dibujar el camino que uno quiere y unir voluntades para transitarlo. Escribir –esa tarea que parece un difícil arte pero que es más fácil de lo que creen si hay práctica y ganas- permite tener voz y ser visible es un mundo en el que unos pocos infelices se disputan la visibilidad para sentirse superiores. Y permite ser visibles y tener voz precisamente para decir las propias palabras, para gritar las propias opiniones, para proclamar que existimos a pesar de todo y de todos. Investigar y contar los resultados permite crear una nueva profesión, remodelarla de acuerdo a nuestras necesidades cotidianas.
Y construir teoría no es tan difícil. Ocurre que con la teoría podemos cambiar la práctica. Y hay muchos –muchísimos, como mi buen amigo el “gran editor”- que están muy contentos con el palacio de cristal del que son cortesanos, y no quieren que nada cambie. Así como hay muchas “directoras”, “docentes” e “investigadoras” que hace años que no escriben una línea, que usan los trabajos de sus alumnos y los plagian poniéndoles su nombre para poder seguir “en la palestra” figurando, y que no quieren que nadie aprenda a escribir porque verían su “trono” disputado… Miserias de la profesión, que nos siguen adonde vayamos… Pero eso también lo vemos con las becas escondidas, las convocatorias a subsidios no difundidas y reservadas, los concursos a cargos docentes regalados a dedo…
Créanme: no es necesario ser Cervantes o García Márquez. Tampoco hace falta enredarse en el incomprensible estilo filosófico-sociológico de Chartier o Foucault, que algunos colegas emplean para provocar admiración (¿?). La realidad puede nombrarse con palabras y construcciones sencillas, que, además, serán mejor comprendidas. Algunos tendrán un estilo interesante; otros, no tanto. Muchos no podrán, sencillamente porque la tarea no les atrae. Pero aquellos que se animen en la aventura de escribir –mejor, peor, como sea, pero buscando siempre mejorar sus cualidades- tendrán la posibilidad de hacer oír sus pensamientos un poco más allá de sus bocas, y de hacer saber de sus historias y trajines diarios. E incluso, de regalar ideas que otros necesitan, muy lejos de dónde el escritor se encuentre… Desde esta pequeña bitácora en la cual, cada semana, ejercitamos el viejo arte de decir (con poesía en las palabras de Sara, con más dureza en las mías, bien o mal según se vea), les animamos a que aprendan, a que escriban, a que se hagan adictos y a que nunca abandonen el vicio.

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mayo 27, 2007

Aprendiz de brujo en una tierra sin sortilegios

Por Sara Plaza

“(...) un Brujo de Los Confines no es más ni es menos que un nogal; un nacimiento humano no es más ni es menos que una floración, un Astrónomo escrutando las estrellas no es más ni es menos que un pez desovando. El cazador no es más ni es menos que la presa que necesita para vivir; un hombre no es más ni es menos que el maíz que lo alimenta. (...) La Creación es una urdimbre perfecta. Todo en ella tiene su proporción y su correspondencia. (...) Pobres de nosotros si olvidamos que somos un telar.

(...) la Creación es una urdimbre de hilos indispensables. Y bien, es atributo de la Magia ver y comprender esas correspondencias. Ésa, y no otra, es su sabiduría, hecha de las materias de la tierra. Tal vez la Magia pueda comprender cómo se corresponde la lombriz y la montaña, dónde se buscan y dónde se resisten. Pero para eso debe preguntarle a la montaña y a la lombriz. Si un día lo olvidamos, la sabiduría será soberbia; y lo mismo que nos sirve como medicina; será ponzoña.”

De la novela “Los días del Venado”, el primero de los libros que componen la trilogía La Saga de Los Confines, de la autora argentina Liliana Bodoc.

Eso es en lo que intento convertirme un día tras otro, pero en este mundo que habito no parece haber sitio para las acciones realizadas por arte de magia. Ese arte que no es otro que el de la sabiduría, si algo he aprendido de las palabras de Kupuka, el Brujo de Los Confines, y de las conclusiones de Zabralcán, el Astrónomo anciano de la Comarca Aislada. Son sus palabras las que me han puesto a pensar esta mañana, las que han dibujado alas en mis pies y han echado a volar mi imaginación. De repente me he parado en el medio de la habitación donde leo y escribo a diario, donde estudio, donde canturreo y bailo, donde tomo mate amargo y muerdo esas manzanas chiquititas que no exporta la Argentina, donde mastico palabras y sueño con montañas, donde hago y deshago la labor que cada día comienza cuando se cuela el sol por el balcón y detrás de los cristales, nuestros bonsáis de palo borracho, de lapacho, de mango, de pezuña de vaca y nuestro pequeño geranio, se doblan con la brisa fría de la mañana en un simpático saludo, que me hace sonreír con razón, como cantaba Serrat que lo hacían los locos sin ella. Y así, quieta frente a mi escritorio, he visto cómo mis dedos echaban a correr, como abrían el cajón buscando un lápiz, como revolvían entre papeles usados y se apresuraban a escribir lo que mis pensamientos les susurraban, cuando Silvio y su Unicornio se cruzaban en su camino y seguían a su lado, mientras me contaban lo que yo les cuento que estaba atravesando mi cabeza en esos instantes. Creo que en anteriores ocasiones les he comentado ya, que lo que pasa por mi cabeza, suele hacerlo también por mi corazón. No sé trabajar, no sé vivir, sin ese músculo bombeando con fuerza la sangre que recorre los cauces de mi cuerpo y me enrojece las mejillas cuando refleja el rubor de su latido. Un rubor que se le pinta cuando una historia lo seduce, el cosquilleo de la lluvia lo despierta, o una semilla colgada de las fibras de caraguatá trenzadas por los artesanos Ayoréode (Ayoreo) lo acaricia mientras camino. De manera, que en ese juego estaban enredados mi cabeza y mi pecho, al tiempo que mis manos se concentraban en la escritura de un manojo de ideas, que había ido recogiendo en el bosque de letras que llevaba recorriendo los últimos días. Me había enterado de que las páginas que había ido pasando, sabían mucho de mí y además conocían otros mundos y a otras personas. Sabían de dragones, sabían de sus bendiciones y sus maldiciones, sabían que cometían errores y que jugaban al juego de las sombras.... Conocían intrincados senderos para llegar desde Los Confines hasta Las Colinas del Límite, podían ver a través de los ojos de un Halcón y transmitir las noticias que traían las mujeres-sirena. Habían descubierto que el Viejo Continente está levantando un muro invisible ante la vista de todos, para impedir que lleguen a sus costas y sus fronteras habitantes de los pueblos que condenaron a la pobreza, el hambre, la enfermedad y la falta de esperanza su despiadado Colonialismo y los feroces ataques al mando de las tropas de un ejército que luchaba a la sombra de la bandera de la Discriminación, sembrando Guerra en nombre de La Paz, y recogiendo Odio de las Arcas Esquilmadas al otro lado del mar y tras los picos de las Montañas Milenarias. También eran dueñas de secretos antiguos y heridas viejas que aún no habían conseguido cicatrizar. Traían entre sus muchos saberes: el dolor de pueblos antiguos expuestos a nuevos olvidos, el llanto de tierras fértiles continuamente saqueadas, de cauces sedientos y ríos envenenados con los deshechos que los Señores del Banco Mundial no querían llevar consigo hasta las profundidades de sus Bóvedas. La verdad es que en esas páginas se decían muchas cosas. A veces hablaba un narrador de cuentos, a veces un periodista, a veces un sociólogo, a veces un ensayista, a veces un juez, a veces un profesor, a veces un prisionero, a veces un hombre libre... Y con todas sus voces se mezclaba la mía, y cuando se callaban también yo permanecía en silencio, tenía que reflexionar sobre lo hallado. ¿Qué hacer con ello? Fue entonces cuando pensé en ese oficio que me había buscado en una tierra que, como les decía al principio, se resiste a creer en el arte de la magia y desdeña la sabiduría de sus pueblos, de sus campos, de sus ríos y de sus costas. Una tierra que olvida el conocimiento de sus caminos, el sabor de sus cosechas, el olor de sus frutas, las huellas de sus animales, la fuerza de sus vientos, el significado de sus lluvias, el avance de sus estaciones, el valor de sus hombres y sus mujeres, de sus jóvenes y de sus viejos. Mi padre decía que siempre tuve muchos pájaros en la cabeza, mi compañero tiene los pies de viento, ¿cómo no intentarlo? ¿Cómo no prepararme para resistir ante tanta incredulidad, ante la falta de imaginación que nos vuelve tan grises como aquellos hombres que enfrentó el frágil personaje de Michael Ende? ¿Cómo no defender, desde los fogones de mi cocina, las recetas de una abuela segoviana y de una bisabuela siciliana? ¿Cómo no subirme en la magnífica escoba que descansa detrás de la puerta, y juega cada día con la tierra que unos misteriosos duendes dejan caer de sus botitas, cuando corren a esconderse en nuestra pequeña biblioteca? Imposible olvidar de dónde viene uno, imposible dejar de ver lo que tiene ante los ojos, imposible ignorar lo que sueña, así es que voy a ver si me aprovecho de ello y otro día les cuento en qué extraños encantamientos ando metida...

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mayo 24, 2007

Copyright, copyleft...

Por Edgardo Civallero

No será la primera vez en que alguna/o de ustedes se cruce con el término que incluí en el título, y sobre el cual basé mi entrada de esta semana. No, definitivamente no será la primera vez que se cruzan con éste y con otros vocablos que han entrado pisando fuerte en nuestra profesión y que, a veces carentes de explicaciones o definiciones, hemos terminado aceptando un poco por la fuerza del hábito.
Debo confesar –una vez más- mi ignorancia respecto a muchas temáticas de la bibliotecología con las cuáles no tengo una relación específica. Pero, a mi favor, puedo confesar una insaciable curiosidad que me empuja a buscar, a leer y a averiguar cuando el desconocimiento me pesa mucho y activa mis mecanismos de “hambre de lectura”.
Hasta hace muy poquito, no me había preocupado por saber de qué se hablaba cuando se hablaba de “copyleft”. Desconfío un poco de los términos de moda por los chascos que me he llevado con ellos (p.e. con “biblioteca 2.0”), pero éste que les nombro ya se ha convertido en un compañero habitual en charlas, conferencias y artículos.
Por ende, me decidí a profundizar un poco más en el tea, y a agrandar un poquito más mis saberes…
Resulta que “copyleft” es –como quizás los lectores más listos ya habrán sospechado a esta altura- un juego de palabras basado en “copyright” (siendo “right” a la vez “derecho” y “derecha”, y “left”, “izquierda”, aclaración útil para los que no se manejen bien en inglés). El símbolo del “copyleft” es la inversión hacia la izquierda del famoso simbolito de “copyright”, ©, lo cual refleja el concepto gráficamente y sin mucho lugar a dudas.
En breve, se trata del uso de las leyes de “copyright” o derecho de autor, para eliminar algunas restricciones en la distribución de copias o en la modificación de versiones de un trabajo por otros… La característica principal de las prácticas de “copyleft” es que normalmente requieren que las mismas libertades que se garantizan para una obra determinada sean preservadas en las versiones modificadas subsiguientes, derivadas de ella. En el “copyleft”, el autor resigna algunos de sus derechos, pero no todos. En vez de permitir a su trabajo caer dentro del dominio público –donde no existen restricciones de “copyright”, es decir, donde tales derechos no valen- el autor permite ciertas libertades para aquellos que, de otra manera, infringirían las leyes de derechos de autor.
Es una forma de licencia, y puede ser usada para elementos tales como software (programas de computadora), documentos, música y arte. En general, las leyes de “copyright” permiten a un autor prohibir la reproducción, adaptación o distribución de su trabajo. En contraste, un autor puede, a través de una licencia de “copyleft”, dar –a cada persona que recibe una copia de su trabajo- permiso para reproducir y/o adaptar y/o distribuir su trabajo siempre que las copias resultantes de tales acciones se encuentren unidas a la misma licencia de “copyleft”.
Una de las licencias de “copyleft” más usadas y conocidas es la GNU General Public License (GPL). Licencias similares están disponibles a través del famoso Creative Commons.

El concepto nació cuando un tal Richard Stallman trabajaba en un programa conocido como “Lisp interpreter”•. La compañía Symbolics le pidió permiso para usar tal programa, y Stallaman acordó proveerles un formato de dominio público de su trabajo. Symbolics extendió y mejoró el software de Stallman, y cuando éste quiso acceder a tales mejoras, Symbolics se negó. Entonces, en 1984, Stallman –como pueden imaginar, un tanto enojado por el manejo de la compañía- comenzó a trabajar para erradicar esos comportamientos (que muchos de nosotros conocemos tan bien y en carne propia) y la cultura de “software propietario”.
Dado que Stallaman consideró poco práctica la idea de eliminar la legislación actual en materia de derechos de autor y los errores que la misma perpetuaba, decidió trabajar en el marco de dicha legislación, buscando sus huecos. Y los encontró. De hecho, creó su propia licencia de copyright, Emacs General Public License, la primera licencia de “copyleft”. Más tarde, Emacs evolucionaría en la GNU, que ahora es una de las más populares para la distribución de Software Libre.
Por primera vez, alguien en posesión de su preciado “copyright” (sus derechos como autor) daba pasos tendientes a asegurar que el máximo número de derechos se transferían perpetuamente a los usuarios de una obra, sin importar qué revisiones subsecuentes fueran hechas al original.
El término “copyeft”, de acuerdo a algunas versiones, proviene de un mensaje incluido en TinyBASIC, una versión libre del popular software BASIC escrito por el Dr. Li-Chen Wang a finales de los 70. El código de programa contenía la frase “@copyleft” y “all wrongs reserved” (lit., “todos los males reservados”), burlas a “copyright” y “all rights reserved”, frases usadas comúnmente en las declaraciones de derechos de autor. El propio Richard Stallman dice que el autor de “copyleft” es Don Hopkins, quién le escribió una carta –allá por 1984 o 1985- incluyendo la frase “Copyleft - all rights reversed” (lit. “todos los derechos revertidos”). Se han usado otras versiones como “kopyleft” a principios de los 70.
El término fue, en un principio, casi sinónimo de las licencias GNU de Stallman, creadas como parte de su trabajo en la Fundación Software Libre. En la actualidad, “copyleft” y GNU GPL siguen siendo semi-equivalentes, si bien el primero puede referirse también a otras licencias.

Normalmente, la mejor forma de usar el “copyleft” es codificar las condiciones de uso en una licencia. Por lo general, cualquier licencia permite a otra persona –poseedora de una copia de la obra- las mismas libertades que el autor, incluyendo:

- la libertad para usar y estudiar el trabajo
- la libertad para copiar y compartir el trabajo con otros
- la libertad de cambiar el trabajo
- y la libertad de distribuir trabajos cambiados y, por ende, derivados.

Estas libertades no aseguran que un trabajo derivado sea distribuido bajo los mismos términos liberales. Para que un trabajo sea realmente “copyleft”, la licencia tiene que asegurar que el autor del trabajo derivado solo pueda distribuir su obra bajo la misma licencia o equivalentes (por eso, a veces se dice que el “copyleft” es “viral”, por la forma en que se transmite).
Además de restricciones en la copia, las licencias de “copyleft” pueden agregar otros impedimentos: por ejemplo, asegurarse que los derechos no puedan ser revocados más tarde, o requerir que el trabajo y sus derivados se provean en forma que faciliten las modificaciones.
Las licencias de “copyleft” hacen un uso creativo de normas y leyes relevantes. Es preciso señalar –para aquellos interesados en implementar ya estas prácticas- que algunas de las leyes usadas para las licencias “copyleft” varían de país en país, y sus garantías pueden también cambiar. Por ende, es prudente consultar, revisar y estudiar a fondo el plantetamiento de las licencias antes de llevarlas adelante.
Suele hablarse de “copyleft fuerte” cuando sus cláusulas se perpetúan a todos los trabajos derivados. Por el contrario, el “copyleft débil” es aquel cuyos trabajos derivados no heredan la licencia. Por otro lado, el “copyleft total” implica que todas las partes del trabajo (excepto la licencia) pueden ser modificadas por autores consecutivos. Sin embargo, el “copyleft parcial” (muy usado para creaciones artísticas, en donde el total parece no ser aconsejable) exceptúa a determinadas partes del trabajo de las libertades de reproducción.
Las licencias “share-alike” son licencias de “copyleft” parcial (en cuanto afectan a partes del trabajo) que deben perpetuarse a los derivados (como un “copyleft fuerte”). En vez de utilizar la frase del copyright “all rights reserved” (todos los derechos reservados) o la del copyleft total “no rights reserved” (sin derechos reservados), el “share-alike” utiliza “some rights reserved” (algunos derechos reservados). Algunas licencias del conjunto Creative Commons son buenos ejemplos de “share-alike”.

En definitiva, esta breve reseña puede servir de elemento inicial de acercamiento e información hacia una filosofía que, si bien perpetúa algunos de los males de las leyes de derechos de autor –normas tiranas donde las haya- permite, sin embargo, utilizar dichas leyes para el logro de fines más humanistas. Esto, si se analiza bien, ya es un paso: como anarquista, siempre pensé que los cambios no deben darse “al costado del mundo y las estructuras”, sino “dentro de ellas”. Y creo que algunas cosas nuevas deben crearse dentro de la cáscara usada de las antiguas. Muchos radicales, revolucionarios y rebeldes asumen actitudes de “piratería” (buscando oponerse a las tiranas normas de las que hable antes), no logrando otro resultado que ponerse fuera de la ley y desvirtuar su lucha con las etiquetas que el poder establecido en seguida les coloca (p.e. “delincuentes”). Creo que ese no es el camino (ni creo que eso sea anarquismo o radicalismo). El camino está en lograr la anulación completa de las leyes de copyright en casos determinados (p.e. conocimiento estratégico). Tal y como lo vio Stallman hace unos años, ese no es un camino práctico a corto plazo: hay muchos intereses creados al respecto. Pero quizás a largo plazo, tal meta sea factible. Mientras tanto, podemos comenzar a andar el camino a través del “copyleft”…
Confiemos en que esa palabrita sea realmente “viral”, se contagie y se propague… Y en que el circulito invertido sea visto en más y más trabajos…

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mayo 20, 2007

Pisa con cuidado...

Estás caminando entre las respuestas aprendidas y tus propias ideas

Por Sara Plaza

Ojo, no es sencillo. Ni lo fue antes, ni lo será después. No lo tuvieron fácil quienes nos precedieron y bastante complicado lo van a tener nuestros descendientes. A diario escuchamos, tantas veces, lo mismo ¡Se repiten, tantas veces, los discursos! Decimos una y otra vez lo que sabemos, lo que hemos aprendido, o quizás, lo que creemos saber y pensamos que hemos aprendido. Pero, ¿dónde están nuestras ideas? ¿Dónde ponemos nuestras ocurrencias? ¿Qué es lo que inventamos día a día? Nada, la mayoría de las veces, y muy poco las restantes. Y no me parece que sea una cuestión de modas, simplemente no hallamos la manera de descubrir, de despojarnos de los corsés que un sistema, una sociedad, una educación, una cultura, nos han obligado a ceñirnos durante nuestros años de aprendizaje, es decir, durante toda la vida. El problema surge cuando nos damos cuenta de que la vida se pasa, se nos pasa, y no es que no encontremos nuestras huellas en los senderos recorridos, es que no vemos la posibilidad de nuevos pasos. Escuchamos sin interés porque, la mitad de las veces, ya sabemos lo que nos van a decir. Prestamos oídos con desgana a guiones que ya han sido llevados al escenario en infinidad de ocasiones. ¿Cuántas veces nos han dicho que la historia se repite? ¿Cuántas que todo está ya inventado? ¿Dónde queda nuestro ingenio? ¿Dónde nuestro protagonismo? Fueron otros los que imaginaron, otros los que soñaron, otros los que lo intentaron, otros los que lo lograron ¿Y nosotros? ¿Cuándo será nuestro momento de imaginar, de soñar, de intentar, de lograr? Si podemos, si valemos, si queremos, ¿por qué no lo hacemos? Es complicado ser coherente. Paulo Freire, decía que sería bueno seguir esa dirección, que uno no podía serlo totalmente y que las contradicciones formaban parte de todos nosotros, pero que no estaría nada mal aspirar a la coherencia en nuestros planteamientos vitales, esos que nos cuestionan nuestro pensar, nuestro decir y nuestro hacer. En mi opinión, sería igualmente necesario y deseable que a ella apuntasen las instituciones y los gobiernos. La coherencia como práctica habitual de toda la sociedad, para evitar engaños, para poner coto a las mentiras, para no defraudarnos y que no nos defrauden. La coherencia como lugar común, como punto de encuentro. Para cimentar nuevas ideas y levantar castillos sobre las viejas. Las primeras necesitan tierra fértil, las segundas un amplio cielo. En los márgenes, en la vereda que separa el camino de la estela, es donde tenemos que plantar nuestra semilla. Las raíces de un nuevo conocimiento, de nuestra propia experiencia. Esa que, además de ser única, nos enseña miremos al lado que miremos, estemos quietos o echemos a andar, hagamos ruido o permanezcamos callados. Tenemos que darnos la oportunidad de construirnos y, para eso, la única arcilla que sirve es la de nuestras dos manos, y el mejor torno para modelarla será el puñadito de deseos que llevemos dentro, las ideas que nos estén latiendo en el pecho y palpitando en las sienes. Un ramo de intenciones que sólo necesitan ser pronunciadas para empezar a existir. Por eso tenemos que buscar el modo y encontrar la manera de ser originales, de decir nuestras propias palabras, de dar una vuelta de tuerca a los convencionalismos, un giro nuevo a los comentarios. Si hace falta, tendremos que salirnos del camino que sigue la mayoría y andar por el costado. No pasa nada, no quiere decir que estemos equivocados. Será cansado, eso sí. Ir contra la corriente es agotador, pero no tiene por qué ser un error. Al menos, creo que eso es en lo que debemos poner el empeño los, pocos o muchos, que aún mantenemos la ilusión en este mundo de desencantados. Pisemos con cuidado, pero no tengamos miedo de pisar donde nunca pisaron los demás. Hay muchos más mundos por descubrir.

Ah, y si en uno de sus paseos escuchan a un jaguar y a un dragón la siguiente conversación, a lo mejor les pueden ayudar a decidir...

Dragón –dijo el jaguar-, ¿por qué hiciste al hombre?
-Creo que fue un accidente, esas cosas pasan...
-Sí, pero fue un accidente grave. ¿No querés que lo coma y terminemos con el accidente?
-Todavía no, merece alguna oportunidad.
-Ya tuvo demasiadas, y además ningún animal lo quiere. ¿Te fijaste que nadie, ni con pelos ni con plumas, habla con él?
-Yo vi que hablaba con algunos animales.
-Hablaba, pero ya no. Ahora todos hacen como que no lo entienden, porque no les gusta lo que habla. Y cuando aparece se van para otro lado.
-Eso suena feo, pero pienso que siempre hay que dar más oportunidades. Quién te dice.
-Las oportunidades son peligrosas. Yo, como cualquier jaguar que se precie, estoy dispuesto a comerlo ya mismo. No sé qué puede pasar si dejamos que el agua corra.
-Esperemos jaguar. ¿Qué puede pasar?
-No sé. Y le tengo miedo a las cosas que no sé.
-Ése parece un pensamiento del hombre, jaguar.
-¿Ves hasta dónde puede ser peligroso? Ya me estoy contagiando de su manera de pensar.
-Y me vas a contagiar a mí. Estamos entrampados, jaguar, porque comerlo también es una manera de terminar un problema a la manera del hombre.
-¿Qué hacemos, dragón?
-¿Qué hacemos, jaguar?
Y ahí se quedaron dando vueltas al problema. Una y mil veces y otras mil.
Todavía no encontraron la solución. Lástima.


(Del cuento “Error de Dragón” del libro Dragón, del autor chaqueño Gustavo Roldán).

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mayo 16, 2007

Discriminación positiva, bibliotecas multiculturales y algo más…

Por Edgardo Civallero

En algunos periódicos y sitios de información –de esos que hablan de lo que otros no quieren hablar- me he encontrado, ya en varias ocasiones, con el término “discriminación positiva”, una problemática que ha comenzado a tener cierto peso en algunos contextos políticos, sociales y económicos de muchas naciones, en especial de aquellas que soportan altos niveles de discriminación étnica.
El problema nace en aquellos países –principalmente de los del mal llamado “Primer mundo”- a los cuales llegan corrientes migratorias de importancia, que casi instantáneamente se convierten en minorías étnicas, sociales y culturales dentro de la sociedad que los recibe. Esos grupos “minoritarios” tienen dos opciones: asimilarse a la cultura local y dejar sus usos, lenguas, costumbres y tradiciones para el hogar, o bien conservar su identidad fuera de él, al precio que cueste.
El último camino es el más seguido, especialmente por aquellos sectores que están muy orgullosos de quiénes son, a pesar de que las circunstancias los hayan empujado a abandonar su tierra natal y migrar a otros horizontes que, de acuerdo a los decires globales, brindan más oportunidades a la gente (lo cual es bastante dudoso). En el caso de las minorías no migratorias, se trata de pueblos indígenas o grupos locales (muchas veces muy amplios, como los negros norteamericanos) que claman por sus derechos desde hace décadas.
Durante los 70, cuando comenzaron estos grandes movimientos humanos, casi todos los países “desarrollados” adoptaron una política (y una ideología) llamada “multiculturalismo”, una palabra que se puso muy de moda. Se decía que era saludable que una sociedad, en su interior, fuera muy diversa. Era “políticamente correcto” pensar así, de manera que todo el mundo asintió, si bien los resquemores, las oposiciones a las migraciones y a los derechos de las minorías y las reacciones racistas se ocultaron en el armario o se guardaron en bolsillos ocultos.
El “multiculturalismo” funcionó bien (estéticamente) hasta que los acontecimientos del 11 de septiembre en Estados Unidos desataron la paranoia. Entonces se levantó el tabú, y todos olvidaron el “multiculturalismo”. En la actualidad, muchos países –Dinamarca, Holanda, Australia, Alemania, entre otros que pronto seguirán su estela- están endureciendo las políticas migratorias, han borrado sus ideas “multiculturales” (incluso físicamente, del nombre de sus antiguas Secretarías de Gobierno) y están tendiendo a un “monoculturalismo de facto”.
El gran problema es que las minorías siguen ahí, y que ahora no se ve como “políticamente incorrecto” el atacarlas, sobre todo si esas minorías tienen rasgos tan acentuados como los de los grupos musulmanes. El racismo surge entonces a flor de piel, y la discriminación está a la orden del día…
Dado que estos no son aspectos que las sociedades “desarrolladas” gusten mostrar, surgen entonces tendencias y maniobras socio-políticas orientadas a “dar oportunidad a las minorías”. Curiosamente –muy curiosamente- esto incluye, además de a los sectores discriminados por su piel y por su origen, también a los sectores dejados de lado por su sexo. Las oportunidades tienen que ver con puestos laborales, lugares en el poder, oportunidades educativas y ayudas de todo tipo.
Este fenómeno –claramente identificado durante la campaña de Sarkozy en Francia- está teniendo lugar en muchas otras sociedades, incluso a nivel latinoamericano, en donde tiene gran impacto con los grupos indígenas y los sectores socialmente desfavorecidos. Si bien a simple vista puede parecer una actitud positiva, un análisis somero detecta que es solo una forma de limpiar conciencias y manos en sociedades en donde el problema de fondo es un racismo imborrable.
Un racismo que nosotros, como queda dicho, también tenemos en casa.

Investigando un poco sobre bibliotecas “multiculturales” –el último curso que di en Chile, sobre este tema, me dejó un sabor agrio de boca y muchas dudas sobre ese término y sus usos- descubrí (con mucha vergüenza por mi parte, por no haberlo hecho antes) que el vocablo es absurdo.
La lógica es la siguiente: ¿cuál es la diferencia entre una biblioteca pública y una multicultural? De acuerdo con documentos internacionales redactados al respecto, la “multicultural” debe estar preparada para proporcionar servicios a usuarios de otras culturas, en especial documentos en otras lenguas y alfabetos. Por lo demás, debe ajustar sus servicios para incluir actividades que tengan relación con las diversas “minorías” presentes en la comunidad.
Si mal no recuerdo, estos puntos ya eran contemplados como objetivos bibliotecarios por el “Manifiesto de la UNESCO sobre las bibliotecas públicas”. ¿Por qué, pues, agregar el adjetivo –y la etiqueta- “multicultural”?
Me da la sensación de que estamos frente a una moda, una moda que yo mismo –inconscientemente, por cierto- he ayudado a propagar. No existe mayor diferencia entre una biblioteca pública de una ciudad de cultura “homogénea” (si es que tal cosa existe) y una de cultura “heterogénea” o “plural”. Una biblioteca pública debe servir a su comunidad, y si su comunidad incluye minorías, adaptar sus servicios en forma coherente. Nada más.
No se trata solamente de ofrecer documentos en otras lenguas a los inmigrantes recién llegados. Debe ofrecer materiales a las propias “sub-culturas”, a tribus urbanas como “skaters” o “punk”, por ejemplo. ¿O eso no es cultura? ¿O eso no es parte de nuestra sociedad? Se trata de ofrecer, también, materiales a las propias minorías étnicas y lingüísticas (¿dónde están los servicios para la minoría gitana en las bibliotecas “multiculturales” –o incluso en las públicas- de España, por ejemplo?) y, sobre todo, se trata de ofrecer servicios a todos por igual. Conozco casos de bibliotecas que tienen muchos servicios orientados hacia “otras culturas”, descuidando totalmente los servicios a las clases menos pudientes y más necesitadas de la población local. Lamentable, ¿verdad?
Si esto no es un ejemplo de discriminación positiva, creo que está muy cerca de serlo.
Definitivamente, los ejemplos de “bibliotecas multiculturales” y “portales multiculturales” que conozco –la mayoría situados en América del Norte, Europa y Australia, países que están presenciando un alza discriminatoria considerable- realizan un excelente trabajo por su comunidad (pues tienen medios económicos para poder hacerlo) y se caracterizan por tener fondos en muchas lenguas (mientras más, más aplaudidas son) y proveer servicios en dichos idiomas. Pero quizás lo más característico es su discurso oficial, que habla de “bibliotecas multiculturales” como “espacios de encuentro, de comprensión mutua, de aprendizaje intercultural”…
Me pregunto… ¿y las otras bibliotecas, qué son? ¿De qué se trata una biblioteca pública “no-multicultural”? ¿No son “espacios de encuentro comunitario”, acaso? ¿No enseñan “respeto y tolerancia”, quizás? ¿No incluirían docenas de lenguas si tuvieran el presupuesto para hacerlo? ¿Deberíamos llamar a nuestras bibliotecas especializadas en lenguas “bibliotecas multiculturales”, por sus fondos multilingües?

En definitiva, creo que la “multiculturalidad” y lo “multicultural” –tanto relacionado a bibliotecas como a otros aspectos - es una moda, una gran moda que está intentando tapar otros agujeros presentes en la sociedad. Y a eso –a tapar agujeros, a poner velos, a mostrar que no somos racistas cuando en realidad sí lo somos, a mostrar lo mucho que nos apasionan otras culturas cuando en verdad ni siquiera las entendemos ni nos importan- es lo que llaman “discriminación positiva”.

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mayo 13, 2007

¿Cómo vivir?

“De cualquier forma en que la creación no sea manoseada, bastardeada, rebajada: poniendo un pequeño taller mecánico, trabajando de empleado en un banco, vendiendo ballenitas en la calle, asaltando un banco”.[1]

Por Sara Plaza

Esa fue la respuesta de Sábato a la pregunta que muchos de nosotros nos hacemos cuando nos damos cuenta, o nos lo cuenta la vida -si aún no nos hemos enterado- de que no nos la vamos a ganar escribiendo, leyendo, persiguiendo sueños, intentando que otros los tengan también... Definitivamente, tenemos que inventarnos otra cosa de lo que vivir, tal vez porque de lo que sí nos hemos dado cuenta, es de que aunque escribiendo no nos ganemos la vida, sin hacerlo la perderíamos.
Del otro lado del Atlántico María Zambrano y en esta orilla Julio Cortázar, también creían que la escritura nos permitía mantener unidos esos pedazos que nos dan forma y nos conforman. En todos los continentes, en cada país, en cada pueblo, en cada comunidad, sus autores han vivido como han podido y han escrito para vivir. En todas las épocas, esas personas han contado de ellos y de los otros, para ellos y para los otros, han mirado hacia atrás y contemplado el horizonte. De renombre unos pocos, anónimos los más, singulares y plurales todos, esas personas que dicen (permaneciendo a veces calladas), los dueños de la palabra (abuelos que recuerdan, niños que piden cuentos, mujeres que tejieron historias, hombres que la dibujaron en una caverna) que hacen uso de ella y las ofrecen para ser usadas, han sido los mejores y más avezados lectores.
Se darán cuenta de que no hablo de leer y escribir única y exclusivamente como lo hacemos hoy en día las personas que hemos sido alfabetizadas en una cultura literata. Estoy hablando de leer y escribir la vida, como se hizo desde la prehistoria y hoy seguimos haciendo nuestra historia. Se trata de leer y escribir la realidad desde nuestro lugarcito en el mundo, sabiendo que es eso, un lugarcito en el mundo, ni mejor ni peor, ni delante ni detrás, ni arriba ni abajo. Un espacio y un tiempo, una oportunidad de contar lo que nos pasa, lo que otros pasaron y lo que podría pasar si... Estoy hablando de lo escrito en paredes de roca, en tablillas de arcilla, en tiras de seda, en láminas de hueso, en hojas de papel, en discos de plástico, pero también de lo escrito en las estrellas, en los mapas de nuestra imaginación, en las cartas de navegación de nuestra memoria, en las guías de viaje por nuestros descubrimientos, en los documentales de nuestros fracasos...
Todo eso hemos escrito dedicándonos a algo más, viviendo de otra cosa. Y es que escribir, decir, contar, y por lo mismo, leer y escuchar, no es algo ajeno a nosotros, sino algo que deberíamos sentir bien dentro para poder sacarlo hacia fuera. Para darnos a conocer, para descubrir al otro, para compartir nuestra humanidad. Para encontrar las huellas del pasado y el camino hacia el futuro, pero sobre todo para pisar firmes en el presente, el único tiempo que poseemos sin que nos pertenezca.
¿Por qué les cuento todo esto? Habrán notado en estas líneas, que estoy pensando en voz alta, o mejor dicho, con el lápiz en la mano y un pedacito de papel sobre la mesa. Es cierto, escribo mientras pienso, no sé si es bueno o es malo, dudo incluso si no estaré pensando mientras escribo... Verán, todo lo dicho hasta aquí, lo tenía atragantado desde ayer por la tarde, pero ya venía masticándolo desde hacía varias semanas.
Estaba anocheciendo cuando Edgardo y yo fuimos al cyber, a enviar nuestras respuestas, nuestras propuestas, nuestros recuerdos, nuestros saludos y demás cosas nuestras que se pueden enviar hoy en día a través de Internet, y mientras él escribía, yo estaba parada a su lado escuchando la conversación de la última persona que había entrado en el local, con el encargado del mismo. Esa mamá traía en sus manos una hoja arrancada del cuaderno de uno de sus hijos. En ella estaban escritas cinco o seis preguntas y entre cada una había un espacio en blanco, como de ocho o diez líneas, para anotar las respuestas. (Sé que están pensando que además de tener un oído muy fino, tengo unos lentes de largo alcance, no es del todo cierto. El cyber es pequeño y la señora era la única persona que hablaba en ese instante).
Pues bien, esa mujer le preguntó al hombre que estaba tras el mostrador, quién había sido el primer presidente de la Argentina y si sabía cuándo se firmó la primera Constitución. En mi cabeza se agolparon un montón de preguntas: ¿dónde estaba el niño? ¿Qué hacía esa mamá con sus tareas? ¿Por qué no había acudido a una biblioteca? ¿Cómo se podían seguir planteando ese tipo de cuestiones a los alumnos? ¿Dónde estaba el texto que suponía habría originado esos interrogantes?... Bibliotecas no hay en el barrio donde nosotros vivimos, tal vez por eso aquella mamá acudió al cyber. El hombre no estaba seguro de las respuestas, y la señora le pidió si no podría buscarlo “ahí” (mientras señalaba una de las computadoras). Así es que el tipo se sentó y buscó en Google algo sobre el primer presidente... Primero les apareció la Primera Junta allá por el 1810, pero ni rastro de la primera Carta Magna. Luego dieron con Rivadavia y un 1853 que pintó una enorme sonrisa en esa mamá, quien un segundo después, le pedía a su informante que por favor se lo copiase en una hoja todo, para que sólo tuviese que gastar una impresión...
Yo estaba con la boca abierta, no podía creer lo que estaba viendo. Edgardo había terminado de enviar nuestro correo y mientras pagábamos por el uso de la máquina, en la impresora aparecía la cara de Bernardino Rivadavia y se iluminaba el rostro de aquella mujer. Yo me quedé mirando al hombre que había encontrado la información que esa mamá buscaba, y pensé que él acaba de escribir una hermosa página en la vida de esa mujer inmigrante (ese primer detalle no nos había pasado inadvertido a Edgardo y a mí), que probablemente no podría comprar el libro de texto a su hijo. Un niño que para integrarse en esta sociedad debía memorizar una historia nacional que no era la suya. Un niño que con mucha suerte, en ese instante estaría jugando, y con no tanta, estaría buscando la manera de conseguir unos pesos...
Definitivamente, las personas que escriben y leen el mundo, del modo y la manera que sea, pero entendiendo bien la realidad en la que están inmersos, tienen otras profesiones. Las lecciones que nos dejan estos autores son la vida de verdad, ésa que cada día precisa de mayores dosis de imaginación para ser vivida. Chesterton opinaba que muchos adultos prefieren la compasión a la justicia, no así los niños que aman la segunda por encima de todo. Tal vez para conservar ese amor, los poquitos grandes que aún la preferimos a ella, necesitemos de esa maravillosa herramienta que es la fantasía para seguir defendiéndola.
Desde este espacio, desde este lugarcito en el mundo, les invitamos a seguir soñando, a intentarlo por primera vez si nunca lo hicieron, a sentir que pueden, que vale la pena, a cambiar lo poco o lo mucho que deseen poner del revés, a participar, a compartir, a reflexionar y sobre todo a decir, a leer, a escribir: aunque hagan otra cosa, nunca dejen de vivir.

[1] Ernesto Sábato, escritor argentino

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mayo 10, 2007

Saqueo de tierras, saqueo de almas

Por Edgardo Civallero

Norte de Cajamarca, Perú. 2 de junio de 2000. Entre los campesinos de los pueblos de Choropampa, San Juan y Magdalena corre la voz de que uno de los camiones que proviene de la mina Yanacocha va regando accidentalmente, a lo largo de kilómetros de camino, una extraña sustancia brillante. Los niños juegan con ella, la recogen en frascos y vasos y la hacen lanzar destellos a la luz del sol. Los hombres y mujeres de la zona se acercan extrañados para contemplar aquel metal líquido.
Era mercurio.
El desastre ambiental fue impresionante, especialmente en la localidad de Choropampa, en la cual alrededor de 925 personas fueron afectadas por envenenamiento y aún hoy sufren los efectos en su propio cuerpo.
La historia comenzó en 1993, cuando la mina –una extracción de oro a cielo abierto- se instaló en la zona, con una promesa tácita para los campesinos: puestos de trabajo, y de su mano, el tan ansiado y mentado “desarrollo”. El resultado –promesas rotas, pactos incumplidos, enfermedad- aún es palpable entre los pobladores de la región. Los servicios sanitarios públicos de Cajamarca están colapsados por la llegada de trabajadores enfermos, y las aguas que bajan de los cerros, antaño cristalinas, hoy son “de color marrón”.
La compañía minera y el Banco Mundial –propietario minoritario de la mina a través de la CFI- lograron arreglos extrajudiciales con algunos de los afectados, pagando pequeños sumas de dinero a cambio de no accionar legalmente. Una movida llamativa, la de dejar sin acceso a la justicia y a una reparación digna a los más pobres, por parte de una institución que proclama “trabajar por un mundo sin pobreza”.
Cuando la mina se quiso extender al cerro Quilish, los campesinos se opusieron bloqueando las rutas. Aprendieron que el desarrollo y los millones de dólares son para unos pocos y que a ellos solo les quedarán tierras muertas y aguas venenosas.
Es curioso notar que en la misma Cajamarca, en pleno siglo XVI, el prisionero Inca Atawallpa (Atahualpa) ofreciera y entregara, como rescate por su vida, un cuantioso botín de oro a su captor, el conquistador Francisco Pizarro, el cual, lejos de cumplir su palabra y liberarlo, lo ejecutó y envió todo el oro a España. La cruel historia se repite, ciertamente, pero el ejecutado ahora es todo un pueblo.

Guatemala, 2003. La compañía minera canadiense Canadian Glamis Gold Ltd. comenzó a explotar –con el pago de una regalía “saqueadora” de solo el 1 %- la mina Marlín, en el sur del país. La mina de oro acumula un estimado de 2.000 millones de dólares, y fue abierta a pesar de que los campesinos de la zona (de las etnias Mam y Sipakapense), que viven en situación de pobreza extrema, se oponían a la idea.
Los resultados fueron los mismos que en Perú, los mismos que en otras tantas localidades de América Latina: enfermedades, muertes, aguas envenenadas, tierras asesinadas y esterilizadas…
En enero de 2005, más de 1.300 policías y soldados chocaron con los campesinos que bloqueaban las rutas, con los esperables resultados de heridas y muertes. Varias ONGs, la Procuradoría de la Nación y representantes indígenas de numerosas comunidades solicitaron al Banco Mundial –nuevamente socio minoritario- que se suspendieran los créditos a la minera, debido a que los trabajos violaban flagrantemente el Convenio 169 de la OIT (derecho de las poblaciones indígenas a decidir que se hace en sus tierras) y artículos del Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de la ONU (sobre todo los que mencionan el derecho al agua y a los alimentos).
A pedido del Banco Mundial, la minera creó entonces la “Fundación Sierra Madre”, que “ayuda al desarrollo sustentable de la comunidad”. Sus proyectos incluyeron, como ejemplos, la creación de una panadería, o cursos de costura, para los que las mujeres debían comprar la máquina de coser a la propia fundación. En realidad, tal “fundación” se encargaba de garantizar los intereses de la minera en la región, recolectando, por ejemplo, firmas de pobladores para recibir el almuerzo gratis, firmas que luego eran usadas en documentos de aprobación de distintos proyectos mineros.
A pesar de las amenazas y violencias contra los opositores a la mina, la población realizó un referéndum en donde el 96 % de la gente votaba “no”. Sin embargo, y en contra incluso de la decisión de la Corte Constitucional de Guatemala, el gobierno nacional desestimó todo y apoyó a la compañía canadiense.

En el valle de Siria, Honduras, la misma compañía tiene otra mina de oro. Cáritas Honduras denunció que más del 70 % de la población del valle padece enfermedades dermatológicas debido a la contaminación, y que el agua subterránea ha sido usada de tal forma que varios ríos han sido secados, dejando a los campesinos en el desamparo más angustioso. La empresa, mientras tanto, sigue comprando líderes y administradores locales con regalos y prebendas, y amenazando a los activistas violentamente.
En el norte de Chile, en zona de glaciares que alimentan ríos, una compañía norteamericana quiere abrir minas a cielo abierto, con el consiguiente riesgo de contaminación de aguas. El gobierno chileno no dice nada. En Argentina ocurrirá lo mismo en breve. Y no se trata sólo de minerales: la selva, los recursos acuíferos, la pesca, todo es vendido al mejor postor, que suele venir de fuera, arrasar con lo que puede, pagar la mano de obra más barata posible (y la especializada se la trae de su país de origen) y las regalías más insignificantes, derivar las ganancias a su propia nación, esquilmar lo que se pueda e irse. A los pobladores les queda la miseria, el agua ponzoñosa, la tierra muerta, la salud quebrada y la frustración de saberse, aún hoy, esclavos atados de pies y manos ante la voluntad del que tiene la fuerza. A los gobernantes, a los que permiten que esto ocurra, les quedan unos buenos dividendos –poca cosa, comparado con las ganancias de los ladrones- en sus cuentas de las islas Caimán o Suiza.

¿Qué hace todo esto en la bitácora de un bibliotecario?
Hmm. Es sencillo.
En primer lugar, este bibliotecario jamás olvida que es un ser humano, con rabia por las desventuras e injusticias que deben soportar otros seres humanos, de la raza, sexo, nacionalidad o religión que sean.
En segundo lugar, este bibliotecario es latinoamericano, conoce la historia de su continente, conoce de primera mano la miseria y la pobreza que vive mucha de su gente, y conoce la corrupción de su gobierno y la violencia de sus sicarios y fuerzas armadas. Tiene, por ende, un pensamiento siempre presente respecto a su “patria grande”, sin olvidar que hay otras “patrias grandes” que padecen las mismas injusticias en otros rincones del globo.
En tercer lugar, este bibliotecario es anarquista: considera que todos los hombres y mujeres de este bendito planeta deben vivir con igualdad de oportunidades, y no ve la igualdad en los sucesos referidos arriba, ni tampoco la utilidad de Convenios, Pactos y leyes internacionales que, a la hora de la verdad, sólo sirven para beneficiar a los de siempre. Por ende, denuncia desequilibrios y desigualdades para que no queden en silencio, para que se conozcan, para que se sepa…
En cuarto lugar, y como profesional de la información, este bibliotecario es un comunicador: es deber de su profesión recoger información, organizarla y difundirla por los canales y medios que sean convenientes y necesarios. Y esta es información estratégica, tanto política como social como ambientalmente.
En quinto lugar, este bibliotecario pretende vivir fuera de la burbuja rosa en la que suele encerrarse mucha gente para no ver la realidad: cree y sabe que, para poder contar cosas, primero hay que aprenderlas, saberlas, enterarse, comprender, pensar, discutir y elegir. Y luego es necesario, casi vital, difundirlas…
Y pretende contar todo lo que se pueda, sobre todo porque, en sexto lugar, este bibliotecario cree que, desde la biblioteca, el cambio es posible, pues la información tiene poder: el poder para no cometer los errores del pasado, el poder para aprender de las caídas propias y ajenas, el poder para estar preparado y evitar situaciones críticas, el poder para decidir acerca de nuestros futuros y nuestros caminos…
Y en último lugar, todo esto está aquí porque es un ejemplo de cómo, aún hoy, cinco siglos después, los latinoamericanos seguimos abriendo las puertas al que viene de fuera a robar, como condenados por una cruel Maldición de Malinche, en vez de escuchar a los que vienen a ayudar realmente, o de escucharnos a nosotros mismos. Y esto no ocurre solamente con las minas: también se saquea nuestro saber, nuestra identidad, nuestra diversidad, nuestra cultura. También se la avasalla, también se la envenena, también se la quema. También nos siembran otra cultura y otro idioma, también nos aculturan. No, no pasa solo con las minas que agujerean nuestra tierra y secan para siempre las corrientes de nuestros ríos. También horadan nuestra historia y nuestras costumbres y nos dejan las almas estériles.
Como bibliotecarios, debemos contar las historias recientes de nuestro pueblo, los problemas y las agresiones a los que se han enfrentado, para que podamos desarrollar las mejores armas con las que defendernos, las mejores estrategias para solucionar las crisis. Pero también debemos ser conscientes de que la lucha más dura no siempre es la más evidente. Y que, si no nos damos cuenta a tiempo, llegará un día en que estaremos vencidos sin haber tenido siquiera la oportunidad de defendernos.

[Los datos que se refieren en esta entrada han sido extraídos de las noticias incluidas en el artículo de Nicolás Gutman “Ola neoliberal minera en América Latina” publicado en Le Monde Diplomatique, año VIII, nº 95, de Mayo de 2007, p. 13].

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mayo 07, 2007

¿Puedo cambiar de cuento?

Por Sara Plaza

Eso es lo que preguntó un jovencito a los que estábamos presentes en el espacio que el primer viernes de cada mes, comparten los narradores del grupo “Venique Tecuento” con todos los curiosos y amantes de esa tradición tan hermosa que es contar historias. Edgardo y yo nos habíamos sentado en el suelo de madera, sobre una gran alfombra y un par de cojines. Había mate y criollos circulando entre el público, y como en ocasiones anteriores, una cajita escondía en sus mágicas profundidades los nombres de aquellos que ese día querían compartir una historia con el resto.
Esos nombres se escriben en un trocito de papel que se dobla cuidadosamente antes de zambullirse en el pequeño cofre del tesoro. A medida que la tarde avanza, una mano infantil va sacando los papelitos de uno en uno. El guardián de la cajita dice en voz alta el nombre de un nuevo narrador. Un instante después quedamos todos expectantes y en silencio viendo el lento avance de esa persona que, a medida que se aproxima al improvisado escenario, va convirtiéndose en alguien diferente, y su cambio nos transforma a todos, y ya no estamos más en una habitación, sino que poco a poco empezamos a respirar el tibio aroma que desprende el líquido que borbotea en el fuego de una cabaña, a jugar en el patio de una casa de campo, a correr por un bosque que cruje a nuestro paso, a subir escarpadas montañas, a vislumbrar un palacio de cristal, a mirarnos en un espejo que nos habla...
De la voz y los gestos de ese narrador, y de las palabras de Eduardo Galeano, de Hans Chirstian Andersen, de Gustavo Roldán, y de tantos y tantos otros, y de tantas y tantas otras, vamos descubriendo el maravilloso mundo de los cuentos, la narración, la poesía. Despacio, muy despacio, nos hundimos en un mundo fantástico de sueños y realidades, de verdades que son mentiras y mentirosas certezas. Juntos, de la mano, todos los presentes imaginamos otros mundos posibles, y juntos, codo a codo, los recorremos, los revivimos, los reinventamos.
Todos estamos invitados a un gran festín, por eso cuando las palabras se le ahogan en la garganta, el narrador, que no quiere ser un náufrago solitario, pregunta a su tripulación si quiere acompañarlo en una nueva aventura, si desea ser su cómplice y surcar otros mares, lejos de esa playa en la que quedó encallado su barco. La respuesta es unánime, todos acordamos poner rumbo hacia un nuevo amanecer, levar anclas y dejar que las velas se hinchen como lo hacen los mofletes de las nubes antes de la tormenta.
Es un espacio muy bello el que compartimos esos primeros viernes de cada mes niños y grandes, abuelos, padres, hijos y nietos, amigos, enamorados, compañeros de colegio, docentes, bibliotecarios... es un espacio de todos, es nuestro espacio. En él recalan historias del pasado, hechos presentes y versos que quieren seducir al futuro. Se ríe, se llora, se aplaude, se dan abrazos, se aprietan manos y se encogen corazones en esa sala que, cuando la habitamos, es mucho más que cuatro paredes, un piso de madera, un techo muy alto, una chimenea y dos o tres balcones que miran a la calle.
Cuando quienes cuentan y quienes escuchan miran a su alrededor un rato después de haber llegado, no reconocen más ese rincón, sino los horizontes que empiezan a verse detrás de esos muros, más allá de ese techo, de esos balcones, de esas calles y el ruidoso paso de los autos que aúllan en la noche. Los presentes nos vamos muy lejos, tocamos las estrellas, rozamos el tronco de los grandes árboles de la selva, acariciamos el lecho de espuma de un río que acaba de descolgarse por las afiladas paredes de un precipicio, dormimos bajo un firmamento de isondúes envueltos por el cri, cri, cri, cri de un cortejo de grillos.
Nuestro joven narrador de aquella tarde, pronto encontró un nuevo cuento y enseguida hallamos nosotros el camino para meternos en él, para seguir sus pasos y correr tras su sombra. No es difícil rebuscar en la memoria cuando hacemos de ella la compañera indispensable de cada uno de nuestros viajes. Ella nos sigue y, curiosamente, nos adelanta a veces. Esa vocecita nos es siempre fiel si no olvidamos que es parte de nosotros, de nuestra propia historia y de todas las historias que ya han sido contadas. La memoria, los recuerdos, la historia, están ahí, siguen ahí, sólo tenemos que saber mirar para encontrar su rastro y dejar que vengan a soplarnos en la oreja un cuento nuevo. De vez en cuando, conviene incluso escuchar a la nostalgia de ese otro tiempo, que por pasado, no fue precisamente mejor. Ella sabe también muchos cuentos, hoy me regaló uno:

Me gustaría estar sentada ahora, dispuesta a contarte el increíble día que pasé ayer, pero precisaría de toda la maquinaria imaginativa de DreamWorks, y dudo mucho que el señor Spielberg quisiera dedicarme esa hora que te escribo diariamente. No sé qué falló, pero lo hice todo mal desde por la mañana. Me desperté sin haber dormido apenas, con la misma urgencia de cada amanecer, como si el sol y yo disputásemos día tras día la más encarnizada de las carreras por salir el primero: él, de detrás de la delgada línea del horizonte y yo, de debajo de mis sábanas.
Nos juntamos temprano en la cocina: él, entrando por la ventana y yo, cruzando la puerta. Normalmente continuamos juntos las horas siguientes, pero ayer, él ascendió hacia el azul del limpio cielo mientras yo me hundía en mi sucio infierno ceniciento. Tras los borbotones amarillos, naranjas y rosas de su paleta, el sol apresuró sus cálidas horas. Por delante del gris de mi pincel se demoraba, sin embargo, el frío de las mías.
Desconozco qué mecanismo se habría dañado y cuáles sistemas se vieron afectados; sólo logré vislumbrar el estado ruinoso de mi espíritu tras el velo salado que me ardía en las mejillas. Encontré motivo para la tristeza en todo y lloré por nada. No sé qué me ocurrió, pero sé que nada bueno me pasó ayer. Por eso no voy a hablarte de ello, o mejor dicho, voy a contarte que de ayer ya no me acuerdo.

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mayo 03, 2007

Un señor maduro con una oreja verde

Por Sara Plaza

Un día, en el expreso Soria-Monteverde,
vi subir a un hombre con una oreja verde.

Ya joven no era, sino maduro parecía,
salvo la oreja, que verde seguía.

Me cambié de sitio para estar a su lado
y observar el fenómeno bien mirado.

Le dije: Señor, usted tiene ya cierta edad;
dígame, esa oreja verde, ¿le es de alguna utilidad?

Me contestó amablemente: Yo ya soy persona vieja,
pues de joven sólo tengo esta oreja.

Es una oreja de niño que me sirve para oír
cosas que los adultos nunca se paran a sentir:

oigo lo que los árboles dicen, lo que los pájaros cantan,
las piedras, los ríos y las nubes que pasan.

Así habló el señor de la oreja verde
aquel día, en el expreso Soria-Monteverde

Gianni Rodari[1]

Gianni Rodari escribió un librito[2] que apostaba por “Todos los usos de la palabra para todos” y explicaba el bello sonido democrático de ese lema aclarando: “No para que todos sean artistas, sino para que nadie sea esclavo.” (Rodari : 17). Estos comentarios y otros igual de reveladores, los venía leyendo en el camino de regreso desde Santiago de Chile a Córdoba, mientras ascendíamos por las empinadas laderas de la cordillera de los Andes, y veía escurrirse por sus agrietadas paredes ríos como de leche, tan claros y brillantes como las palabras del autor italiano. Edgardo y yo habíamos discutido largo y tendido sobre multiculturalidad, antes, durante y después del curso que impartió en Santiago. Habíamos puesto del derecho y del revés el término, lo habíamos pronunciado rápida y lentamente, lo habíamos dicho en alto y nombrado en voz baja, habíamos jugado con sus letras, con sus sílabas, lo habíamos puesto del revés y dado vuelta otra vez... Intentamos escuchar su voz a través de nuestra oreja verde (porque sí, aunque no lo crean, tenemos una oreja verde que acusa ahora los albores del otoño. La muy presumida quiere teñirse del rojo que visten las hojas de los arces y andamos en tratos para que siga fiel a sí misma) para poder oír esas cosas que los adultos nunca se paran a sentir, pero había demasiado ruido a nuestro alrededor: muchas y muy diversas definiciones que no reconocían lo que estaban tratando de delimitar, muchas y muy distintas autoridades que tampoco conocían a qué o quiénes se referían, muchas y muy diferentes opiniones que no sabían cómo ponerse de acuerdo.
Entre todas ellas, nosotros teníamos la nuestra, pero nos parecía muy poca cosa, quizás muy poco original, tal vez muy simple, demasiado sencilla en ese universo de complejidades, problemas y dificultades que amenaza día tras día con aplastar nuestra imaginación, nuestro maravilloso poder de inventiva, nuestra irreverente osadía de interpretar, criticar y cuestionar esa realidad que está como está porque nos hacen creer que es como es. Nuestra propuesta de multiculturalidad no se aleja mucho del concepto de humanidad, de la condición de ser humano. Ustedes se reirán tal vez, pero jamás me presento con ningún apellido, con ninguna nacionalidad, con ningún título, los que me conocen ya saben que en el momento de las presentaciones (esperado, desesperado o inesperado) de mi boca tan sólo escuchan un “Hola, soy Sara”. Todo lo que después diga tampoco les va a mostrar mucho más de mí hasta que no puedan verme en el hacer, en el sentir, en el discutir. Serán mis acciones, emociones, reflexiones y demás acompañantes de cada una de mis palabras, las que permitirán al otro conocerme y reconocerse o no en ese proyecto de persona que soy yo.
Tal vez por ahí comience la multiculturalidad de todos y cada uno de nosotros: conociendo y reconociéndonos o no, en el otro. Y para eso, antes que nada, hace falta habernos estudiado un poquito a nosotros mismos... Digo un poquito, porque el muchito nos lo van a enseñar los demás. Es con ellos con quienes somos y nos hacemos más nosotros. La sociedad multicultural empieza en la persona, no se ha inventado fuera de nosotros, está en cada cual. Por eso me parece importante hablar de mestizaje, de contaminación (el cantautor canario Pedro Guerra, tiene una preciosa canción que la nombra), de toda una paleta de colores, sabores, olores, texturas, sonidos, de un magnífico lienzo que, a modo de alfombra, recoja las huellas que seguimos para llegar hasta aquí, y los caminos que nos separan del horizonte que queremos alcanzar. Perdón por la repetición, pero no puedo por menos que mencionar otra frase de Rodari que acrecentó los pasos que Edgardo y yo tratábamos de andar en estos días: la utopía no es menos creativa que el espíritu crítico (op.cit. : 46). Supongo que no les costará mucho imaginarnos sonrientes al posar nuestros ojos en esa idea: exactamente nuestro modo de conducirnos por la vida, el germen de muchas de nuestras discusiones, también de esta última sobre multiculturalidad, sobre nuestra humanidad, reitero.
Ya sé que saben que estudié para ser docente, y supongo que habrán deducido que casi todo lo que escribo tiene más que ver con mi experiencia como estudiante, no ya en las aulas, de las que no tengo muy gratos recuerdos (aunque rescato algunos inolvidables), sino en la sala de un cine, en un auditorio, en un teatro, en la plaza del pueblo, en el parque de la esquina, en la calle de al lado, en mi pieza, en la cocina de mis amigos, en el campo, en el cauce seco de un arroyo, en el cielo gris de un día de otoño, en los bocetos que el firmamento dibuja cada noche sobre mi cabeza y en las páginas que cada día leo, miro, acaricio, escucho y pruebo... Por eso mismo, insisto una y mil veces, que el aprendizaje es cosa de cada cual y cada quien tendrá que aprender el qué, el cómo, el cuándo y el por qué quiere saber, saber más, saber distinto, saber bien o saber mal. En el inicio fue la pregunta, fue también la multiculturalidad, sin dudas. Y el final no tiene por qué estar en la respuesta y de ningún modo va estar en una definición, un sentido o un significado. Pregúntense por el camino, por el modo y la manera, pregúntense no sólo a dónde quieren llegar, sino de dónde van a partir. Y mientras hagan y se hagan preguntas, anímense a mezclarse, a contaminarse, a compartirse, a juntarse, a unirse... Hay muchas causas, no serán pocos los resultados, pero les aseguro que serán extraordinarios, porque cada uno de ustedes, si busca y es capaz de dar con ella, engendra la maravilla.


[1] Poesía que aparece en su último libro de la “Bilblioteca di Lavoro”. Parole per giocare ilustrado por Francesco Tonucci, y que el ilustrador italiano recoge en las primeras páginas de su libro Con gli occhi del bambino (Tonucci, Francesco. Con ojos de niño. Buenos Aires: Losada, 2006)
[2] Rodari, Gianni. Gramática de la fantasía: introducción al arte de inventar historias. Santa Fe de Bogotá: Panamericana Editorial, 1999.

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