Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

mayo 31, 2008

La ruta de la tinta en África

Por Edgardo Civallero

Si les pido que piensen en “bibliotecas africanas”, probablemente la mayoría de ustedes verá, en su imaginación, las unidades modernas de las distintas naciones del gran continente. Pero si les pido que piensen en “bibliotecas africanas de hace cinco siglos”, de esa época en la que aún gran parte de esas tierras era un misterio para los europeos que luego las “descubrieron”... ¿en qué pensarían?

[Si esto fuera un auditorio, éste sería el odioso momento en el cual todo el mundo se queda callado y revisa concienzudamente sus manos, la nuca de la persona de delante, los desperfectos del suelo...].

Nos han vendido muchas veces la imagen del “África tribal”, del “continente negro”, de “la tierra del tam-tam y la tradición oral”, de las “expresiones artísticas como medio de transmisión de saberes”... Los clásicos de Hollywood, los libros de viajes de los exploradores del s. XIX, y el enorme imaginario popular creado de a poco probablemente hagan que pensemos en un África hecha de danzas exóticas y cantos más exóticos aún, y en pueblos sin escritura, sin libros y, por supuesto, sin bibliotecas...
Quizás algunos se sorprendan cuando les cuente que uno de los grandes centros de saber de ese continente -uno de la talla de otros grandes núcleos contemporáneos- estaba en el borde mismo del desierto del Sahara, en uno de los cruces de rutas comerciales más importantes de aquella región del planeta.
Se llamaba -y aún se llama- Timbuktu. Y hoy pretendo contarles un poco de su historia y de la de sus libros.
Timbuktu (o Tombuctu, por su grafía francesa) se encuentra en el actual estado de Malí, en el África occidental. Fue fundada hace diez siglos por los Tuareg o Targui, los famosos “hombres azules de desierto”, nómades de origen bereber que deambulaban en sus dromedarios a través de ese enorme país sin dueño que era el desierto del Sahara (por cierto, ¿sabían que “Sáhara” significa precisamente “desierto” en árabe?). Estos pueblos -que, curiosamente, ya habían desarrollado un milenario sistema de escritura- fundaron la villa, aunque fueron mercaderes de la vecina ciudad-estado de Djenne los que la poblaron inicialmente, levantando un gran número de mercados y asentamientos mercantiles. Muy pronto Timbuktu se convirtió en un lugar próspero, pues se encontraba en el cruce de las caravanas trans-saharianas. Esas caravanas intercambiaban bienes entre el norte islámico (sal) y la zona del Níger, al sur (oro, esclavos, marfil, frutas), y era lugar de descanso para las interminables tropas de camellos porteadores, y para sus conductores.
Para el siglo XI había un buen número de comerciantes de las etnias Fulani, Mandé y Tuareg asentados allí. Todos ellos eran musulmanes. La ciudad perteneció a varios imperios: al de Ghana, al de Malí desde 1324, al Songhay desde 1468... Dentro del Imperio Songhay, Timbuktu fue “la joya de la corona”, siendo esa su época de máximo esplendor.

[Resulta increíble la enorme cantidad y variedad de ciudades-estados, imperios y confederaciones que surgieron y desaparecieron en África antes de que la historia europea alcanzara a esos pueblos. Muchas veces estamos dispuestos a creer que allí no hubo historia ni nada digno de mención hasta la llegada de exploradores como Livingstone, Stanley, Burton... Pero, como dije al principio, no son más que partes del imaginario popular].

En 1591, la ciudad fue capturada por una banda de aventureros marroquíes capitaneados por un renegado español, el llamado “Pachá Joder”. Pachá era título honorífico, y la otra palabreja era la interjección que salía más a menudo de la boca de ese malhablado individuo (interjección que nuestros lectores ibéricos sabrán reconocer, sin duda). Ese fue el inicio del fin del esplendor de Timbuktu. En 1893 cae bajo el poder colonial francés -no sin la dura resistencia de los Tuareg- y en 1960 gana su independencia junto con todo el Sudán francés (actual Malí). En los 90, la ciudad sufrió el ataque de los Tuareg, que pretendían crear su propio estado. La llamada “Rebelión Tuareg” no duró mucho, y terminó con una quema de armas en 1996.
Hoy es una ciudad bastante empobrecida, pero durante siglos constituyó un misterio para los europeos, especialmente porque, al ser un centro musulmán, estaba prohibida la entrada a todo aquel que no profesara la religión de Mahoma. Se contaban leyendas sin fin sobre sus riquezas -muchas de ellas basadas en hechos reales- y fueron numerosos los individuos y organizaciones occidentales que quisieron “descubrir” (ese era el verbo usado) Timbuktu y sus tesoros de fábula. En 1788, un grupo de ingleses formó la African Association para lograr encontrar la ciudad y ponerla sobre el mapa del continente. La Sociedad de Geografía de París ofreción, en 1824, un premio de 10.000 francos al primer no-musulmán que entrara a la ciudad y volviera con información. El escocés Gordon Laing llegó en 1826, pero fue asesinado. El francés René Caillié lo hizo en 1828, disfrazado de musulmán, y pudo regresar para contarlo y adueñarse del premio y dudoso honor de haber sido el primer europeo en entrar en la legendaria villa. Sólo otros tres europeos pudieron imitar su hazaña antes de 1890.
Es un UNESCO World Heritage Site desde 1988, debido a sus mezquitas hechas de adobe y barro, una imagen que proporciona a esa ciudad -y a otras de la región- un tremendo halo de misterio. Según se dice, las siluetas de esas construcciones inspiraron al arquitecto catalán Antonio Gaudí. Lamentablemente, la ciudad se está desertificando, y ha sido declarada en peligro desde 1990. Tan misteriosa es que una encuesta de 2006 realizada entre jóvenes británicos arrojó que el 34 % no creía que la ciudad existiese, y que un 66 % la consideraba “un lugar mítico”.
A lo largo del s. XV se levantaron un buen número de instituciones islámicas en Timbuktu. La más famosa es la mezquita de Sankore, también conocida como “Universidad de Sankore” por la madrassa o escuela islámica que alojaba. Esa fue construida en 1581, y se convirtió en el centro de la comunidad académica islámica de esa región, aunque otras mezquitas aún sobrevivientes -la de Djinguereber o la de Sidi Yahya- son mucho más antiguas.
Una madrassa islámica no tiene nada que ver con una universidad medieval europea (por comparar instituciones de la misma época). La madrassa estaba compuesta por un grupo de escuelas independientes, cada una gestionada por un maestro o imam. Los estudiantes se asociaban a un determinado profesor, y las clases tenían lugar en los espacios abiertos de la mezquita o en residencias privadas. El foco básico de las clases era el estudio del Corán, pero también se enseñaba lógica, astronomía, historia, música, botánica, religión, comercio, derecho y matemáticas. Los académicos escribían sus propios libros como parte de un modelo socio-económico basado en la investigación. Los beneficios obtenidos por la venta de libros era el segundo negocio de la ciudad, después del comercio de oro y sal. Más de 100.000 manuscritos se conservaban en la villa, la mayoría escritos en árabe o pulaar (lengua de los fulani) y con contenidos didácticos sobre los temas tratados en la madrassa.
El nivel alcanzado por la producción de libros y conocimientos entre el s. XVI y XVIII hicieron que se acuñara un refrán, que sirve como testamento a esa brillante era: “La sal viene del norte; el oro, del sur; pero la palabra de Dios y los tesoros de la sabiduría vienen de Timbuktu”.
Se cree que había más de 120 bibliotecas en la ciudad, que formaban parte de la “ruta de la tinta” africana. Esta arrancaba desde el norte de África y, siguiendo las rutas de las caravanas, llegaban al este del continente, también dominado por comerciantes árabes. En tiempos recientes, las bibliotecas se redujeron a unas 60-80 instituciones privadas, que se dedicaban a conservar los invaluables manuscritos. Entre ellas destacan hoy las bibliotecas Mamma Haidara, Kati, Al-Wangari y Mohammed Tahar. La biblioteca de la familia Kati posee 3.000 documentos de origen andalusí: los más antiguos están datados entre los s. XIV y XV. Hay más de un millón de documentos originales conservados hoy en Malí, y se supone que hay otros 20 millones en otras partes de África, en especial en la vecina región de Sokoto, Nigeria. Muchos de ellos son conservados como tesoros por familias que no revelarán su existencia...
Existen varios proyectos internacionales conjuntos que pretenden rescatar todo ese patrimonio. En agosto de 2002 se mantuvo el Ink Road International Symposium en Bamako (capital de Malí). En 2006, un esfuerzo conjunto de los gobiernos de Malí y Sudáfrica permitió comenzar la investigación al respecto. UNESCO ha iniciado el Timbuktu Manuscrit Project, y en la ciudad, una fundación se dedica a la preservación de documentos históricos. No quedan artesanos del libro, aunque existen muchos recuerdos de ese oficio, que constituyó una industria floreciente hace mucho tiempo...
La historia que nos suelen enseñar -la de los libros, y tantas otras- parece demasiado concentrada en Europa, y muy pocas veces presta debida atención a otros espacios geográficos y culturales. El esbozo aquí realizado sobre África occidental podría también elaborarse sobre América Central prehispánica, sobre su producción de bellos códices y sobre su industria de papel de higuera amatl. ¿Cuánto nos han dicho sobre eso? ¿Cuánto hemos aprendido? ¿Cuánto sabemos?
Lejos de pretender “dar la voz a los sin voz” -Sara ya hablará un poco sobre ese tema la semana que viene-, quizás en este espacio podamos “refrescar las memorias”. Memorias de mundos que tuvieron, ellos también, diestros encuadernadores, magníficos ilustradores y expertos investigadores. Como los de Timbuktu.

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mayo 24, 2008

¿Se leen los conflictos de manera distinta con el paso del tiempo?

Por Sara Plaza

No deja de ser curioso observar cómo han ido evolucionando las distintas lecturas de los conflictos -tanto de los que ya terminaron, como de los que perduran- a lo largo del tiempo. A veces, ni siquiera tienen que pasar siglos pues bastan unos pocos años para hablar de modo distinto de un mismo problema que, indudablemente, con el paso del tiempo habrá sufrido numerosos cambios para permanecer sin solución o terminar resolviéndose.
Se acaban de cumplir 60 años desde la creación del Nuevo Estado de Israel en una región cuyos límites y nombres han variado a lo largo de la historia.
Hagamos un poco de memoria y repasemos un pedacito de la que enmarca esa zona.
Los primeros restos humanos datan de hace 500.000 años. Doce milenios a.C. la cultura Natufiense elaboraba herramientas de madera, piedra y hueso, y las primeras comunidades agrícolas se asentaron en aquellos territorios entre el 10.000 y el 5.000 a.C. Nuevos grupos migratorios que utilizaban el cobre llegaron de una cultura originaria de Siria, y entre el 3.000 y el 2.200 a.C. fueron creadas las primeras ciudades-estado cananeas independientes. Las civilizaciones de Egipto, Mesopotamia, Siria y Fenicia tuvieron gran influencia en Canaán a través de las relaciones comerciales y diplomáticas que establecieron entre sí, y en 1190 a.C. arribarán los filisteos, quienes se mezclarán con las poblaciones locales e introducirán el uso del hierro y del carro tirado por caballos.
Se estima –aunque algunos historiadores cuestionan incluso su autenticidad- que entre 2.000 y 1.000 años a.C., Abraham marchó desde la antigua ciudad de Ur (antigua Mesopotamia) hasta Harán (actual Turquía), y que una vez allí se apartó de su tribu y dejó de lado la idolatría para encaminarse, junto a su familia y rebaños, hacia Canaán y fundar –por mandato celestial- un pueblo monoteísta. Los cananeos denominaron a Abrahán, Ibri y quienes le acompañaban serían conocidos como ibrim (“del otro lado”), palabra que dio origen al término “hebreo”. Se cuenta que Isaac, el hijo de Abraham, se trasladó todavía más al sur de esa “Tierra Prometida”, hasta el desierto de Néguev y que el menor de sus hijos, Jacob, después de engañar al mayor, Esaú, huyó a Mesopotamia, donde pasó a llamarse Israel (“El que disputó con Dios”). También se dice que Israel tuvo 12 hijos y que su favorito fue José. Él fue el primero de los hermanos en marchar a Egipto. Años más tarde, el hambre en Canaán obligaría a los demás y a su padre a seguir sus pasos. Con la llegada al poder de Ramsés II los judíos fueron esclavizados y no sería hasta la aparición de Moisés –al parecer llamado también por Dios para refrendar el acuerdo celebrado con Abraham y guiar a los israelitas a la tierra prometida-, y el azote de aquellas famosas siete plagas cuando el faraón permitió salir a los esclavos de Egipto. Durante 40 años estuvo Moisés en el desierto, al cabo de los cuales regresó a Canaán. El testigo pasará entonces a su discípulo, Josué, quien recorrerá el Jordán y tomará Jericó, para conquistar después toda Canaán y repartirla entre las 12 tribus de Israel.
Durante los primeros siglos en Canaán, los israelitas fueron gobernados por una sucesión de “jueces”. De ellos, quizás el más famoso fuese Sansón, traicionado por la filistea Dalila. El primer rey judío fue un guerrero campesino, Saúl, a quien sucedería en el trono su yerno David, vencedor en la lucha frente al gigante filisteo Goliat. Con el tiempo David conquistó una pequeña población en la colina de Salim y la convirtió en Jerusalén. Bajo la dirección de su hijo, Salomón, estos pueblos alcanzaron su máximo esplendor, pero a su muerte las discordias internas desgarraron el territorio en dos nuevos reinos: Israel al norte y Judá al sur (de ahí vendrá la palabra “judío”). Estos reinos coexistieron junto a otros, entre ellos varias ciudades-estado filisteas.
Las tribus del norte fueron vencidas por los asirios 200 años más tarde y pasaron a ser conocidas como las “Diez Tribus Perdidas”. En el 587 a.C. Nabucodonosor capturó Jerusalén y los judíos, junto al resto de los sobrevivientes, fueron llevados cautivos a Babilonia. Solamente se les permitió volver cuando Ciro, el rey persa, conquistó Babilonia en el 538 a.C. El Imperio Persa caerá ante las tropas griegas de Alejandro Magno y a los judíos de Judá se les limitará su autonomía religiosa y administrativa. Fascinados por la cultura griega algunos judíos reformistas se enfrentaron a los más ortodoxos y esta división interna, que terminaría en guerra civil, posibilitó la invasión del sirio Antíoco IV Epifanes. Los sirios serán expulsados de Jerusalén por Judas Macabeo en el 167 a.C. y los judíos volverán a progresar bajo los macabeos por un corto espacio de tiempo. En el 63 a.C. aparecen los romanos y llamarán Judea a Judá, convirtiéndola en colonia y nombrando, años después, a Herodes el Grande como “rey de los judíos”. Judea se rebelará contra el Imperio Romano en el 66 d.C. y el territorio será asolado por las legiones de Vespasiano y Jerusalén tomada por su hijo Tito en el año 70. Los judíos se diseminarán y Judea junto con Galilea, Samaria e Idumea serán conocidas a partir de entonces como una nueva provincia romana denominada Siria Palestina en honor a los filisteos.
En los siguientes siglos esta zona sufrirá otras muchas ocupaciones. Entre ellas las de los árabes allá por el 636, de los cruzados en 1099, de los tártaros en 1244 y de los turcos en 1517. Para ser nuevamente ocupada en el siglo pasado, durante casi tres décadas, esta vez por los británicos. Al finalizar la Primera Guerra Mundial, Gran Bretaña había vencido a los turcos otomanos con la ayuda de rebeldes árabes, pero no pudo cumplir su promesa de crear un gran Estado árabe independiente porque en el 1920 Francia expulsará al rey Faisal de Damasco y Gran Bretaña dará prioridad a los acuerdos con los franceses. En 1920, el Consejo Supremo Aliado (Gran Bretaña, Estados Unidos, Francia, Italia y Japón) se reunió en San Remo y Gran Bretaña aceptó un mandato para Palestina, aunque quedaron pendientes las condiciones y los límites del mismo. En 1922, la Liga de Naciones le conferirá a Gran Bretaña dicho mandato internacional en esa región, donde ya se había concedido a los judíos el derecho a organizar su hogar nacional. Habían pasado cinco años de la declaración de Balfour, en la que se reconocía la conexión histórica del pueblo judío con Palestina. Durante el mandato, mientras Gran Bretaña favorecía a los judíos, éstos mantuvieron una política de negación de la población autóctona.
En los años que siguieron a las Segunda Guerra Mundial, el control británico sobre Palestina se volvió cada vez más incierto. Finalmente, a principios de 1947 el gobierno británico anunció su deseo de finalizar el mandato argumentando que era incapaz de encontrar una solución aceptable para ambas partes, la judía y la árabe, y cedió su responsabilidad sobre Palestina a las Naciones Unidas. Éstas aprobaron la partición del Mandato de Palestina en dos estados, uno árabe y otro judío, quedando el área de Jerusalén bajo control internacional. Los líderes judíos estuvieron de acuerdo, pero no así los árabes palestinos. No obstante, el Nuevo Estado de Israel fue proclamado el 14 de mayo de 1948, y los estados y ejércitos árabes vecinos atacaron Israel inmediatamente después de su declaración de independencia provocando la guerra árabe-israelí de 1948. Durante esta guerra, de acuerdo a las estimaciones de Naciones Unidas, alrededor del 80% de la población árabe tuvo que abandonar el país. Al finalizar el conflicto armado, Israel quedó establecido la mayor parte del territorio mientras que la restante, que comprendía la Franja de Gaza, el margen occidental del río Jordán y Jerusalén del este, fue ocupada por Egipto y Jordania, y conquistada con posterioridad por Israel durante la Guerra de los Seis Días en 1967.
Hasta aquí el ejercicio de memoria y esbozo de la historia que les proponía.
Veamos ahora cómo se han tratado un par de momentos de la más reciente en dos textos que estuve consultando estos días mientras revisaba lo expuesto hasta ahora en un par de enciclopedias. Uno de ellos es el artículo “El sufrimiento como identidad” escrito por el periodista especialista en política internacional, Andrés Criscaut, en la edición internacional para Argentina del diario Le Monde diplomatique, “el Dipló” de mayo de 2008. El otro es un libro titulado “Israel” de Robert St. John y los redactores de LIFE en español, publicado en 1962 perteneciente a la colección “Biblioteca Universal de LIFE en Español”.
Así es como Andrés Criscaut escribe sobre lo sucedido entre 1936 y 1939:

“Los árabes de Palestina, tanto urbanos como campesinos, se vieron por primera vez solos y ante una colonización judía que creció de 12.500 personas en 1932 a 66.000 en 1935, cuando se intensificó la huida de la Alemania nazi.
Entre 1936 y 1939 se produjo una revuelta espontánea –similar a la ocurrida en la última década con las dos Intifadas- compuesta básicamente por campesinos y marginados de los centros urbanos, conocida como al Gran Revuelta árabe de Palestina, y que tomaría por sorpresa a la pequeña elite de dirigentes palestinos (sólo un 9% participó, y menos de un 5% dirigió acciones armadas o de guerrilla).
El levantamiento, si bien fue disparado por los desafíos y las inequidades ante el creciente enclave judío en el Mandato, tuvo una orientación abiertamente antibritánica, ya que la Corona era responsable directa de este desequilibrio. Pero en su etapa final terminó siendo una verdadera guerra civil entre palestinos. La revuelta puso en serios aprietos a la administración del Mandato, que desplegó más tropas en la pequeña zona de Palestina que en todo el subcontinente indio”. (p. 33)

Y de esta manera lo hace Robert St. John:

“A mediados de la década de 1930, el antisemitismo de Alemania, Austria y Checoslovaquia, y la renuencia de Australia y de los países aún poco poblados de América a abrir sus puertas a los judíos que huían de Europa Central para salvar sus vidas, hizo que muchos de éstos optaran por buscar refugio en Palestina. Ahora los árabes, en señal de protesta, organizaron una rebelión en gran escala que principió durante la primavera de 1936. Los motivos comenzaron en Jaffa y se extendieron a todos los lugares donde había árabes y judíos. Hubo muchos muertos y la vida en las poblaciones se trastornó por culpa de un paro general decretado por los árabes. Los británicos enviaron fuerzas militares desde Egipto, Malta y la propia Inglaterra y finalmente el orden fue restaurado”. (pp. 39-40)

Habría mucho en lo que fijarse, pero lo que primero llamó mi atención fue que el primero denomina revuelta a lo que el segundo considera rebelión, y la espontaneidad atribuida a la primera se contrapone con la organización de la segunda. De lo que no quedan muchas dudas es de los métodos británicos.
Fijémonos ahora en cómo ha cambiado, en el transcurso de los 44 años que separan la escritura de St. John de la de Criscaut, la denominación de la contienda que finalizó en 1948, un año después de que las Naciones Unidas decidieran dividir el territorio de la Palestina británica en dos estados, uno judío y otro árabe.
Criscaut explica:

“Para los israelíes, 1948 fue el año en que los judíos ganaron la ‘Guerra de la Independencia’ y crearon el Estado de Israel. Para los palestinos, fue el año de la Nakba (el Desastre), el año en que perdieron Palestina y su sociedad fue devastada”. (p. 33)

St. John manifiesta:

“Pero durante la guerra que siguió al retiro de las fuerzas británicas en 1948, [Jerusalén] fue escenario de sangrientos combates entre israelíes y árabes ... desde que rechazaron a los ejércitos árabes ... [los israelíes] orgullosamente llaman a esta contienda ‘Guerra de la Liberación’”. (pp.12-14)

En las líneas extractadas ambos textos hablan de los mismos hechos, ¿cómo pueden parecerles tan distintos a sus autores? ¿Ha sido el tiempo el causante de sus diferentes miradas? ¿Se ha modificado con él nuestro propio análisis? Opino que el tiempo juega un papel importante, pero quizás nuestros prejuicios intervengan mucho más. En muchos casos, cuando no contamos con la experiencia o la información suficientes –o recibimos información incorrecta- los autores y los lectores seguimos partiendo de ideas preconcebidas para llegar a conclusiones preconcluidas.
Antes de finalizar esta entrada, les invito a que busquen y hagan lo posible por encontrar y sentarse a ver la estupenda película del director Severio Costanzo, “Private” (Italia, 2004, 35mm, AM13, 90’). Fue premiada en varios festivales y Costanzo recibió el David di Donatello al director revelación en 2005. Podrán ponerse un poquito en la piel de una familia palestina a quienes el ejército israelí les confisca su casa. Tendrán oportunidad de hacerse un montón de preguntas y posiblemente no encuentren muchas respuestas, pero vale la pena quedarse con la duda y seguir pensando sobre ello.

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mayo 18, 2008

Enciclopedias

Por Edgardo Civallero

Enciclopedia. Su nombre deriva de una lectura ligeramente errónea del original griego “enkyklios paideia”, que significa “educación general”. Ese nombre saltó del griego al latín, y de allí a casi todas las lenguas europeas, para convertirse, más tarde, en un sinónimo de “saber general”.
Las enciclopedias constituyeron uno de los cimientos más firmes de las colecciones de referencia de nuestras bibliotecas. Y, aún en un mundo dominado por muchos soportes digitales, continúan siendo el escalón inicial de cualquier investigación o acercamiento a una materia. Buen ejemplo de la importancia que tienen en la actualidad es el asombroso desarrollo y la difusión de la Wikipedia, en la cual, bajo la dirección de un equipo plural de editores, un conjunto aún mayor de contribuyentes aporta conocimientos referidos a tópicos de su especialidad.
Un proceso similar ocurrió, hace siglos, durante la elaboración de la enciclopedia más famosa en el ámbito europeo: la de Diderot y d’Alembert. Su historia no está desprovista de curiosidades. Permítanme compartirla con ustedes.
En 1728, Ephraim Chambers publicó en Londres su “Cyclopaedia”, subtitulada “Un diccionario universal de artes y ciencias”. Eran dos densos volúmenes in folio, con casi 2500 páginas, que pronto se convirtieron en una de las primeras -y más célebres- enciclopedias generales en lengua inglesa. Contaba con un sistema de referencias cruzadas bastante sólido y con una clasificación de los artículos por áreas de conocimiento (de las cuales el autor anotó 47). Basada en trabajos anteriores (como los de John Harris en 1704), la obra de Chambers destacó por haber sido elaborada con seriedad y buen juicio. De hecho, mantuvo su popularidad por años y fue el origen de la famosa “Encyclopédie” francesa.
La “Encyclopédie”, o “Diccionario razonado de ciencias, artes y oficios” se publicó en Francia entre 1751 y 1772, con revisiones y suplementos tardíos (1772, 1777 y 1780) y con numerosas traducciones y derivados posteriores. Originalmente, pretendía ser una sencilla traducción de la obra de Chambers al francés. A tal efecto, el editor André Le Breton encargó, en 1743, la labor de traducción a un inglés residente en París, John Mills, hasta entonces un modesto escritor que había elaborado algunos textos sobre agricultura en su país natal. En mayo de 1745 -dos años después- Le Breton anunció que el trabajo estaba listo para la venta. Grande fue su sorpresa cuando se enteró que Mills no sólo no hablaba ni escribía correctamente el francés (muchos dicen que apenas lo balbuceaba), sino que ni siquiera tenía una copia de la “Cyclopaedia” para comenzar su trabajo. Un trabajo que, como supondrá el atento lector, no estaba ni siquiera iniciado.
Le Breton había sido descaradamente estafado. Lleno de rabia, buscó a Mills y le propinó tal paliza (unos dicen que con una caña, otros que con un bastón) que el “traductor” presentó cargos contra el editor a las Cortes. Estas, tras estudiar el caso, dieron la razón a Le Breton, pues, de acuerdo a su juicio, la agresión estaba “justificada por la incompetencia del agredido”.
Le Breton reemplazó a Mills por Jean Paul de Gua de Malves en 1745. Entre los contratados por Malves para realizar el enorme trabajo de traducción se encontraban Étienne Bonnot de Condillac, Jean le Rond d’Alembert y Denis Diderot. En agosto de 1747, Malves fue despedido por Le Breton, debido a sus rígidos métodos de trabajo. Otras versiones explican que el propio Malves se marchó, hastiado de la labor. Le Breton contrató entonces a Diderot y a D’Alembert como nuevos editores. Y el inicial trabajo de traducción se convertiría en uno de redacción.
Diderot permanecería en su puesto 25 años, pudiendo ver su obra finalizada.
El trabajo contó con 35 volúmenes, 71.818 artículos y más de 3.000 ilustraciones. Muchas de las más grandes figuras de la Ilustración francesa colaboraron en esos artículos: Voltaire, Rousseau, Montesquieu... Louis de Jaucourt fue el contribuyente que batió el récord de artículos escritos: 17.266. Ocho por día, entre 1759 y 1765...
El mismo Le Breton se dio el lujo de escribir un artículo de la “Encyclopédie”: el dedicado a la tinta negra, “Encre noire”. También se dio otro lujo: el de censurar un buen número de textos, para hacer la obra menos “radical”. Este hecho ocasionaba frecuentes ataques de ira de Diderot. Los recortes de Le Breton se ensañaron con artículos como “Sarracenos o Árabes” y “Filosofía pírrica”... En todos los casos, existían motivos políticos para realizar las censuras.
Los escritos de la “Encyclopédie” eran revolucionarios, debido a su enfrentamiento abierto con los dogmas católicos. De hecho, la totalidad del trabajo fue prohibido por decreto real en 1759. Afortunadamente, debido al apoyo que tenía de parte de ciertas personas influyentes -como la célebre Madame de Pompadour- el trabajo continuó “en secreto”. En realidad, las autoridades civiles no querían deshacer una actividad comercial que daba trabajo a muchas personas. La prohibición fue, en realidad, una tapadera para acallar las furibundas quejas de la Iglesia.
La “Encyclopédie” se transformó en una obra célebre, tanto por sus ideas como por sus autores. Sin embargo, hubo trabajos mucho más relevantes, realizados con siglos de antelación y por parte de autores unitarios. Lamentablemente, muchas de esas obras han desaparecido, o han caído en el olvido más absoluto. Algunos ejemplos pueden ser los siguientes:

- La enciclopedia médica de 30 volúmenes escrita por Abu al-Qasim al-Zahrawi, el padre de la cirugía moderna, en el año 1000.
- La primera enciclopedia científica conocida, “Kitab al-Shifa”, de Ibn Sina o Avicena, escrita entre 1000 y 1030. Poseía 9 volúmenes sobre lógica, 8 sobre ciencias naturales, 4 sobre aritmética, astronomía, geometría y música, y otros tantos sobre filosofía, psicología y metafísica.
- El “Canon de la Medicina”, una enciclopedia de 14 volúmenes escrita también por Avicena hacia 1030. La obra fue referencia y modelo en las universidades europeas y musulmanas hasta el siglo XVII. En ella se presentaba la medicina experimental, el descubrimiento de las enfermedades infecto-contagiosas y un largo etcétera.
- El “Canon Masudicus” de Abu al-Rayhan al-Bisudi (1031), una extensiva enciclopedia sobre astronomía.
- La enciclopedia de 43 tomos de Ibn al-Nafis (1242-1244) titulada “El Libro Comprehensivo sobre Medicina”, una de las mayores enciclopedias médicas de la historia, aunque solo unos pocos volúmenes hayan sobrevivido.

Lamentablemente, la mayoría de las grandes obras del saber islámico -cuyos conocimientos fueron precursores de los “descubrimientos” realizados en Europa mucho más tarde- desaparecieron bajo el peso de las invasiones mogolas en Bagdad, las Cruzadas o la conquista de Andalucía por los reinos hispanos. Mucho fue quemado y destruido. Solamente aquellos textos que habían sido traducidos al latín -durante el siglo XII y XIII- en centros de cultura y saber como Toledo, Segovia, Cataluña, Sicilia o el sur de Francia, pudieron conservarse para la posteridad.
Siglos después, fueron muchos los que se adjudicaron descubrimientos y pasaron a los libros de historia y de ciencia como grandes figuras, cuando en realidad esos descubrimientos ya habían sido realizados siglos antes. Cosas de la historia.
En realidad, cosas de la historia eurocentrista....”Eurotodo”, diría Eduardo Galeano al respecto, titulando un texto en la página 103 de su último libro, “Espejos”:

“Copérnico publicó, en agonía, el libro que fundó la astronomía moderna.
Tres siglos antes, los científicos árabes Muhayad al-Urdi y Nasir al-Tusi habían generado teoremas que fueron importantes en el desarrollo de su obra. Copérnico los usó, pero no los citó.
Europa veía el mundo mirándose al espejo.
Más allá, la nada.
Las tres invenciones que hicieron posible el Renacimiento, la brújula, la pólvora y la imprenta, venían de China. Los babilonios habían anunciado a Pitágoras con mil quinientos años de anticipación. Mucho antes que nadie, los hindúes habían sabido que la Tierra era redonda y le habían calculado la edad. Y mucho mejor que nadie, los mayas habían conocido las estrellas, los ojos de la noche, y los misterios del tiempo.
Estas menudencias no eran dignas de atención”.

El mismo Galeano afirma en la misma página del mismo libro, en el texto titulado “Sur”:

“Los mapas árabes todavía dibujaban el sur arriba y el norte abajo, pero ya en el siglo trece Europa había establecido el orden natural del universo [el norte arriba y el sur abajo]”.

Galeano nos cuenta que la biblioteca imperial de Pekín tenía, en el siglo XV, 4000 libros en los que reunía el saber del mundo. Seis libros tenía, por entonces, el rey de Portugal...
Cosas de la historia. Cosas de la memoria. Afortunadamente, las actuales enciclopedias virtuales -como la ya citada Wikipedia- permiten la existencia de versiones en chino, árabe, ruso, griego, y tantos y tantos otros idiomas. Pero, por desgracia, los que sólo sabemos leer el alfabeto latino y un par de idiomas europeos tenemos que quedarnos con los artículos que nos cuentan todo desde este lado del espejo.
Vuelvo, para cerrar esta entrada, al principio. La palabra “enciclopedia” deriva del griego, y significa “educación general”. Quizás algún día tengamos una “generalidad” que abarque y tenga en cuenta a todos y a todo. Tal vez ese día podamos aprender algo nuevo, diverso y realmente valioso. Mientras tanto, deberemos conformarnos con la “generalidad” de siempre.

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mayo 11, 2008

Las páginas de un libro son como el hombro de un amigo

Por Sara Plaza

Andábamos Edgardo y yo revisando nuestra biblioteca y redescubriendo viejos tomos en las estanterías más bajas, cuando me di de bruces con una edición viejita en inglés de “Anna Karenina”. Sus tapas estaban raídas y su encuadernación seriamente dañada. Sus hojas amarilleaban por los bordes y al pasar despacito sus casi mil páginas se desprendió de ellas ese aroma a papel viejo tan característico de los depósitos de bibliotecas y archivos. Había otras joyas en aquellos estantes pero por alguna razón especial mis ojos recalaron en ésta. Sin incorporarme aún, me había sentado en el suelo y a mi alrededor tenía pequeños montones de libros que intentábamos ordenar entre ambos, comencé a leer las palabras del conde León Tolstoi y ya no pude parar hasta que sentí el cosquilleo de una de mis piernas que se me había quedado dormida. Entonces sí, ordené en la librería los libros que aún quedaban por el suelo -si no recuerdo mal Edgardo andaba tan ensimismado como yo frente a sus propios descubrimientos- y, levantándome despacito para no despertar de golpe aquella extremidad dolorida, fui dando pasitos cortos hasta mi silla. Ahora sí, un poco mejor sentada –suelo subir los pies al asiento y apoyar mi barbilla en las rodillas mientras leo- continué descubriendo aquella sociedad rusa de finales del XIX. A las puertas del capítulo veintinueve de la primera parte del libro me encontré con unas líneas tan fascinantes que no pude evitar volver sobre ellas varias veces y compartirlas ahora con ustedes. Me trajeron tantos recuerdos de otras lecturas, de mis muchos kilómetros “arriba de un bus” –como cantaba Miguel Ríos- siempre con un libro en mi bolsón negro de tela, de todas las veces que me quedaba mirando a través de sus ventanillas jugando con el separador en una mano y dibujando con la otra el horizonte, de cuando se me cerraban los ojos y aprovechaba para soñar despierta con la vida de aquellos personajes que, sin darme yo cuenta, se habían sentado sobre las rodillas del viajero que ocupaba el asiento de al lado y se sonreían al comprobar mi sorpresa sabiéndoles fuera de aquellas páginas que habían quedado abiertas. Esos libros y esos paisajes a través de las ventanillas han sido los interlocutores de una buena parte de mi vida, sobre ellos apoyaba mis ojos, mis manos, mis pensamientos y en ellos encontraba algo así como el hombro de un amigo sobre el que descansar proyectos y quejas, enojos e ilusiones. Tolstoi me los trajo todos a la memoria y Anna Karenina se encargó de revivirlos con toda su fuerza. Aquí les muestro el pedacito de la novela donde reconocí muchos de mis pasos como lectora, quizás les rememore alguno de los suyos...

«¡Gracias a Dios que ha terminado todo esto! », pensó Ana al separarse de su hermano, quien hasta que resonó la campana permaneció obstruyendo con su figura la portezuela del vagón.
Ana se acomodó en el asiento junto a Anuchka, su camarera.
«¡Gracias a Dios que voy a ver mañana a mi pequeño Sergio y a Alexis Alejandrovich! Al fin mi vida recobrará su ritmo habitual», pensó de nuevo.
Presa aún de la agitación que la dominaba desde la mañana, empezó a ocuparse de ponerse cómoda. Sus manos, pequeñas y hábiles, extrajeron del saco rojo de viaje un almohadón que puso sobre sus rodillas; se envolvió bien los pies y se instaló con comodidad.
Una viajera enferma se había tendido ya en el asiento para dormir. Otras dos dirigieron vanas preguntas a Ana, mientras una mas vieja y gruesa se envolvía las piernas con una manta mientras emitía algunas opiniones sobre la pésima calefacción.
Ana contestó a las señoras, pero no hallando interés en su conversación, pidió a su doncella que le diese su farolillo de viaje, lo sujetó al respaldo de su asiento y sacó una plegadera y una novela inglesa.
Era difícil abismarse en la lectura. El movimiento en torno suyo, el ruido del tren, la nieve que golpeaba la ventanilla a su izquierda y se pegaba a los vidrios, el revisor que pasaba de vez en cuando muy arropado y cubierto de copos de nieve, las observaciones de sus compañeras de viaje a propósito de la tempestad, todo la distraía.
Pero, por otra parte, todo era monótono: el mismo traqueteo del vagón, la misma nieve en la ventana, los mismos cambios bruscos de temperatura, del calor al frío y otra vez al calor; los mismos rostros entrevistos en la penumbra, las mismas voces, y Ana acabó logrando concentrarse en la lectura y enterándose de lo que leía.
Anuchka dormitaba ya, sosteniendo sobre sus rodillas el saco rojo de viaje entre sus gruesas manos enguantadas, uno de cuyos guantes estaba roto.
Ana Karenina leía y se enteraba de lo que leía, pero la lectura, es decir, el hecho de interesarse en la vida de los demás, le era intolerable, tenía demasiado deseo de vivir por sí misma.
Si la heroína de su novela cuidaba a un enfermo, Ana habría deseado entrar ella misma con pasos suaves en la alcoba del paciente; si un miembro del Parlamento pronunciaba un discurso, Ana habría deseado pronunciarlo ella; si lady Mary galopaba tras su traílla, desesperando a su nuera y sorprendiendo a las gentes con su audacia, Ana habría deseado hallarse en su lugar.
Pero era en vano. Debía contentarse con la lectura, mientras daba vueltas a la plegadera entre sus menudas manos.
El héroe de su novela empezaba ya a alcanzar la plenitud de su británica felicidad: obtenía un título de baronet y unas propiedades, y Ana sentía deseo de irse con él a aquellas tierras. De pronto la Karenina experimentó la impresión de que su héroe debía de sentirse avergonzado y que ella participaba de su vergüenza. Pero ¿por qué?
«¿De qué tengo que avergonzarme?», se preguntó con indignación y sorpresa. Y dejando la lectura, se reclinó en su butaca, oprimiendo la plegadera entre sus manos nerviosas.
¿Qué había hecho? Recordó lo sucedido en Moscú, donde todo había sido magnífico. Se acordó del baile, de Vronsky y de su rostro de enamorado enloquecido, de su conducta con respecto a él... Nada había que la pudiese avergonzar. Y, no obstante, al llegar a este punto de sus recuerdos, volvía a renacer en ella el sentimiento de vergüenza. Parecía como si en el hecho de recordarle una voz interior le murmurase, a propósito de él: «Tú ardes, tú ardes. Esto es un fuego, es un fuego». Bueno, ¿y qué?
«¿Qué significa todo eso?», se preguntó, moviéndose con inquietud en su butaca. «¿Temo mirar ese recuerdo cara a cara? ¿Por ventura, entre ese joven oficial y yo existen otras relaciones que las que puede haber entre dos personas cualesquiera?»
Sonrió con desdén y volvió a tomar el libro; pero ya no le fue posible comprender nada de su lectura. Pasó la plegadera por el cristal cubierto de escarcha, luego aplicó a su mejilla la superficie lisa y fría de la hoja, y poco faltó para que estallara a reír de la alegría que súbitamente se habla apoderado de ella.
Notaba sus nervios cada vez más tensos, sus ojos cada vez más abiertos, sus manos y pies cada vez más crispados. Padecía una especie de sofocación y le parecía que en aquella penumbra las imágenes y los sonidos la impresionaban con un extraordinario vigor. Se preguntaba sin cesar si el tren avanzaba, retrocedía o permanecía inmóvil. ¿Era Anuchka, su doncella, la que estaba a su lado o una extraña?
«¿Qué es lo que cuelga del asiento: una piel o un animal? ¿Soy yo a otra mujer la que va sentada aquí?»
Abandonarse a aquel estado de inconsciencia le causaba terror. Sentía, sin embargo, que aún podía oponer resistencia con la fuerza de su voluntad. Haciendo, pues, un esfuerzo para recobrarse se incorporó, dejó su manta de viaje y su capa y se sintió mejor durante un instante.
Entró un hombre delgado, con un largo abrigo al que le faltaba un botón. Ana comprendió que era el encargado de la calefacción. Le vio consultar el termómetro y observó que el viento y la nieve entraban en el vagón tras él. Luego, todo se volvía confuso de nuevo. El hombre alto garabateaba algo apoyándose en el tabique, la señora anciana estiró las piernas y el departamento pareció envuelto en una nube negra. Ana escuchó un terrible ruido, como si algo se rasgase en la oscuridad. Se diría que estaban torturando a alguien. Un rojo resplandor la hizo cerrar los ojos; luego todo quedó envuelto en tinieblas y Ana sintió la impresión de que se hundía en un precipicio. Aquellas sensaciones eran, no obstante, más divertidas que desagradables.
Un hombre enfundado en un abrigo cubierto de nieve le gritó algunas palabras al oído.
Ana se recobró. Comprendió que llegaban a una estación y que aquel hombre era el revisor.
Pidió a su doncella que le diese el chal y la pelerina y, poniéndoselos, se acercó a la portezuela.
–¿Desea salir, señora? –preguntó Anuchka.
–Sí: necesito moverme un poco. Aquí dentro me ahogo.
Quiso abrir la portezuela, pero el viento y la lluvia se lanzaron contra ella, como si quisieran impedirle abrir, y también esto le pareció divertido. Consiguió al fin abrir la puerta. Parecía como si el viento la hubiese estado esperando afuera para llevársela entre alaridos de alegría. Se asió con fuerza con una mano en la barandilla del estribo y sosteniéndose el vestido con la otra, Ana descendió al andén. E1 viento soplaba con fuerza, pero en el andén, al abrigo de los vagones, había más calma. Ana respiró profundamente y con agrado el aire frío de aquella noche tempestuosa y contempló el andén y la estación iluminada por las luces.

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mayo 04, 2008

La libertad del saber

Por Edgardo Civallero

Cuando el ser humano tuvo memorias y necesitó transmitirlas a sus descendientes, buscando que no murieran, el saber comenzó a circular de mano en mano y de boca en boca.
Y el saber era libre. Era la base del desarrollo de cualquier sociedad. Era la información que permitía ordenar las cosechas, perseguir las manadas, curar las enfermedades y las heridas, levantar una casa o un templo, entender el orden del mundo y recordar los designios de las divinidades.
A su vez, la imaginación humana estalló en mil y una expresiones artísticas: desde la música y el canto al baile y el cuento, y desde la pintura de arena y la escultura en hueso a la talla de piedras y la confección de cestos.
Era mucho ese saber, y, debido a la lógica imposibilidad de ser recordado por una sola persona, su custodia y supervivencia comenzó a depender de grupos determinados. Así, los artistas vivieron, trasmitieron y perpetuaron sus destrezas, los agricultores las que les concernían y los artesanos, las propias.
Muchos hicieron de eso una forma de vida, y se la ganaron, pues, haciendo lo que sabían. Una gran parte del conocimiento disponible, sin embargo, continuó siendo un bien común, necesario para el progreso del grupo.
Desafortunadamente, poco a poco las cosas comenzaron a cambiar. La información comenzó a representar un factor de poder, y fue atesorada por las clases dominantes. El control del calendario -que permitía regular el éxito de las cosechas- y el conocimiento de las sustancias curativas quedaron en manos de unos pocos elegidos, que debían superar arduas pruebas para lograr poseerlo. Con la escritura ocurrió algo similar. Y así sucesivamente. Lo que en principio había sido un bien comunitario en una sociedad horizontal, pasó a ser un bien de consumo en una sociedad vertical. De hecho, quizás fuera uno de los pilares sobre los que dicha estructura piramidal se sustentara.
En la actualidad, aún somos testigos de cómo el saber estratégico se compra y se vende. Estamos tan habituados a ello -veinte o treinta siglos de experiencia nos han domesticado al respecto- que a veces no tomamos conciencia de lo dañina que tal práctica puede resultar. Nuestros médicos, arquitectos, ingenieros, biólogos y demás profesionales de las ciencias deben comprar el saber más avanzado -manejado por compañías editoriales que obtienen enormes beneficios de sus actividades- para poder formarse de manera adecuada. Los que no pueden acceder a esa información -los que no tienen recursos para ello- se ven relegados a una educación y a una capacitación incompletas, empobrecidas, carentes de actualización... Como profesionales de la información, somos partícipes de esos movimientos: al contratar una base de datos para proveer información a nuestros usuarios, estamos aceptando este sistema cruel, y, de alguna forma, permitiendo que se perpetúe.
Parece que no quedan muchas alternativas que tomar, al menos si queremos que nuestras bibliotecas sigan funcionando. Sin embargo, las hay. Los archivos de acceso abierto son un claro ejemplo de ello.
Las discusiones actuales al respecto se están centrando en los derechos intelectuales de los autores. Pocos se enteran de que tales autores apenas si ven beneficios de los desembolsos económicos que realizamos para adquirir el saber que produjeron. La mayor parte de ello queda en manos de los intermediarios, de esos que no escribieron, no investigaron, no se fatigaron, no estudiaron, sino que aprendieron como aprovecharse de la necesidad de los profesionales de publicar y difundir, y de la del resto de leer y aprender.
Esos derechos de autor se mencionan mucho más cuando se habla de música, de literatura y de programas informáticos, en especial en un medio moderno en el cual tales bienes culturales pueden descargarse gratuitamente desde Internet. Las grandes compañías se encolerizan, y recuerdan a los potenciales compradores de sus productos que con la “piratería” se está perjudicando a los artistas, a los escritores, a los músicos... Es curioso saber, sin embargo, que esos mismos artistas -excepto el mínimo puñado de grandes consagrados que tienen contratos jugosos- apenas si ven beneficio alguno.
Nos encontramos, pues, ante una situación que debe ser conocida y reconocida por todos nosotros. No se trata ya de escuchar a las grandes multinacionales ni a sus mensajeros. Se trata de saber qué es lo que ocurre realmente. ¿Por qué se vende conocimiento estratégico cuando una gran parte de la población mundial no lo puede adquirir pero lo necesita vitalmente...? ¿Por qué los artistas se mueren de hambre, sus productoras crecen cada vez más y sus productos cuestan cada vez más caros...? ¿Dónde va el dinero que invertimos en conocimiento estratégico o en bienes artísticos y culturales? ¿Va a manos de sus productores? ¿Ven ellos el beneficio? ¿Estamos alimentando a aquellos que, en nuestra sociedad, han decidido y elegido perpetuar nuestra memoria y nuestro saber? ¿O estamos dando de comer a unos zánganos que, aprovechándose de las leyes de mercado y de las del copyright, nos engañan y engordan a expensas de todos?
En reiteradas ocasiones, desde estas mismas páginas, hemos animado a la publicación de saberes académicos en forma abierta, y hemos informado sobre los distintos caminos para hacerlo. Asimismo, hemos difundido muchos documentos y recursos valiosos para ello. Hemos ido más allá, y, coherentes con nuestra manera de pensar, hemos colocado toda nuestra producción en forma de acceso abierto, libre y gratuito, como documentos de Open Access o blogs. Y es ahora cuando queremos difundir la aparición de la traducción del ">Dossier Copia/Sur, la versión en español de un conocido manual -el Dossier Copy/South- elaborado por un grupo de investigación internacional y multidisciplinario. El Dossier analiza, desde varios puntos de vista, el problema del copyright, en especial en los contextos del mal llamado “tercer mundo”. Estudia y expone las férreas leyes de derecho de autor, los intereses ocultos tras ellas, la visión de los productores de conocimiento, la hipocresía que se esconde tras los llamados en contra de la “piratería”.
Desde estas páginas, celebramos la aparición de esos documentos. Y si bien reconocemos que es lógico y adecuado que nuestros modernos “perpetuadores de cultura” puedan ganarse la vida con lo que hacen -así lo han elegido, y son necesarios para que nuestra sociedad crezca saludablemente- también sabemos que, en la actualidad, cada vez son menos lo que pueden vivir de esa actividad. Quizás sea hora de identificar a los explotadores y de buscar alternativas que nos liberen -al menos un poco- de sus nefastas influencias y sus redes invisibles.

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