Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

mayo 04, 2008

La libertad del saber

Por Edgardo Civallero

Cuando el ser humano tuvo memorias y necesitó transmitirlas a sus descendientes, buscando que no murieran, el saber comenzó a circular de mano en mano y de boca en boca.
Y el saber era libre. Era la base del desarrollo de cualquier sociedad. Era la información que permitía ordenar las cosechas, perseguir las manadas, curar las enfermedades y las heridas, levantar una casa o un templo, entender el orden del mundo y recordar los designios de las divinidades.
A su vez, la imaginación humana estalló en mil y una expresiones artísticas: desde la música y el canto al baile y el cuento, y desde la pintura de arena y la escultura en hueso a la talla de piedras y la confección de cestos.
Era mucho ese saber, y, debido a la lógica imposibilidad de ser recordado por una sola persona, su custodia y supervivencia comenzó a depender de grupos determinados. Así, los artistas vivieron, trasmitieron y perpetuaron sus destrezas, los agricultores las que les concernían y los artesanos, las propias.
Muchos hicieron de eso una forma de vida, y se la ganaron, pues, haciendo lo que sabían. Una gran parte del conocimiento disponible, sin embargo, continuó siendo un bien común, necesario para el progreso del grupo.
Desafortunadamente, poco a poco las cosas comenzaron a cambiar. La información comenzó a representar un factor de poder, y fue atesorada por las clases dominantes. El control del calendario -que permitía regular el éxito de las cosechas- y el conocimiento de las sustancias curativas quedaron en manos de unos pocos elegidos, que debían superar arduas pruebas para lograr poseerlo. Con la escritura ocurrió algo similar. Y así sucesivamente. Lo que en principio había sido un bien comunitario en una sociedad horizontal, pasó a ser un bien de consumo en una sociedad vertical. De hecho, quizás fuera uno de los pilares sobre los que dicha estructura piramidal se sustentara.
En la actualidad, aún somos testigos de cómo el saber estratégico se compra y se vende. Estamos tan habituados a ello -veinte o treinta siglos de experiencia nos han domesticado al respecto- que a veces no tomamos conciencia de lo dañina que tal práctica puede resultar. Nuestros médicos, arquitectos, ingenieros, biólogos y demás profesionales de las ciencias deben comprar el saber más avanzado -manejado por compañías editoriales que obtienen enormes beneficios de sus actividades- para poder formarse de manera adecuada. Los que no pueden acceder a esa información -los que no tienen recursos para ello- se ven relegados a una educación y a una capacitación incompletas, empobrecidas, carentes de actualización... Como profesionales de la información, somos partícipes de esos movimientos: al contratar una base de datos para proveer información a nuestros usuarios, estamos aceptando este sistema cruel, y, de alguna forma, permitiendo que se perpetúe.
Parece que no quedan muchas alternativas que tomar, al menos si queremos que nuestras bibliotecas sigan funcionando. Sin embargo, las hay. Los archivos de acceso abierto son un claro ejemplo de ello.
Las discusiones actuales al respecto se están centrando en los derechos intelectuales de los autores. Pocos se enteran de que tales autores apenas si ven beneficios de los desembolsos económicos que realizamos para adquirir el saber que produjeron. La mayor parte de ello queda en manos de los intermediarios, de esos que no escribieron, no investigaron, no se fatigaron, no estudiaron, sino que aprendieron como aprovecharse de la necesidad de los profesionales de publicar y difundir, y de la del resto de leer y aprender.
Esos derechos de autor se mencionan mucho más cuando se habla de música, de literatura y de programas informáticos, en especial en un medio moderno en el cual tales bienes culturales pueden descargarse gratuitamente desde Internet. Las grandes compañías se encolerizan, y recuerdan a los potenciales compradores de sus productos que con la “piratería” se está perjudicando a los artistas, a los escritores, a los músicos... Es curioso saber, sin embargo, que esos mismos artistas -excepto el mínimo puñado de grandes consagrados que tienen contratos jugosos- apenas si ven beneficio alguno.
Nos encontramos, pues, ante una situación que debe ser conocida y reconocida por todos nosotros. No se trata ya de escuchar a las grandes multinacionales ni a sus mensajeros. Se trata de saber qué es lo que ocurre realmente. ¿Por qué se vende conocimiento estratégico cuando una gran parte de la población mundial no lo puede adquirir pero lo necesita vitalmente...? ¿Por qué los artistas se mueren de hambre, sus productoras crecen cada vez más y sus productos cuestan cada vez más caros...? ¿Dónde va el dinero que invertimos en conocimiento estratégico o en bienes artísticos y culturales? ¿Va a manos de sus productores? ¿Ven ellos el beneficio? ¿Estamos alimentando a aquellos que, en nuestra sociedad, han decidido y elegido perpetuar nuestra memoria y nuestro saber? ¿O estamos dando de comer a unos zánganos que, aprovechándose de las leyes de mercado y de las del copyright, nos engañan y engordan a expensas de todos?
En reiteradas ocasiones, desde estas mismas páginas, hemos animado a la publicación de saberes académicos en forma abierta, y hemos informado sobre los distintos caminos para hacerlo. Asimismo, hemos difundido muchos documentos y recursos valiosos para ello. Hemos ido más allá, y, coherentes con nuestra manera de pensar, hemos colocado toda nuestra producción en forma de acceso abierto, libre y gratuito, como documentos de Open Access o blogs. Y es ahora cuando queremos difundir la aparición de la traducción del ">Dossier Copia/Sur, la versión en español de un conocido manual -el Dossier Copy/South- elaborado por un grupo de investigación internacional y multidisciplinario. El Dossier analiza, desde varios puntos de vista, el problema del copyright, en especial en los contextos del mal llamado “tercer mundo”. Estudia y expone las férreas leyes de derecho de autor, los intereses ocultos tras ellas, la visión de los productores de conocimiento, la hipocresía que se esconde tras los llamados en contra de la “piratería”.
Desde estas páginas, celebramos la aparición de esos documentos. Y si bien reconocemos que es lógico y adecuado que nuestros modernos “perpetuadores de cultura” puedan ganarse la vida con lo que hacen -así lo han elegido, y son necesarios para que nuestra sociedad crezca saludablemente- también sabemos que, en la actualidad, cada vez son menos lo que pueden vivir de esa actividad. Quizás sea hora de identificar a los explotadores y de buscar alternativas que nos liberen -al menos un poco- de sus nefastas influencias y sus redes invisibles.

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