Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

abril 13, 2008

[La “Sociedad” conoce] “El precio de todo y el valor de nada”

Por Sara Plaza

La sociedad con “S” mayúscula a la que se refería Oscar Wilde a finales del siglo XIX era la aristocracia londinense de la época victoriana. Un grupo al que el autor irlandés parodió en muchas de sus obras, destacando la impotencia del bien para lograr un final feliz entre los altos muros de su superficialidad. Una superficialidad que sigue manteniéndose más de un siglo después en otras muchas “clases altas” del mundo. Altas no por su estatura moral sino por las cifras astronómicas de sus cuentas bancarias y sus elevados niveles de corrupción e hipocresía.
Esa sociedad que para escucharse a sí misma necesita silenciar las voces disonantes, tiene muy poco que decir y mucho de lo que avergonzarse. Esa sociedad que sabe cuánto cuesta todo, se encarga de que una gran mayoría de personas piensen que no valen nada. Esa sociedad que se cree sus propias mentiras, habla de tener fe en la verdad. Esa sociedad que desprecia la memoria, es la que nos cuenta la historia. Esa sociedad que desprecia la vida de muchos, tiene un “plan” que “asegura” la suya. Esa sociedad que no se cocina pero gusta de la buena mesa, está desforestando los montes, envenenando los ríos, hiriendo de muerte enormes pedazos de tierra. Esa sociedad que se prodiga en dádivas miserables, se apropia de lo que no es suyo y se considera dueña de lo que nos pertenece a todos.
A esa sociedad en la que tienen cabida muy pocos se han opuesto muchos, pero el estruendoso avance de millones de pies descalzos, de millones de manos agrietadas, de millones de bocas hambrientas, de millones de miradas apagadas, de millones de sueños desterrados sigue sin derrumbar sus paredes ni hacer temblar demasiado sus cimientos. En algunos puntos quizá no sean tan fuertes como antaño pero su estructura sigue siendo ejemplo de eficacia arquitectónica. Su vigor tiene mucho que ver con el desencanto de quienes en su día vieron marchitarse muchos de sus proyectos y de quienes no encuentran hoy dónde plantar la simiente de los suyos.
Hace unas semanas, mientras Edgardo y yo visitábamos a mi familia en España, el bibliotecario que siempre va con él puso en mis manos uno de los tomos en los que mis padres han ido encuadernando todos los números de la revista “Bustarviejo” que editaba la Asociación Cultural “El Bustar” en mi pueblo, y lo abrió en la número 35-1 de febrero de 1980. En ella aparece una entrevista que el cura párroco de entonces les hacía a mis abuelos maternos. Yo no recordaba haberla leído a mis siete años, así es que fue todo un descubrimiento a mis treinta y cinco. El artículo se titula “Mariano y Jesusa. El sufrimiento de los pobres” y comienza con estas palabras de mi abuela: “Yo ya se lo he dicho a mi hija, yo lo único que le puedo decir a Antonio son penas, nada más que penas. Así que cuando venga lo único que le contaré son penas”. Las finales las pronunció mi abuelo después de escuchar la pregunta de por qué ha abandonado la gente joven el campo: “El campo es lo más despreciado y tirado de todo. El trabajo es más duro, siempre mirando al cielo, a expensas de la lluvia, del clima. Ahí no hay permiso, ni vacaciones, ni pagas extras. Pocas veces el campo da recompensas. Por eso la gente joven, al tener posibilidad de otros trabajos, ha abandonado el campo, pero ha sido por obligación y por falta quizá de que las autoridades no hayan recompensado esto. El campesino tiene que vivir al mismo nivel que los demás. El medianero y el pobre han tenido que abandonar y no han tenido más que disgustos. El único que siempre saca es el terrateniente fuerte. El abandonar el campo no beneficia nada a la nación. El gobierno, en eso, no ha estado acertado. Ha dado de lado al agricultor y este siempre lleva el timón. Yo creo que hay muchos sindicatos y muchas cosas que se podrían reducir y atender más el campo y la ganadería”. Inmediatamente después, el entrevistador llamaba la atención sobre las no pocas denuncias que van impresas en esa intervención de mi abuelo y no pude evitar sonreírme. Claro que hay denuncias entre sus palabras, y no dejaron de sorprenderme en una entrevista en la que mis abuelos recordaban algunas de las derrotas que sumaron a lo largo de su vida. También me sorprendió el buen humor que mostraron sus respuestas en un par de ocasiones pese a su sabor amargo general, y me dolió la aspereza con que mi abuelo habló del desencanto al que me referí antes. Yo sabía que él había elegido luchar en el bando republicano durante la Guerra Civil y que estuvo en un campo de concentración en Francia cuando terminó. Sabía también que nunca quiso hablar de ello y que una y otra vez les pidió a sus hijos que no se metiesen en política. Al ser preguntado sobre la misma durante la entrevista responde: “Yo me lavo las manos, me corté la coleta. Desde que estuve en Francia renuncié a la política”.
Sin duda la guerra, la pobreza, la falta de trabajo, el tener que abandonar el lugar donde uno ha vivido porque dentro de sus fronteras está condenado a muerte o a morirse de hambre, ofrecen motivos más que suficientes para el desencanto, la desilusión y la decepción. Pero los herederos de quienes los experimentaron no deberíamos olvidar que esos son los nutrientes con los que se fortalece la superficialidad que envuelve a las minoritarias “clases altas” del mundo y con los que se revitaliza la injusticia que rodea a las muchísimo más numerosas “clases bajas”. Esos son los elementos indispensables para que las primeras sigan poniendo precio a todo y para que las segundas no reconozcan su propio valor. Por ello, aunque sobren las razones para el desánimo, no tendrían que faltar las que nos impulsen a denunciar una y otra vez el origen y la causa del mismo, pues es en el terreno que conquistemos a la decepción donde germinará la semilla de nuestros proyectos, mientras que en el que fertilicemos con desencanto sólo aumentará la impotencia del bien para lograr un final feliz, tanto en la sociedad con “S” mayúscula como en el resto.
Hace ya algunos años que uno de mis maestros me animó a descubrir los escritos de Wilde y hace sólo unas semanas el culpable de este blog depositó entre los dedos de la cómplice un volumen en el que pude leer a mis abuelos. Al docente y al bibliotecario gracias por las páginas que me descubrieron; a sus respectivos autores gracias por escribirlas y pronunciarlas.

Nota: El título del artículo pertenece a palabras de Lord Darlington en Lady Windermere’s fan del escritor irlandés Oscar Wilde.

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