Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

mayo 11, 2008

Las páginas de un libro son como el hombro de un amigo

Por Sara Plaza

Andábamos Edgardo y yo revisando nuestra biblioteca y redescubriendo viejos tomos en las estanterías más bajas, cuando me di de bruces con una edición viejita en inglés de “Anna Karenina”. Sus tapas estaban raídas y su encuadernación seriamente dañada. Sus hojas amarilleaban por los bordes y al pasar despacito sus casi mil páginas se desprendió de ellas ese aroma a papel viejo tan característico de los depósitos de bibliotecas y archivos. Había otras joyas en aquellos estantes pero por alguna razón especial mis ojos recalaron en ésta. Sin incorporarme aún, me había sentado en el suelo y a mi alrededor tenía pequeños montones de libros que intentábamos ordenar entre ambos, comencé a leer las palabras del conde León Tolstoi y ya no pude parar hasta que sentí el cosquilleo de una de mis piernas que se me había quedado dormida. Entonces sí, ordené en la librería los libros que aún quedaban por el suelo -si no recuerdo mal Edgardo andaba tan ensimismado como yo frente a sus propios descubrimientos- y, levantándome despacito para no despertar de golpe aquella extremidad dolorida, fui dando pasitos cortos hasta mi silla. Ahora sí, un poco mejor sentada –suelo subir los pies al asiento y apoyar mi barbilla en las rodillas mientras leo- continué descubriendo aquella sociedad rusa de finales del XIX. A las puertas del capítulo veintinueve de la primera parte del libro me encontré con unas líneas tan fascinantes que no pude evitar volver sobre ellas varias veces y compartirlas ahora con ustedes. Me trajeron tantos recuerdos de otras lecturas, de mis muchos kilómetros “arriba de un bus” –como cantaba Miguel Ríos- siempre con un libro en mi bolsón negro de tela, de todas las veces que me quedaba mirando a través de sus ventanillas jugando con el separador en una mano y dibujando con la otra el horizonte, de cuando se me cerraban los ojos y aprovechaba para soñar despierta con la vida de aquellos personajes que, sin darme yo cuenta, se habían sentado sobre las rodillas del viajero que ocupaba el asiento de al lado y se sonreían al comprobar mi sorpresa sabiéndoles fuera de aquellas páginas que habían quedado abiertas. Esos libros y esos paisajes a través de las ventanillas han sido los interlocutores de una buena parte de mi vida, sobre ellos apoyaba mis ojos, mis manos, mis pensamientos y en ellos encontraba algo así como el hombro de un amigo sobre el que descansar proyectos y quejas, enojos e ilusiones. Tolstoi me los trajo todos a la memoria y Anna Karenina se encargó de revivirlos con toda su fuerza. Aquí les muestro el pedacito de la novela donde reconocí muchos de mis pasos como lectora, quizás les rememore alguno de los suyos...

«¡Gracias a Dios que ha terminado todo esto! », pensó Ana al separarse de su hermano, quien hasta que resonó la campana permaneció obstruyendo con su figura la portezuela del vagón.
Ana se acomodó en el asiento junto a Anuchka, su camarera.
«¡Gracias a Dios que voy a ver mañana a mi pequeño Sergio y a Alexis Alejandrovich! Al fin mi vida recobrará su ritmo habitual», pensó de nuevo.
Presa aún de la agitación que la dominaba desde la mañana, empezó a ocuparse de ponerse cómoda. Sus manos, pequeñas y hábiles, extrajeron del saco rojo de viaje un almohadón que puso sobre sus rodillas; se envolvió bien los pies y se instaló con comodidad.
Una viajera enferma se había tendido ya en el asiento para dormir. Otras dos dirigieron vanas preguntas a Ana, mientras una mas vieja y gruesa se envolvía las piernas con una manta mientras emitía algunas opiniones sobre la pésima calefacción.
Ana contestó a las señoras, pero no hallando interés en su conversación, pidió a su doncella que le diese su farolillo de viaje, lo sujetó al respaldo de su asiento y sacó una plegadera y una novela inglesa.
Era difícil abismarse en la lectura. El movimiento en torno suyo, el ruido del tren, la nieve que golpeaba la ventanilla a su izquierda y se pegaba a los vidrios, el revisor que pasaba de vez en cuando muy arropado y cubierto de copos de nieve, las observaciones de sus compañeras de viaje a propósito de la tempestad, todo la distraía.
Pero, por otra parte, todo era monótono: el mismo traqueteo del vagón, la misma nieve en la ventana, los mismos cambios bruscos de temperatura, del calor al frío y otra vez al calor; los mismos rostros entrevistos en la penumbra, las mismas voces, y Ana acabó logrando concentrarse en la lectura y enterándose de lo que leía.
Anuchka dormitaba ya, sosteniendo sobre sus rodillas el saco rojo de viaje entre sus gruesas manos enguantadas, uno de cuyos guantes estaba roto.
Ana Karenina leía y se enteraba de lo que leía, pero la lectura, es decir, el hecho de interesarse en la vida de los demás, le era intolerable, tenía demasiado deseo de vivir por sí misma.
Si la heroína de su novela cuidaba a un enfermo, Ana habría deseado entrar ella misma con pasos suaves en la alcoba del paciente; si un miembro del Parlamento pronunciaba un discurso, Ana habría deseado pronunciarlo ella; si lady Mary galopaba tras su traílla, desesperando a su nuera y sorprendiendo a las gentes con su audacia, Ana habría deseado hallarse en su lugar.
Pero era en vano. Debía contentarse con la lectura, mientras daba vueltas a la plegadera entre sus menudas manos.
El héroe de su novela empezaba ya a alcanzar la plenitud de su británica felicidad: obtenía un título de baronet y unas propiedades, y Ana sentía deseo de irse con él a aquellas tierras. De pronto la Karenina experimentó la impresión de que su héroe debía de sentirse avergonzado y que ella participaba de su vergüenza. Pero ¿por qué?
«¿De qué tengo que avergonzarme?», se preguntó con indignación y sorpresa. Y dejando la lectura, se reclinó en su butaca, oprimiendo la plegadera entre sus manos nerviosas.
¿Qué había hecho? Recordó lo sucedido en Moscú, donde todo había sido magnífico. Se acordó del baile, de Vronsky y de su rostro de enamorado enloquecido, de su conducta con respecto a él... Nada había que la pudiese avergonzar. Y, no obstante, al llegar a este punto de sus recuerdos, volvía a renacer en ella el sentimiento de vergüenza. Parecía como si en el hecho de recordarle una voz interior le murmurase, a propósito de él: «Tú ardes, tú ardes. Esto es un fuego, es un fuego». Bueno, ¿y qué?
«¿Qué significa todo eso?», se preguntó, moviéndose con inquietud en su butaca. «¿Temo mirar ese recuerdo cara a cara? ¿Por ventura, entre ese joven oficial y yo existen otras relaciones que las que puede haber entre dos personas cualesquiera?»
Sonrió con desdén y volvió a tomar el libro; pero ya no le fue posible comprender nada de su lectura. Pasó la plegadera por el cristal cubierto de escarcha, luego aplicó a su mejilla la superficie lisa y fría de la hoja, y poco faltó para que estallara a reír de la alegría que súbitamente se habla apoderado de ella.
Notaba sus nervios cada vez más tensos, sus ojos cada vez más abiertos, sus manos y pies cada vez más crispados. Padecía una especie de sofocación y le parecía que en aquella penumbra las imágenes y los sonidos la impresionaban con un extraordinario vigor. Se preguntaba sin cesar si el tren avanzaba, retrocedía o permanecía inmóvil. ¿Era Anuchka, su doncella, la que estaba a su lado o una extraña?
«¿Qué es lo que cuelga del asiento: una piel o un animal? ¿Soy yo a otra mujer la que va sentada aquí?»
Abandonarse a aquel estado de inconsciencia le causaba terror. Sentía, sin embargo, que aún podía oponer resistencia con la fuerza de su voluntad. Haciendo, pues, un esfuerzo para recobrarse se incorporó, dejó su manta de viaje y su capa y se sintió mejor durante un instante.
Entró un hombre delgado, con un largo abrigo al que le faltaba un botón. Ana comprendió que era el encargado de la calefacción. Le vio consultar el termómetro y observó que el viento y la nieve entraban en el vagón tras él. Luego, todo se volvía confuso de nuevo. El hombre alto garabateaba algo apoyándose en el tabique, la señora anciana estiró las piernas y el departamento pareció envuelto en una nube negra. Ana escuchó un terrible ruido, como si algo se rasgase en la oscuridad. Se diría que estaban torturando a alguien. Un rojo resplandor la hizo cerrar los ojos; luego todo quedó envuelto en tinieblas y Ana sintió la impresión de que se hundía en un precipicio. Aquellas sensaciones eran, no obstante, más divertidas que desagradables.
Un hombre enfundado en un abrigo cubierto de nieve le gritó algunas palabras al oído.
Ana se recobró. Comprendió que llegaban a una estación y que aquel hombre era el revisor.
Pidió a su doncella que le diese el chal y la pelerina y, poniéndoselos, se acercó a la portezuela.
–¿Desea salir, señora? –preguntó Anuchka.
–Sí: necesito moverme un poco. Aquí dentro me ahogo.
Quiso abrir la portezuela, pero el viento y la lluvia se lanzaron contra ella, como si quisieran impedirle abrir, y también esto le pareció divertido. Consiguió al fin abrir la puerta. Parecía como si el viento la hubiese estado esperando afuera para llevársela entre alaridos de alegría. Se asió con fuerza con una mano en la barandilla del estribo y sosteniéndose el vestido con la otra, Ana descendió al andén. E1 viento soplaba con fuerza, pero en el andén, al abrigo de los vagones, había más calma. Ana respiró profundamente y con agrado el aire frío de aquella noche tempestuosa y contempló el andén y la estación iluminada por las luces.

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