Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

mayo 31, 2008

La ruta de la tinta en África

Por Edgardo Civallero

Si les pido que piensen en “bibliotecas africanas”, probablemente la mayoría de ustedes verá, en su imaginación, las unidades modernas de las distintas naciones del gran continente. Pero si les pido que piensen en “bibliotecas africanas de hace cinco siglos”, de esa época en la que aún gran parte de esas tierras era un misterio para los europeos que luego las “descubrieron”... ¿en qué pensarían?

[Si esto fuera un auditorio, éste sería el odioso momento en el cual todo el mundo se queda callado y revisa concienzudamente sus manos, la nuca de la persona de delante, los desperfectos del suelo...].

Nos han vendido muchas veces la imagen del “África tribal”, del “continente negro”, de “la tierra del tam-tam y la tradición oral”, de las “expresiones artísticas como medio de transmisión de saberes”... Los clásicos de Hollywood, los libros de viajes de los exploradores del s. XIX, y el enorme imaginario popular creado de a poco probablemente hagan que pensemos en un África hecha de danzas exóticas y cantos más exóticos aún, y en pueblos sin escritura, sin libros y, por supuesto, sin bibliotecas...
Quizás algunos se sorprendan cuando les cuente que uno de los grandes centros de saber de ese continente -uno de la talla de otros grandes núcleos contemporáneos- estaba en el borde mismo del desierto del Sahara, en uno de los cruces de rutas comerciales más importantes de aquella región del planeta.
Se llamaba -y aún se llama- Timbuktu. Y hoy pretendo contarles un poco de su historia y de la de sus libros.
Timbuktu (o Tombuctu, por su grafía francesa) se encuentra en el actual estado de Malí, en el África occidental. Fue fundada hace diez siglos por los Tuareg o Targui, los famosos “hombres azules de desierto”, nómades de origen bereber que deambulaban en sus dromedarios a través de ese enorme país sin dueño que era el desierto del Sahara (por cierto, ¿sabían que “Sáhara” significa precisamente “desierto” en árabe?). Estos pueblos -que, curiosamente, ya habían desarrollado un milenario sistema de escritura- fundaron la villa, aunque fueron mercaderes de la vecina ciudad-estado de Djenne los que la poblaron inicialmente, levantando un gran número de mercados y asentamientos mercantiles. Muy pronto Timbuktu se convirtió en un lugar próspero, pues se encontraba en el cruce de las caravanas trans-saharianas. Esas caravanas intercambiaban bienes entre el norte islámico (sal) y la zona del Níger, al sur (oro, esclavos, marfil, frutas), y era lugar de descanso para las interminables tropas de camellos porteadores, y para sus conductores.
Para el siglo XI había un buen número de comerciantes de las etnias Fulani, Mandé y Tuareg asentados allí. Todos ellos eran musulmanes. La ciudad perteneció a varios imperios: al de Ghana, al de Malí desde 1324, al Songhay desde 1468... Dentro del Imperio Songhay, Timbuktu fue “la joya de la corona”, siendo esa su época de máximo esplendor.

[Resulta increíble la enorme cantidad y variedad de ciudades-estados, imperios y confederaciones que surgieron y desaparecieron en África antes de que la historia europea alcanzara a esos pueblos. Muchas veces estamos dispuestos a creer que allí no hubo historia ni nada digno de mención hasta la llegada de exploradores como Livingstone, Stanley, Burton... Pero, como dije al principio, no son más que partes del imaginario popular].

En 1591, la ciudad fue capturada por una banda de aventureros marroquíes capitaneados por un renegado español, el llamado “Pachá Joder”. Pachá era título honorífico, y la otra palabreja era la interjección que salía más a menudo de la boca de ese malhablado individuo (interjección que nuestros lectores ibéricos sabrán reconocer, sin duda). Ese fue el inicio del fin del esplendor de Timbuktu. En 1893 cae bajo el poder colonial francés -no sin la dura resistencia de los Tuareg- y en 1960 gana su independencia junto con todo el Sudán francés (actual Malí). En los 90, la ciudad sufrió el ataque de los Tuareg, que pretendían crear su propio estado. La llamada “Rebelión Tuareg” no duró mucho, y terminó con una quema de armas en 1996.
Hoy es una ciudad bastante empobrecida, pero durante siglos constituyó un misterio para los europeos, especialmente porque, al ser un centro musulmán, estaba prohibida la entrada a todo aquel que no profesara la religión de Mahoma. Se contaban leyendas sin fin sobre sus riquezas -muchas de ellas basadas en hechos reales- y fueron numerosos los individuos y organizaciones occidentales que quisieron “descubrir” (ese era el verbo usado) Timbuktu y sus tesoros de fábula. En 1788, un grupo de ingleses formó la African Association para lograr encontrar la ciudad y ponerla sobre el mapa del continente. La Sociedad de Geografía de París ofreción, en 1824, un premio de 10.000 francos al primer no-musulmán que entrara a la ciudad y volviera con información. El escocés Gordon Laing llegó en 1826, pero fue asesinado. El francés René Caillié lo hizo en 1828, disfrazado de musulmán, y pudo regresar para contarlo y adueñarse del premio y dudoso honor de haber sido el primer europeo en entrar en la legendaria villa. Sólo otros tres europeos pudieron imitar su hazaña antes de 1890.
Es un UNESCO World Heritage Site desde 1988, debido a sus mezquitas hechas de adobe y barro, una imagen que proporciona a esa ciudad -y a otras de la región- un tremendo halo de misterio. Según se dice, las siluetas de esas construcciones inspiraron al arquitecto catalán Antonio Gaudí. Lamentablemente, la ciudad se está desertificando, y ha sido declarada en peligro desde 1990. Tan misteriosa es que una encuesta de 2006 realizada entre jóvenes británicos arrojó que el 34 % no creía que la ciudad existiese, y que un 66 % la consideraba “un lugar mítico”.
A lo largo del s. XV se levantaron un buen número de instituciones islámicas en Timbuktu. La más famosa es la mezquita de Sankore, también conocida como “Universidad de Sankore” por la madrassa o escuela islámica que alojaba. Esa fue construida en 1581, y se convirtió en el centro de la comunidad académica islámica de esa región, aunque otras mezquitas aún sobrevivientes -la de Djinguereber o la de Sidi Yahya- son mucho más antiguas.
Una madrassa islámica no tiene nada que ver con una universidad medieval europea (por comparar instituciones de la misma época). La madrassa estaba compuesta por un grupo de escuelas independientes, cada una gestionada por un maestro o imam. Los estudiantes se asociaban a un determinado profesor, y las clases tenían lugar en los espacios abiertos de la mezquita o en residencias privadas. El foco básico de las clases era el estudio del Corán, pero también se enseñaba lógica, astronomía, historia, música, botánica, religión, comercio, derecho y matemáticas. Los académicos escribían sus propios libros como parte de un modelo socio-económico basado en la investigación. Los beneficios obtenidos por la venta de libros era el segundo negocio de la ciudad, después del comercio de oro y sal. Más de 100.000 manuscritos se conservaban en la villa, la mayoría escritos en árabe o pulaar (lengua de los fulani) y con contenidos didácticos sobre los temas tratados en la madrassa.
El nivel alcanzado por la producción de libros y conocimientos entre el s. XVI y XVIII hicieron que se acuñara un refrán, que sirve como testamento a esa brillante era: “La sal viene del norte; el oro, del sur; pero la palabra de Dios y los tesoros de la sabiduría vienen de Timbuktu”.
Se cree que había más de 120 bibliotecas en la ciudad, que formaban parte de la “ruta de la tinta” africana. Esta arrancaba desde el norte de África y, siguiendo las rutas de las caravanas, llegaban al este del continente, también dominado por comerciantes árabes. En tiempos recientes, las bibliotecas se redujeron a unas 60-80 instituciones privadas, que se dedicaban a conservar los invaluables manuscritos. Entre ellas destacan hoy las bibliotecas Mamma Haidara, Kati, Al-Wangari y Mohammed Tahar. La biblioteca de la familia Kati posee 3.000 documentos de origen andalusí: los más antiguos están datados entre los s. XIV y XV. Hay más de un millón de documentos originales conservados hoy en Malí, y se supone que hay otros 20 millones en otras partes de África, en especial en la vecina región de Sokoto, Nigeria. Muchos de ellos son conservados como tesoros por familias que no revelarán su existencia...
Existen varios proyectos internacionales conjuntos que pretenden rescatar todo ese patrimonio. En agosto de 2002 se mantuvo el Ink Road International Symposium en Bamako (capital de Malí). En 2006, un esfuerzo conjunto de los gobiernos de Malí y Sudáfrica permitió comenzar la investigación al respecto. UNESCO ha iniciado el Timbuktu Manuscrit Project, y en la ciudad, una fundación se dedica a la preservación de documentos históricos. No quedan artesanos del libro, aunque existen muchos recuerdos de ese oficio, que constituyó una industria floreciente hace mucho tiempo...
La historia que nos suelen enseñar -la de los libros, y tantas otras- parece demasiado concentrada en Europa, y muy pocas veces presta debida atención a otros espacios geográficos y culturales. El esbozo aquí realizado sobre África occidental podría también elaborarse sobre América Central prehispánica, sobre su producción de bellos códices y sobre su industria de papel de higuera amatl. ¿Cuánto nos han dicho sobre eso? ¿Cuánto hemos aprendido? ¿Cuánto sabemos?
Lejos de pretender “dar la voz a los sin voz” -Sara ya hablará un poco sobre ese tema la semana que viene-, quizás en este espacio podamos “refrescar las memorias”. Memorias de mundos que tuvieron, ellos también, diestros encuadernadores, magníficos ilustradores y expertos investigadores. Como los de Timbuktu.

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