Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

abril 27, 2008

Poemas en prosa

Por Sara Plaza

Bajo ese título aparecieron algunos escritos de Oscar Wilde en “The Fortnightly Review” en julio de 1894. Yo los he encontrado en una recopilación de las historias breves del autor irlandés que se encargó de editar Ian Small para Penguin Classics con el título “Oscar Wilde, Complete Short Fiction”. Entre esos textos difícilmente clasificables –que pueden leerse como poemas o como narraciones en prosa-, el que lleva por título “The Artist” se me antoja como marco ideal para el barullo que está levantando estos días la conmemoración de los 40 años de mayo del 68, parte del cual resonaba hace una semana en las páginas del suplemento literario “Babelia” de la edición internacional del diario El PAÍS.
En “El Artista”, Oscar Wilde cuenta en primera persona que una tarde sintió el deseo de modelar “El placer de un instante” y fue por todo el mundo en busca de bronce para tallar esa obra, porque pensó que sólo podía estar hecha de dicho material. Sin embargo, en todo el mundo no quedaba más bronce que el de otra figura que él mismo había esculpido y a la que dio el título de “La pena que siempre perdura”. Ésta se encontraba en la tumba de lo que él más había amado en su vida y podía significar que el amor del hombre no muere o ser símbolo de la pena que queda para siempre en él. Pero como estaba hecha del único bronce que quedaba en el mundo fue a buscarla, la introdujo en un gran horno y la prendió fuego. Y así, a partir de “La pena que siempre perdura”, que él mismo había creado, dio forma a “El placer de un instante”.
He leído y releído la historia y sigo sin poder decidir si su primer trabajo terminó siendo pasto de las llamas porque efectivamente no quedaba más bronce en el mundo o porque al artista se le acabaron el amor y la pena sucesivamente. Mayo del 68 también tuvo mucho de obra artística y, según leía en el “Babelia” del sábado 20 de abril, tampoco queda en el mundo más material del que utilizaron sus creadores entonces. Incluso da la sensación de que a algunos de ellos también se les ha acabado el sentimiento revolucionario que les inspiró. Aunque quizás la inspiración esté relacionada con la primera Ley de la Termodinámica, esa que nos enseña que nada se pierde sino que todo se transforma, y el material de aquel mayo contestatario sigue formando parte de la mucha poesía y la no poca prosa a que ha dado lugar después de 40 años. Juzguen ustedes mismos a partir del conglomerado de opiniones que, con no poco lirismo, presentaba “Babelia” el sábado 20 de abril. Y es que había mucha metáfora en los títulos de algunos artículos, fíjense si no en los siguientes versos de Fernando Savater, “La elocuencia de las paredes” y de Juan Goytisolo, “Instantáneas en sepia de un mes excepcional”. O en estos bocetos de estrofa que aparecen en algunas frases como la de Catherine François y Santiago Auserón, “La juventud no quería un porvenir asegurado, sino un presente apasionante”, o la que ellos recogen de Gilles Deleuze y Félix Guattari, “Por mucho que el acontecimiento sea ya antiguo, no consiente en quedarse atrás, porque es apertura hacia lo posible”.
Claro que lo verdaderamente emocionante de la lectura llegó cuando, mientras intentaba esclarecer si la rima de este suplemento literario era consonante o asonante, Josep Ramoneda y Antonio Muñoz Molina sumaron una opción más con la que no había contado hasta entonces: la disonante. El primero volvía sobre la actualidad de lo sucedido entonces, pero lo hacía de manera distinta, “Ha costado entender que el tiempo pasa para todos y la patente de modernidad no tiene dueño”. Y el segundo prácticamente volvía la espalda a los hechos en sí, “A mí, sinceramente, tanta conmemoración de Mayo del 68 me produce un aburrimiento invencible. Ya me lo sé todo: lo de la imaginación al poder, lo de ser realista y pedir lo imposible, lo de los adoquines y la arena de la playa, etcétera. Otros hechos coetáneos me importan mucho más, y reciben mucha menos literatura”. A su vez, en el artículo “Los ecos de la revuelta”, Octavi Martí repasaba el pensamiento de otro conjunto de voces que también discrepaban sobre la importancia del movimiento estudiantil y si cambió el mundo –para mejor o para peor- o no cambió nada. Entre ellas se encontraba la del actual presidente francés durante la pasada campaña presidencial, a quien, como bien acotaba Martí “solo le faltó darle a Mayo del 68 influencia retrospectiva, culparle del nazismo, la trata de esclavos o del hundimiento de la torre de Babel”.
Pese a que durante las últimas cuatro décadas han corrido ríos de tinta, seguimos bajo el riesgo de inundaciones a la vista de las nuevas publicaciones que van a sacar a la luz en los próximos meses un número nada desdeñable de editoriales. No obstante, nunca está de más revisar nuestra propia opinión en las circunstancias actuales. Probablemente encontremos en ella algunos tópicos y no pocos lugares comunes, es decir que sigamos desconociendo bastante sobre el asunto aunque nos sepamos de memoria sus lemas. Claro que, a veces, nuevas lecturas no sirven para desmontar viejos clichés, sino que los perpetúan. De manera que tendremos que hacer un pequeño esfuerzo por descubrirlos y polemizarlos. Siempre es saludable un poco de inconformismo.

He dicho, a veces, que fuimos mucho mejores hijos –en la medida en que supimos plantar cara a nuestros padres- que padres –en la medida en que no supimos plantar cara a nuestros hijos-. Con nuestra actitud –y la potencia integradora de las contradicciones que el capitalismo tiene- les hemos dejado sin espacio para la trasgresión [1].

[1] Extracto del artículo “Contestación mundial” de Josep Ramoneda en EL PAÍS del sábado 20 de abril.

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abril 20, 2008

El Diccionario del Diablo

Por Edgardo Civallero

Encontré un puñado de citas del “Diccionario del Diablo” de Ambrose Bierce mientras revisaba el sitio web de la Dokupedia francesa, con el cual colaboré hace unos días. Para aquellos interesados en participar en wikis documentalistas, les sugiero una visita a la Dokupedia hispana y a la ECGTI Wiki. Sin olvidar, para los amantes de la ya clásica Wikipedia, el evento Wikimanía que se prepara para julio de este año en Alejandría, Egipto.
Pero permítanme -tras este pequeño exabrupto divulgativo- volver al tema de esta entrada.
Ambrose Bierce fue un tipo curioso, dotado de un humor negro, cínico y mordaz que le ayudó a ganar un puesto reconocido en la literatura norteamericana. Nació en 1842 en un pueblito de Ohio (EE.UU.). Fue el décimo de trece hermanos a los que su padre -casi con afán maníaco- había bautizado con nombres que empezaban invariablemente con la letra “A”. Al comienzo de la Guerra Civil estadounidense, Bierce se alistó en el ejército de la Unión como topógrafo. Luchó en varias batallas, de las que guardó, como recuerdo, algunas heridas y profundas impresiones que marcarían muchas de las páginas que posteriormente escribiría.
En 1871 se casó. Tuvo tres hijos, dos de los cuales morirían antes que sus padres, en circunstancias funestas. En 1888 su matrimonio se vino abajo tras descubrir algunas cartas comprometedoras de un admirador secreto a su esposa, la cual murió poco después. Con este historial de vida, Bierce formó su carácter.
Si bien vivió algún tiempo en Londres por motivos de salud, su vida se desarrolló principalmente en la ciudad de San Francisco, en donde desplegó una intensa actividad literaria en periódicos como The San Francisco Newsletter, The Argonaut, Overland Monthy, The Wasp y el San Francisco Examiner.
Escribió ensayos y artículos periodísticos -que le ganaron fama en su entorno-, poesía y muchos relatos cortos, casi todos relacionados con historias de guerra. Pero su trabajo más conocido es el “Diccionario del Diablo” (The Devil’s Dictionary). Las entradas de este curioso diccionario se fueron publicando en diversos periódicos durante una larga serie de años (1875-1906), y sólo fueron compiladas en un volumen tardíamente, en 1906, bajo el título de “Cynic’s Word Book” (El glosario del cínico). En esas definiciones, Bierce hizo gala del estilo único que lo inmortalizó.
En octubre de 1913, el septuagenario autor emprendió un largo viaje que lo llevó, como destino final, a México, en donde se preparaba la revolución de Pancho Villa. Unido a sus fuerzas como observador, Bierce desapareció sin dejar ningún rastro en 1913-1914. Es la más famosa de las desapariciones literarias norteamericanas. En su última carta, dirigida a una sobrina, el escritor desvela parte del enigma, a la vez que muestra -una vez más- su profundo cinismo:

“Adiós - Si te enteras que fui puesto contra un muro de piedra mexicano y fusilado, debes saber que pienso que es una buena manera de partir de esta vida. Causas como la ancianidad, la enfermedad o una caída por las escaleras quedarán así eliminadas...
Ser gringo en México - ¡ah, eso es eutanasia!”.

La visión sardónica de la naturaleza humana que impregnó su obra, junto con su vehemencia y su crítica implacable le ganaron el apodo de “Bitter Bierce” (Amargo Bierce). Los críticos actuales remarcan el empleo de un inglés puro en sus trabajos, y una redacción que expresaba densos conjuntos de ideas (a veces contrapuestas por el doble sentido) en una única y reducida frase.
En 1911 se publicó el diccionario bajo el título actual, “The Devil’s Dictionary”, dentro de una edición de las obras completas de Bierce. En 1967 se compiló una versión extendida del texto, con numerosas entradas que faltaban en ediciones anteriores. Finalmente, en el 2000 vio la luz una edición revisada, que sumaba entradas y eliminaba unas 200 definiciones falsamente atribuidas a Bierce.
Algunos ejemplos tomados del “Diccionario...” les permitirán hacerse una idea de la mordacidad, ironía y uso del doble sentido de su autor. Fíjense, por ejemplo, las durísimas definiciones siguientes, que, lamentablemente, recogen sentimientos reales de principios de siglo (algunos extendidos hasta hoy):

Aborígenes, s. Seres de escaso mérito que entorpecen el suelo de un país recién descubierto. Pronto dejan de entorpecer; entonces, fertilizan.

Africano, s. Negro que vota por nuestro partido.

Infiel, adj. y s. Dícese, en New York, del que no cree en la religión cristiana; en Constantinopla, del que cree.

Inmigrante, s. Persona inculta que piensa que un país es mejor que otro.

Aire, s. Sustancia nutritiva con que la generosa Providencia engorda a los pobres.

Distancia, s. Único bien que los ricos permiten conservar a los pobres.

Bierce analizó el carácter humano con un genio ilimitado...

Acusar, v.t. Afirmar la culpa o indignidad de otro; generalmente, para justificarnos por haberle causado algún daño.

Adherente, s. Secuaz que todavía no ha obtenido lo que espera.

Amistad, s. Barco lo bastante grande como para llevar a dos con buen tiempo, pero a uno solo en caso de tormenta.

Celoso, adj. Indebidamente preocupado por conservar lo que sólo se puede perder cuando no vale la pena conservarlo.

Humildad, s. Paciencia inusitada para planear una venganza que valga la pena.

Idiota, s. Miembro de una vasta y poderosa tribu cuya influencia en los asuntos humanos ha sido siempre dominante.

Un par de definiciones que podrían haber valido para él mismo son las siguientes:

Cínico, s. Miserable cuya defectuosa vista le hace ver las cosas como son y no como debieran ser.

Loco, adj. Dícese de quien está afectado de un alto nivel de independencia intelectual; del que no se conforma a las normas de pensamiento, lenguaje y acción que los conformantes han establecido observándose a sí mismos; del que no está de acuerdo con la mayoría; en suma, de todo lo que es inusitado.

Sobre las propias definiciones y diccionarios, Bierce tenía una opinión bastante particular:

Diccionario, s. Perverso artificio literario que paraliza el crecimiento de una lengua además de quitarle soltura y elasticidad.

Magnético, adj. Dícese de lo que sufre la influencia del magnetismo.
Magnetismo, s. Lo que ejerce influencia sobre algo magnético. Estas dos definiciones están condensadas de la obra de un millar de eminentes hombres de ciencia, que han arrojado sobre el tema una luz deslumbrante, con indecible progreso del conocimiento humano.

Asimismo, tenía su propio punto de vista sobre los escritores y la escritura:

Gramática, s. Sistema de trampas cuidadosamente preparadas en el camino por donde el autodidacto avanza hacia la distinción.

Ganso, s. Ave que suministra plumas para escribir que, gracias a un proceso oculto de la naturaleza, están impregnadas, en distinta medida, de la energía intelectual y el carácter del ganso, de suerte que al ser entintadas y deslizadas mecánicamente sobre un papel por una persona llamada “autor”, resulta una trascripción bastante exacta de los pensamientos y sentimientos del ave.

Folletín, s. Obra literaria, generalmente una historia que no es verdadera y que se prolonga insidiosamente en varios números de un periódico o una revista. Cada entrega suele venir precedida de un “resumen de lo publicado”, para los que no la han leído, pero sería más necesario un “resumen de lo que sigue”, para los que no piensan leerlo. Lo mejor sería un resumen de todo.

Las costumbres humanas no se le escaparon, por supuesto:

Gato, s. Autómata blando e indestructible que nos da la naturaleza para que lo pateemos cuando las cosas andan mal en el círculo doméstico.

Mamíferos, s. Familia de vertebrados cuyas hembras, en estado natural, amamantan a su cría, pero cuando se vuelven civilizadas e inteligentes la dan a la nodriza o usan el biberón.

Mendigo, s. El que ha confiado en la ayuda de los amigos.

Lamentable, adj. Estado de un enemigo o adversario después de un encuentro imaginario con uno mismo.

Si bien se enfocó en estas “debilidades humanas”, incluyó en su diccionario entradas de lo más variadas. Por ejemplo, la política:

Amnistía, s. Magnanimidad del Estado para con aquellos delincuentes a los que costaría demasiado castigar.

Batalla, s. Método de desatar con los dientes un nudo político que no pudo desatarse con la lengua.

Cañón, s. Instrumento usado en la rectificación de las fronteras.

Ejemplos de otros temas pueden ser:

Cerbero, s. El perro guardián del Hades, que custodiaba su entrada, no se sabe contra quién, puesto que todo el mundo, tarde o temprano, debía franquearla, y nadie deseaba forzarla.

Circo, s. Lugar donde se permite a caballos, “ponies” y elefantes contemplar a los hombres, mujeres y niños en el papel de tontos.

Fe, s. Creencia sin pruebas en lo que alguien nos dice sin fundamento sobre cosas sin paralelo.

Historia, s. Relato casi siempre falso de hechos casi siempre nimios producidos por gobernantes casi siempre pillos o por militares casi siempre necios.

Mitología, s. Conjunto de creencias de un pueblo primitivo relativas a su origen, héroes y dioses, por oposición a la historia verdadera, que inventa más tarde.

En fin... Una pequeña muestra de un gran trabajo que no debería faltar en nuestra biblioteca particular. Para aquellos interesados en la lectura completa del texto -y que, por supuesto, dispongan de un buen acceso a Internet y posibilidad de leer a través de una computadora- la descarga del libro es factible desde el sitio web El Aleph. La versión original en inglés -recomendable, si se domina dicho idioma- es posible a través del Proyecto Gutemberg. Y, para todos los que encuentren dificultades en el empleo de estos dos métodos, les recomendamos escribirnos: con gusto les haremos llegar el documento en castellano (formato pdf, tamaño 353 Kb).
Permítanme despedirme con una definición más, y una intriga que nunca podré desvelar: ¿qué hubiera escrito Bierce, con su peculiar estilo, de haber vivido en la actualidad?

Sabiduría, s. Tipo de ignorancia que distingue al estudioso.

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abril 13, 2008

[La “Sociedad” conoce] “El precio de todo y el valor de nada”

Por Sara Plaza

La sociedad con “S” mayúscula a la que se refería Oscar Wilde a finales del siglo XIX era la aristocracia londinense de la época victoriana. Un grupo al que el autor irlandés parodió en muchas de sus obras, destacando la impotencia del bien para lograr un final feliz entre los altos muros de su superficialidad. Una superficialidad que sigue manteniéndose más de un siglo después en otras muchas “clases altas” del mundo. Altas no por su estatura moral sino por las cifras astronómicas de sus cuentas bancarias y sus elevados niveles de corrupción e hipocresía.
Esa sociedad que para escucharse a sí misma necesita silenciar las voces disonantes, tiene muy poco que decir y mucho de lo que avergonzarse. Esa sociedad que sabe cuánto cuesta todo, se encarga de que una gran mayoría de personas piensen que no valen nada. Esa sociedad que se cree sus propias mentiras, habla de tener fe en la verdad. Esa sociedad que desprecia la memoria, es la que nos cuenta la historia. Esa sociedad que desprecia la vida de muchos, tiene un “plan” que “asegura” la suya. Esa sociedad que no se cocina pero gusta de la buena mesa, está desforestando los montes, envenenando los ríos, hiriendo de muerte enormes pedazos de tierra. Esa sociedad que se prodiga en dádivas miserables, se apropia de lo que no es suyo y se considera dueña de lo que nos pertenece a todos.
A esa sociedad en la que tienen cabida muy pocos se han opuesto muchos, pero el estruendoso avance de millones de pies descalzos, de millones de manos agrietadas, de millones de bocas hambrientas, de millones de miradas apagadas, de millones de sueños desterrados sigue sin derrumbar sus paredes ni hacer temblar demasiado sus cimientos. En algunos puntos quizá no sean tan fuertes como antaño pero su estructura sigue siendo ejemplo de eficacia arquitectónica. Su vigor tiene mucho que ver con el desencanto de quienes en su día vieron marchitarse muchos de sus proyectos y de quienes no encuentran hoy dónde plantar la simiente de los suyos.
Hace unas semanas, mientras Edgardo y yo visitábamos a mi familia en España, el bibliotecario que siempre va con él puso en mis manos uno de los tomos en los que mis padres han ido encuadernando todos los números de la revista “Bustarviejo” que editaba la Asociación Cultural “El Bustar” en mi pueblo, y lo abrió en la número 35-1 de febrero de 1980. En ella aparece una entrevista que el cura párroco de entonces les hacía a mis abuelos maternos. Yo no recordaba haberla leído a mis siete años, así es que fue todo un descubrimiento a mis treinta y cinco. El artículo se titula “Mariano y Jesusa. El sufrimiento de los pobres” y comienza con estas palabras de mi abuela: “Yo ya se lo he dicho a mi hija, yo lo único que le puedo decir a Antonio son penas, nada más que penas. Así que cuando venga lo único que le contaré son penas”. Las finales las pronunció mi abuelo después de escuchar la pregunta de por qué ha abandonado la gente joven el campo: “El campo es lo más despreciado y tirado de todo. El trabajo es más duro, siempre mirando al cielo, a expensas de la lluvia, del clima. Ahí no hay permiso, ni vacaciones, ni pagas extras. Pocas veces el campo da recompensas. Por eso la gente joven, al tener posibilidad de otros trabajos, ha abandonado el campo, pero ha sido por obligación y por falta quizá de que las autoridades no hayan recompensado esto. El campesino tiene que vivir al mismo nivel que los demás. El medianero y el pobre han tenido que abandonar y no han tenido más que disgustos. El único que siempre saca es el terrateniente fuerte. El abandonar el campo no beneficia nada a la nación. El gobierno, en eso, no ha estado acertado. Ha dado de lado al agricultor y este siempre lleva el timón. Yo creo que hay muchos sindicatos y muchas cosas que se podrían reducir y atender más el campo y la ganadería”. Inmediatamente después, el entrevistador llamaba la atención sobre las no pocas denuncias que van impresas en esa intervención de mi abuelo y no pude evitar sonreírme. Claro que hay denuncias entre sus palabras, y no dejaron de sorprenderme en una entrevista en la que mis abuelos recordaban algunas de las derrotas que sumaron a lo largo de su vida. También me sorprendió el buen humor que mostraron sus respuestas en un par de ocasiones pese a su sabor amargo general, y me dolió la aspereza con que mi abuelo habló del desencanto al que me referí antes. Yo sabía que él había elegido luchar en el bando republicano durante la Guerra Civil y que estuvo en un campo de concentración en Francia cuando terminó. Sabía también que nunca quiso hablar de ello y que una y otra vez les pidió a sus hijos que no se metiesen en política. Al ser preguntado sobre la misma durante la entrevista responde: “Yo me lavo las manos, me corté la coleta. Desde que estuve en Francia renuncié a la política”.
Sin duda la guerra, la pobreza, la falta de trabajo, el tener que abandonar el lugar donde uno ha vivido porque dentro de sus fronteras está condenado a muerte o a morirse de hambre, ofrecen motivos más que suficientes para el desencanto, la desilusión y la decepción. Pero los herederos de quienes los experimentaron no deberíamos olvidar que esos son los nutrientes con los que se fortalece la superficialidad que envuelve a las minoritarias “clases altas” del mundo y con los que se revitaliza la injusticia que rodea a las muchísimo más numerosas “clases bajas”. Esos son los elementos indispensables para que las primeras sigan poniendo precio a todo y para que las segundas no reconozcan su propio valor. Por ello, aunque sobren las razones para el desánimo, no tendrían que faltar las que nos impulsen a denunciar una y otra vez el origen y la causa del mismo, pues es en el terreno que conquistemos a la decepción donde germinará la semilla de nuestros proyectos, mientras que en el que fertilicemos con desencanto sólo aumentará la impotencia del bien para lograr un final feliz, tanto en la sociedad con “S” mayúscula como en el resto.
Hace ya algunos años que uno de mis maestros me animó a descubrir los escritos de Wilde y hace sólo unas semanas el culpable de este blog depositó entre los dedos de la cómplice un volumen en el que pude leer a mis abuelos. Al docente y al bibliotecario gracias por las páginas que me descubrieron; a sus respectivos autores gracias por escribirlas y pronunciarlas.

Nota: El título del artículo pertenece a palabras de Lord Darlington en Lady Windermere’s fan del escritor irlandés Oscar Wilde.

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