Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

agosto 26, 2007

En el sur de África

Por Edgardo Civallero

“Siyabonga kakhulu”, “Siyathokoza”, “Ke a leboga”, “Enkosi”, “Asamte sana”, “Ndi a livhuwa”, “Baie dankie”...
Estas fueron algunas de las formas en las que escuché la palabra “gracias” durante mi viaje a Sudáfrica, este mes de agosto. Si se tiene en cuenta que la República sureña tiene 11 lenguas oficiales (inglés, afrikaans, ndebele, swazi, xhosa, zulú, sotho norteño, sotho sureño, tswana, tsonga y venda) se comprenderá tal variedad en los agradecimientos que pude oír…
El 73º Congreso Mundial de Bibliotecas e Información de la IFLA tuvo lugar, este año, en Sudáfrica. A la vez que estaba invitado a participar en las Sesiones centrales del mismo, en la ciudad costera de Durban (a las cuales no pude asistir), estaba también convocado a un “Satellite Meeting” o Encuentro Satélite que tendría lugar, una semana antes del evento principal, en una de las tres capitales del país: Pretoria, en el área noroeste, cerca de la frontera con Mozambique.
Once idiomas oficiales, tres capitales… Sudáfrica parece un país de excesos. Y quizás lo sea. Las once lenguas se hablan en la calle, casi a la vez, aunque en las grandes ciudades tal concentración se nota más: en el interior del país sólo se hablan algunas, las regionales. Cuando mi avión llegó a la ciudad de Johannesburgo (donde está el aeropuerto internacional “Olivier R. Tambo”, el más cercano a Pretoria), la taxista que me condujo hasta mi hotel me confesó que su lengua materna era el zulú, pero que además hablaba inglés, afrikaans, xhosa y sotho. Durante todo el trayecto habló por radio con sus colegas en zulú, pero en su habla pude identificar palabras inglesas e incluso afrikaans. Cuando le pregunté sobre el tema, me comentó -en un inglés “muy particular”- que, en efecto, las lenguas se mezclaban unas con otras, en una especie de conglomerado cultural que, aunque pareciese complejo, servía muy bien para comunicarse en un país tan variado.
El afrikaans -alternado con un inglés “muy particular” como por arte de magia- es hablado por la población blanca, al menos en la provincia de Gauteng (que incluye a Pretoria y a Johannesburgo), en la cual estuve. Y la población blanca parece ser una minoría, que vive en las afueras de las ciudades, que se acerca poco al centro de las mismas y que, cuando se mueve, lo hace en sus propios vehículos o en taxis especiales y camina en grupos. Esta situación fue confesada a medias por los bibliotecarios afrikaners con los que tuve contacto, pero, más que nada, fue comprobada por mis propios ojos. Los problemas de seguridad son una de las principales advertencias que recibe el visitante cuando entra al país, y la sensación que se tiene, cuando uno está dentro de esa sociedad, es la de inseguridad, sí, pero también la de una rabia, un odio o una desconfianza profunda por parte de la población de raza negra hacia la de raza blanca (y viceversa). El régimen de apartheid -desaparecido a principios de los 90’ gracias al trabajo del presidente De Klerk y el de su sucesor, el reconocido Nelson Mandela) parece haber dejado profundas huellas en la población, algo parcialmente comprensible: no se borra con un decreto político o un cambio administrativo el sentimiento de odio o de miedo sufrido por uno y otro “bando” a lo largo de décadas. El gran problema ahora -o al menos esa fue mi sensación- es que parece haber un racismo “invertido”, en el cual los blancos son el objeto de la discriminación. Ya lo sentí el año pasado, cuando estuve de paso por Johannesburgo y visité Soweto, y lo volví a sentir este año…
El afrikaans ha sido una lengua bastante desprestigiada en los últimos tiempos -debido a que, en su momento, fue la lengua del poder segregacionista- y se está intentando su revalorización. De hecho, Sudáfrica posee un monumento a dicha lengua, el único que conozco de esa categoría. Así mismo, monumentos como el de los Voortrekkers (colonos boers) cerca de Pretoria están intentando ser revalorizados como parte de la cultura nacional, aunque muchos sigan pensando que son monumentos a los conquistadores…
Es curioso ver tal mezcla racial y lingüística en un mismo lugar: afrikaners de aspecto holandés, boreal, en un país y una tierra totalmente africanos, o telenovelas en las cuáles se alterna constantemente entre el inglés, el afrikaans y el zulú (pero siempre con subtitulos en inglés, “lingua franca” de la región)… Algo así vivimos hace poco en Bolivia, pero la intensidad del fenómeno en Sudáfrica es mucho mayor…
Se comprenderá que, con tal clima social, este nómada que les escribe no pudo ejercer demasiado su oficio de viajero, y tuvo que moverse específicamente por rutas predeterminadas.
Sin embargo, tuve mucha suerte: una de esas rutas me condujo, por ejemplo, al Museo de Historia Cultural de Sudáfrica, uno de los museos más bellos de Pretoria, que acoge exposiciones que muestran la vida cultural del país desde sus formas más antiguas a las más modernas. Desde su entrada -adornada con un bellísimo mural ndebele, de líneas geométricas y colores vivos, con los que dicho pueblo pinta siempre sus casas y sus ropas- hasta sus exposiciones, el museo recupera el mosaico cultural de su país en forma exquisita.
Una de dichas exposiciones mostraba las tradiciones culturales más conocidas del pueblo San, llamado también “bosquimano”, un grupo humano de pequeña estatura, cuya lengua es única en el planeta por el uso de tres tipos distintos de chasquidos de lengua como consonantes. Y cuando hablo de “chasquidos de lengua”, me refiero al sonido que hacemos nosotros para imitar una gota de agua, o a ese pequeño chasquidito que usamos cuando estamos molestos por algo, o al que realizamos para imitar el tapón de una botella. Combinen esos sonidos con una vocal cualquiera, y ya tienen una sílaba San (¿No pudieron hacerlo? Yo tampoco. Es bien complicado…).
Los bosquimanos jamás escribieron su historia, la cual, por ende, no aparece en ninguna biblioteca contada como tal por ellos. Sin embargo, tienen una tradición oral riquísima, que fue en parte recogida por un buen número de investigadores. Si bien su lengua y su cultura continúan vivas (y son reconocidas por la República Sudafricana), mucha de esa tradición oral desapareció debido a los embates culturales de la sociedad dominante en siglos pasados. Por ello, los fondos sonoros conservados en el Museo son de un valor único. Además, esas mismas salas exponen muestras del arte pictórico y rupestre de los San, que trazaron bellísimas pictografías en cuevas y aleros del sur de África durante siglos, dibujando estilizados guerreros, pueblos enteros bailando hasta el éxtasis, nubes con forma de buey (ellos creían que las nubes eran animales míticos, “ganado del cielo”, y que había que cazarlas para lograr que lloviera), arco iris con forma de serpiente (mito muy común también entre los pueblos indígenas de Latinoamérica) y hermosas representaciones de la fauna local (búfalo, rinoceronte, león, jirafa…) realizadas sobre pedazos de roca gris. Tan bellos eran y son esos dibujos, que los pueblos de estirpe bantú (como los zulúes) que hace cuatro siglos tomaron contacto por vez primera con esas paredes rocosas pintadas y grabadas, las usaron como residencia, por considerarlas bellísimas. Además, los bantúes en general tenían cierto respeto por los San, y no sólo por su arte: decían que eran brujos que podían enviar enfermedades y tenían poderes extraños. Quizás tal creencia no fuera del todo falsa, en especial después de conocer un poco sus ceremonias y ritos curativos….
El Museo me mostró fragmentos de la vida de Pretoria y Johannesburgo en distintos momentos históricos, desde la época colonial hasta la moderna. Me permitió acercarme a la llegada de los inmigrantes holandeses a Sudáfrica (quienes trajeron consigo el germen del actual idioma afrikaans, muy semejante al holandés), las guerras entre esos inmigrantes (llamados “boers”) y los ingleses, las guerras entre los boers y los pueblos bantúes, el establecimiento de la independencia, la época del apartheid, la multiculturalidad actual…
Las calles de Pretoria me mostraron poca gente (toda de raza negra), muchos coches, ausencia de transporte urbano de pasajeros, escasos taxis, y un hermoso bosque de árboles de jacarandá a la orilla de sus aceras. De hecho, Pretoria es llamada “jakaranda city”, un epíteto que podría darse también a muchas ciudades argentinas.
Otra de las rutas quepude seuir meOtra de las rutas que pude seguir dentro de la ciudad me llevó a la oficina del Alcalde, a una recepción en la que el Coro de la Universidad Tecnológica de Tshwane (Tshwane es un conglomerado urbano que incluye Pretoria y otras ciudades satélites de los alrededores, que han crecido en los últimos años debido a la migración de los blancos que huían de la inseguridad) nos deleitó con un buen número de piezas de la tradición sudafricana. Me re-encontré con temas que no había escuchado desde mi adolescencia, como aquellas que cantara la inigualable Miriam Makeba (a la que alguna vez conocí en persona). Fue bellísimo ver como esos cantantes no sólo jugaban con sus voces, sino también con sus cuerpos, con sus manos, con sus caras, con sonidos e interjecciones, con gritos y palmas… Tuve delante de mis ojos y oídos todo un mundo sonoro, trasmitido de generación en generación, procedente quién sabe de donde, arreglado a la usanza occidental pero con raíces muy fuertes en esa tierra africana.
El “Satellite Meeting” reunió a las Secciones IFLA de Lectura, Bibliotecas Infantiles y Servicios Bibliotecarios para Poblaciones Multiculturales. El título de la Conferencia fue “Servicios para Todos: Bibliotecas Multiculturales Innovadoras”, y, a lo largo de tres días, congregó a personas procedentes de puntos tan dispares como Japón, Zambia, Argentina y Dinamarca… Mi conferencia tenía como título “Juegos tradicionales, música y tradición oral: herramientas intangibles en bibliotecas multiculturales” (texto original en inglés .">aquí), y fue presentada con ejemplos de esos juegos, esas músicas y esa tradición oral; en mi charla, expliqué como esos elementos pueden servir de instrumentos útiles de trabajo cuando se pretende convertir a la biblioteca en un espacio de comunicación intercultural.
Por motivos personales no pude llegarme a Durban, a la Conferencia Central, en la cual, además de un póster, iba a presentar otras cuatro conferencias, todas en distintas Secciones. Fue la primera vez en mi vida que un solo Congreso me habilitó a presentar tantas ponencias, y debo decir que llevó bastante debate, dentro de la directiva de IFLA, la decisión de permitirme o no hacerlo. Aún así, problemas de última hora me mantuvieron alejado de esos podios, pero las conferencias pueden ser leídas en el sitio web de IFLA: “Aplicación de la metodología de investigación acción en prácticas bibliotecológicas basadas en la evidencia” (link), “Bibliotecas, pueblos indígenas, identidad e inclusión” (link), “Salud tribal y bibliotecas escolares: tradición oral y expresión cultural” (link) y “Tradición oral indígena en el sur de América Latina: los esfuerzos de la biblioteca para salvar sonidos e historias del silencio” (link). Asimismo, las conferencias fueron presentadas (a estas alturas, el Congreso ya ha terminado) por los organizadores de cada sección, quiénes, ante mis problemas, me pidieron que les hiciera llegar una versión abreviada del texto para que mis contenidos no quedaran fuera de la Conferencia.
El viaje me llevó por Buenos Aires, Sao Paulo y Johannesburgo. En todos estos puntos encontré lenguas, costumbres, comidas, brisas y músicas distintas. Me traje conmigo esas imágenes, las experiencias de los colegas que disertaron conmigo -que pueden accederse a través del sitio web de IFLA-, algunos libros, un puñado de regalos que adornarán nuestra casa, muchas historias que contar, muchas palabras nuevas aprendidas en otras lenguas… y me traje a Matías, un pato-títere de peluche que, originalmente, se llamaba Aelling, y que una bibliotecaria de Copenhague me regaló -como un tesoro de valor incalculable- para que lo hagamos trabajar en estas costas, pues ya había trabajado mucho con sus niños en Dinamarca.
Ya ven: de esto se trata un viaje. Muchas horas de avión, muchas horas de espera en aeropuertos, muchas horas caminando calles de ciudades que apenas conoceremos pero que nos marcan, de una forma u otra… Y mucha gente, y sus palabras, y sus apretones de manos, y sus abrazos, y las copas de vino que se comparten… Y los paisajes que se graban en la retina para siempre, y las historias que inspiran para luego contar otras, otro día u otro año. Pero sobre todo, la sensación de que, al fin y al cabo, y más allá de odios nuevos, dolores viejos, desconfianzas comprensibles y diferencias culturales, vivimos en un mundo pequeño y somos todos seres humanos. Algo que muchos, todavía, deben comprender.
Saludos desde una Córdoba soleada, con todos sus jacarandá despeinados, como suele decir Sara…

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agosto 20, 2007

Con un océano en medio

Por Sara Plaza

Así fue como vivimos la última semana Edgardo y yo. A él se lo llevaron por los aires varios de esos pájaros desplumados que surcan el cielo dibujando estelas blancas; ésas que muchos hemos seguido con el dedo índice desde chicos, o dicho adiós con toda la mano cuando llegaba el momento de una despedida. A mí me siguieron sujetando a la tierra mis dos pies y permanecí en el mismo pedacito hasta su regreso. Aunque por espacio de una semana pisamos continentes distintos, recorrimos calles diferentes y nos detuvimos en parques con nombres muy diversos, ambos vimos crecer la misma luna cada noche, aunque ésta llegase antes a su orilla que a la mía. Y por supuesto las mismas estrellas nos sonreían… A mí, de pequeña, me contó “El Principito” que a él las estrellas siempre le hacían reír, que eran como miles de cascabelitos blancos, pero nunca supe por qué eran blancos esos cascabelitos… De un poco más mayor me acabo de enterar, gracias a “Lo que cuentan los tobas”[1], que en el cielo hay un mortero (“aranak-ki”) y que en ese mortero muele la fruta del algarrobo (el “amap”del “mapik”) una vieja. Resulta que la harina que esta vieja hace en el aranak-ki con el amap del mapik del cielo se esparce, y por eso las estrellas son blancas. Así es.[2]
Pues bien, mientras yo leía a Terán en Córdoba, Edgardo presentaba en Pretoria, Sudáfrica, en el Satellite Meeting (“Encuentro Satélite”) de la Sección a la que pertenece, previo al Congreso de IFLA 2007, su conferencia sobre “Juegos tradicionales, música y tradición oral. Herramientas intangibles en bibliotecas multiculturales”. En esa conferencia él contaba otro maravilloso cuento de los Qom que explica por qué cuando un cazador entra en un pedazo de bosque que desconoce, le parece escuchar el sonido de un viejo árbol quebrándose. Se trataría del Dueño del Bosque reconociendo al intruso, quien debe pedirle permiso para seguir avanzando por el bosque y rogarle que sea misericordioso y le provea con algo para comer. Así trataba de explicar toda la carga cultural que puede llevar consigo cada una de las leyendas que narra y aprende un pueblo de generación en generación.
Y al tiempo que él hablaba de multiculturalidad, yo seguía adelante con las experiencias sobre educación intercultural bilingüe en Argentina (ver entrada anterior de este blog), y las reflexiones que al final del texto que las recopila hacen destacados miembros de PROEIB Andes y del Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología de la Nación. De manera, que además del mismo cuarto creciente de la luna, compartíamos las narraciones de uno de los pueblos originarios de este país y un poco de marco teórico sobre cultura, lengua, identidad, multi e interculturalidad, etc. También teníamos a la vista los mismos árboles, pues a Pretoria le dicen “La ciudad del Jacarandá” y Córdoba los tiene muy lindos, todos despeinados en esta época del año.
Al tiempo que Edgardo visitaba un día la municipalidad de Pretoria y al siguiente su Museo de Historia Cultural, yo me sentaba dos tardes consecutivas en la misma butaca del Cineclub Municipal “Hugo del Carril” de Córdoba para ver un par de documentales del ciclo “Pasiones Argentinas”. El primero lo dirigía Susana Neri, “El toro por las astas”, el primer título de una serie que quiere revisar la situación actual de la mujer y que trataba sobre los embarazos no planificados. El segundo era obra de Ulises de la Orden, “Río Arriba”, y me permitió recorrer la región de Iruya (provincia de Salta, noroeste de Argentina), llenándome casi del polvo de sus senderos, y dejándome parada frente a algunas comunidades Kolla[3], los valles andinos y las terrazas que se van desmoronando al haber sido abandonadas desde hace más de 70 años, cuando los indígenas que las mantuvieron en pie tuvieron que irse a trabajar a los ingenios azucareros de Salta. Si las imágenes son hermosas, ni qué decir tiene la belleza de los sonidos que recorren los 72 minutos de documental. Está el río, está el telar, está el camino, está el viento, está la noche con velas que la iluminan, está la música del maestro humahuaqueño Ricardo Vilca, están el pasado y el presente, y quizás algo de ese pedazo no nos pertenece pero que es hacia el que transitamos, y que seguro andarán nuestros hijos después de nosotros, y los hijos de nuestros hijos después de ellos.
Y así, conociendo Edgardo un poco más de otro continente, y yo un poquito mejor el trocito del que piso a diario, el uno en Sudáfrica y la otra en Argentina, no dejamos de levantar puentes y más puentes que sorteasen la inmensidad del océano que nos separaba, y cruzando por cualquiera de ellos pudimos encontrarnos a lo largo de los últimos siete días.
Eso me llevó a releer ayer varias veces, “Puentes” de Gari Di Pietro y Elsa Borneman, una de las canciones que aparece en el disco “Lila” de Luna Monti y Juan Quintero (viejos conocidos de nuestro blog, que ya les presentamos en la sección de “la música que escuchamos”), que les comparto a continuación:

Yo dibujo puentes para que me encuentres
un puente de tela con mis acuarelas
un puente colgante de tiza brillante
puentes de madera con lápiz de cera.

Puentes levadizos, plateados, cobrizos
puentes irrompibles, de piedra, invisibles
y tú, ¡quién creyera!, no los ves siquiera
hago cien, diez, uno, no cruzás ninguno
mas como te quiero dibujo y espero…

bellos, bellos puentes, para que me encuentres

Además, me llevó a darme cuenta de que, mientras Edgardo presentaba su conferencia con diapositivas que recordaban a un texto infantil, yo dibujaba en casa, con ese mismo estilo (que siempre ha sido el mío), una noche estrellada con luna y un árbol despeinado en medio del pasto. Al tiempo que él contaba la historia del Dueño del Bosque de los qom y mostraba el texto escrito en esa lengua, yo le daba nombres a las distintas partes de ese dibujo con las palabras en wichí, chorote, chulupí, guaraní y también toba, que había aprendido del libro “Te contamos de nosotros” del que les hablaba en la entrada anterior. Cuando él hablaba sobre su experiencia con comunidades indígenas y bibliotecas en el noreste argentino, yo masticaba las que narraban sus niños en esas páginas.
De manera que a pesar del océano que se nos puso en medio esta semana, seguimos compartiendo nuestro trabajo, nuestro estudio, nuestras ilusiones, nuestros pasos. Bien pudiera ser que en la voluntad del encuentro estuvo el éxito de nuestros puentes, y me pregunto si no podría ser así entre los pueblos, entre los profesores y los alumnos, entre los bibliotecarios y los usuarios de las bibliotecas, entre distintas generaciones, entre diferentes culturas, entre varias lenguas… Opino que sí. Pese a nuestras diferencias, o tal vez precisamente por ellas, hemos podido encontrar muchos lugares comunes, espacios de trabajo, de discusión, de reflexión… y eso no nos ha impedido andar a cada uno con nuestros propios pasos, tropezarnos a veces, caernos unas cuantas, y apoyarnos muchas más para seguir adelante.
Así es.


[1] Una recopilación de narrativa oral del pueblo Qom o toba, del noreste de Argentina, escrita por Buenaventura Terán y publicada por Ediciones del Sol en 1994, como el número 20 de su “Biblioteca de Cultura Popular”, que, por cierto, incluye otros títulos interesantes.
[2] Tradicionalmente, los relatos orales de los pueblos del Chaco argentino finalizan con frases como “Así es”, “Ahí está”, “Terminó esto”… como una especie de “Colorín, colorado…” en los cuentos europeos.
[3] Los Kolla o Qolla no son un pueblo originario de Argentina, si bien son comprendidos como tales. Se trata de la unión de los sobrevivientes de las comunidades prehispánicas de la región con los estratos blancos y con una fuerte inmigración de pobladores Aymara y Quechua procedentes de Bolivia. Poseen una cultura típicamente andina, pero a la vez, fuertemente mestizada.

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agosto 12, 2007

Un libro de chicos para chicos y no tan chicos

Por Sara Plaza

Se trata de las narraciones de chicos aborígenes de la provincia de Salta, en el noroeste argentino, que aparecen en el libro “Te contamos de nosotros” publicado en el año 2005 por el Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología de la Nación y la Organización Derechos Humanos “Cháguar”. En él, algunos niños y niñas de las etnias wichí, colla, chiriguano-guaraní, toba (qom o qom lek en su propio idioma), chulupí (nivaklé) y chorote (iyojwáha) comparten sus paisajes, sus costumbres, sus cuentos, sus leyendas y algunas palabras en su idioma.
El libro llegó a nuestras manos de las de los dos ermitaños que nos acogieron en el barrio de Floresta, Buenos Aires, hace unos días. En la portada aparecen los ojos oscuros y rasgados de un niño, y es imposible mirar hacia otro lado cuando te encuentran. Por la misma razón, resulta imposible dejar de leerlo una vez que lo abres por cualquiera de sus páginas y dejas que la realidad te escupa a la cara sus colores, sus olores, sus texturas. Los dibujos de los más pequeños cautivan los sentidos de un modo tal, que uno no puede evitar pasar el dedo por cada uno de sus trazos intentando asir un pedazo de aquella tierra, de aquel monte, de ese otro valle, del río, de la corteza de un yuchán, de la olla donde fermenta el fruto del algarrobo, de las fibras de cháguar, de las redes de tijera, de los hatillos de cabras…
Así, recorriendo el Chaco salteño, los ríos Bermejo y Pilcomayo, y adentrándose en el corazón de los Andes y en sus valles a más de 2500 metros, uno va transitando por empinadas cuestas, hundiéndose en las tierras anegadas, cubriéndose del polvo de los caminos, para descubrir con asombro que se cruzó con diversas culturas en su andar y ninguna de ellas le dejó indiferente. Culturas de cientos y miles de años, como cuentan los niños que les contaron sus abuelos. Culturas que estaban allí antes de la llegada de los extranjeros, como Osvaldo Bayer lo narra en el primero de los prólogos del libro. Culturas a las que no se ha atendido en su diversidad ni en su bilingüismo, por más que así conste que se tiene que hacer según lo estableció en el art. 75, inc. 17, la reforma de 1994, tal y como lo explica Beinusz Szmukler, el segundo prologuista. Culturas “ignoradas, despreciadas, maltratadas” según lo anota Eduardo Galeano en su última página. Culturas, comunidades indígenas, que siguen allí con sus modos de pensar, de hacer y de decir, con el mismo antiguo respeto por la naturaleza que los alimenta y los cobija, por cada animal y cada planta, por la lluvia, por el sol, por la tierra, por los antiguos y por sus hijos. Culturas golpeadas, diezmadas, olvidadas. Culturas que se marchitaron con el embate de la “civilización”, que retrocedieron ante el brutal empuje de los nuevos usos y costumbres de los sucesivos conquistadores que les robaron, saquearon, asesinaron. Culturas a las que se les llamó de modo diferente a como ellos mismos se denominaban, a las que se nombró despectivamente, a las que se quiso enseñar a re-escribir su historia en otro idioma y con nuevos héroes.
Los hijos de algunas de ellas son los que cuentan en el libro cómo se llaman, a qué juegan, qué comen, en qué trabajan sus papás y sus mamás, cómo van a la escuela, qué pasa cuando llueve mucho, cómo se prepara la aloja, como se teje una yica, qué instrumentos hacen sonar los músicos, quiénes son sus caciques, qué animales viven en su región, que plantas cultivan, cuáles recolectan, cuáles se usan para el resfrío y la tos y cuales para el dolor de estómago, quiénes les cuentan historias, cómo ayudan a sus familias… todo un gran universo con las mismas estrellas que vemos los criollos, los mestizos, los venidos de otra parte del mundo.
Un universo que llevo tiempo tratando de conocer o, al menos, de dejar de desconocer tanto, gracias a nuestros viajes, a nuestro trabajo, a las personas que viven en él y amablemente nos han abierto sus puertas y dejado vislumbrar un pedacito de sí mismos, a los museos etnológicos, antropológicos y de historia, a las ferias de artesanía, a algunos documentales y a un buen puñado de lecturas, infantiles, juveniles y para adultos (no me gustan mucho estas clasificaciones, pero así estaban dispuestos en la biblioteca) de los que me nutro en una biblioteca cercana y en la nuestra más chiquita. Sobre los pueblos originarios de Argentina empecé a aprender un poquito con algunos libros de viajes, y luego con los de cuentos y leyendas. Me crucé con el que escribió el antropólogo Carlos Martínez Sarasola para jóvenes, “Los hijos de la tierra, historia de los indígenas argentinos” (adaptación de su obra “Nuestros paisanos los indios”; un resumen más didáctico para los no iniciados), luego me leí un buen puñado de los que publicó Miguel Ángel Palermo, que edición tras edición (las de libros del Quirquincho, las de Sudamericana, las de LAZ, las del CEAL…), aparecen con mucha más información sobre los pueblos que cuentan las historias que él recoge. En Buenos Aires, nos hicimos con un par de compilaciones de Buenaventura Terán, en ediciones del Sol, que están narradas por los propios indígenas y que son una verdadera joya. Editorial Sudamericana también cuenta con obras muy interesantes, como la de Lucía Gálvez, “Guaraníes y Jesuitas. De la tierra sin Mal al Paraíso”. Digamos que uno tiene que leer bastante y variado para tratar de empezar a entender, y que enseguida van a aparecer un montón de contradicciones y a surgir un puñado de interrogantes.
Desde los años previos a la conquista hasta hoy, se han dicho muchas cosas, se han hecho unas pocas, y las cosas no han cambiado demasiado en el imaginario de la mayoría. Por eso, me detuve estos días en las publicaciones del Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología de la Nación, tratando de atrapar un poquito de la realidad actual de las comunidades indígenas que hoy están presentes en el país. El panorama no es muy alentador, y si uno ojea despacito la sistematización de experiencias que aparece en la obra “Educación Intercultural Bilingüe” editada por el MECyT se dará cuenta de que prácticamente está todo por hacer por más que durante años se hayan desarrollado muy valiosas prácticas en el campo de la EIB. Los mismos niños que escriben y dibujan en “Te contamos de nosotros”, son los que antes dejan del sistema educativo, los que no encuentran respuestas a sus preguntas (suponiendo que se les permita enunciarlas), los que siguen siendo discriminados y segregados.
Yo soy feliz aprendiendo, pero tengo mi ritmo, mis gustos, mis manías…, como cada cual supongo, y nada de eso es contemplado normalmente en las aulas. Cada vez tengo más dudas sobre la escuela y la enseñanza que en ella se pretende dar, por más iniciativas loables que se intenten implementar. En muy raras ocasiones ofrece atención a la diversidad aunque sea la palabra de moda en todos los discursos educativos. Particularmente, estoy mucho más a gusto en situaciones en las que todos tenemos algo que contarnos y es valioso no sólo lo que yo creo saber, sino lo que el otro sabe también. Desgraciadamente, la escuela sigue considerando mejores sus propios conocimientos que los de quienes acuden a ella, por eso, la mayoría de las veces, en lugar de permitir a cada cual desarrollar sus capacidades, con sus tiempos y a su modo, dando la oportunidad de aprender a todos, lo que hace es enseñar a unos pocos y doler a la mayoría… Ya sé que la escuela se jacta de lo contrario, pero sólo hay que echar un vistazo y fijarse en quiénes se enfrentan con el fracaso escolar y en cuantas personas siguen sin saber leer ni escribir, para darse cuenta de que no hay millones de tontos en el mundo sino una escuela que sigue siendo muy injusta y continúa sin saber dar respuestas a un gran número de alumnos. Niños y grandes, indígenas, campesinos, parados, inmigrantes, personas con necesidades educativas especiales, sin las necesidades más básicas cubiertas, con distinta lengua, con diferente cultura, costumbres, formas de comunicación, modos de interpretar el mundo, también quieren decir sus palabras… Si la escuela no es capaz de dársela, y en la mayoría de los libros aparecen hablando por boca de otros, ¿cómo pretendemos saber lo que piensan?
Osvaldo Bayer recomienda en el mencionado prólogo, que “seamos todo oídos” y que recorramos el camino “con las manos en sus manos” y “aprendamos de sus relatos”. A las bocas y a las manos de sus hijos también las menciona Eduardo Galeano al final del libro al que me he venido refiriendo una y otra vez en estas líneas. Hay mucho por hacer y todos tenemos una gran responsabilidad de la que hacernos cargo. En la punta del iceberg estaríamos los bibliotecarios y los docentes, pero todos sabemos que hay una realidad (quizás varias) que cambiar, y en el tablero somos muchos los jugadores que tenemos que disputar la partida. De que no haya perdedores depende nuestro compromiso, nuestra honestidad y nuestra coherencia personales y profesionales, seamos maestros, médicos, políticos, carpinteros, albañiles, abogados, sindicalistas, trapecistas, poetas, barrenderos, altos, bajos, rubios, morenos, hombres, mujeres, guapos, feos, simpáticos, antipáticos, callados, habladores, niños, ancianos, fumadores, no fumadores… Los unos y los otros, los unos con los otros.

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agosto 08, 2007

Sobre algunas “revistas académicas” mal entendidas…

Por Edgardo Civallero

Hemos estado dando vueltas por Buenos Aires, mi ciudad natal, un lugar que nunca deja de asombrarme por sus contrastes, pero sobre todo, por una vida cultural que en el resto de la Argentina no está tan disponible (lo cual habla de una centralización de recursos en Buenos Aires que a mucha gente del resto del país no nos gusta mucho). Después de solucionar nuestros asuntos por la capital, nos dedicamos a recorrer un poco los museos y las exposiciones presentes en la urbe… Pero de eso les contaremos en otra entrada.
A nuestro regreso me encontré con una agradable sorpresa en mi casilla de mail. Una revista latinoamericana de bibliotecología -que me había invitado a publicar en ella- había rechazado un artículo mío, por considerar que no se ajustaba a sus criterios académicos. Hasta aquí, nada anormal: son muchas las publicaciones que consideran que lo que escribo no es lo suficientemente correcto, algo que es la pura verdad. Poco de lo que escribo es bueno (buena prueba de ello son estas páginas, ¿verdad?) y no siempre me ciño a estándares “científicos” que, aunque conozco por mi formación previa como biólogo, me empeño en no respetar porque no siempre el lenguaje “científico” expresa información valiosa, y no siempre puede hablarse de bibliotecología usando ese lenguaje. El problema estuvo en la evaluación que me adjuntaron, realizada (en forma individual, algo asombroso para un peer-review) por una “gran persona” de una de las instituciones más “prestigiosas” de nuestro universo profesional.
Contarles que la evaluación estaba llena de pre-conceptos academicistas y de prejuicios sobre temáticas diversas sería decir poco. Quizás lo que más me asustó fue el punto en el cual se criticaba la ideología de partida, la bibliografía empleada y los autores elegidos y no elegidos.
En fin, para evitarles palabrerío, les resumiré lo que pude entender de la evaluación… Y lo hago desde mi propia posición de árbitro pasado y presente de revistas de bibliotecología.
Parece ser que para escribir un artículo “académico” debe partirse de una ideología neutral y científica, es decir, aséptica. Algo que, en artículos vinculados con prácticas sociales, es sencillamente imposible. Y algo que muchas corrientes bibliotecológicas de avanzada comienzan a considerar, incluso, como anti-ético.
Además, la interdisciplinariedad es evitada con la frase “eso no es bibliotecología”, lo cual es un problema agregado a aquellos artículos que tomen prestadas experiencias, categorías y metodologías de disciplinas como la sociología, la antropología, la lingüística o la educación (pero no la estadística: esa luce como “más científica” y le queda bien a la bibliotecología).
La bibliografía consultada debe ser “de calidad”, es decir, pertenecer a revistas o conferencias que figuren en bases de datos internacionales, o que tengan renombre y prestigio (¿y eso como se evalúa?), y que hayan sido publicadas bajo régimen de referato. Los artículos de Acceso Abierto son vistos como de “escasa o nula calidad”, aunque hayan sido referados previamente… lo mismo que aquellas revistas que, por buenas que sean, no figuran en las grandes bases de datos… Tampoco sirven las experiencias no publicadas (y las mejores experiencias escolares, por ejemplo, nunca son publicadas) ni las comunicaciones personales o las investigaciones que no estén fundamentadas sobre bibliografía, escrita y “de buena calidad” (busquen de eso en “bibliotecas indígenas”, a ver que encuentran…).
Los autores citados deben ser los más reconocidos dentro de la disciplina o temática. Si no se los cita, algo anda mal. Esto, por cierto, viola uno de los primeros principios del método científico, tal y como lo planteó Dalton hace siglos: no tener en cuenta a la autoridad precedente, y dudar siempre de ella, y desafiarla si es posible… (Afortunadamente para la ciencia actual, los más famosos científicos se olvidaron de sus predecesores y fueron llamados “grandes revolucionarios” y “mentes lúcidas”… pero en bibliotecología, eso es un pecado).
Debe citarse toda la bibliografía disponible, incluyendo las tesis. Esto sirve si uno trabaja en entidades con grandes bibliotecas y buena producción de tesis, pero… ¿qué pasa con aquellos que trabajan sin acceso a bibliotecas, disponiendo solamente de los recursos que pueden encontrarse en línea? ¿Y con aquellos en cuyas bibliotecas no está toda la información disponible? Parece ser que no pueden publicar, porque, como bien sabrán, no todas las tesis están en línea (y mucho menos las de bibliotecología), tampoco todos los trabajos de investigación… y ni siquiera muchas revistas académicas, que están bajo siete llaves (caras, como bien saben).
Las ideologías como el “indigenismo”, el “socialismo” o el “comunitarismo” deben evitarse… Los trabajos sociales son mirados con sospecha… Las herramientas cualitativas, más aún. Si los resultados no son expresados con cifras, no son creíbles: se trata del reino de la estadística y del número (aunque las últimas corrientes bibliotecológicas estén haciendo un énfasis gigantesco en la necesidad de usar herramientas que no conviertan al ser humano en una ecuación….).
Hay mucho más, pero estas recomendaciones sirven para que muchos dejemos de escribir… para esas revistas, al menos. Parece ser que la receta está en armar un marco teórico con muchas citas bibliográficas de los más lucidos autores, desarrollar una experiencia que sea cuantificable (aunque se falseen o dibujen los resultados) y mantener un tono políticamente correcto, sin ideologías ni posturas visibles.
He leído muchos de estos artículos “académicos”, que no son más que evaluaciones de experiencias numéricas dentro de instituciones, o temas similares. Y he leído muchos otros artículos, que intentan construir teoría, desafiar conceptos existentes… Esos artículos que hacen pensar, que proporcionan herramientas valiosas para ser aplicables y replicables en otras bibliotecas, son los que no se publican en las revistas “académicas”, sencillamente porque “violan” (en todos los buenos y malos sentidos de la palabra) las normas existentes, las grandes y famosas “biblias” de la bibliotecología y el trabajo de muchos autores que no hacen más que dibujar números. No resto valor a las experiencias contadas en esas revistas: su revisión, y la extracción de normas generales a partir de casos particulares es la base de la Bibliotecología Basada en la Evidencia, una corriente de la que participo y que está cobrando cada vez más auge (y que es totalmente “científica”, dicho sea de paso). Pero considerar a eso como “académico” y al resto como “no académico” me parece una especie de discriminación…
¿Hasta qué punto tienen valor los artículos y las revistas “académicas”? ¿Hasta que punto nos permiten crecer, informarnos, aprender? Y, sobre todo, ¿hasta qué punto nos hacen pensar? ¿Hasta que punto no nos dan cosas fáciles, acordes con las normas vigentes, edulcoradas con muchas citas grandiosas y mucha bibliografía nuevecita para que las creamos más importantes?
¿Qué pasa si tomo un artículo mediocre y lo sazono con muchas citas de libros y revistas que nadie podrá acceder a leer, y con números cuya veracidad nadie podrá comprobar? ¿Se convierte automáticamente en respetable? ¿Y qué pasa si escribo sin eso, pero basándome en experiencias reales, en creencias e ideas chequeadas sobre el terreno? ¿Qué pasa si expongo abiertamente mi opinión y mi ideología?
Es interesante ver como muchas revistas de bibliotecología han ido muriendo en el silencio, cada vez menos consultadas, excepto por aquellos que prefieren decir “leí en tal revista” a decir “leí tal cosa”. Y es interesante ver como muchas otras -pequeños boletines, publicaciones gratuitas de acceso abierto, e incuso blogs comunitarios y wikis profesionales- están teniendo un mayor valor y una consulta más amplia. Pregúntense por qué será. Quizás muchos prefieran leer realidades visibles (con sus aciertos y sus errores, pero humanas) en donde el autor es tangible y se lo ve como humano, a leer historias en donde el autor es visto como un dios más allá del bien y del mal, escudado en bibliografía y en citas y en números…
Sigamos leyendo, sigamos escribiendo, sigamos publicando. Pero no olvidemos que el valor o la veracidad de una palabra están en ella misma, y no en el disfraz que le pongamos alrededor.
Por mi parte, seguiré intentando…
Un saludo cordial desde una Córdoba gélida….

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agosto 01, 2007

Bibliotecas e indigentes

Por Edgardo Civallero

Durante las improvisadas “vacaciones” que nos hemos tomado durante el mes de julio -que de descanso tuvieron poco, pero que nos dieron un respiro para poder leer y ponernos al día con muchas actividades- encontré, en mi colección de la revista estadounidense “Progressive Librarian”, unos cuantos artículos que me llamaron la atención, y cuyos contenidos pretendo compartir con ustedes en estas páginas, durante las siguientes semanas en las que, además, estaremos remodelando algunas secciones de la bitácora.
“Progressive Librarian” es una publicación editada por Progressive Librarian Guild, un grupo que funciona en el Norte desde hace décadas, y que agrupa a personalidades de la bibliotecología “progre” como Mark Rosenzwaig (el autor de los famosos “10 puntos de Viena”, el decálogo de los bibliotecarios progresistas), John Buschmann o nuestra gran amiga Elaine Harger, entre otros. “Progressive Librarian” ha publicado artículos de bibliotecarios radicales como Sandford Berman (un crítico lúcido e incansable de los sistemas de catalogación, sobre todo de sus pudores en cuanto a temas sexuales) o Shiraz Durrani, más centrado en las problemáticas informativas y sociales de África. Si bien los artículos suelen centrarse en problemáticas estadounidenses y están escritos en inglés -lo cual puede representar un par de barreras para muchos bibliotecarios latinoamericanos- la revista aborda, en muchas ocasiones, temáticas comunes a la profesión global. Como la que he seleccionado para esta entrada: los indigentes y las bibliotecas públicas.
El artículo es de Karen Venturella, una referencista de ciencias sociales de la biblioteca pública Queens Borough de New York, que antes de ser bibliotecaria había trabajado en Philadelphia con indigentes o “sin techo” (“homeless people”, en inglés). El artículo fue publicado en el verano (boreal) de 1991, en el nº 3 de la revista (pp.31-42) y ofrece un abordaje a una temática peliaguda: ¿cómo debemos tratar los bibliotecarios en general, y los del ámbito público-comunitario-popular en particular, a las personas sin techo que buscan refugio en nuestras bibliotecas?
La pregunta carga de por sí un tinte discriminador. ¿Es que debemos tratarlos de alguna forma especial, siendo como son, lectores como el resto, y siendo la biblioteca (particularmente la pública, o de universidades públicas, o de instituciones públicas) una institución creada y pensada para satisfacer las necesidades de toda la población? Parece ser -de acuerdo al artículo de Venturella- que este tema comenzó a preocupar a los bibliotecarios estadounidenses desde hace décadas, y que ya en los 80’ la ALA (American Library Association) comenzó a organizar talleres al respecto. El problema parecía apuntar a que muchas personas “sin techo” sólo buscaban refugio en la biblioteca, y no información. Por otra parte, eran muchos los usuarios tradicionales de esas instituciones (y los propios bibliotecarios) que se quejaban por la presencia de individuos que, según ellos, “carecían de higiene”, “se comportaban indebidamente”, “eran inadaptados sociales”, “daban miedo”, “portaban enfermedades infecto-contagiosas” y un largo etcétera de preconceptos sumados a incomodidades y problemas reales (como por ejemplo, personas “sin techo” que ocupaban varias sillas de la sala de lectura para dormir). De acuerdo a la directora de la biblioteca pública de Salt Lake City, Glenda Rhodes…

“Después de que los bibliotecarios comprendieron la inutilidad de pedir ayuda a las agencias gubernamentales, cuyos recursos económicos han sido severamente disminuidos, y después de recordarse a sí mismos que la apariencia o el status económico no son criterios para limitar el uso de la biblioteca, se desmoralizaron… Los trabajadores de la biblioteca se cansaron de despertar gente y se frustraron de tanto oír las quejas de otros usuarios…”

Algunos comentaristas estadounidenses, según cita Venturella en su texto, se opusieron a que la biblioteca se hiciese cargo de sus usuarios “sin techo”. Es el caso de Herbert White, quien expresó que “no debemos aceptar como propio un problema que no es nuestro” y que concierne a otras agencias estatales. Muchos colegas no deseaban convertirse en trabajadores sociales, un rol que, según ellos, no les correspondía. Tampoco querían hacerse cargo de una problemática que, desde su punto de vista, nada tenía que ver con ellos ni con sus actividades…
Joe Greiner planteaba el problema en estos términos: “Por un lado, está la responsabilidad de mantener un ambiente seguro, agradable y amigable para todos los usuarios de la biblioteca, y por el otro, está la responsabilidad de la biblioteca de actuar como una agencia social democrática”. Es importante recordar, además, lo que señalaba Patsy Hansel, presidenta de la Asociación de Bibliotecas de Carolina del Norte: “algunos de nuestros usuarios sin techo usan la biblioteca apropiadamente, y otros no, tal y como ocurre con algunos de nuestros usuarios más fieles”.
No hay líneas-guía de acción ni prácticas comunes sobre este tema. Hay tantas formas de tratar con estos usuarios como bibliotecarios existen. Esto ocurre porque son muchas las bibliotecas que no cuentan con políticas definidas al respecto.
Muchos profesionales aceptaron que los problemas de su sociedad son sus propios problemas, lo cual, desde mi punto de vista, es una manera bastante comprometida y correcta de hacer política cotidiana y de participar en la misma en forma activa. El principal punto era buscar asesoramiento de entidades y organizaciones gubernamentales o civiles que proveyeran de información acerca de cómo asesorar y aconsejar a los “sin techo”, lo cual no deja de ser una manera de brindar ayuda. La respuesta fue bastante vaga y frustrante, de acuerdo al artículo de “PL”. Aún así, continuaron su búsqueda, porque reconocieron que los individuos “sin techo” poseen necesidades de información y requerimientos específicos, y son el resultado de una crisis que nos incumbe a todos, algo que muchas otras bibliotecas fallaron en reconocer.
En general, las bibliotecas (públicas, en especial) están comprometidas con dar respuesta a las necesidades de información del público. ¿Incluye tal cosa la provisión de información sobre dónde conseguir comida, refugio y abrigo? La Biblioteca Pública de Dallas creyó que sí, y organizó una base de datos, en colaboración con otras agencias estatales, en la cual se listaban servicios y opciones para los sin techo. Mary Bundy organizó un curso para estudiantes de bibliotecología en la escuela de la Universidad de Maryland, enseñándoles como responder a las necesidades de información de los indigentes. El listado se extiende, y enfatiza los aspectos profesionales e informativos de la institución”biblioteca” en relación con los más desfavorecidos de su propia comunidad.
Por otro lado, ¿qué servicios, espacios y actividades de extensión pueden ofrecerse a los “sin techo” desde la biblioteca? La biblioteca de Haverhill, en Massachussets, fue directamente al grano. En una ciudad con unos 150 indigentes (hablo de 1991, fecha del artículo que cito), la biblioteca destinó una sala específicamente para alojar y atender a los “sin techo”, con capacidad para unas 20 personas. El ejemplo fue citado en periódicos como el New York Times (19.01.1989). Otro proyecto similar tuvo lugar en la Biblioteca Pública de Milwaukee, la cual operó como un centro de día para los “sin techo”, organizando servicios de información sobre trabajo y techo, y talleres para desarrollar destrezas laborales. La Biblioteca del Condado de Mulmomah, en Oregón creó una sala de lectura con actividades puntuales para los indigentes, lo mismo que la del Condado de Shelby, en Tennessee….Como último ejemplo, la oficina de servicios especiales de la Biblioteca Pública de New York organizó servicios de extensión para aquellos “sin techo” que estaban residiendo en “residencias para indigentes” dentro de la ciudad.
Muchas otras bibliotecas han ido mas allá, organizando programas de refugio y comida para sus usuarios desfavorecidos, en especial dentro de aquellas ciudades donde los niveles de desamparados han escalado inusitadamente (p.e. Tulsa, Dallas, New York…).
El artículo de Venturella concluye especificando que es necesario que las bibliotecas establezcan sus prioridades y sus políticas definidas en relación a este problema, dependiendo, evidentemente, de sus posiciones, de sus recursos y de sus conexiones en la propia estructura local.
Tras leer el artículo, me pregunté cómo reaccionamos nosotros, en América Latina (en mi caso, en Argentina) ante estas situaciones. Conozco un número alto de ejemplos en los cuáles la entrada es negada a la biblioteca, y casos de colegas que expresan abiertamente que esos no son problemas de su incumbencia. Pero también conozco innumerables casos de instituciones paralelas (p.e. escuelas) que brindan ayuda, alimento y contención a sus niños más desprotegidos, insertas en forma comprometida en la dinámica del grupo social al que atienden.
Evidentemente, considerar al “niño de la calle”, al indigente o al “sin techo” como un delincuente en potencia es una actitud errada, basada en un puñado de malas experiencias o en percepciones distorsionadas de un problema mucho más amplio. Es verdad que existen unas normas de convivencia y comportamiento que debemos hacer respetar, pero también es verdad que dejarnos llevar por preconceptos y prejuicios puede conducirnos sencillamente a la discriminación, a la exclusión y al olvido.
Reconozco que, en muchas sociedades de nuestro continente, no existen estructuras gubernamentales que se ocupen de dar respuesta a estas necesidades y que, por lo tanto, la biblioteca se encontraría “sola ante el peligro” si pretende abordar estas situaciones. También sé -por propia experiencia- que los recursos siempre son pocos, y que destinarlos a problemáticas puntuales es irreal. Pero, en algún momento, debemos tomar partido, debemos posicionarnos, debemos pensar qué hacer y cómo hacerlo, y, sobre todo, por qué.
Sería de esperar que, a la hora de tomar esas decisiones, no permitamos que el peso de los prejuicios nos lleve a dar la espalda a personas que jamás tuvieron la oportunidad de decir si querían o no estar en esas situaciones tan desfavorables. Quizás baste con un poco de cordura, un poco de prudencia y de equilibrio a la hora de definir acciones. Pero quizás sea eso -cordura, prudencia, compromiso- lo que más nos falte en el mercado de valores de hoy en día…

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