Poemas en prosa
En “El Artista”, Oscar Wilde cuenta en primera persona que una tarde sintió el deseo de modelar “El placer de un instante” y fue por todo el mundo en busca de bronce para tallar esa obra, porque pensó que sólo podía estar hecha de dicho material. Sin embargo, en todo el mundo no quedaba más bronce que el de otra figura que él mismo había esculpido y a la que dio el título de “La pena que siempre perdura”. Ésta se encontraba en la tumba de lo que él más había amado en su vida y podía significar que el amor del hombre no muere o ser símbolo de la pena que queda para siempre en él. Pero como estaba hecha del único bronce que quedaba en el mundo fue a buscarla, la introdujo en un gran horno y la prendió fuego. Y así, a partir de “La pena que siempre perdura”, que él mismo había creado, dio forma a “El placer de un instante”.
He leído y releído la historia y sigo sin poder decidir si su primer trabajo terminó siendo pasto de las llamas porque efectivamente no quedaba más bronce en el mundo o porque al artista se le acabaron el amor y la pena sucesivamente. Mayo del 68 también tuvo mucho de obra artística y, según leía en el “Babelia” del sábado 20 de abril, tampoco queda en el mundo más material del que utilizaron sus creadores entonces. Incluso da la sensación de que a algunos de ellos también se les ha acabado el sentimiento revolucionario que les inspiró. Aunque quizás la inspiración esté relacionada con la primera Ley de la Termodinámica, esa que nos enseña que nada se pierde sino que todo se transforma, y el material de aquel mayo contestatario sigue formando parte de la mucha poesía y la no poca prosa a que ha dado lugar después de 40 años. Juzguen ustedes mismos a partir del conglomerado de opiniones que, con no poco lirismo, presentaba “Babelia” el sábado 20 de abril. Y es que había mucha metáfora en los títulos de algunos artículos, fíjense si no en los siguientes versos de Fernando Savater, “La elocuencia de las paredes” y de Juan Goytisolo, “Instantáneas en sepia de un mes excepcional”. O en estos bocetos de estrofa que aparecen en algunas frases como la de Catherine François y Santiago Auserón, “La juventud no quería un porvenir asegurado, sino un presente apasionante”, o la que ellos recogen de Gilles Deleuze y Félix Guattari, “Por mucho que el acontecimiento sea ya antiguo, no consiente en quedarse atrás, porque es apertura hacia lo posible”.
Claro que lo verdaderamente emocionante de la lectura llegó cuando, mientras intentaba esclarecer si la rima de este suplemento literario era consonante o asonante, Josep Ramoneda y Antonio Muñoz Molina sumaron una opción más con la que no había contado hasta entonces: la disonante. El primero volvía sobre la actualidad de lo sucedido entonces, pero lo hacía de manera distinta, “Ha costado entender que el tiempo pasa para todos y la patente de modernidad no tiene dueño”. Y el segundo prácticamente volvía la espalda a los hechos en sí, “A mí, sinceramente, tanta conmemoración de Mayo del 68 me produce un aburrimiento invencible. Ya me lo sé todo: lo de la imaginación al poder, lo de ser realista y pedir lo imposible, lo de los adoquines y la arena de la playa, etcétera. Otros hechos coetáneos me importan mucho más, y reciben mucha menos literatura”. A su vez, en el artículo “Los ecos de la revuelta”, Octavi Martí repasaba el pensamiento de otro conjunto de voces que también discrepaban sobre la importancia del movimiento estudiantil y si cambió el mundo –para mejor o para peor- o no cambió nada. Entre ellas se encontraba la del actual presidente francés durante la pasada campaña presidencial, a quien, como bien acotaba Martí “solo le faltó darle a Mayo del 68 influencia retrospectiva, culparle del nazismo, la trata de esclavos o del hundimiento de la torre de Babel”.
Pese a que durante las últimas cuatro décadas han corrido ríos de tinta, seguimos bajo el riesgo de inundaciones a la vista de las nuevas publicaciones que van a sacar a la luz en los próximos meses un número nada desdeñable de editoriales. No obstante, nunca está de más revisar nuestra propia opinión en las circunstancias actuales. Probablemente encontremos en ella algunos tópicos y no pocos lugares comunes, es decir que sigamos desconociendo bastante sobre el asunto aunque nos sepamos de memoria sus lemas. Claro que, a veces, nuevas lecturas no sirven para desmontar viejos clichés, sino que los perpetúan. De manera que tendremos que hacer un pequeño esfuerzo por descubrirlos y polemizarlos. Siempre es saludable un poco de inconformismo.
He dicho, a veces, que fuimos mucho mejores hijos –en la medida en que supimos plantar cara a nuestros padres- que padres –en la medida en que no supimos plantar cara a nuestros hijos-. Con nuestra actitud –y la potencia integradora de las contradicciones que el capitalismo tiene- les hemos dejado sin espacio para la trasgresión [1].
[1] Extracto del artículo “Contestación mundial” de Josep Ramoneda en EL PAÍS del sábado 20 de abril.
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