Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

julio 19, 2008

Claustros para novicias, ninfas, diosas y criollas

Por Sara Plaza

Tenemos una joyita en nuestra biblioteca con el sello del Patronato de Misiones Pedagógicas que se pusieron en marcha durante los años de la Segunda República Española. Se trata de la obra teatral “Don Juan Tenorio” de Don José Zorrilla. Según se indica en una de las primeras hojas del libro “este drama ha sido aprobado, para su representación, por la junta de censura de los teatros del reino en 4 de junio de 1849”. Inmediatamente después se lee la dedicatoria que hiciera su autor “Al Señor Don Francisco Luis de Vallejo en prenda de buena memoria. Su mejor amigo, José Zorrilla. Madrid, Marzo de 1844”. Y en seguida comienza la acción allá por los años de 1545 en Sevilla. El libro es y está muy viejito. Lo encontré hace más de dos años tras recorrer las empedradas calles de Pedraza, en la provincia de Segovia (España), subir las escaleras de madera de una de sus engalanadas tiendas y rebuscar entre los libros de segunda mano que se apilaban en varias estanterías sin orden ni concierto. Acaricié el lomo de varios volúmenes y el título de muchos clásicos abriendo, sólo muy de vez en cuando, las hojas amarillentas de algunos, pero cuando mis ojitos miopes se detuvieron en ese sello de las Misiones Pedagógicas ya no pude hacerlos caminar por las páginas de ningún otro libro. Parpadeé varias veces, me sonreí, me emocioné, lo cerré, lo volví a abrir, se lo mostré a mis acompañantes, me dirigí a la caja, lo compré, lo envolví, lo guardé en mi mochila, lo subí a un avión y lo deposité entre las manos de Edgardo un par de meses después.
Algún tiempo antes, él había conseguido una maravillosa obra en versión original, ilustrada por Giovanni Caelli y escrita por el norteamericano Thomas Bulfinch, conocida como “The Illustrated Bulfich’s Mythology”. Se trata de tres volúmenes titulados “The Age of Fable”, “The Age of Chivalry” y “Legends of Charlemagne”. El primero de ellos fue publicado por primera vez en 1855 y, principalmente, recoge mitos y leyendas de la antigua Grecia y de héroes y heroínas romanos, junto con historias de guerreros nórdicos, de sabios celtas, de quienes adoraban al sol, de faraones egipcios, de varios monstruos -entre ellos el Fénix y el Unicornio- y de la triada hindú Brahma, Vishnu y Siva. Edgardo también se había emocionado con su hallazgo, pues le devolvió a muchas de sus lecturas infantiles y a las fotografías de cuadros y esculturas renacentistas de las que se enamoró su retina adolescente.
Hace tan sólo un mes nos regalamos “Mujeres en la Sociedad Argentina. Unas historia de cinco siglos” de la socióloga argentina Dora Barrancos. Y de su mano llevamos recorridos quinientos años de la historia de las mujeres de este país y revisados varios tópicos y no pocos mitos sobre su lugar y su papel en esta esquina del mundo.
Así llegaron a nosotros esos tres libros y a través del entramado que sus autores tejieron en sus páginas descubrimos los caminos que anduvieron los protagonistas varones de sus historias y supimos de las distintas murallas que encerraron los pasos de las protagonistas.
En la escena primera del acto tercero de la primera parte del Don Juan Tenorio, nos encontramos en la celda de Dña. Inés. La Abadesa está comunicándole la decisión que ha tomado su padre, Don Gonzalo de Ulloa, Comendador de Calatrava, de que permanezca en el convento y no se despose con Don Juan Tenorio, al quien considera un miserable.

Abadesa
¿Con que me habéis entendido?
Dña. Inés
Sí, señora.
Abadesa
Está muy bien;
la voluntad decisiva
de vuestro padre tal es.
Sois joven, cándida y buena;
vivido en el claustro habéis
casi desde que nacisteis;
y para quedar en él
atada con santos votos
para siempre, ni aun tenéis,
como otras, pruebas difíciles
ni penitencias que hacer.
Dichosa mil veces vos;
Dichosa, sí, doña Inés,
Que, no conociendo el mundo,
No le debéis de temer.
¡Dichosa vos que del claustro
al pasar en el dintel,
no os volveréis a mirar
lo que tras vos dejaréis!
Y los mundanos recuerdos
del bullicio y del placer
no os turbarán, tentadores,
del ara santa a los pies;
pues ignorando lo que hay
tras esa santa pared,
lo que tras ella se queda
jamás apeteceréis.
Mansa paloma, enseñada
en las palmas a comer
del dueño que la ha criado
en doméstico vergel,
no habiendo salido nunca
de la protectora red,
no ansiaréis nunca las alas
por el espacio tender.
Lirio gentil, cuyo tallo
Mecieron sólo tal vez
las embalsamadas brisas
del más florecido mes,
aquí a los besos del aura
vuestro cáliz abriréis,
y aquí vendrán vuestras hojas
tranquilamente a caer.
Y en el pedazo de tierra
que abarca nuestra estrechez,
y en el pedazo de cielo
que por las rejas se ve,
vos no veréis más que un lecho
do en dulce sueño yacer,
y un velo azul suspendido
a las puertas del Edén...
¡Ay! En verdad que os envidio,
venturosa doña Inés,
con vuestra inocente vida,
la virtud del no saber.
Mas, ¿por qué estáis cabizbaja?
¿Por qué no me respondéis
como otras veces, alegre,
cuando en los mismo os hablé?
¿Suspiráis...? ¡Oh! Ya comprendo;
de vuelta aquí hasta no ver
a vuestra aya, estáis inquieta;
pero nada receléis.
A casa de vuestro padre
fué casi al anochecer,
y abajo en la portería
estará; ya os la enviaré,
que estoy en vela toda la noche.
Conque, vamos, doña Inés,
recogeos, que ya es hora;
mal ejemplo no me deis
a las novicias, que há tiempo
que duermen ya; hasta después.
Dña. Inés
Id con Dios, madre abadesa.
Abadesa
Adiós, hija.

En el capítulo III del libro “The Age of Fable”, en la historia sobre Apolo y Dafne, se cuenta cómo Cupido, respondiendo al desafío de Apolo que le dice al dios del amor que sus flechas no son tan poderosas como las de él, dispara una flecha de plomo hacia la ninfa Dafne y una de oro hacia el dios del sol, quedando éste enamorado de la joven y ella aborreciendo al amor. Mientras Apolo corre tras ella por el bosque, ella implora a su padre Peneo, el dios del río, que abra la tierra para que ella pueda escapar o bien que cambie su forma. En ese mismo instante comienza a convertirse en una planta y Apolo al tocar su corteza y abrazarse a sus ramas exclama, “Ya que no puedes ser mi esposa, te convertirás en mi árbol. Te llevaré en mi corona; decoraré contigo mi arpa y mi aljaba; y cuando los grandes conquistadores romanos se encaminen triunfales hacia el Capitolio serás tejida con forma de corona para lucir en sus frentes. Y, como la eterna juventud me pertenece, tú también estarás siempre verde y tus hojas no se caerán.” Y así fue como nació el laurel.
En el capítulo VII de ese mismo libro se narra la historia de Proserpina, la hija de la diosa Ceres. Estando la joven jugando con sus compañeras juntando flores, fue descubierta por Plutón, el dios del Tártaro, a quien también había herido Cupido con una de sus flechas. Plutón se enamoró de ella y se la llevó por la fuerza al inframundo, donde se convirtió en la reina de Erebo. Ceres imploró a Júpiter que le devolviese a su hija, pero como ésta ya había probado una granada del inframundo que le había ofrecido Plutón no pudo ser rescatada del todo. A partir de entonces debió pasar medio año con su esposo y el resto acompañando a su madre.
En el capítulo III del libro de Barrancos, en el apartado que se refiere al Código Civil argentino y la incapacidad de las mujeres, se da cuenta de “las vicisitudes que vivió Amalia Pelliza Pueyrredón a causa del encierro doméstico que le impuso su esposo, el conocido médico Carlos Durand. Las nupcias justamente ocurrieron en el mismo año de sanción del Código. Durand era mucho mayor y es probable que Amalia, como era la costumbre, hiciera la voluntad de la familia casándose con él, puesto que el facultativo, aunque era un cincuentón mientras ella sólo tenía 15 años, poseía el encanto de una estimable fortuna. Era el médico obstetra de las familias más importantes de Buenos Aires y vaya a saber a ciencia cierta qué lo llevó a clausurar a Amalia en la casona que ocupaba. Ésta pleiteó la separación pero no la obtuvo, lo que probablemente enfureció más al Dr. Durand. Redobló el encierro, pero también, frente a los reclamos, la humilló alquilando un espantoso carruaje –es que poseer un carruaje empavesado era una señal de distinción-, obligándola a andar horas y horas sin detenerse. Durand enfermó y Amalia descontó los años de encierro, pudo salir, entretenerse con compañías y frecuentar reuniones (...) Pero una vez repuesto, el castigo de la clausura fue insoportable y Amalia huyó. Años más tarde nuestro médico fallecía y legaba una parte importante de sus bienes a la construcción de un nosocomio, el que hoy lleva su nombre. El resto de la fortuna –probablemente como escarmiento- se entregó, según su determinación, a parientas y criadas, todas mujeres. Felizmente Amalia pudo hacerse con algo de los bienes gananciales y utilizarlos con gran derroche, como correspondía a quien habían sido sustraídos tantos años de goce. Este caso emblematiza las circunstancias de la indefensión femenina en el primer Código Civil. Con certeza, no todos los maridos encerraban a sus mujeres, pero sí todos estaban facultados por la normativa para ejercer su potestad”.
Tras los muros de un convento o de una casa, bajo la corteza de un árbol o de la Tierra, hemos visto distintos ejemplos de mujeres secuestradas por quienes se creían -y las leyes divinas o de los hombres así se lo confirmaban- sus dueños, y las encadenaban dentro de sus dominios para preservar su honor, su orgullo, su fuerza, su poder y su buen nombre. Curioseando entre las leyendas de la mitología clásica, el teatro del Romanticismo, y el Código Civil Argentino sancionado en 1869, durante el periodo de la organización nacional, podemos observar que tanto la literatura como la norma civil sostienen la incapacidad relativa de la mujer y el hecho de que a todos los efectos su representante era el padre o el marido. En el presente siglo XXI se aprueban leyes y se crean ministerios de igualdad pero siguen existiendo innumerables barreras, altísimos muros y gruesas cortezas que limitan derechos y libertades de las personas, hombres y mujeres, de todo el mundo. Sólo reconociéndolos podremos empezar a superarlos, escalarlos, horadarlas. Están en los libros y están en la vida: leámoslos y escribámosla entre todos.

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